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Rvdo. P. Jürgen Daum, Conmemoración de todos los fieles difuntos. (Ciclo A) «Es idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados»
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Conmemoración de todos los fieles difuntos. «Es idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados»

I. LA PALABRA DE DIOS

Job 19,1.23-27a: “Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo”

Respondió Job a sus amigos:

“¡Ojalá se escribieran mis palabras,
ojalá se grabaran en cobre,
con cincel de hierro y en plomo,
se escribieran para siempre en la roca!
yo sé que mi Defensor está vivo,
y que él, el último, se levantará sobre el polvo.
Tras mi despertar me alzará junto a él,
y con mi propia carne veré a Dios.
Yo, sí, yo mismo lo veré,
mis ojos lo mirarán, no ningún otro.”

Sal 24, 6-7.17-18.20-21: “A ti, Señor, levanto mi alma.”

Flp 3,20-21: “Él transformará nuestro cuerpo humilde en un cuerpo glorioso como el suyo”

Hermanos:

Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Mc 15,33-39;16,1-6: “El Crucificado ha resucitado”

Al llegar al mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

-“Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?”

(Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

-“Mira, está llamando a Elías”.

Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

-“Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo”.

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

-“Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas otras:

-“¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo:

-“No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el Crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.”

II. APUNTES

Ofrecemos aquí extractos del mensaje del Papa Juan Pablo II dirigido el 2 de junio de 1998 a Mons. Raymond Seguy, Obispo de Autun, Chalon y Macon, Abad de Cluny, con motivo del milenario de la conmemoración de los fieles difuntos:

La conmemoración de los fieles difuntos fue instituida por San Odilón, quinto abad de Cluny, el año 998. (…) En efecto, al día siguiente de la fiesta de Todos los Santos, en que la Iglesia celebra con alegría la comunión de los santos y la salvación de los hombres, San Odilón quiso exhortar a sus monjes a orar de manera particular por los difuntos, contribuyendo así misteriosamente a su acceso a la bienaventuranza, desde la abadía de Cluny poco a poco se ha difundido la costumbre de interceder solemnemente por los difuntos, con una celebración que San Odilón llamó la fiesta de los muertos, práctica que hoy está en vigor en la Iglesia universal.

Al orar por los difuntos, la Iglesia contempla ante todo el misterio de la resurrección de Cristo que, con su Cruz, nos obtiene la salvación y la vida eterna [Evangelio de este Domingo]. Por eso, con San Odilón, podemos repetir incesantemente: «La Cruz es mi refugio, la Cruz es mi camino y mi vida. (...) La Cruz es mi arma invencible. La Cruz rechaza todo mal. La Cruz disipa las tinieblas». La Cruz del Señor nos recuerda que toda vida está iluminada por la luz pascual, que ninguna situación está totalmente perdida, puesto que Cristo ha vencido la muerte y nos ha abierto el camino de la verdadera vida. La redención «se realiza en el sacrificio de Cristo, gracias al cual el hombre rescata la deuda del pecado y es reconciliado con Dios» (Tertio millennio adveniente, 7).

En el sacrificio de Cristo se funda nuestra esperanza. Su resurrección inaugura «los últimos tiempos» (1Pe 1,20; ver Hech 1,2). La fe en la vida eterna que profesamos en el Credo es una invitación a la gozosa esperanza de ver a Dios cara a cara. Creer en la resurrección de la carne significa reconocer que hay un fin último, una finalidad última para toda vida humana, que «colma de tal modo el deseo del hombre, que no queda nada por desear fuera de ella» (Santo Tomás de Aquino). San Agustín expresó admirablemente este mismo deseo: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Por tanto, todos estamos llamados a vivir con Cristo, sentados a la diestra del Padre, y a contemplar la santísima Trinidad, dado que «Dios es el objeto principal de la esperanza cristiana» (San Alfonso María de Ligorio); con Job [Primera lectura de este Domingo] podemos exclamar: «yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo lo veré, mis ojos lo mirarán, no ningún otro» (Job 19,25 27).

Recordamos también que el Cuerpo místico de Cristo está en espera de su unidad, al término de la historia cuando todos sus miembros alcancen la bienaventuranza perfecta y Dios sea todo en todos. En efecto, la Iglesia espera la salvación eterna para todos sus hijos y para todos los hombres. «Creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente. Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce pueden conseguir la salvación eterna (Pablo VI, Credo del pueblo de Dios, 23).

En espera de que la muerte sea vencida definitivamente, los hombres «peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando claramente a Dios uno y trino» (Lumen gentium, 49). Unida a los méritos de los santos, nuestra oración fraterna ayuda a quienes esperan la visión beatífica. La intercesión por los muertos, lo mismo que la vida de los vivos según los mandamientos divinos, obtiene méritos que sirven para la plena realización de la salvación. Se trata de una expresión de la caridad fraterna de la única familia de Dios por la que «estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia» (Lumen gentium, 51): «Salvar almas que amen a Dios eternamente» (Teresa de Lisieux). Para las almas del purgatorio, la espera de la bienaventuranza eterna, del encuentro con el Amado, es fuente de sufrimientos a causa de la pena debida al pecado, que las mantiene alejadas de Dios. Pero también existe la certeza de que, una vez acabado el tiempo de purificación, el alma irá al encuentro de Aquel a quien desea (ver Sal 42 y 62).

