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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre Pío XII a las religiosas educadoras en la audiencia concedida al I Congreso Internacional de Religiosas dedicadas a la Educación
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Discurso del Santo Padre Pío XII a las religiosas educadoras en la audiencia concedida al I Congreso Internacional de Religiosas dedicadas a la Educación

Nos resulta particularmente agradable la oportunidad que vuestra participación en el Congreso de las Educadoras Religiosas. Nos ofrece para dirigir una palabra de cordial y paterna alabanza a la actividad de las religiosas en el campo de la escuela y de la educación en toda Italia y en todo el mundo católico. ¿Cómo habría podido la Iglesia en tiempos recientes y recentísimos cumplir plenamente su cometido sin la obra que centenares de miles de religiosas desempeñaron con tanto celo en la educación y en la caridad? ¿Y cómo podríamos llevarla a cabo en nuestros días? Sin duda, otras muchas y preciosas energías femeninas colaboran con las religiosas o próximas a ellas en la escuela y en la educación o se dedican al apostolado de los seglares. Nos pensamos sobre todo en el ejército de las buenas maestras católicas en las escuelas del Estado, pero ellas mismas no se sorprenderán si hoy, dilectas hijas, reunidas en torno a Nos como representantes de las órdenes y de las Congregaciones religiosas dedicadas al apostolado de la escuela y de la educación, decimos: Ojalá que la entrega incondicional, el amor y los sacrificios que vosotras soportáis, las más de las veces escondida y obscuramente, en beneficio de la juventud y por amor a Cristo, puedan rendir en el porvenir, como en el pasado, centuplicados frutos de bien. ¡El Señor os recompense y derrame sobre vosotras la abundancia de sus divinos favores!

Nuestros votos brotan tanto más ardorosamente de Nuestro corazón porque sentimos con vosotras la crisis que atraviesan vuestras escuelas e instituciones de educación. Ella está sintetizada en este paralelo: juventud actual-escuelas de religiosas. Sin duda vosotras habréis podido deteneros ampliamente sobre este argumento en vuestro Congreso. Muchos puntos que son válidos para vosotras no menos que para los religiosos y que afectan a los asuntos de vuestra actividad han sido ya expuestos por Nos en el discurso del 8 de diciembre de 1950. Por ello podemos limitarNos aquí a algunos aspectos de vuestro problema, los más necesarios de consideración, a Nuestro parecer.

I

Si tenéis la penosa experiencia de que la hermana educadora y la joven de hoy no se entienden muy bien, tened presente que éste no es un fenómeno particular de vuestra crisis. A los demás maestros, y con frecuencia a los mismos padres, no les van mucho mejor las cosas. No es una frase huera, en efecto, decir que la juventud ha cambiado y se ha vuelto bien diferente. Tal vez sea el motivo central de esta diferencia de la juventud de hoy aquello que constituye objeto de frecuentes observaciones y lamentaciones; la juventud es irreverente hacia muchas cosas que antes, desde la infancia y normalmente, eran tenidas en el más alto respeto. No obstante, de esta actitud no tiene toda la culpa la juventud actual. En los años de la infancia ha vivido cosas horribles y ha visto quebrar y caer míseramente ante sus ojos muchos ideales antes altamente apreciados. Así se ha vuelto desconfiada y esquiva.

Conviene añadir, además, que esta acusación de incomprensión no es nueva; se verifica en todas las generaciones y es recíproca: entre la edad madura y la juventud, entre los padres y los hijos, entre los maestros y los discípulos. Hace medio siglo, y algo más también, a menudo constituía una cuestión de delicado sentimentalismo; gustaba creerse y decirse "incomprendido" e "incomprendida". Hoy esta lamentación -que no está exenta de un cierto orgullo- consiste más bien en una postura intelectual. Aquella incomprensión tiene por consecuencia, de un lado, una reacción que tal vez sobrepase los límites de la justicia, una tendencia a repeler toda novedad o apariencia de novedad, una sospecha exagerada de rebelión contra todas las tradiciones; de otro, una falta de confianza que aleja de todas las autoridades y que impele a buscar, al margen de todo juicio competente, soluciones y consejos con una especie de fatuidad más ingenua que razonada.

Pretender la reforma de la juventud y convencerla sometiéndola, persuadirla forzándola, sería inútil y no siempre justo. Vosotras la induciréis bastante mejor a recobrar su confianza y si os esforzáis por vuestra parte por comprenderla y por haceros comprender de ella, dejando a salvo siempre aquellas verdades y aquellos valores inmutables que no admiten ningún cambio en el pensamiento ni en el corazón humano.

Comprender a la juventud!... Cierto que no significa ello aprobarlo todo ni admitir enteramente sus ideas, ni sus gustos, ni sus extravagantes caprichos, ni sus ficticios entusiasmos, sino que consiste ante todo en discernir lealmente lo que ello encierra de fundamentado y de conveniente, sin lamentaciones ni reproches. Por tanto, en buscar el origen de las desviaciones y de los errores, los cuales no son a menudo sino desdichadas tentativas para resolver problemas reales y difíciles; finalmente, en seguir con atención las vicisitudes y las circunstancias de la época actual.

