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S.S. Benedicto XVI, Audiencia general, 1 de octubre de 2008. El concilio de Jerusalén y la controversia de Antioquía
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Audiencia general, 1 de octubre de 2008. El concilio de Jerusalén y la controversia de Antioquía

Queridos hermanos y hermanas:

El respeto y la veneraci√≥n que San Pablo cultiv√≥ siempre hacia los Doce no disminuyeron cuando √©l defend√≠a con franqueza la verdad del Evangelio, que no es otro que Jesucristo, el Se√Īor. Hoy queremos detenernos en dos episodios que demuestran la veneraci√≥n y, al mismo tiempo, la libertad con la que el Ap√≥stol se dirige a Cefas y a los dem√°s Ap√≥stoles: el llamado "Concilio" de Jerusal√©n y la controversia de Antioqu√≠a de Siria, relatados en la carta a los G√°latas (cf. Ga 2, 1-10; 2, 11-14).

Todo concilio y s√≠nodo de la Iglesia es "acontecimiento del Esp√≠ritu" y re√ļne en su realizaci√≥n las solicitudes de todo el pueblo de Dios: lo experimentaron personalmente quienes tuvieron el don de participar en el concilio Vaticano II. Por eso San Lucas, al informarnos sobre el primer Concilio de la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusal√©n, introduce as√≠ la carta que los Ap√≥stoles enviaron en esta circunstancia a las comunidades cristianas de la di√°spora: "Hemos decidido el Esp√≠ritu Santo y nosotros..." (Hch 15, 28). El Esp√≠ritu, que obra en toda la Iglesia, conduce de la mano a los Ap√≥stoles a la hora de tomar nuevos caminos para realizar sus proyectos: √Čl es el art√≠fice principal de la edificaci√≥n de la Iglesia.

Y sin embargo, la asamblea de Jerusal√©n tuvo lugar en un momento de no poca tensi√≥n dentro de la comunidad de los or√≠genes. Se trataba de responder a la pregunta de si era indispensable exigir a los paganos que se estaban convirtiendo a Jesucristo, el Se√Īor, la circuncisi√≥n, o si era l√≠cito dejarlos libres de la Ley mosaica, es decir, de la observancia de las normas necesarias para ser hombres justos, obedientes a la Ley, y sobre todo, libres de las normas relativas a las purificaciones rituales, los alimentos puros e impuros y el s√°bado. A la asamblea de Jerusal√©n se refiere tambi√©n San Pablo en la carta a los G√°latas (Ga 2, 1-10): tras catorce a√Īos de su encuentro con el Resucitado en Damasco ‚ÄĒestamos en la segunda mitad de la d√©cada del 40 d.C.‚ÄĒ, Pablo parte con Bernab√© desde Antioqu√≠a de Siria y se hace acompa√Īar de Tito, su fiel colaborador que, aun siendo de origen griego, no hab√≠a sido obligado a hacerse circuncidar cuando entr√≥ en la Iglesia. En esta ocasi√≥n, San Pablo expuso a los Doce, definidos como las personas m√°s relevantes, su evangelio de libertad de la Ley (cf. Ga 2, 6). A la luz del encuentro con Cristo resucitado, √©l hab√≠a comprendido que en el momento del paso al evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarias la circuncisi√≥n, las leyes sobre el alimento y sobre el s√°bado, como muestra de justicia: Cristo es nuestra justicia y "justo" es todo lo que es conforme a √©l. No son necesarios otros signos para ser justos. En la carta a los G√°latas refiere, con pocas palabras, el desarrollo de la Asamblea: recuerda con entusiasmo que el evangelio de la libertad de la Ley fue aprobado por Santiago, Cefas y Juan, "las columnas", que le ofrecieron a √©l y a Bernab√© la mano derecha en signo de comuni√≥n eclesial en Cristo (cf. Ga 2, 9). Si, como hemos notado, para San Lucas el concilio de Jerusal√©n expresa la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, para San Pablo representa el reconocimiento decisivo de la libertad compartida entre todos aquellos que participaron en √©l: libertad de las obligaciones provenientes de la circuncisi√≥n y de la Ley; la libertad por la que "Cristo nos ha liberado, para que seamos libres" y no nos dejemos imponer ya el yugo de la esclavitud (cf. Ga 5, 1). Las dos modalidades con que San Pablo y San Lucas describen la asamblea de Jerusal√©n se unen por la acci√≥n liberadora del Esp√≠ritu, porque "donde est√° el Esp√≠ritu del Se√Īor hay libertad", como dice en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 3, 17).

