Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quiero hablar sobre la relación entre San Pablo y los Apóstoles que lo habÃan precedido en el seguimiento de Jesús. Estas relaciones estuvieron siempre marcadas por un profundo respeto y por la franqueza que en San Pablo derivaba de la defensa de la verdad del Evangelio. Aunque era prácticamente contemporáneo de Jesús de Nazaret, nunca tuvo la oportunidad de encontrarse con él durante su vida pública. Por eso, tras quedar deslumbrado en el camino de Damasco, sintió la necesidad de consultar a los primeros discÃpulos del Maestro, que él habÃa elegido para que llevaran su Evangelio hasta los confines del mundo.
En la carta a los Gálatas San Pablo elabora un importante informe sobre los contactos mantenidos con algunos de los Doce: ante todo con Pedro, que habÃa sido elegido como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la que se estaba edificando la Iglesia (cf. Ga 1, 18); con Santiago, "el hermano del Señor" (cf. Ga 1, 19); y con Juan (cf. Ga 2, 9): San Pablo no duda en reconocerlos como "las columnas" de la Iglesia. Particularmente significativo es el encuentro con Cefas (Pedro), que tuvo lugar en Jerusalén: San Pablo se quedó con él 15 dÃas para "consultarlo" (cf. Ga 1, 19), es decir, para informarse sobre la vida terrena del Resucitado, que lo habÃa "atrapado" en el camino de Damasco y le estaba cambiando la vida de modo radical: de perseguidor de la Iglesia de Dios se habÃa transformado en evangelizador de la fe en el MesÃas crucificado e Hijo de Dios que en el pasado habÃa intentado destruir (cf. Ga 1, 23).
¿Qué tipo de información sobre Jesucristo obtuvo San Pablo en los tres años sucesivos al encuentro de Damasco? En la primera carta a los Corintios podemos encontrar dos pasajes que San Pablo habÃa conocido en Jerusalén y que ya habÃan sido formulados como elementos centrales de la tradición cristiana, una tradición constitutiva. Él los transmite verbalmente tal como los habÃa recibido, con una fórmula muy solemne: "Os transmito lo que a mi vez recibÃ". Insiste, por tanto, en la fidelidad a cuanto él mismo habÃa recibido y que transmite fielmente a los nuevos cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la EucaristÃa y a la Resurrección; se trata de textos ya formulados en los años treinta. Asà llegamos a la muerte, sepultura en el seno de la tierra y a la resurrección de Jesús (cf. 1 Co 15, 3-4).
Tomemos ambos textos: las palabras de Jesús en la última Cena (cf. 1 Co 11, 23-25) son realmente para San Pablo centro de la vida de la Iglesia: la Iglesia se edifica a partir de este centro, llegando a ser asà ella misma. Además de este centro eucarÃstico, del que vuelve a nacer siempre la Iglesia —también para toda la teologÃa de San Pablo, para todo su pensamiento—, estas palabras tuvieron un notable impacto sobre la relación personal de San Pablo con Jesús. Por una parte, atestiguan que la EucaristÃa ilumina la maldición de la cruz, convirtiéndola en bendición (cf. Ga 3, 13-14); y por otra, explican el alcance de la misma muerte y resurrección de Jesús. En sus cartas el "por vosotros" de la institución se convierte en "por mÃ" (Ga 2, 20) —personalizando, sabiendo que en ese "vosotros" él mismo era conocido y amado por Jesús— y, por otra parte, en "por todos" (2 Co 5, 14); este "por vosotros" se convierte en "por mÃ" y "por la Iglesia" (Ef 5, 25), es decir, también "por todos" del sacrificio expiatorio de la cruz (cf. Rm 3, 25). Por la EucaristÃa y en la EucaristÃa la Iglesia se edifica y se reconoce como "Cuerpo de Cristo" (1 Co 12, 27), alimentado cada dÃa por la fuerza del EspÃritu del Resucitado.
El otro texto, sobre la Resurrección, nos transmite de nuevo la misma fórmula de fidelidad. San Pablo escribe: "Os transmitÃ, en primer lugar, lo que a mi vez recibÃ: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer dÃa, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Co 15, 3-5). También en esta tradición transmitida a San Pablo vuelve a aparecer la expresión "por nuestros pecados", que subraya la entrega de Jesús al Padre para liberarnos del pecado y de la muerte. De esta entrega San Pablo saca las expresiones más conmovedoras y fascinantes de nuestra relación con Cristo: "A quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21); "Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9). Vale la pena recordar el comentario con el que MartÃn Lutero, entonces monje agustino, acompañaba estas expresiones paradójicas de San Pablo: "Este es el grandioso misterio de la gracia divina hacia los pecadores: por un admirable intercambio, nuestros pecados ya no son nuestros, sino de Cristo; y la justicia de Cristo ya no es de Cristo, sino nuestra" (Comentario a los Salmos, de 1513-1515). Y asà somos salvados.
