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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?»
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Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 25,6-10: “El Señor aniquilará la muerte para siempre, secará las lágrimas de todos los rostros”

Aquel día,
el Señor de los ejércitos preparará
para todos los pueblos, en este monte,
un festín de manjares suculentos,
un festín de buenos vinos;
sabrosos alimentos, vinos deliciosos.
Y arrancará en este monte
el velo que cubre a todos los pueblos,
el paño que tapa a todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre.
El Señor Dios secará
las lágrimas de todos los rostros,
y borrará de la tierra
la deshonra de su pueblo.
—Lo ha dicho el Señor—.
Aquel día se dirá:
«Aquí está nuestro Dios,
de quien esperábamos que nos salvara;
celebremos y gocemos con su salvación.
La mano del Señor se posará sobre este monte».

Sal 22,1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

Flp 4,12-14.19-20: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”

Hermanos:

Sé lo que es vivir en la pobreza y también lo que es vivir en la abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: a estar satisfecho y a pasar hambre, para la abundancia y para la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Sin embargo, ustedes hicieron bien compartiendo mis sufrimientos.

Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza atenderá con generosidad todas sus necesidades por medio de Cristo Jesús.

A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por siempre. Amén.

Mt 22,1-14: “A todos los que encuentren invítenlos a la boda”

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

—«El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Vengan a la boda”.

Los invitados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; otros agarraron a los criados y los maltrataron hasta matarlos.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados:

“La boda está preparada, pero los invitados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de invitados. Cuando el rey entró a saludar a los invitados, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».

II. APUNTES

El Señor en el Templo, a los ya alterados sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, les vuelve a hablar con una nueva parábola: un rey, que celebraba la boda de su hijo, manda a sus siervos para avisar a los invitados, pero estos “no quisieron ir”. Rechazan la invitación porque, según su criterio, tienen otras cosas más importantes que hacer, como cuidar sus negocios o trabajar sus tierras. Al estar pendientes de sus propios asuntos no les interesa la invitación del rey a participar de su alegría ni de las bodas de su hijo. El desprecio es evidente, más aún si tenemos en cuenta que en un rey oriental la invitación equivalía a una orden.

Los siervos llegan donde el rey con la noticia de la negativa de los invitados. Con suma paciencia él los vuelve a mandar para decir a sus invitados que el banquete está ya preparado “y todo está a punto”, y que ha sacrificado sus mejores terneros y reses para agasajarlos. A pesar de tanto ruego e insistencia del rey “los invitados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; otros agarraron a los criados y los maltrataron hasta matarlos.”

En esta nueva alegoría el rey representa también a Dios Padre. El “banquete preparado” es el Reino de los Cielos, presente y establecido ya en la tierra por la presencia de Jesucristo, el Hijo del Padre que ha venido a sellar una nueva Alianza con su pueblo por medio de su propio sacrificio en el Altar de la Cruz. Con Él han comenzado los tiempos mesiánicos, con Él ha llegado ya “la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4): todo está listo para “la boda” del Hijo.

“Vengan a la boda”, es la invitación apremiante que hace Dios a los miembros del pueblo de Israel, particularmente a sus jefes religiosos. Ellos son los primeros invitados a participar del banquete de bodas. Sin embargo, ese deseo y el Plan de Dios quedaría frustrado por su negativa a acudir a la boda, por despreciar el llamado de los antiguos profetas y en concreto el llamado apremiante de Juan el Bautista por la llegada inminente del Reino de los Cielos: ellos “no quisieron ir”, no quisieron recibir el bautismo de Juan, no quisieron convertirse, no quisieron reconocer al Mesías y entrar en el Reino de los Cielos.

Esta vez el rey, ante este nuevo rechazo y asesinato de algunos de sus siervos, reacciona con firmeza: manda a sus tropas dar muerte a los asesinos e incendiar sus ciudades. Luego dio estas órdenes a sus criados: “Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda”. Los siervos hicieron lo mandado, invitando a cuantos pasaban por allí, “malos y buenos”.

