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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo»
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Domingo XXX del Tiempo Ordinario. «Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 22,21-27: “No maltratarás al forastero; no explotarás a viudas ni a huérfanos”

Así dice el Señor:

«No oprimirás ni maltratarás al forastero, porque extranjeros fueron ustedes en Egipto.

No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y a ustedes los haré morir a espada, sus mujeres quedarán viudas y sus hijos huérfanos.

Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses.

Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo. Si no ¿con qué va a dormir? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

Sal 17,2-4.47 y 51: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”

1Tes 1,5-10: “Abandonando los ídolos, se volvieron a Dios para servirlo”

Hermanos:

Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes buscando su propio bien.

Y ustedes, por su parte, siguieron nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de tantas tribulaciones con la alegría del Espíritu Santo. Así ustedes llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.

Y no sólo en Macedonia y en Acaya ustedes han difundido la Palabra del Señor, sino que en todas partes se ha extendido la fama de su fe, de suerte que nada tenemos que añadir por nuestra parte, ya que ellos mismos cuentan los detalles del recibimiento que nos dieron y de cómo ustedes, abandonando los ídolos, se volvieron a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el Cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Mt 22,34-40: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

—«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Él le dijo:

—«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”.

Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas».

II. APUNTES

Luego de la respuesta del Señor, aquel grupo de herodianos y discípulos de fariseos que con mala intención le habían preguntado sobre la licitud de pagarle el tributo al César se “quedaron maravillados, y dejándole, se fueron”.

Aquel mismo día se le acercaron también unos saduceos, quienes negaban que hubiese resurrección de muertos. Ante la dificultad por ellos planteada, el Señor enseña que tanto hombres como mujeres serán «como ángeles en el cielo» y que por eso mismo nadie tendrá necesidad de marido o mujer (Mt 22,30). Una vez más “la gente quedaba maravillada de su doctrina” (Mt 22,10-33).

Los fariseos, al oír que el Señor Jesús había hecho callar a los saduceos, se reúnen entre sí. Los fariseos creían en la resurrección de los muertos, siendo este un tema que los enfrentaba (ver Hech 23,6-9). Uno de ellos, que era experto en la Ley, se acercó entonces para ponerlo a prueba con esta pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”.

Aunque peirazo, el verbo griego utilizado por Mateo para calificar la intención con que se acerca el maestro de la Ley a Jesús se traduce por “poner a prueba”, su sentido preciso depende del contexto. No siempre debe ser comprendido en el sentido malicioso de poner una trampa, sino que puede significar también “someter a prueba” para que quede de manifiesto lo que Él piensa. Es posible que la pregunta en este caso no hubiese sido motivada por la malicia, sino por un deseo auténtico de conocer su pensamiento. En todo caso no vemos al Señor recriminarle alguna mala intención en su pregunta, como lo había hecho anteriormente (ver Mt 22,18).

En cuanto a la pregunta misma hemos de decir que las discusiones sobre la diversa importancia de los mandamientos eran muy frecuentes entre los maestros de la Ley. Esto se debía a que en la Ley escrita, es decir, en la Torá —palabra hebrea que significa enseñanza, instrucción, o más específicamente ley y en sentido restringido se refiere al texto de los cinco primeros libros de la Biblia que los cristianos llamamos Pentateuco—, estaban contenidos 613 mandatos: 365 que prohibían y 248 que mandaban acciones referentes al culto, a los sacrificios, a las fiestas, a las compras y a las ventas, a las relaciones familiares, al matrimonio, a las relaciones laborales, sociales y comerciales, sumados a cuestiones higiénicas, alimenticias, funerarias, etc.. A esta Ley escrita, la ‘tradición’ posterior y, sobre todo, la escuela farisea, había añadido centenares de nuevos preceptos.

Para los maestros de la Ley no todos los preceptos eran iguales en importancia. Los dividían en preceptos “ligeros” y “graves”. También consideraban una jerarquía entre los últimos, de modo que podía haber unos más graves porque superaban en importancia a todos los demás. La diferencia de opinión en cuanto a esta gravedad y primacía entre los mandamientos generaba no pocas discusiones entre los maestros, dando origen a diversas listas y clasificaciones. ¿Cuál sería el más importante de todos los mandamientos para Jesús?

Para el Señor el más “grave” o de mayor peso es el mandamiento contenido en el Shemá Israel (que traducido del hebreo significa “Escucha Israel”), primeras palabras y nombre de una de las principales oraciones que todo israelita varón, no esclavo, ya en el tiempo de Jesús debía recitar dos veces al día, expresando su fe en y adhesión a un único Dios (Dt 6,4-5): «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”». Las expresiones “corazón”, “alma” y “ser”, más que expresar cosas distintas, son formas semíticas de decir globalmente lo mismo.

