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San P√≠o X, Carta enc√≠clica ¬ęAd diem illud laetissimum¬Ľ
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Carta enc√≠clica ¬ęAd diem illud laetissimum¬Ľ

Del Papa San Pío X
sobre la devoción a la Santísima Virgen

Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica

Recuerdo de la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción

El paso del tiempo, en el transcurso de unos meses, nos llevar√° a aquel d√≠a venturos√≠simo en el que, hace cincuenta a√Īos, Nuestro antecesor P√≠o IX, pont√≠fice de sant√≠sima memoria, ce√Īido con una numeros√≠sima corona de padres purpurados y obispos consagrados, con la autoridad del magisterio infalible, proclam√≥ y promulg√≥ como cosa revelada por Dios que la bienaventurada Virgen Mar√≠a estuvo inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepci√≥n. Nadie ignora con qu√© esp√≠ritu, con qu√© muestras de alegr√≠a y de agradecimiento p√ļblicos acogieron aquella promulgaci√≥n los fieles de todo el mundo; verdaderamente nadie recuerda una adhesi√≥n semejante tanto a la augusta Madre de Dios como al Vicario de Jesucristo o que tuviera eco tan amplio o que haya sido recibida con unanimidad tan absoluta.

Demostraciones de piedad mariana

Y ahora, Venerables Hermanos, despu√©s de transcurrido medio siglo, la renovaci√≥n del recuerdo de la Virgen Inmaculada, necesariamente hace que resuene en nuestras almas el eco de aquella alegr√≠a santa y que se repitan aquellos espect√°culos famosos de anta√Īo, expresiones de fe y de amor a la augusta Madre de Dios. Nos impulsa con ardor a alentar todo esto la piedad con la que Nos, durante toda nuestra vida, hemos tratado a la Sant√≠sima Virgen, por la gracia extraordinaria de su protecci√≥n; esperamos con toda seguridad que as√≠ ser√°, por el deseo de todos los cat√≥licos, que siempre est√°n dispuestos a manifestar una y otra vez a la gran Madre de Dios sus testimonios de amor y de honra. Adem√°s tenemos que decir que este deseo Nuestro surge sobre todo de que, por una especie de moci√≥n oculta, Nos parece apreciar que est√°n a punto de cumplirse aquellas esperanzas que impulsaron prudentemente a Nuestro antecesor P√≠o ya todos los obispos del mundo a proclamar solemnemente la concepci√≥n inmaculada de la Madre de Dios.

La Virgen nos ayuda siempre

No son pocos los que se quejan de que hasta el d√≠a de hoy esas esperanzas no se han colmado y utilizan las palabras de Jerem√≠as: Esper√°bamos la paz y no hubo bien alguno: el tiempo del consuelo y he aqu√≠ el temor1. Pero, ¬Ņqui√©n podr√≠a no entra√Īarse de esta clase de poca fe por parte de quienes no miran por dentro o desde la perspectiva de la verdad las obras de Dios? Pues, ¬Ņqui√©n ser√≠a capaz de llevar la cuenta del n√ļmero de los regalos ocultos de gracia que Dios ha volcado durante este tiempo sobre la Iglesia, por la intervenci√≥n conciliadora de la Virgen? y si hay quienes pasan esto por alto, ¬Ņqu√© decir del Concilio Vaticano, celebrado en momento tan acertado?; ¬Ņqu√© del magisterio infalible de los Pont√≠fices proclamado tan oportunamente, contra los errores que surjan en el futuro?; ¬Ņqu√©, en fin, de la nueva e inaudita oleada de piedad que ya desde hace tiempo hace venir hasta el Vicario de Cristo, para hacerlo objeto de su piedad, a toda clase de fieles desde todas las latitudes? ¬ŅAcaso no es de admirar la prudencia divina con que cada uno de Nuestros dos predecesores, P√≠o y Le√≥n, sacaron adelante con gran santidad a la Iglesia en un tiempo lleno de tribulaciones, en un pontificado como nadie hab√≠a tenido? Adem√°s, apenas P√≠o hab√≠a proclamado que deb√≠a creerse con fe cat√≥lica que Mar√≠a, desde su origen hab√≠a desconocido el pecado, cuando en la ciudad de Lourdes comenzaron a tener lugar las maravillosas apariciones de la Virgen; a ra√≠z de ellas, all√≠ edific√≥ en honor de Mar√≠a Inmaculada un grande y magn√≠fico santuario; todos los prodigios que cada d√≠a se realizan all√≠, por la oraci√≥n de la Madre de Dios, son argumentos contundentes para combatir la incredulidad de los hombres de hoy.

Testigos de tantos y tan grandes beneficios como Dios, mediante la imploraci√≥n benigna de la Virgen, nos ha conferido en el transcurso de estos cincuenta a√Īos, ¬Ņc√≥mo no vamos a tener la esperanza de que nuestra salvaci√≥n est√° m√°s cercana que cuando cre√≠mos?; quiz√° m√°s, porque por experiencia sabemos que es propio de la divina Providencia no distanciar demasiado los males peores de la liberaci√≥n de los mismos. Est√° a punto de llegar su hora, y sus d√≠as no se har√°n esperar. Pues el Se√Īor se compadecer√° de Jacob escoger√° todav√≠a a Israel2; para que la esperanza se siga manteniendo, dentro de poco clamaremos: Tritur√≥ el Se√Īor el b√°culo de los imp√≠os. Se apacigu√≥ y enmudeci√≥ toda la tierra, se alegr√≥ y exult√≥3.

