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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre en la Plaza del Pontificio Santuario de Pompeya
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Homilía del Santo Padre en la Plaza del Pontificio Santuario de Pompeya

Visita Pastoral al Pontificio Santuario de Pompeya

Queridos hermanos y hermanas:

Siguiendo las huellas del siervo de Dios Juan Pablo II, he venido en peregrinación hoy a Pompeya para venerar, junto con vosotros, a la Virgen María, Reina del Santo Rosario. He venido, en particular, para encomendar a la Madre de Dios, en cuyo seno el Verbo se hizo carne, la Asamblea del Sínodo de los obispos que se está celebrando actualmente en el Vaticano, sobre el tema de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Mi visita coincide también con la Jornada mundial de las misiones: contemplando a María, que acogió en sí al Verbo de Dios y lo dio al mundo, rezaremos en esta misa por cuantos en la Iglesia dedican sus energías al servicio del anuncio del Evangelio a todas las naciones. ¡Gracias, queridos hermanos y hermanas, por vuestra acogida! Os abrazo a todos con afecto paterno y os agradezco las oraciones que desde aquí eleváis incesantemente al cielo por el Sucesor de Pedro y por las necesidades de la Iglesia universal.

Dirijo un cordial saludo, en primer lugar, al arzobispo Carlo Liberati, prelado de Pompeya y delegado pontificio para el santuario, y le agradezco las palabras con que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos. Mi saludo se extiende a las autoridades civiles y militares presentes, de modo especial al representante del Gobierno, al ministro de Bienes culturales y al alcalde de Pompeya, que a mi llegada me dirigió deferentes palabras de bienvenida en nombre de todos los ciudadanos. Saludo a los sacerdotes de la prelatura, a los religiosos y religiosas que prestan su servicio cotidiano en el santuario, entre los cuales me complace mencionar a las Hermanas Dominicas Hijas del Santo Rosario de Pompeya y a los Hermanos de las Escuelas Cristianas; saludo a los voluntarios comprometidos en los diversos servicios y a los celosos apóstoles de la Virgen del Rosario de Pompeya.

Y ¬Ņc√≥mo olvidar, en este momento, a las personas que sufren, a los enfermos, a los ancianos solos, a los j√≥venes en dificultad, a los encarcelados, a cuantos viven en duras condiciones de pobreza y malestar social y econ√≥mico? A todos y a cada uno de ellos quiero asegurarles mi cercan√≠a espiritual, haci√©ndoles llegar el testimonio de mi afecto. A cada uno de vosotros, queridos fieles y habitantes de esta tierra, y tambi√©n a vosotros que est√°is unidos espiritualmente a esta celebraci√≥n a trav√©s de la radio y la televisi√≥n, os encomiendo a Mar√≠a y os invito a confiar siempre en su apoyo materno.

Dejemos ahora que sea ella, nuestra Madre y Maestra, quien nos gu√≠e en la reflexi√≥n sobre la Palabra de Dios que hemos escuchado. La primera lectura y el salmo responsorial expresan la alegr√≠a del pueblo de Israel por la salvaci√≥n dada por Dios, salvaci√≥n que es liberaci√≥n del mal y esperanza de vida nueva. El or√°culo de Sofon√≠as se dirige a Israel, que es designado con los apelativos de "hija de Si√≥n" e "hija de Jerusal√©n", y se le invita a la alegr√≠a: "Al√©grate (...). Lanza gritos de gozo (...) Exulta" (So 3, 14). Es el mismo saludo que el √°ngel Gabriel dirige a Mar√≠a, en Nazaret: "Al√©grate, llena de gracia" (Lc 1, 28). "No temas, Si√≥n" (So 3, 16), dice el profeta; "No temas, Mar√≠a" (Lc 1, 30), dice el √°ngel. Y el motivo de la confianza es el mismo: "El Se√Īor, tu Dios, en medio de ti es un salvador poderoso" (So 3, 17), dice el profeta; "el Se√Īor est√° contigo" (Lc 1, 28), asegura el √°ngel a la Virgen.