Esta invitación ha sido interpretada comúnmente como un llamado a los gentiles, quienes en un primer momento no estaban invitados a participar del Reino de los Cielos, pues en los cruces o bifurcaciones de los caminos era donde solían pasar los viandantes venidos de los más diversos lugares y pueblos. Asimismo, a diferencia de los primeros convocados, las personas que pasan por los cruces de los caminos son personas desconocidas para el rey. Ello hace más patente que la invitación está abierta a todos, no solamente a un grupo de conocidos o elegidos, no sólo a Israel, sino incluso a los “desconocidos”, a los que en un primer momento no habían sido invitados, a los gentiles.

Como resultado de esta nueva invitación, la sala del banquete se llenó.

La siguiente escena muestra al rey haciendo su ingreso a la sala para saludar a los invitados. Al toparse con “uno que no llevaba traje de fiesta (y) le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’”. Un vestido especial era de tela fina y lo llevaban ordinariamente los soberanos, así como también personas distinguidas. Los vestidos de fiesta se diferenciaban probablemente sólo por el hecho de ser de mejor tela. El color era preferentemente blanco (ver Ecles 9,8; Mc 9,3)

Aquel invitado había acudido a la celebración sin estar “vestido con traje de boda.” El verbo usado por San Mateo es usado también por San Lucas (ver Lc 24,49) y sobre todo por San Pablo para referirse no sólo a un vestido exterior, sino también interior: «En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Gál 3,27). San Pablo exhorta continuamente a vestirse de Cristo (ver Rom 13,14; Ef 4,24) en un proceso interior que implica —análogamente a como uno se despoja de una ropa sucia u ordinaria para revestirse de vestidos limpios y festivos— un desvestirse de las obras del mal para vestirse con las armas de la luz (ver Rom 13,12; Ef 6,11; Col 3,9-10.12; 1Tes 5,8).

El vestido digno, que esté en sintonía con la ocasión, representa las disposiciones morales requeridas para participar en el Reino. No basta haber sido invitados, tampoco es suficiente haber ingresado a la sala, se exige una vestidura apropiada, se exigen las necesarias condiciones morales para permanecer en el banquete, se exige “estar revestidos de Cristo”, asemejarse a Él por las obras.

Al ser interpelado aquel hombre y no dar razón alguna, mandó el rey a los sirvientes: “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. El lugar donde “habrá llanto y rechinar de dientes” es la expresión usual para hablar del infierno como un lugar de terrible sufrimiento (Mt 13,42.50).

Con esto quedaba claro que no todo “llamado” es ya definitivamente “escogido”. Aunque todos, buenos y malos, son invitados o “llamados”, sólo aquellos que se presenten debidamente vestidos o revestidos de Cristo serán admitidos en el banquete eterno.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Los invitados rechazan la invitación, se niegan a asistir. Como en los Domingos antecedentes aparece nuevamente el tema de la rebeldía frente a Dios, del rechazo de Dios mismo y de sus designios, del rechazo de participar en la fiesta que Dios ha preparado para el hombre. ¡Qué tremendo! El ser humano no quiere participar de la fiesta preparada para él, rechaza el gozo, la felicidad, la alegría, que proceden de la participación en la alegría que Dios vive en sí mismo.

¡Y cuántos también hoy rechazan la invitación participar de las bodas del Hijo de Dios, rechazan a Cristo y su Evangelio, se niegan a beber el vino nuevo que Él ha traído para alegrar los corazones! Quien rechaza este llamado insistente de Dios, que toca y toca a la puerta del corazón humano, a sí mismo se excluye de la vida y acarrea sobre sí la ruina, el desastre, la destrucción y la muerte.

¿A qué se debe este terco y obstinado rechazo? El rechazo se debe principalmente a que el invitado tiene otras cosas que hacer, cosas que juzga más importantes y urgentes: mantener sus negocios, atender su tierra, etc. Muchos dicen: “no tengo tiempo” para asistir a la fiesta, como hoy también muchos dicen: “no tengo tiempo para ir a Misa, no tengo tiempo para Dios, y Dios no es lo más importante para mí, la fiesta que Él ha preparado no es para mí sino una ‘pérdida de tiempo’”. Sí, en un mundo tan agitado y activo como el nuestro, hay mucho que hacer, tanto el trabajo o los estudios absorben todo nuestro tiempo, y a muchos ya no les queda tiempo para Dios. Y si algo de tiempo les queda, prefieren utilizarlo para divertirse, para relajarse o simplemente para dormir.