Mar√≠a es el camino m√°s seguro hacia Jes√ļs

La raz√≥n por la que el quincuag√©simo aniversario de la proclamaci√≥n de la inmaculada concepci√≥n de la Madre de Dios debe provocar un singular fervor en el pueblo cristiano, radica para Nos sobre todo en lo que ya Nos propusimos en la anterior carta enc√≠clica: instaurar todas las cosas en Cristo. Pues ¬Ņqui√©n no ha experimentado que no hay un camino m√°s seguro y m√°s expedito para unir a todos con Cristo que el que pasa a trav√©s de Mar√≠a, y que por ese camino podemos lograr la perfecta adopci√≥n de hijos, hasta llegar a ser santos e inmaculados en la presencia de Dios? En efecto, si verdaderamente a Mar√≠a le fue dicho: Bienaventurada t√ļ que has cre√≠do, porque se cumplir√° todo lo que el Se√Īor te ha dicho4, de manera que verdaderamente concibi√≥ y pari√≥ al Hijo de Dios; si realmente recibi√≥ en su vientre a aquel que es la Verdad por naturaleza, de manera que engendrado en un nuevo orden, con un nuevo nacimiento se hizo invisible en sus categor√≠as, visible en las nuestras5; puesto que el Hijo de Dios hecho hombre es autor y consumador de nuestra fe, es de todo punto necesario reconocer como part√≠cipe y como guardiana de los divinos misterios a su Sant√≠sima Madre en la cual, como el fundamento m√°s noble despu√©s de Cristo, se apoya el edificio de la fe de todos los siglos.

¬ŅEs que acaso no habr√≠a podido Dios proporcionarnos al restaurador del g√©nero humano y al fundador de la fe por otro camino distinto de la Virgen? Sin embargo, puesto que pareci√≥ a la divina providencia oportuno que recibi√©ramos al Dios-Hombre a trav√©s de Mar√≠a, que lo engendr√≥ en su vientre fecundada por el Esp√≠ritu Santo, a nosotros no nos resta sino recibir a Cristo de manos de Mar√≠a. De ah√≠ que claramente en las Sagradas Escrituras; cuantas veces se nos anuncia la gracia futura, se une al Salvador del mundo su Sant√≠sima Madre. Surgir√° el cordero dominador de la tierra, pero de la piedra del desierto; surgir√° una flor, pero de la ra√≠z de Jes√©. Ad√°n atisbaba a Mar√≠a aplastando la cabeza de la serpiente y contuvo las l√°grimas que le provocaba la maldici√≥n. En ella pens√≥ No√©, recluido en el arca acogedora; Abraham cuando se le impidi√≥ la muerte de su hijo; Jacob cuando ve√≠a la escala y los √°ngeles que sub√≠an y bajaban por ella; Mois√©s admirado por la zarza que ard√≠a y no se consum√≠a; David cuando danzaba y cantaba mientras conduc√≠a el arca de Dios; El√≠as mientras miraba a la nubecilla que sub√≠a del mar. Por √ļltimo -¬Ņy para qu√© m√°s?- encontramos en Mar√≠a, despu√©s de Cristo, el cumplimiento de la ley y la realizaci√≥n de los s√≠mbolos y de las profec√≠as.

Pero nadie dudar√° que a trav√©s de la Virgen, y por ella en grado sumo, se nos da un camino para conocer a Cristo, simplemente con pensar que ella fue la √ļnica con la que Jes√ļs, como conviene a un hijo con su madre, estuvo unido durante treinta a√Īos por una relaci√≥n familiar y un trato √≠ntimo. Los admirables misterios del nacimiento y la infancia de Cristo, y, sobre todo, el de la asunci√≥n de la naturaleza humana que es el inicio y el fundamento de la fe ¬Ņa qui√©n le fueron m√°s patentes que a la Madre? La cual ciertamente, no s√≥lo conservaba ponder√°ndolos en su coraz√≥n los sucesos de Bel√©n y los de Jerusal√©n en el templo del Se√Īor, sino que, participando de las decisiones y los misteriosos designios de Cristo, debe decirse que vivi√≥ la misma vida que su Hijo. As√≠ pues, nadie conoci√≥ a Cristo tan profundamente como Ella; nadie m√°s apta que ella como gu√≠a y maestra para conocer a Cristo.

De aqu√≠ que, como ya hemos apuntado, nadie sea m√°s eficaz para unir a los hombres con Cristo que esta Virgen. Pues si, seg√ļn la palabra de Cristo, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, solo Dios verdadero y al que t√ļ enviaste, Jesucristo6, una vez recibida por medio de Mar√≠a la noticia salvadora de Cristo, por Mar√≠a tambi√©n logramos m√°s f√°cilmente aquella vida cuya fuente e inicio es Cristo.

