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Rvdo. P. J√ľrgen Daum, Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. ¬ęDenle al C√©sar lo que es del C√©sar y a Dios lo que es de Dios¬Ľ
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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. ¬ęDenle al C√©sar lo que es del C√©sar y a Dios lo que es de Dios¬Ľ

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 45,1.4-6: ‚ÄúLlev√≥ de la mano a Ciro para doblegar ante √©l las naciones‚ÄĚ

As√≠ dice el Se√Īor a Ciro, su ungido, a quien lleva de la mano:

¬ęPara someter ante √©l a las naciones
y desarmar a los reyes,
abriré ante él las puertas,
y las puertas no se le cerrar√°n.

Por mi siervo Jacob,
por mi escogido Israel,
te llamé por tu nombre,
te di un título,
aunque no me conocías.

Yo soy el Se√Īor y no hay otro;
fuera de mí, no hay dios.

Te pongo la insignia,
aunque no me conoces,
para que sepan de Oriente a Occidente
que no hay otro fuera de mí.

Yo soy el Se√Īor, y no hay otro¬Ľ.

Sal 95,1-10: ‚ÄúAclamen la gloria y el poder del Se√Īor‚ÄĚ

1Ts 1,1-5: ‚ÄúRecordamos su fe, esperanza y caridad‚ÄĚ

Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de Tesal√≥nica, que est√° unida a Dios Padre y al Se√Īor Jesucristo. Gracia y paz a ustedes.

Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones.

Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza en Jesucristo, nuestro Se√Īor.

Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que √Čl los ha elegido y que, cuando se proclam√≥ el Evangelio entre ustedes, no hubo s√≥lo palabras, sino adem√°s fuerza del Esp√≠ritu Santo y fruto abundante.

Mt 22,15-21: ‚Äú¬ŅEs l√≠cito pagar impuesto al C√©sar o no?‚ÄĚ

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jes√ļs con una pregunta. Le enviaron unos disc√≠pulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:

‚ÄĒ¬ęMaestro, sabemos que eres sincero y que ense√Īas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras la condici√≥n de las personas. Dinos, pues, qu√© opinas: ¬Ņes l√≠cito pagar impuesto al C√©sar o no?¬Ľ.

Pero Jes√ļs, conociendo su malicia, les dijo:

‚ÄĒ¬ęHip√≥critas, ¬Ņpor qu√© me tientan? Ens√©√Īenme la moneda del impuesto¬Ľ.

Le presentaron un denario. √Čl les pregunt√≥:

‚ÄĒ¬ę¬ŅDe qui√©n es esta cara y esta inscripci√≥n?¬Ľ.

Le respondieron:

‚ÄĒ¬ęDel C√©sar¬Ľ.

Entonces les dijo:

‚ÄĒ¬ęPues denle al C√©sar lo que es del C√©sar y a Dios lo que es de Dios¬Ľ.

II. APUNTES

Roma exig√≠a a los pueblos sojuzgados numerosos impuestos tales como gabelas, peajes, aduanas, tasas, etc. Entre todos estos impuestos estaban los que se deb√≠an pagar directamente al y para el C√©sar. El tributo que iba directamente al arca imperial era, por un lado, el que deb√≠an pagar los propietarios ‚Äúpor el suelo‚ÄĚ, y por otro, el personal ‚ÄĒllamado tambi√©n ‚Äúcapitaci√≥n‚ÄĚ‚ÄĒ que deb√≠an aportar anualmente todos los varones desde los catorce a√Īos y las mujeres desde los doce, hasta los sesenta y cinco en ambos casos.

Tambi√©n los israelitas ten√≠an que pagar obligatoriamente estos impuestos. El tributo directo, as√≠ como tambi√©n el censo o empadronamiento, era tenido por los jud√≠os como la se√Īal suprema del sometimiento al poder extranjero, y por ello algunos grupos radicales de aquella √©poca, como en el caso de los zelotes, se negaban a pagarlo.

Asimismo algunos fariseos sostenían que pagarlo era pecado, al constituir un acto de tácito reconocimiento a las pretensiones divinas del Emperador romano. Para entender mejor esta posición conviene explicar también algo sobre las monedas usadas en aquella época.