¿Y yo? ¿Hago caso a las invitaciones constantes de Dios, a las señales o personas que el Señor pone en mi camino para invitarme a la fiesta? ¿O prefiero “mis negocios”, “mis campos”, todo lo que me reporta una ganancia, un placer, mayor poder? Sin duda, ante todas las maravillas, posibilidades o placeres que el mundo me ofrece, ante todo lo que hay por hacer, Dios parece que no tiene nada que dar: la fiesta que ofrece “es una pérdida de tiempo”, porque “de nada aprovecha”, porque es “una fiesta aburrida”.

¡Y qué triste es ver cómo esta parábola se realiza hoy en la vida de tantos católicos, invitados a la Fiesta de la Eucaristía! Para muchos ir a Misa, ir a esta fiesta semanal que Dios prepara para nosotros en espera de la Fiesta que no tendrá fin, el tiempo que deberíamos dedicar a participar en la celebración de la Misa dominical se ha convertido en “un tiempo que se puede emplear mejor en otras cosas”. Formalmente se trata de un rechazo de Dios mismo y de una autoexclusión del Banquete de la comunión con Dios al que Él hoy nos invita en primer lugar.

¡Dios me invita a su fiesta! ¿Cómo respondo yo? Dios llama e invita continuamente, toca y toca a la puerta del corazón. ¿Le abro? ¿Salgo a su encuentro? ¿Lo busco? ¿O le digo: “ahora no”, “más tarde”, “ahora no tengo tiempo”, “no molestes, déjame en paz”, “tengo otras cosas más importantes que hacer, otros asuntos más importantes que atender”, “tengo pereza”, “no te quiero en mi vida”, “tu fiesta me aburre”? ¿O respondo como María, con prontitud, y con presteza abro mi corazón a Aquel que llama?

Quien deja entrar a Cristo en su vida, participa ya verdaderamente de la fiesta de la salvación, que llena su corazón de un gozo y alegría rebosantes: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Gregorio Magno: «El [Padre] ha enviado a sus criados para invitar a sus amigos a las bodas. Los envió una primera vez y una segunda vez, es decir, primero por los profetas, luego por los Apóstoles, para anunciar la encarnación del Señor. (…) “Pero ellos no hicieron caso, y se fueron unos a su campo y otros a su negocio” (Mt 22,5). Ir a su campo significa dedicarse sin reserva a las tareas de aquí abajo. Ir a sus negocios es buscar ávidamente el provecho propio en los asuntos de este mundo. Los unos y los otros se olvidan de pensar en el misterio de la encarnación del Verbo y de configurar sus vidas según este misterio. Aun más grave es el comportamiento de aquellos, que, no contentos con despreciar el favor de quien los invita, lo persiguen.»

San Ambrosio: «Los invitados se excusan, siendo así que el Reino no se cierra a nadie a no ser que se excluya él mismo por su palabra. En su clemencia, el Señor invita a todo el mundo, pero es nuestra desidia o nuestra desviación quien nos aleja de Él. Aquel que prefiere comprar un terreno es ajeno al Reino; en tiempo de Noé, compradores y vendedores fueron tragados, por igual, por el diluvio (Lc 17,28). (…) Igualmente el que se excluye porque se ha casado, porque está escrito: “si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26)».

San Juan Crisóstomo: «Aun cuando parece que los motivos son razonables, aprendemos, sin embargo, que incluso cuando sean necesarias las cosas que nos detienen, conviene siempre dar la preferencia a las espirituales: y a mí me parece que cuando alegaban estas razones, daban a conocer los pretextos de su negligencia.»

San Gregorio Magno: «¿Qué debemos entender por vestido de bodas, sino la caridad? Porque el Señor la tuvo cuando vino a celebrar sus bodas con la Iglesia. Entra, pues, a las bodas, sin el vestido nupcial, el que cree en la Iglesia, pero no tiene caridad.»

San Jerónimo: «El vestido nupcial es también la ley de Dios y las acciones que se practican en virtud de la ley y del Evangelio, y que constituyen el vestido del hombre nuevo. El cual si algún cristiano dejare de llevar en el día del juicio, será castigado inmediatamente; por esto sigue: “Y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí, no teniendo vestido de bodas?” Le llama amigo, porque había sido invitado a las bodas (y en realidad era su amigo por la fe), pero reprende su atrevimiento, porque había entrado a las bodas, afeándolas con su vestido sucio.»