Con todo, como aparece con gran claridad en las cartas de San Pablo, la libertad cristiana no se identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esta razón, el relato de San Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la recomendación que le dirigieron los Apóstoles: "Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero" (Ga 2, 10). Cada concilio nace de la Iglesia y vuelve a la Iglesia: en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas anotaciones de San Pablo en sus cartas, se trata sobre todo de los de la Iglesia de Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8-9) y en la conclusión de la carta a los Romanos (cf. Rm 15), San Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones maduradas durante la Asamblea.

Quiz√°s ya no seamos capaces de comprender plenamente el significado que San Pablo y sus comunidades atribuyeron a la colecta para los pobres de Jerusal√©n. Se trat√≥ de una iniciativa totalmente nueva en el √°mbito de las actividades religiosas: no fue obligatoria, sino libre y espont√°nea; tomaron parte todas las Iglesias fundadas por San Pablo en Occidente. La colecta expresaba la deuda de sus comunidades a la Iglesia madre de Palestina, de la que hab√≠an recibido el don inefable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este gesto de participaci√≥n que raramente la llama simplemente "colecta": para √©l es m√°s bien "servicio", "bendici√≥n", "amor", "gracia", m√°s a√ļn, "liturgia" (2 Co 9). Sorprende, particularmente, este √ļltimo t√©rmino, que confiere a la colecta en dinero un valor incluso de culto: por una parte es un gesto lit√ļrgico o "servicio", ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otra es acci√≥n de amor cumplida a favor del pueblo. Amor a los pobres y liturgia divina van juntas, el amor a los pobres es liturgia. Los dos horizontes est√°n presentes en toda liturgia celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a la separaci√≥n entre el culto y la vida, entre la fe y las obras, entre la oraci√≥n y la caridad para con los hermanos. As√≠ el concilio de Jerusal√©n nace para dirimir la cuesti√≥n sobre c√≥mo comportarse con los paganos que llegaban a la fe, optando por la libertad de la circuncisi√≥n y de las observancias impuestas por la Ley, y se resuelve en la solicitud eclesial y pastoral que pone en el centro la fe en Cristo Jes√ļs y el amor a los pobres de Jerusal√©n y de toda la Iglesia.

El segundo episodio es la conocida controversia de Antioqu√≠a, en Siria, que atestigua la libertad interior de que gozaba San Pablo: ¬ŅC√≥mo comportarse en ocasi√≥n de la comuni√≥n de mesa entre creyentes de origen jud√≠o y los procedentes de los gentiles? Aqu√≠ se pone de manifiesto el otro epicentro de la observancia mosaica: la distinci√≥n entre alimentos puros e impuros, que divid√≠a profundamente a los hebreos observantes de los paganos. Inicialmente Cefas, Pedro, compart√≠a la mesa con unos y con otros: pero con la llegada de algunos cristianos vinculados a Santiago, "el hermano del Se√Īor" (Ga 1, 19), Pedro hab√≠a empezado a evitar los contactos en la mesa con los paganos, para no escandalizar a los que continuaban observando las leyes de pureza alimentaria; y la opci√≥n era compartida por Bernab√©. Tal opci√≥n divid√≠a profundamente a los cristianos procedentes de la circuncisi√≥n y los cristianos venidos del paganismo. Este comportamiento, que amenazaba realmente la unidad y la libertad de la Iglesia, suscit√≥ las encendidas reacciones de Pablo, que lleg√≥ a acusar a Pedro y a los dem√°s de hipocres√≠a: "Si t√ļ, siendo jud√≠o, vives como gentil y no como jud√≠o, ¬Ņc√≥mo fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Ga 2, 14). En realidad, las preocupaciones de Pablo, por una parte, y de Pedro y Bernab√©, por otro, eran distintas: para los √ļltimos la separaci√≥n de los paganos representaba una modalidad para tutelar y para no escandalizar a los creyentes provenientes del juda√≠smo; para Pablo constitu√≠a, en cambio, un peligro de malentendido de la salvaci√≥n universal en Cristo ofrecida tanto a los paganos como a los jud√≠os. Si la justificaci√≥n se realiza s√≥lo en virtud de la fe en Cristo, de la conformidad con √©l, sin obra alguna de la Ley, ¬Ņqu√© sentido tiene observar a√ļn la pureza alimentaria con ocasi√≥n de la participaci√≥n en la mesa? Muy probablemente las perspectivas de Pedro y de Pablo eran distintas: para el primero, no perder a los jud√≠os que se hab√≠an adherido al Evangelio; para el segundo, no disminuir el valor salv√≠fico de la muerte de Cristo para todos los creyentes.