Las monedas de poco valor, como el √≥bolo o el lept√≥n, pod√≠an ser acu√Īadas por los jerarcas y autoridades locales. Pero, de modo contrario a la costumbre ampliamente difundida, las monedas acu√Īadas por los jerarcas jud√≠os como Herodes Agripa o por autoridades romanas que gobernaban Judea como en el caso de Poncio Pilato, no pod√≠an llevar acu√Īada ninguna imagen o retrato de sus rostros debido a que para los jud√≠os observantes toda representaci√≥n de figuras humanas se consideraba prohibida por la Ley.

Ahora bien, las transacciones mayores deb√≠an hacerse con monedas de mayor valor, fundamentalmente con la moneda imperial como el denario o el sestercio. √Čstas monedas llevaban acu√Īado el rostro del emperador que en algunos casos inclu√≠a el t√≠tulo ‚Äúdivino C√©sar‚ÄĚ, raz√≥n por la cual los jud√≠os observantes como los fariseos se negaban a usarla.

Los herodianos en cambio, aliados de los romanos, no se hac√≠an ning√ļn problema en pagar el debido tributo al C√©sar y aceptar el uso de la moneda imperial.

A√ļn cuando no estuviesen de acuerdo, todos los jud√≠os estaban obligados a pagar los impuestos si no quer√≠an oponerse frontalmente al poder dominante y exponer a la naci√≥n a un mal mayor. No pod√≠an sino humillarse y aceptar su uso mientras esperaban la tan ansiada llegada del Mes√≠as que les traer√≠a la liberaci√≥n.

En el Evangelio de este Domingo entran en escena fariseos y herodianos. Estos grupos, a pesar de sus profundas e irreconciliables divergencias, se unen en su odio com√ļn al Se√Īor Jes√ļs y planean juntos c√≥mo eliminarlo (ver Mc 3,6). Unos en contra y otros a favor, se acercan al Maestro para preguntarle si es l√≠cito o no pagar el impuesto al C√©sar. M√°s que escuchar su posici√≥n con respecto a este delicado tema, les interesaba tener algo de qu√© acusarlo, ya sea ante el pueblo para restarle autoridad o ante la autoridad romana para poder quitarlo de en medio.

Si el Se√Īor respond√≠a que era deber de los jud√≠os pagar el impuesto al C√©sar, reconociendo de hecho su dominio sobre Israel, decepcionar√≠a al pueblo entero que lo consideraba como ‚Äúel hijo de David‚ÄĚ, el Mes√≠as que estaba a punto de instaurar el Reino de Dios liber√°ndolos para siempre del dominio imp√≠o de los pueblos extranjeros. Una vez perdida la aceptaci√≥n popular, los fariseos podr√≠an hacer con √Čl lo que quisieran.

Si respond√≠a que no hab√≠a que pagar dicho impuesto, los herodianos podr√≠an acusarlo de sedici√≥n ante el procurador romano y ejecutarlo. Notemos que finalmente ser√° √©sta la acusaci√≥n con la que llevan al Se√Īor ante Pilato: ¬ęhemos encontrado a √©ste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al C√©sar y diciendo que √©l es Cristo Rey¬Ľ (Lc 23,2). La acusaci√≥n era obviamente falsa.

La respuesta del Se√Īor desbarata la trampa de los disc√≠pulos de los fariseos y de los herodianos. Luego de echarles en cara su malicia les pide que le muestren la moneda del impuesto. Probablemente alguno de los herodianos, amigos del C√©sar, cargaba consigo una de aquellas monedas y se la muestra al Se√Īor. Luego de preguntar a qui√©n pertenec√≠a el rostro acu√Īado en aquel denario y recibir la evidente respuesta ‚Äúes del C√©sar‚ÄĚ, sentencia el Maestro: ¬ęPues denle al C√©sar lo que es del C√©sar y a Dios lo que es de Dios¬Ľ.

Con esta respuesta proverbial el Se√Īor da a entender que no se opon√≠a al pago del impuesto al C√©sar (En este asunto puede iluminar la ense√Īanza del Se√Īor en Mt 17,24-27), pero que junto a este pago es fundamental tambi√©n darle ‚Äúa Dios lo que es de Dios‚ÄĚ.