Las oraciones de intercesión y de petición, que la Iglesia eleva incesantemente a Dios, tienen un valor muy grande. Son «propias de un corazón conforme a la misericordia de Dios» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2635). El Señor se conmueve siempre ante las súplicas de sus hijos, porque es Dios de vivos. Durante la Eucaristía, mediante la oración universal de los fieles y el memento por los difuntos, la comunidad reunida presenta al Padre de toda misericordia a quienes han muerto para que, por la prueba del purgatorio, si tuvieran necesidad de ella, se purifiquen y alcancen la bienaventuranza eterna. Al encomendarlos al Señor, nos sentimos solidarios con ellos y participamos en su salvación, en el admirable misterio de la comunión de los santos. La Iglesia cree que a las almas que están en el purgatorio «les ayudan los sufragios de los fieles y particularmente el aceptable sacrificio del altar» (Concilio de Trento, Decreto sobre el purgatorio), así como «las limosnas, y otras obras de piedad» (Eugenio IV, bula Laetantur coeli). «En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de la participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto “comunión de los santos”» (Christifideles laici, 17).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Ofrecemos aquí la intervención del Papa Benedicto XVI en el Ángelus del 5 de noviembre de 2006:

[Estos días son] ocasión propicia para recordar con la oración a nuestros seres queridos y meditar sobre la realidad de la muerte, que la «civilización del bienestar» trata de remover con frecuencia de la conciencia de la gente, sumergida en las preocupaciones de la vida cotidiana.

Morir, en realidad, forma parte de la vida y no sólo de su final, sino también, si prestamos atención, de todo instante. A pesar de todas las distracciones, la pérdida de un ser querido nos hace descubrir el «problema», haciéndonos sentir la muerte como una presencia radicalmente hostil y contraria a nuestra natural vocación a la vida y a la felicidad.

Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontando Él mismo a la muerte. «Muriendo destruyó la muerte», dice la liturgia del tiempo pascual. «Con el Espíritu que no podía morir —escribe un padre de la Iglesia— Cristo venció a la muerte que mataba al hombre» (Melitón de Sardes). El Hijo de Dios quiso de este modo compartir hasta el fondo nuestra condición humana para abrirla a la esperanza. En última instancia, nació para poder morir y de este modo liberarnos de la esclavitud de la muerte. La Carta a los Hebreos dice: «padeció la muerte para bien de todos» (2, 9).

A partir de entonces, la muerte ya no es la misma: ha quedado privada por decirlo de algún modo de su «veneno». El amor de Dios, actuando en Jesús, ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y de este modo ha transformado también la muerte. Si en Cristo la vida humana es un paso «de este mundo al Padre» (Jn 13, 1), la hora de la muerte es el momento en el que este paso tiene lugar de manera concreta y definitiva.

Quien se compromete a vivir como Él queda liberado del miedo de la muerte, dejando de mostrar la sonrisa sarcástica de una enemiga para ofrecer el rostro amigo de una «hermana», como escribe san Francisco en el Cántico de las Criaturas. De este modo, también se puede bendecir a Dios por ella: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal». No hay que tener miedo de la muerte del cuerpo, nos recuerda la fe, pues es un sueño del que nos despertaremos un día.

La auténtica muerte, de la que hay que tener miedo, es la del alma, llamada por el Apocalipsis «segunda muerte» (ver 20,14-15; 21,8). De hecho, quien muere en pecado mortal, sin arrepentimiento, cerrado en el orgulloso rechazo del amor de Dios, se autoexcluye del Reino de la vida.

Por intercesión de María santísima y de san José pidamos al Señor la gracia de prepararnos serenamente para dejar este mundo, cuando Él quiera llamarnos, con la esperanza de poder permanecer eternamente con Él, en compañía de los santos y de nuestros queridos difuntos.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Cipriano: «No debemos llorar a nuestros hermanos a quienes el Señor ha llamado para retirarlos de este mundo, porque sabemos que no se han perdido sino que han marchado antes que nosotros: nos han dejado como si fueran unos viajeros o navegantes.»

San Cipriano: «Cuando morimos pasamos de la muerte a la inmortalidad; y la vida eterna no se nos puede dar más que saliendo de este mundo. No es esa un punto final sino un paso. Al final de nuestro viaje en el tiempo, llega nuestro paso a la eternidad. ¿Quién no se apresuraría hacia un tan gran bien? ¿Quién no desearía ser cambiado y transformado a imagen de Cristo?»

San Cipriano: «Nuestra patria es el Cielo… Allí nos aguardan un gran número de seres queridos, una inmensa multitud de padres, hermanos y de hijos nos desean; teniendo ya segura su salvación, piensan en la nuestra… Apresurémonos para llegar a ellos, deseemos ardientemente estar ya pronto junto a ellos y pronto junto a Cristo.»

