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Vladimir Soloviev, Breve relato sobre el Anticristo
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Breve relato sobre el Anticristo

¬°Pan-mongolismo! Aunque es un nombre salvaje,
Su sonido me acaricia,
Como si presagiara un gran destino
Pleno de lo divino.

La Dama: ¬ŅDe d√≥nde proviene este ep√≠grafe?

El Se√Īor Z: Creo que ha sido compuesto por el mismo autor del relato.

La Dama: Pues bien, léalo.

El Se√Īor Z: (lee) - El siglo XX despu√©s de Cristo fue la √©poca de las √ļltimas grandes guerras internacionales y decisivas revoluciones. La m√°s grande de estas guerras exteriores tuvo como causa remota el movimiento intelectual surgido en Jap√≥n hacia fines del siglo XIX con el nombre de pan-mongolismo. Los japoneses, buenos imitadores, asimilaron con sorprendente rapidez y √©xito las formas sustanciales de la cultura europea, apropi√°ndose tambi√©n de algunas ideas europeas de orden inferior.

Habiendo conocido a trav√©s de peri√≥dicos y manuales de historia la existencia en Occidente del pan-helenismo, pan-germanismo, pan-eslavismo, pan-islamismo, proclamaron la gran idea del pan-mongolismo ‚ÄĒunificaci√≥n de todos los pueblos del Asia oriental bajo su liderazgo, con el objetivo de llevar adelante una guerra decisiva contra los extranjeros, es decir, contra los europeos‚ÄĒ. Aprovechando que a comienzos del siglo XX Europa se encontraba ocupada en la √ļltima y decisiva batalla contra el mundo musulm√°n, se aprestaron a realizar su gran plan: primero la ocupaci√≥n de Corea, luego Pek√≠n, donde, con la ayuda del partido progresista chino, depusieron a la antigua dinast√≠a Manch√ļ, sustituy√©ndola por la japonesa. A esta √ļltima los conservadores chinos tambi√©n se adaptaron f√°cilmente, comprendiendo que entre dos males es mejor escoger el menor, pues despu√©s de todo, los japoneses eran sus hermanos. Por lo dem√°s, la independencia estatal de la antigua China no ten√≠a la fuerza para sostenerse por s√≠ misma y la sumisi√≥n a los europeos o a los japoneses se tornaba inevitable.

Posteriormente se vio con claridad que el dominio de los japoneses, aunque suprimiera las estructuras externas del gobierno chino ‚ÄĒque para entonces se mostraban absolutamente in√ļtiles‚ÄĒ no interferir√≠a en los asuntos internos de la vida nacional. En cambio, la ocupaci√≥n de potencias europeas con gusto habr√≠a apoyado por razones pol√≠ticas a los misioneros cristianos, amenazando los profundos principios espirituales de China.

El antiguo odio nacional entre chinos y japoneses surgi√≥ cuando ni unos ni otros conoc√≠an a los europeos. Sin embargo frente a estos √ļltimos la mutua enemistad entre dos naciones similares se tornaba una guerra civil sin sentido. Los europeos aparec√≠an como extranjeros, enemigos radicales, y su predominio no promet√≠a en lo absoluto algo que pudiera incrementar el amor a la propia raza, mientras que en manos de los japoneses, los chinos ve√≠an m√°s atractivo el pan-mongolismo, que al mismo tiempo se tornaba m√°s justificable ante sus ojos que la triste e inevitable realidad de la europeizaci√≥n.

‚ÄúComprendan, obstinados hermanos‚ÄĚ ‚ÄĒterqueaban los japoneses‚ÄĒ ‚Äúque de estos perros occidentales buscamos solamente sus armas, no por simpat√≠a hacia ellos, sino tan s√≥lo para golpearlos con ellas. Si os un√≠s a nosotros y acept√°is nuestra orientaci√≥n pr√°ctica, seremos capaces no s√≥lo de expulsar a los demonios blancos de nuestra Asia, sino tambi√©n de conquistar sus propios pa√≠ses y establecer un verdadero Imperio Medio sobre todo el mundo. Es leg√≠timo vuestro orgullo nacional y el desprecio hacia los europeos, pero estos sentimientos deben ser nutridos no s√≥lo con sue√Īos ilusorios, sino con una acci√≥n apropiada. En esto os hemos superado y debemos mostraros los caminos de nuestros intereses comunes. Como pod√©is ver, son pocas las ganancias obtenidas a trav√©s de una pol√≠tica autosuficiente y desconfiada hacia nosotros, vuestros amigos naturales y protectores. Poco falt√≥ para que Rusia e Inglaterra, Alemania y Francia nos dividiesen sin dejarnos ni los restos de nuestro territorio. Todas vuestras empresas de tigres solamente han mostrado la impotencia del √ļltimo coletazo de la serpiente‚ÄĚ.