María Santísima es Madre nuestra

¬°Cu√°ntos dones excelsos y por cu√°ntos motivos desea esta sant√≠sima Madre proporcion√°rnoslos, con tal que tengamos una peque√Īa esperanza, y cu√°n grandes logros seguir√°n a nuestra esperanza!

¬ŅNo es Mar√≠a Madre de Cristo? Por tanto, tambi√©n es madre nuestra. Pues cada uno debe estar convencido de que Jes√ļs, el Verbo que se hizo carne, es tambi√©n el salvador del g√©nero humano. y en cuanto Dios-Hombre, fue dotado, como todos los hombres, de un cuerpo concreto; en cuanto restaurador de nuestro linaje, tiene un cuerpo espiritual, al que se llama m√≠stico, que es la sociedad de quienes creen en Cristo. Siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo7. Por consiguiente, la Virgen no concibi√≥ tan s√≥lo al Hijo de Dios para que se hiciera hombre tomando de ella la naturaleza humana, sino tambi√©n para que, a trav√©s de la naturaleza tomada de ella, se convirtiera en salvador de los mortales. Por eso el √Āngel dijo a los pastores: Os ha nacido hoy el Salvador, que es el Se√Īor Cristo8. Por tanto en ese uno y mismo seno de su cast√≠sima Madre Cristo tom√≥ carne y al mismo tiempo uni√≥ a esa carne su cuerpo espiritual compuesto efectivamente por todos aquellos que hab√≠an de creer en El. De manera que cuando Mar√≠a ten√≠a en su vientre al Salvador puede decirse que gestaba tambi√©n a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador. As√≠ pues, todos cuantos estamos unidos con Cristo y los que, como dice el Ap√≥stol, somos miembros de su cuerpo, part√≠cipes de su carne y de sus huesos9, hemos salido del vientre de Mar√≠a, como partes del cuerpo que permanece unido a la cabeza. De donde, de un modo ciertamente espiritual y m√≠stico, tambi√©n nosotros nos llamamos hijos de Mar√≠a y ella es la madre de todos nosotros. Madre en esp√≠ritu... pero evidentemente madre de los miembros de Cristo que somos nosotros10. En efecto, si la bienaventurada Virgen es al mismo tiempo Madre de Dios y de los hombres ¬Ņqui√©n es capaz de dudar de que ella procurar√° con todas sus fuerzas que Cristo, cabeza del cuerpo de la Iglesia11, infunda en nosotros, sus miembros, todos sus dones, y en primer lugar que le conozcamos y que vivamos por √©l?12

María, corredentora

A todo esto hay que a√Īadir, en alabanzas de la sant√≠sima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unig√©nito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de su carne13 con la que se lograr√≠a una hostia admirable para la salvaci√≥n de los hombres; sino tambi√©n el papel de custodiar y alimentar esa hostia e incluso, en el momento oportuno, colocarla ante el ara. De ah√≠ que nunca son separables el tenor de la vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y otro las palabras del Profeta14: mi vida transcurri√≥ en dolor y entre gemidos mis a√Īos. Efectivamente cuando lleg√≥ .la √ļltima hora del Hijo, estaba en pie junto a la cruz de Jes√ļs, su Madre, no limit√°ndose a contemplar el cruel espect√°culo, sino goz√°ndose de que su Unig√©nito se inmolara para la salvaci√≥n del g√©nero humano, y tanto se compadeci√≥ que, si hubiera sido posible, ella misma habr√≠a soportado gustos√≠sima todos .los tormentos que padeci√≥ su Hijo15.

Y por esta comuni√≥n de voluntad y de dolores entre Mar√≠a y Cristo, ella mereci√≥ convertirse con toda dignidad en reparadora del orbe perdido16, y por tanto en dispensadora de todos los bienes que Jes√ļs nos gan√≥ con su muerte y con su sangre.

Cierto que no queremos negar que la erogaci√≥n de estos bienes corresponde por exclusivo y propio derecho a Cristo; puesto que se nos han originado a partir de su muerte y El por su propio poder es el mediador entre Dios y los hombres. Sin embargo, por esa comuni√≥n, de la que ya hemos hablado, de dolores y bienes de la Madre con el Hijo, se le ha concedido a la Virgen augusta ser poderos√≠sima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su Hijo Unig√©nito17. As√≠ pues, la fuente es Cristo y de su plenitud todos hemos recibido18; por quien el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo nutren... va obrando su crecimiento en orden a su conformaci√≥n en la caridad19. A su vez Mar√≠a, como se√Īala Bernardo, es el acueducto20; o tambi√©n el cuello, a trav√©s del cual el cuerpo se une con la cabeza y la cabeza env√≠a al cuerpo la fuerza y las ideas. Pues ella es el cuello de nuestra Cabeza, a trav√©s del cual se transmiten a su cuerpo m√≠stico todos los dones espirituales21. As√≠ pues es evidente que lejos de nosotros est√° el atribuir ala Madre de Dios el poder de producir eficazmente la gracia sobrenatural, que es exclusivamente de Dios. Ella, sin embargo, al aventajar a todos en santidad y en uni√≥n con Cristo y al ser llamada por Cristo a la obra de la salvaci√≥n de los hombres, nos merece de congruo, como se dice, lo que Cristo mereci√≥ de condigno y es Ella ministro principal en .la concesi√≥n de gracias. Cristo est√° sentado a la derecha de la majestad en los cielos22; Mar√≠a a su vez est√° como reina a su derecha, refugio segur√≠simo de todos los que est√°n en peligro y fidel√≠sima auxiliadora, de modo que nada hay que temer y por nada desesperar con ella como gu√≠a, bajo su auspicio, con ella como propiciadora y protectora23.