El Se√Īor se manifiesta a favor de una distinci√≥n clara entre el dominio de la pol√≠tica y el dominio de lo religioso. En la antig√ľedad lo pol√≠tico y lo religioso tend√≠an a identificarse, al punto que los mismos gobernantes se hac√≠an llamar hijos de dioses o dioses ellos mismos. As√≠ suced√≠a con los egipcios, con los griegos y tambi√©n con los romanos. La divisi√≥n entre Dios y el C√©sar reafirmaba lo que los jud√≠os ‚ÄĒa diferencia de los pueblos vecinos‚ÄĒ consideraban desde siempre, es decir, que la m√°xima autoridad humana no era divina.

Los jud√≠os a lo largo de su propia historia hab√≠an considerado a su rey como un elegido y consagrado por Dios, pero nunca como una divinidad. Encima del rey de Israel estaba Dios y su Ley. Tambi√©n el rey, puesto por Dios como un pastor para guiar a su pueblo en su Nombre, deb√≠a obediencia a Dios y a su Ley. Menos a√ļn pod√≠an los jud√≠os aceptar que un rey, gobernante o emperador extranjero tuviese que ser reconocido y adorado como una divinidad. Este rechazo lo llevaban al extremo de negar toda autoridad humana que no fuera una manifestaci√≥n clara y directa de Dios, despreciando y negando cualquier valor o norma humana que no fuera conveniente para ellos. Seg√ļn este razonamiento muchos jud√≠os se cre√≠an con derecho a no considerarse moralmente obligados por una autoridad o ley humana, como era el caso de la obligaci√≥n de pagar el tributo al C√©sar.

Para el Se√Īor la obediencia a Dios est√° sin duda antes que nada y por encima de todo. Sin embargo, √Čl no duda en reconocer que tambi√©n la autoridad humana ‚ÄĒaunque sea extranjera por el momento‚ÄĒ debe ser razonablemente obedecida. Se deduce de lo dicho por el Se√Īor que no hay que darle a Dios lo que es del C√©sar ni al C√©sar lo que es de Dios. Nadie puede pretender, en nombre de Dios, extraerse de la obediencia a la autoridad humana leg√≠timamente constituida porque el bien com√ļn de la sociedad as√≠ lo demanda. Pero ello exige como contraparte que la autoridad humana no se exceda de sus l√≠mites atribuy√©ndose un poder y autoridad que s√≥lo a Dios corresponde, mandando obediencia por ejemplo a leyes inicuas que atentan contra el orden natural y la Ley de Dios. La obediencia a la autoridad pol√≠tica es un deber que se subordina a la obediencia √ļltima a Dios.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¬ęDad al C√©sar lo que es del C√©sar, y a Dios lo que es de Dios¬Ľ. Con esta lapidaria respuesta resuelve genialmente el Se√Īor la pregunta que maliciosamente le hicieron algunos sobre la licitud de pagar los impuestos al C√©sar. Pero podemos preguntarnos ahora: ¬Ņa qu√© se refiere Jes√ļs con eso de ‚Äúdarle a Dios lo que es de Dios‚ÄĚ? ¬ŅQu√© es de Dios?

La imagen de la moneda nos da una luz para poder responder a esta pregunta crucial. En la moneda del impuesto estaba acu√Īada una imagen, la del C√©sar, es decir, la del Emperador romano de turno. Tambi√©n estaba acu√Īada una inscripci√≥n: el nombre del C√©sar. Para el Se√Īor parece que esa moneda sirve de figura para comprender otra realidad mucho m√°s importante: la del ser humano. En la Escritura leemos repetidas veces que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza (ver G√©n 1,26-27; 5,1; 9,6; Sab 2,23; Eclo 17,1-4). He all√≠ la respuesta: el hombre, todo hombre por m√°s insignificante que parezca, es de Dios, porque tiene grabado en lo m√°s profundo de su ser esa ‚Äúhuella‚ÄĚ, ese ‚Äúsello divino‚ÄĚ, esa imagen e inscripci√≥n que ‚Äúa gritos‚ÄĚ le reclama la comuni√≥n con Dios.