Evidentemente para los judíos este mandato del amor de Dios sobre todo era fundamental. Sin embargo, una equivocada comprensión del mismo llevaba a muchos rabinos a darle una importancia excesiva a otras cosas secundarias de la misma Ley. De este modo llegó a ser frecuente, por ejemplo, que muchos rabinos pusiesen por encima de todos los preceptos el mandamiento de sacrificar diariamente dos corderos de un año al Señor, desvirtuando el precepto del amor a Dios por el precepto de sus ritos.

El Señor insistirá en situar por encima de todos los demás mandamientos el precepto del amor a Dios sobre todas las cosas: «Este mandamiento es el principal y primero». Sin embargo, añade inmediatamente: «El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Este segundo mandamiento también estaba contenido en la Torá (ver Lev 19,18). Al decir “semejante” quiere decir “de igual valor”, de igual importancia, de igual peso y necesidad de obediencia. Ambos preceptos, profundamente entrelazados, inseparables el uno del otro, forman para Él el “máximo” mandamiento que está por encima de cualquier rito u ofrecimiento: «vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12,33). Para Él “practicar la justicia y la equidad, es mejor ante Dios que el sacrificio” (Prov 21,3; ver Os 6,6; Jer 7,21-23). Él añade este mandamiento “semejante al primero” dado el olvido o devaluación en que había caído el mandamiento del amor al prójimo frente a otros preceptos ritualistas.

Concluye el Señor afirmando solemnemente que “estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.” La Torá y la enseñanza de los Profetas “penden” o “se sostienen” de estos dos preceptos, del mismo modo que una puerta se sostiene de sus goznes. De esta manera el Señor destaca nuevamente la suprema importancia de ambos mandamientos y manifiesta por otro lado que estos dos principios fundamentales y vitales son los que revelan el verdadero espíritu del que está animada toda la enseñanza divina.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Sufre quien no es correspondido en su amor. Se queda solo quien se niega a amar o no alcanza ser amado/a. ¿Y no es espantosa y angustiante esa soledad? ¿No es a quedarnos sin nadie a lo que más le tememos y huimos? ¿No hemos sido alguna vez o somos acaso ahora infinitamente tristes cuando experimentamos la ausencia de alguien que nos ame, de alguien a quien amar? ¿Quién resiste la soledad, ese sentirse “sin nadie”? En la soledad la alegría por la vida se extingue poco a poco, el sufrimiento se hace a veces insoportable.

Y es que así somos: ¡necesitamos de otros “tú” humanos, necesitamos de la comunión profunda con esos otros seres semejantes a nosotros, necesitamos amar y ser amados para ser felices! Llámese amor paternal o filial, amor fraternal, amor de enamorados o esposos, amor de amistad… necesitamos vivir el amor, y nuestra vida se llena de luz, se hace hermosa y plena de sentido cuando lo vivimos. Es entonces cuando descubrimos que nuestra felicidad finalmente no depende de cuánto dinero tengamos, de cuántos éxitos en la vida logremos o de cuánta fama y poder alcancemos, tampoco de cuántos placeres gocemos y disfrutemos, ¡sino de cuánto amemos y seamos amados de verdad!

Pero, ¿por qué es ésta una necesidad para nosotros? Porque hemos sido creados por Dios-Amor (ver 1Jn 4,8.16) para el amor, experimentamos en nosotros esa profunda “hambre” de amor y comunión. Pero, ¿es posible alcanzar ese amor al que aspira intensamente mi corazón? ¡Sí! Y el camino es abrirnos al amor de Dios, dejándonos amar por Él, amándolo a Él sobre todo y con todo nuestro ser. De ese modo entramos en comunión con aquel “Tú” por excelencia que responde verdaderamente a nuestros profundos anhelos de amor, y nutridos de ese amor divino, nos hacemos capaces al mismo tiempo de amar como Él, a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

En efecto, quien pone a Dios en el centro de sus amores, no limita su amor a sólo Dios, no ama menos a los demás, nada “pierde”, sino que experimenta cómo su corazón se ensancha cada vez más, su amor se purifica, crece, madura, ilumina su vida y se expresa en lazos de verdadera amistad, de auténtico amor y comunión que nunca pasarán, porque Dios no pasa nunca, y quien lo ama a Él y en Él ama a todos, no perderá jamás a quienes ama.

Quien ama a Dios sobre todo, ama como Él. Nuestra vida está llamada a transformarse en una manifestación del amor de Dios para con todos los hombres, un amor que se hace palpable en la misericordia, la caridad y solidaridad con los demás. El camino más seguro para crecer en el amor a Dios es crecer en el amor concreto al prójimo.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «Recordad conmigo, hermanos, cuáles sean estos dos preceptos. Deberíais conocerlos tan perfectamente que no sólo vinieran a vuestra mente cuando yo os los recuerdo, sino que deberían estar siempre como impresos en vuestro corazón. Continuamente debemos pensar en amar a Dios y al prójimo: A Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a nosotros mismos. Éste debe ser el objeto continuo de nuestros pensamientos, éste el tema de nuestras meditaciones, esto lo que hemos de recordar, esto lo que debemos hacer, esto lo que debemos conseguir. El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. El que te ha dado el precepto del doble amor en manera alguna podía ordenarte amar primero al prójimo y después a Dios, sino que necesariamente debía inculcarte primero el amor a Dios, después el amor al prójimo».