En el kerygma (anuncio) original, transmitido de boca a boca, merece señalarse el uso del verbo "ha resucitado", en lugar de "fue resucitado", que habrÃa sido más lógico utilizar, en continuidad con el "murió" y "fue sepultado". La forma verbal "ha resucitado" se eligió para subrayar que la resurrección de Cristo influye hasta el presente de la existencia de los creyentes: podemos traducirlo por "ha resucitado y sigue vivo" en la EucaristÃa y en la Iglesia. Asà todas las Escrituras dan testimonio de la muerte y la resurrección de Cristo, porque —como escribió Hugo de San VÃctor— "toda la divina Escritura constituye un único libro, y este único libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y tiene en Cristo su cumplimiento" (De arca Noe, 2, 8). Si San Ambrosio de Milán pudo decir que "en la Escritura leemos a Cristo", es porque la Iglesia de los orÃgenes leyó todas las Escrituras de Israel partiendo de Cristo y volviendo a él.
La enumeración de las apariciones del Resucitado a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos, y a Santiago se cierra con la referencia a la aparición personal que recibió San Pablo en el camino de Damasco: "Y en último término se me apareció también a mÃ, como a un abortivo" (1 Co 15, 8). Dado que él habÃa perseguido a la Iglesia de Dios, en esta confesión expresa su indignidad de ser considerado apóstol al mismo nivel que los que le han precedido: pero la gracia de Dios no fue estéril en él (cf. 1 Co 15, 10). Por tanto, la actuación prepotente de la gracia divina une a San Pablo con los primeros testigos de la resurrección de Cristo: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creÃdo" (1 Co 15, 11). Es importante la identidad y la unicidad del anuncio del Evangelio: tanto ellos como yo predicamos la misma fe, el mismo Evangelio de Jesucristo muerto y resucitado, que se entrega en la santÃsima EucaristÃa.
La importancia que San Pablo confiere a la Tradición viva de la Iglesia, que transmite a sus comunidades, demuestra cuán equivocada es la idea de quienes afirman que fue San Pablo quien inventó el cristianismo: antes de proclamar el evangelio de Jesucristo, su Señor, se encontró con él en el camino de Damasco y lo frecuentó en la Iglesia, observando su vida en los Doce y en aquellos que lo habÃan seguido por los caminos de Galilea. En las próximas catequesis tendremos la oportunidad de profundizar en las contribuciones que San Pablo dio a la Iglesia de los orÃgenes; pero la misión que recibió del Resucitado en orden a la evangelización de los gentiles necesita ser confirmada y garantizada por aquellos que le dieron a él y a Bernabé la mano derecha como señal de aprobación de su apostolado y de su evangelización, asà como de acogida en la única comunión de la Iglesia de Cristo (cf. Ga 2, 9).
Se comprende entonces que la expresión: "Si conocimos a Cristo según la carne" (2 Co 5, 16) no significa que su existencia terrena tenga poca importancia para nuestra maduración en la fe, sino que desde el momento de la Resurrección cambia nuestra forma de relacionarnos con él. Él es, al mismo tiempo, el Hijo de Dios, "nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el espÃritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos", como recuerda San Pablo al principio de la carta a los Romanos (Rm 1, 3-4).
Cuanto más tratamos de seguir las huellas de Jesús de Nazaret por los caminos de Galilea, tanto más podemos comprender que él asumió nuestra humanidad, compartiéndola en todo, excepto en el pecado. Nuestra fe no nace de un mito ni de una idea, sino del encuentro con el Resucitado, en la vida de la Iglesia.
Saludos
Saludo a los peregrinos y visitantes de España y Latinoamérica, en particular a los sacerdotes de San Juan de Puerto Rico, con el cardenal Luis Aponte y el arzobispo metropolitano Roberto González, asà como a los alumnos del Colegio sacerdotal argentino en Roma, a los venidos de Paraná, con su arzobispo, mons. Mario Maulión y a los demás grupos de Puerto Rico, México, Panamá, El Salvador, Venezuela, Argentina y otros paÃses latinoamericanos. Muchas gracias por vuestra visita.
(En portugués)
AquÃ, en Roma, los apóstoles San Pedro y San Pablo derramaron su sangre, confesando su fe en el Señor Jesús. Las generaciones recogieron y transmitieron ese testimonio. Hoy es nuestra hora. Mostrad a todos la felicidad que hay en amar a Jesucristo. Aprended a seguirlo e imitarlo, como hizo la Virgen MarÃa.
(En polaco)
San Pablo enseña que nuestra fe no nace de un mito ni de una idea, sino del encuentro personal con el Resucitado. El Apóstol lo experimentó en el camino de Damasco. Nosotros lo vivimos gracias a la Palabra de Dios y a los sacramentos en la vida de la Iglesia. Os deseo que la experiencia de la presencia cercana del Señor esté siempre viva en vuestro corazón.
(En lengua checa)
La Iglesia en la República Checa festejará el próximo domingo la solemnidad de San Wenceslao, patrono principal de la nación checa. Por gracia de Dios, fue ejemplar en la práctica de la fe. Conservad vuestra herencia espiritual; transmitidla intacta a vuestros hijos. Os bendigo a vosotros y a vuestras familias.
(En italiano)
Mi pensamiento va, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos jóvenes, sed siempre fieles al ideal evangélico y realizadlo en vuestras actividades diarias. Queridos enfermos, que cada dÃa os sirva de apoyo en vuestros sufrimientos la gracia del Señor. Y a vosotros, queridos recién casados, os doy una bienvenida paterna, invitándoos a abrir vuestro corazón al amor divino para que vivifique vuestra vida familiar.
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