Ese reclamo profundo lo experimenta todo ser humano a modo de un hambre de Dios, de una inapagable sed de Infinito, sed de felicidad, sed de un amor aut√©ntico que resuelva su necesidad de amar en la profunda e intensa comuni√≥n con otros y con el T√ļ divino, en una comuni√≥n que no acabe nunca, una comuni√≥n en la que el objeto de su amor jam√°s le sea arrebatado.

Pero si por un lado experimentamos ese profundo reclamo de nuestro ser, que es una necesidad imperiosa de Dios, al mismo tiempo experimentamos tambi√©n un tremendo miedo de ‚Äúdarle a Dios lo que es de Dios‚ÄĚ, miedo de entregarnos a √Čl confiadamente. ¬ŅEs un miedo a que me quite lo que yo pienso que me har√° feliz? ¬ŅMiedo a que me pida m√°s de lo que estoy dispuesto a dar? ¬ŅMiedo a que si lo amo demasiado perder√© el control de mi vida? Es un miedo absurdo, pues si a Dios le damos todo lo que es de Dios, √Čl nos dar√° a cambio todo aquello que hace la vida verdaderamente humana, libre, grande y bella.

Darle a Dios lo que es de Dios implica, en lo concreto, consagrarle a Dios mi vida y mis intenciones, amarlo con todo mi ser y por eso mismo buscar hacer lo que √Čl me dice, trabajar por ver realizados sus designios en mi vida. En la medida en que t√ļ te orientes hacia Dios ‚Äúd√°ndole a Dios lo que es de Dios‚ÄĚ, devolvi√©ndole a √Čl aquello que lleva su misma huella grabada en lo m√°s profundo del coraz√≥n, contribuir√°s a que las tinieblas retrocedan, contribuir√°s a que la sociedad se oriente cada vez m√°s a Dios, volvi√©ndose de este modo una sociedad cada vez m√°s justa, fraterna y reconciliada. De otro modo, en la medida en que no se reconozca la huella divina grabada en lo profundo de cada ser humano, desde el reci√©n concebido hasta el m√°s anciano o in√ļtil para la sociedad, s√≥lo prevalecer√° la injusticia, el abuso de aquellos que ostentan el poder econ√≥mico o pol√≠tico, la explotaci√≥n abierta o encubierta del hombre por el hombre, el asesinato ‚Äúsuavizado‚ÄĚ con t√©rminos eufem√≠sticos como ‚Äúinterrupci√≥n del embarazo‚ÄĚ o ‚Äúponer fin al sufrimiento de la persona‚ÄĚ, cada vez m√°s leyes inicuas ser√°n sancionadas por la mayor√≠a.