Con estos presupuestos, volvemos a nuestro prop√≥sito: ¬Ņa qui√©n le parecer√° que no tenemos derecho a afirmar que Mar√≠a, que desde la casa de Nazaret hasta el lugar de la Calavera estuvo acompa√Īando a Jes√ļs, que conoci√≥ los secretos de su coraz√≥n como nadie y que administra los tesoros de sus m√©ritos con derecho, por as√≠ decir, materno, es el mayor y el m√°s seguro apoyo para conocer y amar a Cristo? Esto es comprobable por la dolorosa situaci√≥n de quienes, enga√Īados por el demonio o por doctrinas falsas, pretenden poder prescindir de la intercesi√≥n de la Virgen. ¬°Desgraciados infelices! Traman prescindir de la Virgen para honrar a Cristo: e ignoran que no es posible encontrar al ni√Īo sino con Mar√≠a, su Madre.

La devoción a la Virgen nos tiene que acercar a la santidad

Siendo esto as√≠, Venerables Hermanos, queremos detener nuestra mirada en las solemnidades que se preparan en todas partes en honor de Santa Mar√≠a, Inmaculada desde su origen. y ciertamente ning√ļn honor es m√°s deseado por Mar√≠a, ninguno m√°s agradable que el que nosotros conozcamos bien a Jes√ļs y le amemos. Haya por tanto celebraciones de los fieles en los templos, haya aparato de fiestas, haya regocijos en las ciudades; todos estos medios contribuyen no poco a encender la piedad. Pero si a ellos no se une la voluntad interior, tendremos simplemente formas que no ser√°n m√°s que un simulacro de religi√≥n. y al verlas, la Virgen, como justa reprensi√≥n, emplear√° con nosotros las palabras de Cristo: Este pueblo me honra con los labios, pero su coraz√≥n est√° lejos de m√≠24.

En definitiva, es aut√©ntica la piedad hacia la Madre de Dios cuando nace del alma; y en este punto no tiene valor ni utilidad alguna la acci√≥n corporal, si est√° separada de la actitud del esp√≠ritu. Actitud que necesariamente se refiere a la obediencia rendida a los mandamientos del Hijo divino de Mar√≠a. Pues si s√≥lo es amor verdadero el que es capaz de unir las voluntades, es conveniente que nuestra voluntad y la de su sant√≠sima Madre se unan en el servicio a Cristo Se√Īor. Lo que la Virgen prudent√≠sima dec√≠a a los siervos en las bodas de Can√°, eso mismo nos dice a nosotros: Haced lo que √Čl os diga25 y lo que Cristo dice es: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos26.

Por eso, cada uno debe estar persuadido de que, si la piedad que declara hacia la Santísima Virgen no le aparta del pecado o no le estimula a la decisión de enmendar las malas costumbres, su piedad es artificial y falsa, por cuanto carece de su fruto

propio y genuino.

Si alguno pareciera necesitar confirmaci√≥n de todo esto, puede f√°cilmente encontrarla en el dogma de la Inmaculada Concepci√≥n de la Madre de Dios. Pues, dejando a un lado la tradici√≥n cat√≥lica, que es fuente de verdad como la Sagrada Escritura, ¬Ņde d√≥nde surge la persuasi√≥n de que la Inmaculada Concepci√≥n de la Virgen estaba tan de acuerdo con el sentido cristiano que pod√≠a tenerse como depositada e innata en las almas de los fieles? Rechazamos ‚ÄĒas√≠ explic√≥ brillantemente Dionisio el Cartujano las causas de esta persuasi√≥n‚ÄĒ, rechazamos creer que la mujer que hab√≠a de pisar la cabeza de la serpiente, haya sido pisada por ella en alg√ļn momento y que la Madre del Se√Īor haya sido hija del diablo27. Es evidente que no pod√≠a caber en la mente del pueblo cristiano que la carne de Cristo, santa, impoluta e inocente hubiera sido oscurecida en el vientre de la Virgen por una carne en la que, ni por un instante, hubiera estado introducido el pecado. Y esto ¬Ņpor qu√©, sino porque el pecado y Dios est√°n separados por una oposici√≥n infinita? De ah√≠ que con raz√≥n por todas partes los pueblos cat√≥licos han estado siempre persuadidos de que el Hijo de Dios, con vistas a que, asumiendo la naturaleza humana, nos iba a lavar de nuestros pecados con su sangre, por singular gracia y privilegio, preserv√≥ inmune a su Madre la Virgen de toda mancha de pecado original, ya desde el primer instante de su concepci√≥n. y Dios aborrece tanto cualquier pecado, que no s√≥lo no consinti√≥ que la futura Madre de su Hijo experimentara ninguna mancha recibida por propia voluntad; sino que, por privilegio singular√≠simo, atendiendo a los m√©ritos de Cristo, incluso la libr√≥ de la mancha con la que estamos marcados, como por una mala herencia, todos los hijos de Ad√°n. ¬ŅQui√©n puede dudar de que el primer deber que se propone a quien pretende obsequiar a Mar√≠a es la enmienda de sus costumbres viciosas y corrompidas, y el dominio de los deseos que impulsan a lo prohibido?