Tambi√©n el c√°ntico de Isa√≠as concluye as√≠: "Canta y exulta, t√ļ que vives en Si√≥n, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel" (Is 12, 6). La presencia del Se√Īor es fuente de gozo, porque donde est√° √©l, el mal es vencido, y triunfan la vida y la paz. Quiero subrayar, en particular, la estupenda expresi√≥n de Sofon√≠as que, dirigi√©ndose a Jerusal√©n, dice: el Se√Īor "te renovar√° con su amor" (So 3, 17). S√≠, el amor de Dios tiene este poder: de renovarlo todo, a partir del coraz√≥n humano, que es su obra maestra y donde el Esp√≠ritu Santo realiza mejor su acci√≥n transformadora. Con su gracia, Dios renueva el coraz√≥n del hombre perdonando su pecado, lo reconcilia e infunde en √©l el impulso hacia el bien. Todo esto se manifiesta en la vida de los santos, y aqu√≠ lo vemos en particular en la obra apost√≥lica del beato Bartolo Longo, fundador de la nueva Pompeya. Y as√≠ en esta hora tambi√©n abrimos nuestro coraz√≥n a este amor renovador del hombre y de todas las cosas.

Desde sus inicios, la comunidad cristiana vio en la personificaci√≥n de Israel y de Jerusal√©n en una figura femenina una significativa y prof√©tica referencia a la Virgen Mar√≠a, a la que se reconoce precisamente como "hija de Si√≥n" y arquetipo del pueblo que "ha encontrado gracia" a los ojos del Se√Īor. Es una interpretaci√≥n que volvemos a encontrar en el relato evang√©lico de las bodas de Can√° (cf. Jn 2, 1-11). El evangelista san Juan pone de relieve simb√≥licamente que Jes√ļs es el esposo de Israel, del nuevo Israel que somos todos nosotros en la fe, el esposo que vino a traer la gracia de la nueva Alianza, representada por el "vino bueno". Al mismo tiempo, el Evangelio destaca tambi√©n el papel de Mar√≠a, a la que al principio se la llama "la madre de Jes√ļs", pero a quien despu√©s el Hijo mismo llama "mujer". Y esto tiene un significado muy profundo: implica de hecho que Jes√ļs, para maravilla nuestra, antepone al parentesco el v√≠nculo espiritual, seg√ļn el cual Mar√≠a personifica a la esposa amada del Se√Īor, es decir, al pueblo que √©l se eligi√≥ para irradiar su bendici√≥n sobre toda la familia humana.

El s√≠mbolo del vino, unido al del banquete, vuelve a proponer el tema de la alegr√≠a y de la fiesta. Adem√°s, el vino, como las otras im√°genes b√≠blicas de la vi√Īa y de la vid, alude metaf√≥ricamente al amor: Dios es el vi√Īador, Israel es la vi√Īa, una vi√Īa que encontrar√° su realizaci√≥n perfecta en Cristo, del cual nosotros somos los sarmientos; el vino es el fruto, es decir, el amor, porque precisamente el amor es lo que Dios espera de sus hijos. Y oremos al Se√Īor, que concedi√≥ a Bartolo Longo la gracia de traer el amor a esta tierra, para que tambi√©n nuestra vida y nuestro coraz√≥n den este fruto de amor y as√≠ renueven la tierra.

Al amor exhorta también el apóstol san Pablo en la segunda lectura, tomada de la carta a los Romanos. En esta página encontramos delineado el programa de vida de una comunidad cristiana, cuyos miembros han sido renovados por el amor y se esfuerzan por renovarse continuamente, para discernir siempre la voluntad de Dios y no volver a caer en el conformismo de la mentalidad mundana (cf. Rm 12, 1-2). La nueva Pompeya, aun con los límites de toda realidad humana, es un ejemplo de esta nueva civilización, que ha surgido y se ha desarrollado bajo la mirada maternal de María. Y la característica de la civilización cristiana es precisamente la caridad: el amor de Dios que se traduce en amor al prójimo.

Ahora bien, cuando san Pablo escribe a los cristianos de Roma: "Sed diligentes sin flojedad; fervorosos de esp√≠ritu, como quien sirve al Se√Īor" (Rm 12, 11), nuestro pensamiento se dirige a Bartolo Longo y a las numerosas iniciativas de caridad puestas en marcha por √©l en favor de los hermanos m√°s necesitados. Impulsado por el amor, fue capaz de proyectar una nueva ciudad, que surgi√≥ luego en torno al santuario mariano, casi como irradiaci√≥n de la luz de su fe y esperanza. Una ciudadela de Mar√≠a y de la caridad, pero no aislada del mundo; no es, como suele decirse, una "catedral en el desierto", sino insertada en el territorio de este valle para rescatarlo y promoverlo. La historia de la Iglesia, gracias a Dios, est√° llena de experiencias de este tipo, y tambi√©n hoy se realizan muchas en todas las partes del mundo. Son experiencias de fraternidad, que muestran el rostro de una sociedad diversa, puesta como fermento dentro del contexto civil. La fuerza de la caridad es irresistible: el amor es lo que verdaderamente hace avanzar el mundo.