Un medio sencillo para ‚Äúdarle a Dios lo que es de Dios‚ÄĚ es vivir el ejercicio de la ‚Äúconsagraci√≥n de las intenciones‚ÄĚ. Consagrar significa dedicar, ofrecer a Dios. La ‚Äúintenci√≥n‚ÄĚ es la raz√≥n, a veces s√≥lo por m√≠ conocida, por la que hago algo. ‚ÄúConsagrar mis intenciones a Dios‚ÄĚ quiere decir hacer las cosas por Dios, seg√ļn la exhortaci√≥n del ap√≥stol Pablo: ¬ęya com√°is, ya beb√°is o hag√°is cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios¬Ľ (1Cor 10,31). Ello implica hacer lo que Dios me pide, en el momento en que me lo pide, seg√ļn su divino designio para conmigo, conocido y madurado a la luz de la oraci√≥n y el encuentro con √Čl. En este empe√Īo debemos mirar y aprender de Cristo, haciendo nuestro su criterio de elecci√≥n y acci√≥n: ¬ęyo hago siempre lo que le agrada a mi Padre¬Ľ (Jn 8,29).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Atanasio: ¬ę¬ŅEs que Dios no ahorrar√° a sus criaturas el extraviarse lejos de √Čl y ser sometidas a la nada, puesto que este extrav√≠o es para ellas causa de p√©rdida ruinosa, teniendo en cuenta que los seres que participan de la imagen de Dios (Gen 1,26) no perecer√°n? ¬ŅQu√© hac√≠a falta que Dios hiciera? ¬ŅQu√© hacer sino es renovar en ellos su imagen para que los hombres puedan, de nuevo, conocerle? ¬ŅPero, c√≥mo se har√° esto, si no es por la presencia de la misma imagen de Dios (Col 1,15), nuestro Salvador Jesucristo? Esto no pod√≠a realizarse por los mismos hombres, puesto que ellos no son la imagen de Dios sino que han sido creados seg√ļn la imagen; tampoco lo pod√≠an realizar los √°ngeles, porque ellos mismos no son im√°genes. Por eso vino el mismo Verbo de Dios, √Čl que es la imagen del Padre, a fin de estar en condiciones de restaurar la imagen desde el fondo mismo de la esencia humana. Por otra parte, esto no se pod√≠a llevar a cabo si la muerte y la degradaci√≥n subsiguiente no eran aniquiladas. Por eso el Verbo tom√≥ un cuerpo mortal, para poder aniquilar la muerte y restaurar a los hombres seg√ļn la imagen de Dios. As√≠ pues, el que es la imagen del Padre, su Hijo sant√≠simo, vino a nosotros para renovar al hombre hecho a su semejanza y, cuando estaba perdido, volverlo a encontrar por la remisi√≥n de sus pecados, tal como √©l mismo dice: ¬ęHe venido a buscar y salvar lo que estaba perdido¬Ľ (Lc 19,10).¬Ľ

San Lorenzo de Brindisi: ¬ęHay que pagar al C√©sar la moneda que lleva su efigie y la inscripci√≥n del C√©sar, a Dios lo que ha sido sellado con el sello de su imagen y semejanza‚Ķ Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26). Eres hombre, ¬°oh cristiano! Eres la moneda del tesoro divino, una moneda que lleva el sello y la inscripci√≥n del emperador divino. Por tanto, pregunto con Cristo: ‚Äú¬ŅDe qui√©n son esta imagen y esta inscripci√≥n?‚ÄĚ T√ļ respondes: ‚ÄúDe Dios.‚ÄĚ Yo te respondo: ¬ŅPor qu√©, entonces, no das a Dios lo que es suyo?‚ÄĚ.¬Ľ

San Columbano: ¬ęEn la medida que el hombre usa rectamente de las virtudes plantadas en √©l, ser√° semejante a Dios. Todas las virtudes que Dios ha infundido en nosotros cuando nos cre√≥, se las debemos ‚Äúdevolver‚ÄĚ seg√ļn √Čl mismo nos lo ense√Īa. Nos pide, para empezar, que amemos a Dios con todas nuestras fuerzas (Dt 6,5) porque ‚Äú√Čl nos am√≥ primero‚ÄĚ (1Jn 4,10), desde el principio, antes que existi√©ramos. Amar a Dios es, pues, renovar en nosotros su imagen. Ama a Dios quien cumple sus mandamientos.¬Ľ

San Hilario: ¬ęConviene por lo tanto que nosotros le paguemos lo que le debemos, esto es, el cuerpo, el alma y la voluntad. La moneda del C√©sar est√° hecha en el oro, en donde se encuentra grabada su imagen; la moneda de Dios es el hombre, en quien se encuentra figurada la imagen de Dios; por lo tanto dad vuestras riquezas al C√©sar y guardad la conciencia de vuestra inocencia para Dios.¬Ľ

San Lorenzo de Brindisi: ¬ęSi queremos ser realmente imagen de Dios, debemos asemejarnos a Cristo, ya que √Čl es la imagen de la bondad de Dios y la ‚Äúimpronta de su ser‚ÄĚ. (Heb 1,3) Y Dios ‚Äúnos ha destinado a ser im√°genes de su Hijo‚ÄĚ (Rom 8,29). Cristo dio al C√©sar lo que es del C√©sar y a Dios lo que es de Dios. Observ√≥ de manera perfecta los preceptos que contienen las tablas de la ley divina ‚Äúhaci√©ndose obediente hasta la muerte en cruz‚ÄĚ (ver Flp 2,8) y as√≠ fue levantado a lo m√°s alto de los Cielos.¬Ľ

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Las autoridades en la sociedad civil

2234: El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina tanto los deberes de quienes ejercen la autoridad como los de quienes están sometidos a ella.