San Afrates: «La gente piadosa, prudente y buena no vive asustada por la muerte por la gran esperanza que tienen. Todos los días piensan en la muerte como si fuera un éxodo y el día último en el que nacerán los hijos de Adán.»

San Afrates: «Jesús ha venido como homicida de la muerte; se vistió de un cuerpo como el de los descendientes de Abraham, estuvo clavado en la Cruz y ha sufrido la muerte. Esta comprendió que iba a bajar hasta ella. Temblando ha cerrado fuertemente sus puertas, pero Él rompió estas puertas, entró y comenzó a arrancar a los que la muerte tenía retenidos. Los muertos, viendo la luz en medio de las tinieblas, han sacado la cabeza fuera de su prisión y han visto el resplandor del Rey Mesías (…) Y la muerte, viendo que las tinieblas comenzaban a disiparse y los justos a resucitar, ha sabido que, al final de los tiempos, Él se llevaría a todos sus cautivos de las garras de su poder.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Dios dará la vida a los muertos

298: Puesto que Dios puede crear de la nada, puede por el Espíritu Santo dar la vida del alma a los pecadores creando en ellos un corazón puro, y la vida del cuerpo a los difuntos mediante la Resurrección. El «da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Rom 4,17).

Unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros están glorificados

954: Los tres estados de la Iglesia. «Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando “claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es”»:

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los que son de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en El (LG 49).

Nuestra comunión con los difuntos

958: «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones; “pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2Mac 12,45)» (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

Sobre aquellos difuntos que se purifican

1030: Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo.

1031: La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (Por ejemplo, 1Cor 3,15; 1Pe 1,7), habla de un fuego purificador:

Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (S. Gregorio Magno).

La práctica de la oración por los difuntos

1032: Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: «Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado» (2Mac 12,46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (ver Job 1,5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (S. Juan Crisóstomo).

1055: En virtud de la «comunión de los santos», la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.

1371: El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos «que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados», para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que, dondequiera que os hallaréis, os acordéis de mí ante el altar del Señor (S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y su hermano).

A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima... Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores..., presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres (S. Cirilo de Jerusalén).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El dolor y el sufrimiento, corporal y afectivo, físico y espiritual, constituyen una vivencia de lo limitado que es el ser humano. Hacen tomar conciencia de la debilidad, de lo frágil que es la vida. En algunos pasajes de la Sagrada Escritura se compara su duración a la de un soplo o una sombra: “El hombre es semejante a un soplo, sus días como sombra que pasa” (Sal 144,4).

»El hombre se reconoce pequeño e impotente ante fuerzas que lo sobrepasan. Percibe una amenaza a sus impulsos de permanencia y de despliegue. La contingencia y precariedad de la vida se hace sutil o desvergonzadamente presente. Así, por esa carga y por el sentido que va despertando, remite a la muerte como al confín del terreno peregrinar. Por ello no es extraño que una persona de alta sensibilidad pueda sentir la opresión, el vacío, el desasosiego, el miedo, la angustia ante el sufrimiento, que encierra la idea del fin temporal.

»Lo efímero de la vida es una realidad tan tremenda para el ser humano ajeno o alejado de la fe que ha llevado a la sociedad secularizada a procurar “ocultar” la realidad de la muerte. Para tratar de alcanzar esa meta se hace un notable despliegue de creatividad, como por ejemplo buscar la pérdida de sensibilidad de las gentes mediante una anestesiante saturación de imágenes de muerte y violencia presentadas a través de los medios de comunicación. Este fenómeno de los tiempos hodiernos lleva a una seria disminución de los recursos de las personas para profundizar en el sentido de la vida y para enfrentar lo que el dolor y la muerte significan.»

«Ya desde el lugar mismo del pecado fontal y la ruptura, se anuncia la batalla auténtica, aquella lucha que desarrollándose en el corazón de la historia se refleja en los corazones humanos y apunta a la esperanza cierta de nuestra reconciliación: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza” (Gén 3,15). Precisamente en esa prolongación en el tiempo de lo ya acontecido el Pueblo de Dios experimenta por su fe la victoria: «pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (1Jn 5,4). O como con el trasfondo del drama final, con aún mayor nitidez lo pone el Espíritu a través de San Pablo: “Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1Cor 15,54-57). Una victoria en un cierto sentido única, singular incoada; una victoria ya obtenida por el Señor Jesús al resucitar triunfante dejando como mudo testigo la Tumba vacía, pero que en el caso de cada cual requiere de la permanencia en la fe y del obrar según ella. Por ello, dice en el siguiente versículo el Apóstol —quien ha declarado que la muerte ha sido devorada o “sorbida” por la victoria, ante la cual desaparece “Dónde esta muerte tu victoria, tu aguijón”— dice digo: “Así pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor” (1Cor 15,58). Lo que leemos también en otros pasajes como “con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis” (Col 1,23).»

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