Imitar a María

Y, por otra parte, si uno quiere ‚ÄĒnadie debe dejar de quererlo‚ÄĒ que su piedad a la Virgen sea justa y consecuente, es necesario avanzar m√°s y procurar con esfuerzo imitar su ejemplo.

Es ley divina que quienes desean lograr la eterna bienaventuranza experimenten en s√≠ mismos, por imitaci√≥n de Cristo, Su paciencia y Su santidad. Porque a los que de antes conoci√≥, a esos los predestin√≥ a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que √©ste sea el primog√©nito entre muchos hermanos28. Pero puesto que nuestra debilidad es tal que f√°cilmente nos asustamos ante la grandeza de tan gran modelo, el poder providente de Dios nos ha propuesto otro modelo que, estando todo lo cercano a Cristo que permite la naturaleza humana, se adapta con m√°s propiedad a nuestra limitaci√≥n. Y ese modelo no es otro que la Madre de Dios. Mar√≠a fue tal ‚ÄĒdice a este respecto San Ambrosio‚ÄĒ que su vida es modelo para todos. De lo cual √©l mismo deduce correctamente: As√≠ pues, sea para vosotros la vida de Mar√≠a como el modelo de la virginidad. En ella, como en un espejo, resplandece la imagen de la castidad y el modelo de la virtud29.

La fe, la esperanza y la caridad de la Santísima Virgen

Y aunque es conveniente que los hijos no pasen por alto nada digno de alabanza de su sant√≠sima Madre sin imitarlo, deseamos que los fieles imiten sobre todas, aquellas virtudes Suyas que son las principales y como los nervios y las articulaciones de la sabidur√≠a cristiana: nos referimos a la fe, a la esperanza y a la caridad con Dios y con los hombres. Aunque ning√ļn instante de la vida de la Virgen careci√≥ del resplandor de estas virtudes, sin embargo sobresalieron en ese momento en que estuvo presente a la muerte de su Hijo.

Jes√ļs es. conducido a la cruz y se le reprocha entre maldiciones que se ha hecho Hijo de Dios30. Pero ella reconoce y rinde culto constantemente en El a la divinidad. Deposita en el sepulcro al cuerpo muerto y sin embargo no duda de que resucitar√°. La caridad inconmovible con la que vibra respecto a Dios la convierte en part√≠cipe y compa√Īera de los padecimientos de Cristo. Y con √©l, como olvidada de su dolor, pide perd√≥n para sus verdugos, aunque √©stos obstinadamente exclaman: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos31.

Mas, para que no parezca que hemos dejado el análisis de la concepción inmaculada de la Virgen, que es la razón de Nuestra carta, ¡qué gran ayuda y qué apropiada la de este dogma para mantener y cultivar fielmente estas mismas virtudes!

Nuestra fe

Efectivamente, ¬Ņqu√© fundamentos a la fe ponen estos osados que esparcen tantos errores por doquier, con los que la fe misma queda vacilante en muchos? Niegan en primer lugar que el hombre haya ca√≠do en pecado y que en alg√ļn tiempo haya permanecido derrocado de su situaci√≥n. De ah√≠ que interpreten el pecado original y los males que de √©l surgieron como una ficci√≥n mentirosa; para ellos la humanidad est√° corrompida en su origen y toda la naturaleza humana est√° viciada; as√≠ es como se introdujo el mal entre los mortales y fue impuesta la necesidad de una reparaci√≥n. Con estos presupuestos, es f√°cil imaginar que no hay ning√ļn lugar para Cristo ni para la Iglesia ni para la gracia ni para ning√ļn orden que trascienda a la naturaleza; con una sola palabra se desploma radicalmente todo el edificio de la fe.

Pero si las gentes creen y confiesan que la Virgen María, desde el primer momento de su concepción, estuvo inmune de todo pecado, entonces también es necesario que admitan el pecado original, la reparación de la humanidad por medio de Cristo, el evangelio, la Iglesia, en fin la misma ley de la reparación. Con todo ello desaparece y se corta de raíz cualquier tipo de racionalismo y de materialismo y se mantiene intacta la sabiduría cristiana en la custodia y defensa de la verdad.