La sensatez china encontr√≥ este argumento razonable, estableci√©ndose as√≠ firmemente la dinast√≠a japonesa. Su primer cometido fue evidentemente la creaci√≥n de una flota y un poderoso ej√©rcito. Gran parte de las fuerzas militares japonesas fueron trasladadas a China, donde sirvieron de n√ļcleo al nuevo y colosal ej√©rcito. Los oficiales japoneses que dominaban el idioma chino, demostraron tener mayor eficiencia como instructores que los europeos, mientras que la inmensa poblaci√≥n de China con Manchuria, Mongolia y Tibet, provey√≥ un beneficioso potencial de guerra.

Ya el primer Bogdijan1 de la dinast√≠a japonesa prob√≥ exitosamente el poder del nuevo imperio expulsando a los franceses de Tonk√≠n y Siam, a los ingleses de Burma y anexando toda Indochina al Imperio Medio. Su sucesor, el segundo emperador, de origen chino por parte de madre, un√≠a en s√≠ la astucia y la determinaci√≥n china con la energ√≠a, agilidad e iniciativa japonesas. √Čste moviliz√≥ hasta el Turquest√°n chino un ej√©rcito de cuatro millones de hombres y mientras que Tzun-Li-Jamin comunicaba confidencialmente al embajador ruso que este ej√©rcito estaba destinado a la ocupaci√≥n de la India, el Bogdijan invad√≠a nuestra Asia central. Aqu√≠, sublevando a toda la poblaci√≥n, cruz√≥ r√°pidamente los Urales, ocupando con sus soldados la Rusia oriental y central. Entre tanto, las tropas rusas se movilizaron r√°pidamente, con contingentes venidos de Polonia y Lituania, Kiev y Volinia, Petersburgo y Finlandia.

Ante la ausencia de una estrategia militar y la superioridad num√©rica de los enemigos, las fuerzas rusas tan s√≥lo pudieron replegarse con honor. La rapidez de la agresi√≥n no les dio tiempo para la necesaria concentraci√≥n de fuerzas y as√≠ numerosas tropas, una tras otra, fueron aniquiladas en desesperadas y encarnizadas batallas. Los mongoles lograron esta victoria a un precio muy alto, pero con la ocupaci√≥n de todas las l√≠neas ferroviarias del Asia recuperaron f√°cilmente sus p√©rdidas. Mientras tanto, dos cuerpos del ej√©rcito ruso compuestos por doscientos mil hombres, concentrados desde tiempo atr√°s en la frontera con Manchuria, hicieron un fallido intento invadiendo el bien defendido territorio chino. Despu√©s de dejar parte de sus fuerzas restantes en Rusia con el objetivo de impedir la formaci√≥n de un nuevo ej√©rcito en el pa√≠s y tambi√©n para expulsar las numerosas guerrillas, el Bogdijan cruz√≥ las fronteras alemanas con tres divisiones del ej√©rcito. Por su parte, los alemanes tuvieron suficiente tiempo para prepararse y las tropas mongolas se encontraron con una poderosa defensa. Paralelamente en Francia el partido nacionalista tom√≥ el poder y prontamente moviliz√≥ millones de bayonetas al lugar del conflicto. Puesto entre la espada y la pared, el ej√©rcito alem√°n se vio obligado a aceptar los t√©rminos de paz ofrecidos por el Bogdijan. Los entusiastas franceses, que simpatizaban con la raza amarilla, se expandieron por Alemania perdiendo pronto todo sentido de disciplina militar. El Bogdijan orden√≥ a su ejercito eliminar a los aliados considerados in√ļtiles, orden que fue ejecutada con el esmero y la precisi√≥n propia de los chinos. Simult√°neamente, en Par√≠s se dio la insurrecci√≥n de los trabajadores sans patrie2 y la capital universal de la cultura occidental abri√≥ sus puertas con j√ļbilo al Se√Īor del Oriente.

El Bogdijan se dirigi√≥ hacia Bolo√Īa, donde escoltado por una flota venida del Pac√≠fico, prepar√≥ r√°pidamente las naves que llevar√≠an a su ej√©rcito hasta Gran Breta√Īa. Como el emperador estaba necesitado de fondos, los ingleses lograron comprar su libertad con un mill√≥n de libras esterlinas. En el transcurso de un a√Īo todas las potencias europeas reconoc√≠an su vasallaje al Bogdijan, el cual, dejando en Europa suficientes fuerzas de ocupaci√≥n, regres√≥ al Oriente para emprender campa√Īas navales contra Am√©rica y Australia.