¬ŅQui√©n habr√≠a podido pensar que aqu√≠, junto a los restos de la antigua Pompeya, surgir√≠a un santuario mariano de alcance mundial? ¬ŅY tantas obras sociales para traducir el Evangelio en servicio concreto a las personas que atraviesan m√°s dificultades? Donde Dios llega, el desierto florece. Tambi√©n el beato Bartolo Longo, con su conversi√≥n personal, dio testimonio de esta fuerza espiritual que transforma al hombre interiormente y lo capacita para hacer grandes cosas seg√ļn el designio de Dios. Las circunstancias de su crisis espiritual y de su conversi√≥n son de grand√≠sima actualidad. En el per√≠odo de sus estudios universitarios en N√°poles, influenciado por fil√≥sofos inmanentistas y positivistas, se hab√≠a alejado de la fe cristiana convirti√©ndose en un anticlerical militante y d√°ndose tambi√©n a pr√°cticas espiritistas y supersticiosas. Su conversi√≥n, con el descubrimiento del verdadero rostro de Dios, contiene un mensaje muy elocuente para nosotros, porque por desgracia estas tendencias no faltan en nuestros d√≠as. En este A√Īo paulino me complace subrayar que tambi√©n Bartolo Longo, como san Pablo, fue transformado de perseguidor en ap√≥stol: ap√≥stol de la fe cristiana, del culto mariano, y en particular del rosario, en el que encontr√≥ una s√≠ntesis de todo el Evangelio.

Esta ciudad que √©l volvi√≥ a fundar es, por tanto, una demostraci√≥n hist√≥rica de c√≥mo Dios transforma el mundo: colmando nuevamente de caridad el coraz√≥n de un hombre y haciendo de √©l un "motor" de renovaci√≥n religiosa y social. Pompeya es un ejemplo de c√≥mo la fe puede actuar en la ciudad del hombre, suscitando ap√≥stoles de caridad que se ponen al servicio de los peque√Īos y de los pobres, y que trabajan para que tambi√©n a los √ļltimos se les respete su dignidad y encuentren acogida y promoci√≥n.

Aquí en Pompeya se entiende que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Aquí el genuino pueblo cristiano, la gente que afronta la vida con sacrificio cada día, encuentra la fuerza para perseverar en el bien sin ceder a componendas. Aquí, a los pies de María, las familias encuentran o refuerzan la alegría del amor que las mantiene unidas. Así pues, hace exactamente un mes, tuvo lugar oportunamente, en preparación de mi visita, una "peregrinación de las familias para la familia", a fin de encomendar a la Virgen esta célula fundamental de la sociedad. Que la Virgen santísima vele sobre cada familia y sobre todo el pueblo italiano.

Que este santuario y esta ciudad sigan siempre vinculados sobre todo a un don singular de Mar√≠a: la oraci√≥n del rosario. Cuando, en el c√©lebre cuadro de la Virgen de Pompeya, vemos a la Virgen Madre y al Ni√Īo Jes√ļs que entregan los rosarios respectivamente a santa Catalina de Siena y a santo Domingo, comprendemos enseguida que esta oraci√≥n nos conduce, a trav√©s de Mar√≠a, a Jes√ļs, como nos ense√Ī√≥ tambi√©n el querido Papa Juan Pablo II en la carta Rosarium Virginis Mariae, en la que se refiere expl√≠citamente al beato Bartolo Longo y al carisma de Pompeya. El rosario es una oraci√≥n contemplativa accesible a todos: grandes y peque√Īos, laicos y cl√©rigos, cultos y poco instruidos. Es un v√≠nculo espiritual con Mar√≠a para permanecer unidos a Jes√ļs, para configurarse a √©l, asimilar sus sentimientos y comportarse como √©l se comport√≥. El rosario es un "arma" espiritual en la lucha contra el mal, contra toda violencia, por la paz en los corazones, en las familias, en la sociedad y en el mundo.

Queridos hermanos y hermanas, en esta Eucarist√≠a, fuente inagotable de vida y de esperanza, de renovaci√≥n personal y social, demos gracias a Dios porque en Bartolo Longo nos dio un testigo luminoso de esta verdad evang√©lica. Y volvamos una vez m√°s nuestro coraz√≥n a Mar√≠a con las palabras de la s√ļplica, que dentro de poco rezaremos juntos: "T√ļ, Madre nuestra, eres nuestra Abogada, nuestra esperanza. Ten piedad de nosotros... Misericordia para todos, oh Madre de misericordia". Am√©n.

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