A esto se a√Īade la actividad com√ļn a todos los enemigos de la fe, sobre todo en este momento, para desarraigar m√°s f√°cilmente la fe de las almas: rechazan, y proclaman que debe rechazarse, la obediencia reverente a la autoridad no s√≥lo de la Iglesia sino de cualquier poder civil. De aqu√≠ surge el anarquismo: nada m√°s funesto y m√°s nocivo tanto para el orden natural como para el sobrenatural. Por supuesto este azote, funest√≠simo tanto para la sociedad civil como para la cristiandad, tambi√©n destruye el dogma de la Inmaculada Concepci√≥n de la Madre de Dios; porque con √©l nos obligamos a atribuir a la Iglesia tal poder que es necesario someterle no solamente la voluntad, sino tambi√©n la inteligencia; as√≠, por esta sujeci√≥n de la raz√≥n el pueblo cristiano canta a la Madre de Dios: Toda hermosa eres Marta y no hay en ti pecado original32. Y as√≠ se logra el que la Iglesia diga merecidamente a la Virgen soberana que ella sola hizo desaparecer todas las herej√≠as del mundo universo.

Nuestra esperanza

Y si la fe, como dice el Apóstol, no es otra cosa que la garantía de lo que se espera33, cualquiera comprenderá fácilmente que con la concepción inmaculada de la Virgen se confirma la fe y al mismo tiempo se alienta nuestra esperanza. y esto sobre todo porque la Virgen desconoció el pecado original, en virtud de que iba a ser Madre de Cristo; y fue Madre de Cristo para devolvernos la esperanza de los bienes eternos.

Nuestra caridad

Dejando aun lado ahora el amor a Dios, ¬Ņqui√©n, con la contemplaci√≥n de la Virgen Inmaculada, no se siente movido a observar fielmente el precepto que Jes√ļs hizo suyo por antonomasia: que nos amemos unos a otros como √©l nos am√≥?

Una se√Īal grande, as√≠ describe el. ap√≥stol Juan la visi√≥n que le fue enviada por Dios, una se√Īal grande apareci√≥ en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas34. Nadie ignora que aquella mujer simbolizaba a la Virgen Mar√≠a que, sin dejar de serlo, dio a luz nuestra cabeza. y sigue el Ap√≥stol: y estando encinta, gritaba con los dolores del parto y las ansias de parir35. As√≠ pues, Juan vio a la Sant√≠sima Madre de Dios gozando ya de la eterna bienaventuranza y sin embargo con las ansias de un misterioso parto. ¬ŅDe qu√© parto? Sin duda del nuestro, porque nosotros, detenidos todav√≠a en el destierro, tenemos que ser a√ļn engendrados a la perfecta caridad de Dios y la felicidad eterna. Los trabajos de la parturienta indican inter√©s y amor; con ellos la Virgen, desde su trono celestial, vigila y procura con su asidua oraci√≥n que se engrose el n√ļmero de los elegidos.

Deseamos ardientemente que todos cuantos se llaman cristianos se esfuercen por lograr esta misma caridad, sobre todo aprovechando de estas solemnes celebraciones de la inmaculada concepci√≥n de la Madre de Dios. ¬°Con qu√© acritud, con qu√© violencia se combate a Cristo ya la sant√≠sima religi√≥n por El fundada! Se est√° poniendo a muchos en peligro de que se aparten de la fe, arrastrados por errores que les enga√Īan: As√≠ pues, quien piensa que se mantiene en pie, mire no caiga36. y al mismo tiempo pidan todos a Dios con ruegos y peticiones humildes que, por la intercesi√≥n de la Madre, vuelvan los que se han apartado de la verdad. Sabemos por experiencia que tal oraci√≥n, nacida de la caridad y apoyada por la imploraci√≥n a la Virgen santa, nunca ha sido in√ļtil. Ciertamente en ning√ļn momento, ni siquiera en el futuro, se dejar√° de atacar a la Iglesia: pues es preciso que haya escisiones a fin de que se destaquen los de probada virtud entre vosotros37. Pero nunca dejar√° la Virgen en persona de asistir a nuestros problemas, por dif√≠ciles que sean, y de proseguir la lucha que comenz√≥ a mantener ya desde su concepci√≥n, de manera que se pueda repetir cada d√≠a: Hoy ella ha pisado la cabeza de la serpiente antigua38.

Concesión solemne del jubileo

Para que los bienes de las gracias celestiales, m√°s abundantes que de ordinario, nos ayuden a unir la imitaci√≥n de la sant√≠sima Virgen con los honores que le tributaremos con mayor generosidad a lo largo de todo este a√Īo; y para lograr as√≠ m√°s f√°cilmente el prop√≥sito de instaurar todas las cosas en Cristo, siguiendo el ejemplo de nuestros Antecesores al comienzo de sus Pontificados, hemos decidido impartir al orbe cat√≥lico una indulgencia extraordinaria, a modo de Jubileo.