Por medio siglo pesa sobre Europa el nuevo yugo mongol. En el aspecto interno, esta √©poca se caracteriza por la mezcla y el intercambio profundo de ideas europeas y orientales, repitiendo en grand3 el antiguo sincretismo alejandrino. En la vida pr√°ctica se evidencian tres aspectos como los m√°s representativos: la vasta afluencia en Europa de obreros chinos y japoneses y como consecuencia la agudizaci√≥n del problema econ√≥mico-social; la prolongaci√≥n por parte de la clase dirigente de una serie de paliativos para resolver este problema; y, finalmente, la creciente actividad de sociedades internacionales secretas, organizando una gran conspiraci√≥n pan-europea con el fin de expulsar a los mongoles y restablecer la independencia de Europa. Esta colosal conspiraci√≥n, apoyada por los gobiernos nacionales, ‚ÄĒen la medida en que pod√≠an evadir el control de los funcionarios del Bogdijan‚ÄĒ, fue preparada h√°bilmente logrando admirables resultados.

En el momento fijado, se dio inicio al exterminio de los soldados mongoles, el exilio y expulsión de los obreros asiáticos. Unidades secretas de tropas europeas aparecieron repentinamente en diversos lugares, llevándose a cabo una movilización general de acuerdo a una estrategia previamente planificada. El nuevo Bogdijan, nieto del gran conquistador, se trasladó de China a Rusia, donde encontró su numerosa tropa completamente derrotada por el ejército europeo. Las fracciones dispersas regresaron al Asia, y Europa quedó liberada.

Si la sumisi√≥n de medio siglo a los b√°rbaros asi√°ticos fue causada por la desuni√≥n de los estados europeos ‚ÄĒocupados tan s√≥lo en sus propios intereses nacionales‚ÄĒ la gran y gloriosa liberaci√≥n se debi√≥ a la organizaci√≥n internacional de las fuerzas unidas de la poblaci√≥n europea. Como consecuencia natural de este hecho, la antigua estructura del mundo constituida por estados individuales perdi√≥ su vigencia y trascendencia y los √ļltimos restos de las antiguas monarqu√≠as desaparecieron poco a poco.

La Europa del siglo XXI aparece como la uni√≥n de mayor o menor n√ļmero de estados democr√°ticos: ‚ÄúLa Uni√≥n de los Estados de Europa‚ÄĚ. El exitoso avance de la cultura, algunas veces interrumpido por la invasi√≥n mog√≥lica y la lucha de liberaci√≥n, retom√≥ nuevamente su curso con rapidez.

Los problemas internos de la conciencia, como las preguntas sobre la vida y la muerte o el destino final del mundo y del hombre, se tornaron m√°s complejos y confusos ante la multiplicidad de investigaciones y descubrimientos fisiol√≥gicos y psicol√≥gicos, permaneciendo como antes, sin soluci√≥n. Se hizo patente un importante resultado, aunque de √≠ndole negativa: la decisiva ca√≠da de la teor√≠a materialista. La concepci√≥n del universo como un sistema de √°tomos en movimiento o de la vida como resultado de la suma mec√°nica de peque√Ī√≠simas y m√≥viles part√≠culas de materia, eran ya totalmente insatisfactorias. La humanidad hab√≠a superado para siempre este estadio de infancia filos√≥fica.

Se evidenci√≥ claramente que hab√≠a quedado atr√°s la pueril credulidad de una fe ingenua e inconsciente. Aquellas ideas como ‚ÄúDios ha creado el mundo de la nada‚ÄĚ, dejaron de ser ense√Īadas en las escuelas primarias. En su lugar, se elabor√≥ un nivel superior com√ļn, una visi√≥n de estas ideas, ante las cuales no se concede ning√ļn tipo de dogmatismo. Y aunque la mayor parte de las personas pensantes permanec√≠an totalmente incr√©dulas, los pocos creyentes ‚ÄĒpor necesidad‚ÄĒ, se convirtieron en hombres pensantes, cumpliendo el mandato del ap√≥stol: Sean ni√Īos en el coraz√≥n, m√°s no en la mente4.

***

Viv√≠a en aquel tiempo, entre los pocos que a√ļn cre√≠an en el espiritualismo, un hombre de dotes excepcionales ‚ÄĒmuchos lo llamaban un superhombre‚ÄĒ que estaba lejos de ser ni√Īo tanto en la mente como en el coraz√≥n. Era todav√≠a joven pero, gracias a su extraordinaria genialidad, a los treinta y tres a√Īos alcanz√≥ fama de pensador excepcional, de escritor y reformador social. Consciente de su gran poder espiritual, fue siempre un convencido espiritualista y su clara inteligencia le se√Īal√≥ siempre la verdad de aquello en lo que se deb√≠a creer: el bien, Dios, el Mes√≠as. √Čl cre√≠a en esto, pero s√≥lo se amaba a s√≠ mismo. Cre√≠a en Dios, pero en lo profundo de su alma, inconsciente e involuntariamente, se prefer√≠a a s√≠ mismo.