Es extra√Īo decirlo, pero al escribir a los cristianos de Roma, algunos a√Īos despu√©s (hacia la mitad de la d√©cada del 50 d.C.), San Pablo mismo se encontrar√° ante una situaci√≥n an√°loga y pedir√° a los fuertes que no coman comida impura para no perder o para no escandalizar a los d√©biles: "Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece, o se escandalice, o flaquee" (Rm 14, 21). La controversia de Antioqu√≠a se revel√≥ as√≠ como una lecci√≥n tanto para San Pedro como para San Pablo. S√≥lo el di√°logo sincero, abierto a la verdad del Evangelio, pudo orientar el camino de la Iglesia: "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Esp√≠ritu Santo" (Rm14,17). Es una lecci√≥n que debemos aprender tambi√©n nosotros: con los diversos carismas confiados a San Pedro y a San Pablo, dej√©monos todos guiar por el Esp√≠ritu, intentando vivir en la libertad que encuentra su orientaci√≥n en la fe en Cristo y se concreta en el servicio a los hermanos. Es esencial conformarnos cada vez m√°s a Cristo. De esta forma se es realmente libre. As√≠ se expresa en nosotros el n√ļcleo m√°s profundo de la Ley: el amor a Dios y al pr√≥jimo. Pidamos al Se√Īor que nos ense√Īe a compartir sus sentimientos, para aprender de √©l la verdadera libertad y el amor evang√©lico que abraza a todo ser humano.

Saludos

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua espa√Īola. En particular, a los peregrinos y grupos parroquiales venidos de Alemania, Chile, Colombia, Espa√Īa, M√©xico y de otros pa√≠ses latinoamericanos. Os invito a que, siguiendo el ejemplo de San Pablo, os dej√©is guiar por el Esp√≠ritu Santo para comportaros siempre en vuestra vida seg√ļn la verdad del Evangelio. Que Dios os bendiga.

(En portugués)

Siguiendo las pautas de la catequesis de hoy, hago votos para que acompa√Ī√©is, unidos a las intenciones del Papa, las celebraciones de la X Asamblea general ordinaria del S√≠nodo de los obispos, que tiene por tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misi√≥n de la Iglesia". Todo concilio y s√≠nodo es un acontecimiento del Esp√≠ritu. Por eso, asistidos por los dones del Alt√≠simo, confiamos en el buen √©xito de este significativo acontecimiento eclesial.

(En italiano)

Mi pensamiento va, por √ļltimo, a los j√≥venes, a los enfermos y a los reci√©n casados. Recordamos hoy a Santa Teresa del Ni√Īo Jes√ļs, una joven monja de clausura de Lisieux, doctora de la Iglesia y patrona de las misiones. Que su testimonio evang√©lico os sostenga a vosotros, queridos j√≥venes, en el compromiso diario de fidelidad a Cristo; os aliente a vosotros, queridos enfermos, a seguir a Jes√ļs por el camino de la prueba y del sufrimiento; y os ayude a vosotros, queridos reci√©n casados, a hacer de vuestra familia un espacio de crecimiento en el amor a Dios y a los hermanos.

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