Por lo cual, confiando en la misericordia de Dios omnipotente y en la autoridad de los Santos Ap√≥stoles Pedro y Pablo, por la potestad de atar y desatar que a Nos, aunque indignos, nos ha conferido el Se√Īor, concedemos e impartimos indulgencia plen√≠sima de todos los pecados: a todos y cada uno de los fieles cristianos de uno y otro sexo que viven en esta Nuestra ciudad o vengan a ella y que visiten por tres veces una de las cuatro bas√≠licas patriarcales desde el Primer Domingo de Cuaresma, es decir desde el d√≠a 21 de febrero hasta el d√≠a 2 de junio inclusive, solemnidad del Sant√≠simo Corpus Christi, con tal que all√≠ durante un rato dirijan su piadosa oraci√≥n a Dios seg√ļn nuestra mente por la libertad y exaltaci√≥n de la Iglesia cat√≥lica y de esta Sede Apost√≥lica, por la extirpaci√≥n de las herej√≠as y la conversi√≥n de todos los equivocados, por la concordia de los Pr√≠ncipes cristianos y por la paz y la unidad de todo el pueblo fiel; y que, por una vez, dentro del tiempo antedicho, ayunen, utilizando s√≥lo los alimentos apropiados, fuera de los d√≠as no comprendidos en el indulto de la Cuaresma; y que una vez confesados sus pecados, reciban el sant√≠simo sacramento de la Eucarist√≠a. Lo mismo concedemos a todos los que viven en cualquier parte, fuera de la citada Urbe, y visiten por tres veces la Iglesia Catedral, si all√≠ existe, la parroquial o, si falta la parroquial, la iglesia principal dentro del plazo antedicho o en el plazo de tres meses ‚ÄĒaunque no sean seguidos‚ÄĒ a designar por el criterio de los ordinarios teniendo en cuenta la comodidad de los fieles y siempre antes del ocho de diciembre, con tal de que cumplan con devoci√≥n los requisitos antes enumerados. Admitimos adem√°s que esta indulgencia, que debe lucrarse solamente una vez, pueda aplicarse a modo de sufragio y sea v√°lida para las almas que unidas a Dios por la caridad salgan de esta vida.

Concedemos también que puedan conseguir la misma indulgencia los navegantes y los viajeros en cuanto lleguen a sus domicilios siempre que cumplan las obras arriba citadas.

Y damos potestad a los confesores aprobados de hecho por los propios Ordinarios para que puedan conmutar las antedichas obras por Nos prescritas por otras obras piadosas a los Regulares de uno y otro sexo y a todos aquellos otros que no puedan ponerlas en pr√°ctica, tambi√©n con la facultad de dispensar de la comuni√≥n a los ni√Īos que todav√≠a no hayan sido admitidos a recibirla.

Adem√°s concedemos a todos y cada uno de los fieles cristianos, tanto laicos como eclesi√°sticos seculares o regulares de cualquier orden o instituto, aunque deba ser nombrado de un modo especial, licencia y facultad para que a este efecto puedan escoger a cualquier presb√≠tero tanto regular como secular de entre los aprobados de hecho (de esta facultad tambi√©n pueden hacer uso de las monjas novicias y otras mujeres que vivan dentro del claustro, con tal que el confesor est√© aprobado para las monjas) para que los pueda absolver ‚ÄĒa todos aquellos o aquellas que en el infradicho espacio de tiempo se acerquen a confesarse con √©l con intenci√≥n de conseguir el presente Jubileo y de cumplir con todas las dem√°s obras necesarias para lucrarlo, por esa sola vez y en el fuero de la conciencia‚ÄĒ, de las sentencias eclesi√°sticas o censuras a iure o ab homine, latae o ya infligidas por cualquier causa. Tambi√©n de las reservadas a los Ordinarios de los lugares y a Nos o a la Sede Apost√≥lica y de las reservadas a cualquiera, tambi√©n las reservadas de especial modo al Sumo Pont√≠fice y a la Sede Apost√≥lica y de todos los pecados y excesos, incluso los reservados a los mismos Ordinarios a Nos y a la Sede Apost√≥lica, despu√©s de imponer una penitencia saludable y las dem√°s medidas de derecho y, si se trata de una herej√≠a, despu√©s de la abjuraci√≥n y de la retractaci√≥n de los errores, como es de derecho. Asimismo podr√° conmutar cualquier tipo de votos, incluso los hechos con juramento y reservados a la Sede Apost√≥lica ‚ÄĒexcepto los de castidad, religi√≥n y obligaci√≥n que haya sido aceptada por un tercero‚ÄĒ por otras obras piadosas y saludables. y podr√° del mismo modo dispensar, cuando se trate de penitentes constituidos en las √≥rdenes sagradas, incluso regulares, de irregularidad oculta para el ejercicio de esas √≥rdenes o para la consecuci√≥n de √≥rdenes superiores, solamente cuando est√© contra√≠da por violaci√≥n de censuras.

No pretendemos por la presente dispensar de cualquier otra irregularidad por delito o por defecto, p√ļblica u oculta o de otra incapacidad o inhabilidad, cualquiera que haya sido el modo de contraerla; ni tampoco derogar la constituci√≥n y subsiguientes declaraciones publicadas por Benedicto XIV y que empieza: Sacramentum poenitentiae. Ni, por √ļltimo, puede ni debe esta carta favorecer en modo alguno a aquellos que nominalmente por Nos y la Sede Apost√≥lica o por alg√ļn Prelado, o por un Juez eclesi√°stico hayan sido excomulgados, suspendidos, declarados en entredicho o hayan ca√≠do en otras sentencias o censuras o hayan sido denunciados, a no ser que hayan satisfecho dentro del tiempo fijado y, cuando sea preciso, se hayan puesto de acuerdo con la otra parte.