Cre√≠a en el Bien, pero el ojo de la Eternidad que lo ve todo, sab√≠a que este hombre se arrodillar√≠a frente a la potencia del mal apenas √©sta lo conquistase; no con el enga√Īo de los sentimientos o de las pasiones bajas, ni tampoco con la seducci√≥n de un alto poder, sino tan s√≥lo estimulando su desmesurado amor propio. Por lo dem√°s, este amor propio, no era un instinto inconsciente ni una ambici√≥n irracional. Parec√≠a estar lo suficientemente justificado por la extraordinaria genialidad, perfecci√≥n y nobleza de este gran espiritualista, asceta y fil√°ntropo, as√≠ como por su elevado desinter√©s y simpat√≠a hacia aquellos en necesidad.

Estaba de tal modo dotado de dones divinos, que ve√≠a en ellos un signo de la benevolencia de lo alto y se consideraba el segundo despu√©s de Dios, el hijo √ļnico de Dios. En una palabra, √©l mismo crey√≥ ser lo que Cristo fue en realidad. Pero la consciencia de su alta dignidad no se mostraba en la pr√°ctica como una obligaci√≥n moral hacia Dios y el mundo, sino m√°s bien como un derecho y un privilegio sobre los otros y especialmente sobre Cristo. Inicialmente no experimentaba hostilidad hacia Jes√ļs. Admit√≠a su divinidad mesi√°nica y su valor, pero realmente s√≥lo ve√≠a en √Čl a su m√°s grande precursor. El valor moral de Cristo y su absoluta unicidad no estaban al alcance de una mente tan oscurecida por la ambici√≥n como la suya. Razonaba as√≠: ‚ÄúCristo vino antes que yo; yo he venido segundo, pero en el orden del tiempo aquello que viene despu√©s es sustancialmente primero. Yo vine √ļltimo, al final de la historia, por lo cual soy perfecto. Soy el salvador final del mundo y Cristo es mi precursor. Su vocaci√≥n fue la de anticipar y preparar mi venida‚ÄĚ.

Con esta idea, el gran hombre del siglo XXI aplicará a sí mismo todo lo dicho en el Evangelio sobre la segunda venida, comprendiendo que ello se refería no al regreso del mismo Cristo, sino al reemplazo del Cristo precursor con el definitivo, esto es, consigo mismo.

En este estadio ‚Äúel hombre venidero‚ÄĚ se presenta a√ļn con no muchas caracter√≠sticas originales. Conceb√≠a su relaci√≥n con Cristo del mismo modo como fue, por ejemplo, la de Mahoma: un hombre justo a quien nadie pod√≠a reprochar mal alguno.

Justificaba la preferencia ego√≠sta por s√≠ mismo y no por Cristo con el siguiente razonamiento: ‚ÄúCristo, predicando y practicando en su vida el bien moral fue el reformador de la humanidad, yo en cambio estoy destinado a ser el benefactor de esta misma humanidad, en parte reformada y en parte incorregible. Dar√© a todos todo cuanto ellos necesiten. Cristo, como moralista, dividi√≥ a la humanidad en buenos y malos, pero yo en cambio unir√© a todos con los bienes necesarios; tanto para los buenos como para los malos. Ser√© el verdadero representante de aquel Dios que hace brillar el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos. Cristo trajo la espada y yo traer√© la paz. √Čl amenaz√≥ a la tierra con el terrible juicio final pero el √ļltimo juez ser√© yo, y mi juicio ser√° no s√≥lo de justicia sino de misericordia. En mi juicio habr√° tambi√©n justicia, pero no ser√° una justicia retributiva sino distributiva. Juzgar√© a todos y dar√© a cada uno seg√ļn sus necesidades‚ÄĚ.

Con esta magn√≠fica disposici√≥n, esperaba una clara invitaci√≥n de Dios a iniciar la obra de la nueva salvaci√≥n de la humanidad. Aguardaba un signo prodigioso o alg√ļn testimonio de ser el hijo mayor, el primog√©nito predilecto de Dios. Esperaba, cultivando su amor propio, sostenido por la consciencia de sus virtudes y dones sobrehumanos; pues, como se ha mencionado, era un hombre de una moral irreprensible y de una genialidad nada com√ļn.

La soberbia de este hombre aguardaba una se√Īal de lo alto para iniciar la salvaci√≥n de la humanidad, pero no vio signos de √©sta. Hab√≠a cumplido ya los treinta a√Īos, y pasaron tres a√Īos m√°s. Y he aqu√≠ que un pensamiento sobrevino a su mente y un escalofr√≠o le penetr√≥ hasta la m√©dula de los huesos: ‚Äú¬ŅY si? ‚Ķ Si yo no, sino aquel‚Ķ galileo. ¬ŅSi √©l no fuese mi predecesor, sino el verdadero, el primero y el √ļltimo? En ese caso, √Čl deber√≠a estar vivo‚Ķ ¬ŅD√≥nde est√°? ‚Ķ ¬ŅQu√© pasar√≠a si de improviso viene a buscarme‚Ķ aqu√≠, ahora? ‚Ķ ¬ŅQu√© le dir√©? ¬ŅMe sentir√© quiz√°s obligado a inclinarme frente a √Čl como el m√°s est√ļpido de los cristianos o como un campesino ruso que masculla sin comprender: ‚ÄėSe√Īor Jesucristo, ten piedad de m√≠ pecador?‚Äô; o ¬Ņme ver√© obligado como una anciana polaca a postrarme por tierra ante la Cruz? ¬ŅYo, el genio brillante, el superhombre? ¬°No, nunca!‚ÄĚ.