Hacerse comprender no es admitir los abusos, las imprecisiones, las confusiones, los neologismos equívocos del vocabulario y de la sintaxis, sino expresar claramente, pero en forma variada y siempre exacta, el propio pensamiento, tratando de adivinar el de los demás y teniendo presente sus dificultades y sus ignorancias o inexperiencia.

Por otra parte es igualmente cierto que también la juventud actual es plenamente accesible a los verdaderos y auténticos valores. Y aquí entra en juego vuestra parte de responsabilidad. Vosotras debéis tratar a la juventud con naturalidad y sencillez, tal como sois, cada cual con su carácter; pero todas, al mismo tiempo, debéis mostrar aquella austeridad religiosa y aquella reserva que también el mundo de hoy espera de vosotras y detrás de la cual debe latir vuestra unión con Dios. No es necesario que, al encontraros en medio de las jóvenes, habléis constantemente de Dios; mas cuando lo hagáis, deberá ser de forma que ellas tengan que reconocer que se trata de un genuino sentimiento que nace de una profunda convicción. Y entonces ganaréis la confianza de vuestras alumnas, que se dejarán persuadir y guiar por vosotras.

II

Y ahora llegamos a lo que particularmente se refiere a vosotras: la vida religiosa, vuestro hábito, la castidad, vuestras reglas y estatutos. ¿Os vuelven ellas, tal vez, menos aptas o simplemente incapaces para la instrucción y la educación de la juventud de hoy?

Ante todo observamos: aquellos que tienen derechos acerca de la educación, los padres, no son de esa opinión. Las escuelas de monjas son todavía buscadas y preferidas aun por muchos que están al margen de la vida religiosa y alejados de ella. ¡En cuántos países las vocaciones de preceptoras religiosas y el número de sus escuelas quedan muy por debajo de la demanda! ¡Y esto no es un solo caso! Por esto bien se puede añadir no sólo para Italia, sino en general: cabe esperar de aquellos que intervienen en la formación de la legislación escolar tal deseo de justicia —valga la frase—, tal sentido democrático, que se cumpla la voluntad de los padres, de suerte que las escuelas fundadas y dirigidas por instituciones religiosas no queden en condiciones de inferioridad respecto de las del Estado y se les reconozca aquella libertad que es necesaria para su desenvolvimiento.

Y hablemos ahora brevemente de la vida religiosa en sí misma.

El hábito religioso: Escogedlo tal que sea la expresión del sentimiento interior, de la sencillez y de la modestia religiosa. El será entonces edificante para todos, incluso para la juventud moderna.

La castidad, la virginidad -que implica también la interna renuncia a todo afecto sensual- no hace al espíritu extraño al mundo. Ella, por el contrario, excita y desarrolla las energías para más grandes y más altos ministerios, que sobrepasan las posibilidades y límites de las familias. Hoy no son pocas las religiosas educadoras y enfermeras que se encuentran, en el mejor sentido de la expresión, más inmediatas a la vida que las personas corrientes en el mundo.

También las normas de los estatutos, tomadas según la letra y el espíritu, facilitan y procuran a la religiosa todo cuanto precisa y debe hacerse en nuestro tiempo para conducirse como buena docente y educadora. Así se manifiesta también en el aspecto puramente técnico. Por ejemplo: hoy, en no pocos países, las hermanas utilizan también la bicicleta en debida forma y cuando su trabajo lo requiere. Al principio era algo enteramente nuevo, pero nunca contra la regla. Es posible que algunos extremos del horario, algunas prescripciones, las que no son sino meras aplicaciones de la regla; algunas costumbres que correspondían tal vez a condiciones anteriores, pero que al presente no hacen más que entorpecer la obra educadora, deban ser adaptadas a las nuevas circunstancias. Los superiores mayores y el Capítulo general cuiden de proceder en esta materia concienzudamente, con intuición, prudencia y valentía, y cuando el caso lo requiera, no dejen de someter las proposiciones dudosas a la autoridad eclesiástica competente.

Vosotras quereís servir la causa de Jesucristo y de su Iglesia como el mundo de hoy exige. No sería razonable, pues, persistir en usos o maneras que entorpezcan la misión o quizá la tornen irrealizable. Las hermanas maestras y educadoras deben estar tan preparadas y tan a la altura de su oficio, deben estar tan versadas en todo aquello con que la juventud se encuentra en contacto o de lo cual recibe su influjo, que la alumna pueda exclamar rápidamente: Podemos acudir a la hermana con nuestros problemas y nuestras dificultades; ella nos comprende y nos ayuda.

III

De este modo, hemos llegado al tema de las exigencias de la escuela y de la educación que Nos queremos encomendar especialmente a vuestro cuidado.