San Gregorio Magno: «Vosotros, hermanos, que habéis entrado ya a la sala del banquete, por gracia de Dios, es decir, estáis dentro de la Iglesia santa, examinaos atentamente, no sea que al venir el rey encuentre algo que reprocharos en la vestidura de vuestras almas.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El Señor Jesús invita a todos al banquete del Reino

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (ver Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino (ver Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (ver Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (ver Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (ver Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (ver Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera» (ver Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (ver Mt 13, 10-15).

Todo bautizado ha sido “revestido de Cristo”: con una vida santa debe conservar su “vestidura” limpia

1243: La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha «revestido de Cristo» (Gal 3, 27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son «la luz del mundo» (Mt 5, 14).

El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.

1244: La primera comunión eucarística. Hecho hijo de Dios, revestido de la túnica nupcial, el neófito es admitido «al festín de las bodas del Cordero» y recibe el alimento de la vida nueva, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Las Iglesias orientales conservan una conciencia viva de la unidad de la iniciación cristiana, por lo que dan la sagrada comunión a todos los nuevos bautizados y confirmados, incluso a los niños pequeños, recordando las palabras del Señor: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis» (Mc 10, 14). La Iglesia latina, que reserva el acceso a la Sagrada Comunión a los que han alcanzado el uso de razón, expresa cómo el Bautismo introduce a la Eucaristía acercando al altar al niño recién bautizado para la oración del Padre Nuestro.

¿Nos presentaremos debidamente vestidos?

1682: El día de la muerte inaugura para el cristiano, al término de su vida sacramental, la plenitud de su nuevo nacimiento comenzado en el Bautismo, la «semejanza» definitiva a «imagen del Hijo», conferida por la Unción del Espíritu Santo y la participación en el Banquete del Reino anticipado en la Eucaristía, aunque pueda todavía necesitar últimas purificaciones para revestirse de la túnica nupcial.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

El desarrollo de la vida de la fe, en el horizonte de la esperanza, con el ardor de la caridad, es la vida cristiana. En ella se escucha con intensidad la Palabra del Señor que dice: «Sed perfectos como el Padre celestial» (Mt 5,48). «Sed santos»; de eso se trata. En la Primera Carta de San Pedro, se lee lo que está escrito por inspiración del Espíritu Santo para nuestra salud: «como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta» (1Pe 1,15). Y nos recuerda lo escrito en el Levítico: «Sean santos porque yo soy santo» (Lev 11,44.45; 19,2; 20,26). Palabras hermosas, horizonte claro y tan lleno de esperanza como de entusiasmo. Es una invitación que brota de la misericordia de Dios y que es coherente con la gracia de la fe que invita a la realización plena de cada quien según el divino Plan. A veces se piensa que la santidad es algo extraordinario, para unos poquísimos escogidos. Esto, ciertamente, no es así. La universal vocación a la santidad, que tan fuertemente evoca el Concilio Vaticano II, debería ser suficiente para recordar que con Dios todo es posible, y que la santidad de todos está en el horizonte que Dios propone al ser humano. La santidad no es otra cosa que andar por los senderos de Dios, con la conciencia de que, a pesar de la propia insignificancia y fragilidad, contamos con la amorosa fuerza de Dios, para quien nada es imposible. El Apóstol de Gentes, que al final de sus días vino a Roma a dar testimonio martirial, enseña: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Esa misma debe ser la conciencia de quien se siente convocado a experimentar desde la mismidad la bella y apasionante fuerza de la vida cristiana, y a así experimentar el dinamismo de la que es la vida auténtica, verdadera.

La vida cristiana es despliegue del don recibido en el Bautismo. Éste ya es vida cristiana. El desarrollo de la gracia bautismal a través de los años y la madurez, así como el crecimiento en ella, son la lógica consecuencia en el día a día de los dones y gracias recibidos, acogidos en la mismidad de la persona y desplegados en la vida cotidiana.

La santidad es, pues, la coherencia a lo largo de la vida con esa gracia del Bautismo, cuyo don perfecciona la Confirmación, desarrollo de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona, y la docilidad a la tierna fuerza divina que viene a rescatar y reconciliar a la creatura con su Amoroso Creador.

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