Y as√≠, en vez de sus antiguos razonamientos y su fr√≠a reverencia ante Dios y Cristo, una especie de terror naci√≥ y creci√≥ en su coraz√≥n, seguido de una sofocante envidia que consum√≠a todo su ser, y un odio furioso que le cortaba la respiraci√≥n. ‚Äú¬°Yo, yo, y no √Čl! √Čl no est√° entre los vivos. √Čl ya no est√° y no estar√°. ¬°No ha resucitado, no ha resucitado, no ha resucitado de entre los muertos! Se descompone en la tumba, se descompone tanto como el √ļltimo de los mortales‚Ķ‚ÄĚ.

Con espuma en la boca corre convulsivamente fuera de la casa a trav√©s del jard√≠n, intern√°ndose por un sendero rocoso en la oscura y silenciosa noche. La furia se calm√≥ y se troc√≥ en desesperaci√≥n, dura y pesada como las rocas, oscura como aquella noche. Se detuvo frente a un precipicio profundo, desde cuyo borde pod√≠a escuchar a lo lejos el vago rumor del riachuelo corriendo entre las piedras. Una angustia insoportable pesaba sobre su coraz√≥n. Entonces un pensamiento cruz√≥ por su mente: ‚Äú¬ŅDebo llamarlo? ¬ŅPreguntarle qu√© debo hacer?‚ÄĚ. Una imagen benigna y triste aparece ante √©l, de entre las tinieblas. ‚Äú¬°Se compadece de m√≠‚Ķ no, nunca! No ha resucitado, no ha resucitado, no ha resucitado‚ÄĚ.

Y se lanz√≥ hacia el precipicio. Pero algo firme ‚ÄĒ¬Ņuna columna de agua?‚ÄĒ lo sostuvo en el aire. Sinti√≥ algo parecido a una descarga el√©ctrica, y una fuerza desconocida lo empuj√≥ hacia atr√°s. Perdi√≥ por un momento la conciencia y cuando volvi√≥ en s√≠, se encontr√≥ arrodillado a unos pocos pasos del borde del abismo. Entrevi√≥ el contorno de una figura espl√©ndida de luz fulgurante cuyos ojos penetraban su alma con intolerable e intenso resplandor.

Vio estos ojos penetrantes y percibi√≥ ‚ÄĒno sabiendo realmente si proven√≠a de s√≠ mismo o de fuera‚ÄĒ una extra√Īa voz, insensible y sombr√≠a, met√°lica y absolutamente sin alma, como si viniese de un fon√≥grafo. La voz le dec√≠a: ‚ÄúT√ļ eres mi hijo predilecto en quien me complazco. ¬ŅPor qu√© no me reconoces? ¬ŅPor qu√© adoras al otro, al malo y a su padre? Yo soy tu dios y tu padre. El otro, el mendigo, el crucificado, es un extra√Īo para m√≠ y para ti. No tengo otro hijo m√°s que t√ļ. T√ļ eres el √ļnico, el unig√©nito, mi igual. Te amo y no pido nada de ti. Eres perfecto, poderoso y grande. Cumple tu obra en tu nombre y no en el m√≠o. No te tengo envidia, te amo. No quiero nada de ti. Aqu√©l que t√ļ considerabas Dios, demandaba a su Hijo obediencia sin l√≠mites, absoluta obediencia ‚ÄĒincluso hasta la muerte en cruz‚ÄĒ y a√ļn ah√≠ no vino en su ayuda. Yo no pido nada de ti, al contrario te ayudar√©. Te ayudar√© por ti mismo, por amor a tu dignidad y excelencia, por el puro y desinteresado amor que te tengo. Recibe mi esp√≠ritu. Como antes mi esp√≠ritu te hizo nacer en perfecci√≥n, as√≠ ahora te hago nacer en poder‚ÄĚ.

Ante las palabras de este desconocido, los labios del superhombre se entreabrieron involuntariamente; los dos ojos penetrantes se acercaron a su rostro y sinti√≥ una extra√Īa y helada corriente que penetraba la totalidad de su ser. Se percibi√≥ con una fuerza inaudita, con un coraje, agilidad y entusiasmo nunca antes vividos. Repentinamente, la luminosa imagen y los dos ojos desaparecieron, y algo elev√≥ al superhombre regres√°ndolo inmediatamente a su propio jard√≠n, a la puerta de entrada de su casa.