No pocas de vuestras escuelas Nos son mencionadas y alabadas como bastante buenas. Pero no todas. Nuestro vivo deseo es que todas se esfuercen por convertirse en excelentes.

Eso, empero, presupone que vuestras profesoras religiosas conozcan y dominen perfectamente sus disciplinas. Proveed, por consiguiente, a su buena preparación y formación, que corresponda también a la calidad y a los títulos exigidos por el Estado. Dadles con abundancia de todo cuanto tengan necesidad, especialmente libros, a fin de que puedan seguir también los progresos de sus disciplinas y ofrecer así a la juventud un rico y sólido acervo de conocimientos. Esto está conforme en la concepción Católica, que acoge con gratitud todo lo que es por naturaleza verdadero, bello y bueno, porque es imagen de la verdad, de la bondad y de la belleza divinas.

Además, la mayor parte de los padres confían a vosotras sus hijas por razones de conciencia cristiana. Con todo ello, por consiguiente, no debe producirse luego el perjuicio de una enseñanza menos valiosa en vuestras escuelas. Al contrario, debéis cifrar vuestro orgullo en garantizar a aquellos padres la mejor instrucción para sus hijas desde las propias escuelas primarias.

No olvidéis tampoco que, además, la ciencia y la buena enseñanza atraen a la religiosa el respeto y la consideración de las alumnas. Entonces podrá ejercer ella un más profundo influjo sobre sus caracteres y sobre su vida espiritual.

A este respecto no tenemos necesidad de repetiros lo que sabéis bien y que, sin duda, ha sido objeto de amplias discusiones en vuestro Congreso; es decir, que según el sentir católico, el fin de la escuela y de la educación es formar al cristiano perfecto, o bien -para aplicar este principio a vuestra condición- ejercer tal influencia moral y espiritual y obtener tales hábitos de la niña y de la muchacha, que, cuando sea abandonada después a sí misma, permanezca unida a la fe católica y la practique en toda su extensión, o al menos haya fundamentada esperanza en que la alumna vivirá más tarde conforme a los principios y a las normas de su fe.

Todo vuestro sistema escolar y educativo sería inútil si este fin no constituyese el centro de vuestra tarea. Trabajar a tal efecto con todas vuestras fuerzas; es lo que el Señor requiere de vosotras. El os ha llamado a la misión de educar a la juventud femenina para hacerla perfecta cristiana. Para ello demanda Él vuestra plena consagración; de esto un día os pedirá cuenta exacta.

¡La joven moderna! Vosotras podéis calibrar mejor que otros muchos los problemas todavía no resueltos y los serios peligros que las recientes alteraciones del mundo femenino, su repentina introducción en todos los campos de la vida pública han llevado consigo. ¿Hubo jamás una época como la presente, en la que sea necesario ganar y formar interiormente la joven, según sus convicciones y sus deseos, para la causa de Cristo y para una conducta virtuosa, de suerte que ella permanezca fiel a Él y a esta fe a pesar de todas las tentaciones y todos los obstáculos, comenzando por el vestido modesto y terminando por las más graves y angustiosas cuestiones de la vida?

¡Que nunca sean las ventajas materiales, la autoridad de la persona, la riqueza, el poder político u otros factores similares capaces de induciros a renegar de vuestro ideal de educación y volveros infieles a vuestra misión! Un examen de conciencia durante vuestro Congreso puede resultaros bien saludable. Esta paternal exhortación no tiene otra causa que Nuestra benevolencia por vosotras, porque vuestros cuidados son también Nuestros cuidados y vuestro feliz éxito es asimismo el Nuestro.

A obtener un tan favorable resultado puede contribuir mucho también la armonía generosa entre las diversas familias religiosas. El recíproco conocerse y alentarse, una santa emulación, han de rendir mutuas ventajas. Óptimos indicios se han mostrado ya; por consiguiente no hay más que perseverar.

Vuestra misión no es fácil, como en general no es sencilla de conseguir la educación cristiana. Más, por lo que concierne a la formación interior de la joven, vuestra vocación religiosa os presta un valioso auxilio. La fe viva, la unión con Dios, el amor a Cristo, del cual ha podido impregnarse cada una de vosotras según el espíritu de vuestra Congregación desde los días del noviciado; los votos no sólo de castidad, sino también, y esencialmente, el de obediencia; el trabajo común bajo una única guía y en la misma dirección..., todo esto actúa con fuerza sobre las almas jóvenes, siempre en el supuesto, naturalmente, de que vosotras mismas estéis a la altura de vuestra vocación.

¡La divina Providencia dirija y conduzca todos vuestros propósitos y vuestras empresas! ¡La gracia de Nuestro Señor Jesucristo rebose vuestras inteligencias y vuestros corazones! ¡La beatísima Virgen y Madre María sea para vosotras modelo, protectora e intercesora! Con este deseo impartimos de corazón a vosotras las aquí presentes, a vuestras amadas hermanas de Congregación y a toda la juventud confiada a vuestro cuidado Nuestra Bendición Apostólica.

Pío XII

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