Deberes de las autoridades civiles

2237: El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente el de las familias y de los desheredados.

Los derechos pol√≠ticos inherentes a la ciudadan√≠a pueden y deben ser concedidos seg√ļn las exigencias del bien com√ļn. No pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo leg√≠timo y proporcionado. El ejercicio de los derechos pol√≠ticos est√° destinado al bien com√ļn de la naci√≥n y de toda la comunidad humana.

Deberes de los ciudadanos

2239: Deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en esp√≠ritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisi√≥n a las autoridades leg√≠timas y el servicio del bien com√ļn exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad pol√≠tica.

2240: La sumisi√≥n a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien com√ļn exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del pa√≠s.

2242: El ciudadano tiene obligaci√≥n en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las ense√Īanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificaci√≥n en la distinci√≥n entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad pol√≠tica. ¬ęDad al C√©sar lo que es del C√©sar y a Dios lo que es de Dios¬Ľ (Mt 22, 21). ¬ęHay que obedecer a Dios antes que a los hombres¬Ľ (Hch 5, 29):

Cuando la autoridad p√ļblica, excedi√©ndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, √©stos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien com√ļn; pero les es l√≠cito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los l√≠mites que se√Īala la ley natural y evang√©lica.

La comunidad política y la Iglesia

2244: Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre:

Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

¬ęHay un pasaje muy hermoso, en Puebla, que nos permite iniciar un proceso de profundizaci√≥n en el misterio de Amor que es Dios y en su Plan, tambi√©n de amor, para la persona humana. ‚ÄúAl hacer el mundo ‚ÄĒdicen los padres de Puebla‚ÄĒ, Dios cre√≥ a los hombres para que particip√°ramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unig√©nito en el Esp√≠ritu Santo‚ÄĚ (n. 182).

¬ĽAs√≠, pues, vemos que Dios, que es Amor, que es Comuni√≥n interpersonal de amor, crea al ser humano y lo invita a participar de ese amor, a hacerse amor, a entrar en comuni√≥n de amor con Dios; y, como se desprende de la orientaci√≥n universal de todos los hombres hacia ese amor, a entrar en comuni√≥n con los dem√°s seres humanos.

¬ĽLa clave del designio divino se encuentra en el misterio del amor difusivo al que Dios ‚ÄĒUno y Trino‚ÄĒ invita a participar a los seres humanos. Tambi√©n Puebla formula muy bien este aspecto, cuando dice: ‚ÄúEl hombre eternamente ideado y eternamente elegido en Jesucristo, deb√≠a realizarse como imagen creada de Dios, reflejando el misterio divino de comuni√≥n en s√≠ mismo y en la convivencia con sus hermanos, a trav√©s de una acci√≥n transformadora sobre el mundo‚ÄĚ (n. 184).¬Ľ

¬ęEn Ecclesia in America dice el Papa Juan Pablo II: ¬ęEn efecto, ‚Äúel Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado (ver Hb 4, 11), manifiesta el Plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocaci√≥n [...] As√≠, Jes√ļs no s√≥lo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia tambi√©n consigo mismo, revel√°ndole su propia naturaleza‚Ä̬Ľ (n. 10).

¬ĽEl Santo Padre ha sostenido con magisterial claridad: ¬ęLa Iglesia posee, gracias al Evangelio, la verdad sobre el hombre. Esta se encuentra en una antropolog√≠a que la Iglesia no cesa de profundizar y de comunicar. La afirmaci√≥n primordial de esta antropolog√≠a es la del hombre como imagen de Dios, irreductible a una simple parcela de la naturaleza, o a un elemento an√≥nimo de la ciudad humana. En este sentido escrib√≠a San Ireneo: La gloria del hombre es Dios, pero el recept√°culo de toda acci√≥n de Dios, de su sabidur√≠a, de su poder, es el hombre¬Ľ (Discurso inaugural en Puebla, 28/1/1979, I.9).¬Ľ

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