Al d√≠a siguiente los visitantes del gran hombre, e incluso sus sirvientes, percibieron su particular complexi√≥n, como si fuese inspirada. Habr√≠an estado todav√≠a m√°s maravillados si hubiesen visto con qu√© facilidad y rapidez sobrenatural escrib√≠a, encerrado en su estudio, su famosa obra titulada: ¬ęEl camino abierto a la paz universal y el bienestar¬Ľ.

Los libros precedentes del superhombre y su actividad p√ļblica hab√≠an encontrado cr√≠ticos severos, aunque √©stos fuesen, en su mayor√≠a, personas de profundas convicciones religiosas y por tanto privadas de cualquier autoridad cr√≠tica (n√≥tese que estoy hablando de la venida del Anticristo). Es por ello que las opiniones de estos cr√≠ticos eran dif√≠cilmente escuchadas cuando se refer√≠an al ‚Äúhombre venidero‚ÄĚ, opiniones que reconoc√≠an en √©l, de modo inconfundible, la se√Īal de un intenso amor propio y apego a las propias opiniones, y una ausencia total de una verdadera simplicidad, rectitud y bondad de coraz√≥n.

Con su nuevo libro conquist√≥ para s√≠ algunos de sus antiguos cr√≠ticos y enemigos. El libro, escrito despu√©s del incidente sobre el precipicio, revel√≥ en √©l una genialidad sin precedentes. Se trataba de una obra que lo abarcaba todo y resolv√≠a todas las contradicciones. Combinaba un noble respeto por las tradiciones y s√≠mbolos antiguos, con un amplio y osado radicalismo en asuntos sociales y cuestiones pol√≠ticas. Un√≠a en s√≠ una desmesurada libertad de pensamiento, con una profunda comprensi√≥n de toda realidad m√≠stica; un absoluto individualismo, con un celo ardiente por el bien com√ļn; el m√°s elevado idealismo en los principios orientadores, con las soluciones pr√°cticas m√°s precisas y concretas. Fue unido con tal arte que cualquier pensador u hombre de acci√≥n pod√≠a f√°cilmente ver y aceptar el todo enteramente desde su punto de vista particular, sin sacrificar nada de la verdad en s√≠ misma, sin necesidad de trascender el propio yo por ella o renunciar de hecho a su exclusivismo, sin corregir sus errados puntos de vista y aspiraciones o intentar suplir las propias insuficiencias.

Este maravilloso libro fue inmediatamente traducido a las lenguas de las naciones m√°s desarrolladas y tambi√©n a las de algunas menos avanzadas. Durante todo un a√Īo miles de peri√≥dicos en todas partes del mundo se vieron abarrotados de avisos publicitarios y de elogios por parte de los cr√≠ticos. Millones de ejemplares con el retrato del autor fueron vendidos en ediciones econ√≥micas y todo el mundo civilizado ‚ÄĒque en aquella √©poca comprend√≠a casi todo el globo terr√°queo‚ÄĒ se llen√≥ de la gloria del hombre incomparable, ¬°el grande, el √ļnico! Nadie pod√≠a alzar objeci√≥n alguna contra este libro ya que era aceptado un√°nimemente como revelaci√≥n de la verdad total. Todo el pasado era juzgado con ecuanimidad, cada aspecto del presente tratado con imparcialidad y el pr√≥spero futuro ‚ÄĒaquel del cual tenemos necesidad‚ÄĒ era descrito de una manera tan convincente y tangible que cualquiera pod√≠a decir: ‚ÄúEsto es lo que queremos; estamos frente a un ideal que no es utop√≠a, ante un plan que no es un artificio‚ÄĚ.

El prodigioso escritor no s√≥lo impresion√≥ a todos, sino que agradaba a todos, de tal modo que se cumplieron las palabras de Cristo: ‚ÄúHe venido en el nombre del Padre y no me han recibido: otro vendr√° en su propio nombre y vosotros lo aceptar√©is‚ÄĚ5. En efecto, para ser aceptado se necesita ser agradable.

Es verdad que algunas personas piadosas, si bien aprobaron el libro con entusiasmo, se preguntaban una y otra vez por qu√© en el libro no era mencionado ni una sola vez el nombre de Cristo. Pero otros cristianos replicaron: ‚Äú¬°Alabado sea Dios! En siglos pasados lo sacro ha sufrido tanto a mano de todo tipo de desconocidos fan√°ticos, que hoy en d√≠a un escritor religioso serio debe ser muy cuidadoso. Si el libro est√° imbuido con el verdadero esp√≠ritu cristiano de un amor activo y de una benevolencia que todo lo abarca, ¬Ņqu√© m√°s quieren?‚ÄĚ. Todos asintieron.