A todo esto Nos es grato a√Īadir que deseamos y concedemos que permanezca, tambi√©n en este tiempo de Jubileo, √≠ntegro para cualquiera el privilegio de lucrar todas las indulgencias, sin exceptuar las plenarias, que han sido concedidas por Nos o por Nuestros Antecesores.

Imploramos de nuevo la intercesión de la Virgen Inmaculada

Ponemos fin a esta carta, Venerables Hermanos, expresando de nuevo una gran esperanza, que efectivamente nos impulsa: ojal√° por la concesi√≥n de este medio extraordinario del Jubileo, bajo los auspicios de la Virgen Inmaculada, muchos de los que desgraciadamente est√°n separados de Jesucristo vuelvan a √Čl, y florezca de nuevo en el pueblo cristiano el amor a las virtudes y el gusto por la piedad. Hace cincuenta a√Īos, cuando nuestro antecesor P√≠o declar√≥ que la fe cat√≥lica deb√≠a mantener que la bienaventurada Madre de Cristo hab√≠a desconocido el pecado desde su origen, pareci√≥, como ya hemos dicho, que una gran cantidad de gracias celestiales se derram√≥ sobre la tierra. Y, una vez robustecida la esperanza en la Virgen Madre de Dios, por todas partes se produjo un gran acercamiento a la vieja religiosidad de las naciones. ¬ŅQu√© impide pues el que esperemos cosas m√°s grandes para el futuro? Es claro que hemos llegado a un momento funesto, de modo que con raz√≥n podr√≠amos quejarnos con las palabras del profeta: Porque no hay en la tierra verdad, ni misericordia ni conocimiento de Dios. Han inundado la tierra el perjurio, la mentira, el homicidio, el hurto y el adulterio39. Sin embargo, en medio de este diluvio de males, como un arco iris, se presenta a nuestros ojos la Virgen clement√≠sima, como un √°rbitro para firmar la paz entre Dios y los hombres. Pondr√© un arco en las nubes para se√Īal de mi pacto con la tierra40. Aunque se recrudezca la tempestad y la negra noche se ense√Īoree del cielo, nadie se desconcierte. A la vista de Mar√≠a, Dios se aplacar√° y perdonar√°. Estar√° el arco en las nubes y yo le ver√© y me acordar√© de mi pacto eterno41. y no volver√°n m√°s las aguas del diluvio a destruir toda la tierra42. Si, como es justo, confiamos en Mar√≠a, sobre todo ahora que vamos a celebrar con mayor inter√©s su concepci√≥n inmaculada, entonces sentiremos tambi√©n que ella es Virgen poderos√≠sima que aplast√≥ con pie virginal la cabeza de la serpiente43.

Como prenda de estos bienes, Venerables Hermanos, con todo cari√Īo impartimos en el Se√Īor la bendici√≥n Apost√≥lica a vosotros ya vuestros pueblos.

Dado en Roma junto a San Pedro, el d√≠a 2 de febrero de 1904, primer a√Īo de Nuestro Pontificado.

P√ćO PAPA X


1

Jer 8, 15.

2

Is 14, 1.

3

Is 14, 1 y 7.

4

Lc 1, 45.

5

San León Magno, Serm. 2 de Nativ. Domini. c. 2.

6

Jn 17, 3.

7

Rm 12, 5.

8

Lc 2, 11.

9

Ef 5, 30.

10

San Agustín, de S. Virginitate, c. 6.

11

Col 1, 18.

12

1Jn 4, 9.

13

San Beda, L. 4, in Luc. XI.

14

Sal 30, 11.

15

San Buenaventura, I Sant. d. 48, ad Litt. dub. 4.

16

Eadmerio, De Excelentia Virg. Mariae, c. 9.

17

Pío IX, Bula Ineffabilis.

18

Jn 1, 16.

19

Ef 4, 16.

20

Serm de temp., in Nativ. B. V. de Aquaeductu. n. 4.

21

San Bernardino. Quadrag. de Evangelio aeterno, Serm. X, a. 3, c. 3.

22

Heb 1, 3.

23

Pío IX, Bula Ineffabilis.

24

Mt 15, 8.

25

Jn 2, 5.

26

Mt 19, 17.

27

5 Sent. d. 3, q. 1.

28

Rm 8, 29.

29

De Virginib., 1. 2, c. 2.

30

Jn 19, 7.

31

Mt 27, 25.

32

Gradual de la Misa de la Inmaculada.

33

Heb 11, 1.

34

Ap 12, 1.

35

Ap 12, 2.

36

1Cor 10, 12.

37

1Cor 11, 19.

38

Oficio de la Inmaculada, ad Magnificat.

39

Os 4, 1 y 2.

40

Gn 9, 13.

41

Gn 9, 16.

42

Gn 9, 15.

43

Oficio de la Inmaculada.
Consultas

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