San Agustín: «Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a aquel con quien deseas permanecer eternamente».

San Bernardo: «El primero y gran mandamiento es este: “Amarás al Señor tu Dios”. Pero nuestra naturaleza es frágil; en nosotros el primer grado del amor es amarnos a nosotros mismos antes que a toda otra cosa, por nosotros mismos… Para impedir que nos deslicemos demasiado fácilmente por esta pendiente, Dios nos ha dado el precepto de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos… Ahora bien, constatamos constantemente que esto no nos es posible sin Dios, sin reconocer que todo nos viene de Él y que sin Él no podemos absolutamente nada. En este segundo grado, pues, el hombre se gira hacia Dios, pero no le ama más que para sí mismo y no por Él».

San Antonio de Padua: «Ámate tal cual Aquel que te ha amado te ha hecho. Despréciate tal como tú te has hecho. Sométete a Aquel que está por encima de ti. Desprecia lo que está por debajo de ti. Ámate de la misma manera que te ha amado Aquel que se entregó por ti. Despréciate por haber despreciado eso que Dios ha hecho y ha amado en ti… ¿Quieres tener siempre a Dios en tu espíritu? Mírate tal como Dios te ha hecho. No busques ser otro que tú mismo, no quieras ser otro que ese que Dios te ha hecho. De esta manera tendrás siempre a Dios en tu espíritu».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La caridad

2055: Cuando le hacen la pregunta: «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,37-40). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley:

En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resume en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud (Rom 13,9-10).

2093: La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por El y a causa de El.

2094: Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.

La Ley nueva, ley del amor

1972: La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), o también a la condición de hijo heredero.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Creer en el Señor Jesús y creer en el Amor me resulta prácticamente una misma cosa. Dios es Amor, dice bellamente San Juan (ver 1Jn 4,8). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una infinita intercomunión de Amor. Y desde esa plenitud de Amor, Dios crea todo cuanto existe. Lo que hace millones de años no era, fue como don de Dios, como abundancia de su amor. Todo fue hecho por el amor. Y todo permanece en la existencia gracias al amor. El hombre mismo, creatura predilecta de Dios, es invitado a compartir el amor divino.

»¡El ser humano, creatura contingente, creatura limitada, desde la misma creación es invitado al infinito amor, a participar del amor de Dios, a entrar en amorosa comunión con la Trinidad Santa! Ese es nuestro destino. Ese es el camino de nuestra realización personal. Esa es la gran aventura de nuestra existencia. Esa es nuestra felicidad.

»Todo el horizonte del cristiano se desenvuelve en coordenadas de amor. Tener fe es creer en la revelación del Dios Amor; es creer en el Verbo Eterno que con la Anunciación-Encarnación, haciéndose Hijo de Santa María, viene a nuestro encuentro en gesto invalorable de amor; y es creer que con su muerte y resurrección muestra la eficacia salvífica de su amor. Ese mismo amor que sigue presente en la Iglesia, en el Pueblo de Dios, Cuerpo Místico de Cristo, “que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según los designios de Dios Padre” (Ad gentes, 2). ¡Y es que el amor de Dios es un amar sin límites!

»El amor es el núcleo del misterio de la fe. El amor de Jesús, hecho Hijo de Mujer para salvación de los hombres, para mostrarnos a los seres humanos cómo vivir humanamente, para enseñarnos a cada uno de nosotros a ser más humanos, pone como horizonte de nuestras existencias el mandamiento del amor (ver Jn 13,34), el amar sin límite, el amar hasta dar la vida (ver Jn 15,13).

»Hermanos, debo confesar que creo en el amor, creo en la eficacia del amor para responder a las posibilidades del ser humano. Creo en la eficacia del amor para responder a todos los problemas del hombre, de todo tiempo, de todos los lugares. ¡Y siento un impulso intenso que me lleva a dar testimonio del amor, a proclamar que el amor es real, que no es una quimera, que no es un sueño romántico! Creo que el amor es el lenguaje de Dios. Creo que Cristo Jesús, todo amor, es el Salvador. Que el Señor es la Verdad que da vida. Que Jesús es el amor que libera a los hombres, que Jesús es el amor que libera a los pueblos, que nos enseña a todos a ser cada vez más humanos. Creo que Cristo Jesús es el único liberador. Creo que es el Señor Jesús quien me introduce en la dinámica de la liberación, creo que es el Señor Jesús el que me introduce en la dinámica del amor, desde lo profundo de mi ser, desde lo hondo de mi corazón.»

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