Poco tiempo despu√©s de la publicaci√≥n del libro ¬ęEl camino abierto‚Ķ¬Ľ, que hizo del autor el m√°s popular y brillante escritor sobre la faz de la tierra, se sostuvo en Berl√≠n la asamblea internacional constituyente de la ¬ęUni√≥n de los Estados de Europa¬Ľ. Esta Uni√≥n hab√≠a sido instituida luego de una serie de guerras internacionales y civiles surgidas despu√©s de la liberaci√≥n del yugo mongol y hab√≠a alterado de modo considerable el mapa europeo. La Uni√≥n estaba ahora ante el peligro no ya de una colisi√≥n entre naciones, sino m√°s bien entre partidos pol√≠ticos y sociales. Los principales dirigentes de la pol√≠tica europea, pertenecientes a la poderosa hermandad de la francmasoner√≠a, sintieron la necesidad de un poder ejecutivo com√ļn. Se lograr√≠a as√≠ una unidad europea que les permitir√≠a estar en todo momento preparados para hacer frente a nuevas disoluciones. En la uni√≥n de consejos o Comit√© Universal (Comit√© permanent universel) no se alcanz√≥ la unanimidad debido a que los masones no obtuvieron la totalidad de la representaci√≥n. Lograda con tanta dificultad la Uni√≥n europea, prontamente los miembros independientes del Comit√© establecieron acuerdos separados, generando con ello el peligro de una nueva guerra. Los "iniciados" decidieron entonces instituir un √ļnico poder ejecutivo dotado de adecuados derechos plenipotenciarios.

El candidato principal era un miembro secreto de la orden: ‚Äúel hombre venidero‚ÄĚ. Era la √ļnica persona de fama universal. Siendo por profesi√≥n docto en la artiller√≠a y por sus fuentes de ingreso un potentado capitalista, gozaba de relaciones amistosas tanto en el mundo financiero como en el militar. En tiempos menos favorables se hubiera podido alegar contra √©l su origen dudoso, rodeado de una densa nube de oscuridad. Su madre, una mujer de mala reputaci√≥n y conducta deshonesta, era conocida en ambos hemisferios y muchos hombres pod√≠an reclamar la paternidad de su hijo, dada su peculiar conducta. Esta situaci√≥n, por supuesto, carec√≠a de importancia en un siglo tan avanzado al que, por lo dem√°s, le hab√≠a tocado en suerte ser el √ļltimo.

"El hombre venidero" fue elegido casi por unanimidad presidente vitalicio de la ¬ęUni√≥n de los Estados de Europa¬Ľ. Cuando apareci√≥ en el estrado con el fulgurante esplendor de su juvenil perfecci√≥n y fuerza sobrehumana exponiendo con una inspirada elocuencia su programa universal, cautiv√≥ de tal modo a la asamblea, que √©sta, fascinada con el encanto de su personalidad, en un arranque de entusiasmo, decidi√≥ sin votaci√≥n alguna ofrecerle el m√°s alto honor nombr√°ndolo Emperador Romano.

El congreso se clausur√≥ en medio de un regocijo generalizado y el gran hombre electo public√≥ un manifiesto que se iniciaba as√≠: "¬°Pueblos de la tierra! ¬°Mi paz les doy!" Y conclu√≠a diciendo: "¬°Pueblos de la tierra! ¬°Las promesas se han cumplido! La paz eterna y universal ha sido consolidada. Cualquier intento de perturbarla ahora encontrar√° una insuperable oposici√≥n, porque de ahora en adelante se establece en el mundo un poder central m√°s fuerte que cualquier otro, sea √©ste individual o todos en conjunto. Este poder invencible y capaz de conquistarlo todo me pertenece a m√≠, el electo Emperador de Europa y comandante de todas sus fuerzas. El derecho internacional ha establecido finalmente las sanciones ausentes por tanto tiempo. ¬°De aqu√≠ en adelante, ning√ļn pa√≠s se atrever√° a decir 'Guerra' cuando yo digo 'Paz'! ¬°Pueblos de la tierra, paz para ustedes!".

M√°s all√° de los l√≠mites de Europa, particularmente en Am√©rica, se formaron fuertes partidos imperialistas que obligaron a sus gobiernos a unirse a los Estados de Europa bajo la autoridad suprema del Emperador Romano. En territorios ignotos de Asia y √Āfrica se encontraban todav√≠a algunas tribus independientes y peque√Īos estados. El Emperador, con un peque√Īo pero selecto ej√©rcito conformado por soldados rusos, alemanes, polacos, h√ļngaros, y regimientos turcos, emprendi√≥ una marcha militar desde el Asia Oriental hasta Marruecos y, sin mucho derramamiento de sangre, someti√≥ a todos los estados que a√ļn no se encontraban bajo su mandato. En todos los pa√≠ses de ambos hemisferios instituy√≥ sus propios gobernadores, que fueron escogidos de entre los nobles del lugar que hab√≠an recibido una educaci√≥n europea y le eran fieles. En los pa√≠ses paganos, los pobladores impresionados lo proclamaron su dios supremo.

En el lapso de un a√Īo se estableci√≥ una monarqu√≠a universal en el sentido m√°s propio y exacto de la palabra. Los g√©rmenes de guerra fueron destruidos desde sus ra√≠ces. La Liga de la Paz Universal se reuni√≥ por √ļltima vez y, dirigiendo un entusiasta elogio al gran pacificador, se disolvi√≥ al perder su raz√≥n de ser. Iniciado el nuevo a√Īo de su reinado, el Emperador universal public√≥ un segundo manifiesto: "¬°Pueblos de la tierra! Os he prometido paz, y os la he dado. Pero la paz es bella solamente si hay prosperidad. Quien en tiempo de paz se ve amenazado por la pobreza no puede ser feliz en medio de la paz. ¬°Por tanto, venid ahora a m√≠ todos los que sufren hambre y fr√≠o y en m√≠ hallareis comida y calor!".

Despu√©s anunci√≥ un simple, aunque extenso, programa de reforma social ya desarrollado anteriormente en su libro, el cual, en efecto, cautiv√≥ a los esp√≠ritus m√°s nobles y sensatos. Ahora que todos los recursos financieros del mundo y extensas propiedades de tierra estaban en sus manos, el emperador se encontraba en la capacidad de llevar a cabo esta reforma y satisfacer los deseos de los pobres sin causar da√Īo a los ricos. Seg√ļn este plan cada uno recibir√≠a seg√ļn sus capacidades, y cada capacidad ser√≠a retribuida seg√ļn el propio trabajo y sus resultados. El nuevo se√Īor del mundo era ante todo un fil√°ntropo lleno de compasi√≥n, y no tan s√≥lo un fil√°ntropo, sino tambi√©n un filozo√≠sta6. √Čl mismo era vegetariano, y prohibi√≥ la vivisecci√≥n y someti√≥ los mataderos a una severa vigilancia. Favoreci√≥ ampliamente a sociedades protectoras de animales. Por encima de estos detalles, lo m√°s importante, fue el firme establecimiento de la m√°s fundamental forma de igualdad para toda la humanidad: la igualdad de la sociedad universal. Esto se realiz√≥ en el segundo a√Īo de su reinado. Los problemas sociales y econ√≥micos fueron resueltos de una vez para siempre. Sin embargo, si el alimento es de primera necesidad para los hambrientos, aquellos saciados demandan algo m√°s. Hasta los animales saciados usualmente no s√≥lo quieren dormir sino tambi√©n jugar. Tanto m√°s la humanidad, que siempre post panem exige circenses7. El Emperador superhombre comprend√≠a aquello que las masas necesitaban.

En aquel tiempo lleg√≥ a Roma del lejano oriente, un gran mago rodeado de un halo de extra√Īos acontecimientos y fabulosos relatos. Seg√ļn rumores que corr√≠an entre los neo-budistas, era de origen divino, hijo del dios del sol del sur y de una ninfa del r√≠o. Este mago, de nombre Apolonio, era sin duda un hombre genial. Al ser de procedencia semi-asi√°tica y semi-europea, obispo cat√≥lico in partibus infidelium8, combinaba en su persona de un modo impresionante el dominio de los √ļltimos descubrimientos y aplicaciones t√©cnicas de la ciencia occidental, con un conocimiento tanto te√≥rico como pr√°ctico de lo m√°s significativo del misticismo tradicional oriental. Los resultados de esta combinaci√≥n eran sorprendentes.

El mago pose√≠a, entre otras cosas, el semi-cient√≠fico y semi-m√°gico arte de atraer y dirigir a voluntad la electricidad atmosf√©rica, tanto que el pueblo dec√≠a que mandaba al fuego bajar del cielo. Por lo dem√°s, aunque impresionaba la imaginaci√≥n de las multitudes con inauditos y diversos prodigios, se abstuvo por alg√ļn tiempo de abusar del propio poder para fines ego√≠stas. Y as√≠, este hombre se present√≥ al gran Emperador y lo vener√≥ como al verdadero hijo de dios, anunciando que en los secretos libros del Oriente hab√≠a encontrado profec√≠as que directamente le concern√≠an revel√°ndolo como el √ļltimo salvador y juez de la tierra y ofreci√©ndole luego su arte y sus servicios. El Emperador, fascinado, lo tuvo como don del cielo y concedi√©ndole espl√©ndidos t√≠tulos, lo mantuvo en su constante compa√Ī√≠a. Los pueblos de la Tierra, habiendo obtenido de su se√Īor los beneficios de la paz universal y alimento en abundancia para todos, adquirieron la posibilidad de gozar de los m√°s inesperados milagros y signos extraordinarios. Terminaba as√≠ el tercer a√Īo del reinado del superhombre.

Despu√©s de resolver felizmente los problemas pol√≠ticos y sociales se enfrentaba ahora el tema religioso. El Emperador mismo plante√≥ el asunto, sobre todo con relaci√≥n al cristianismo, que en ese entonces se encontraba disminuido. Era consciente de que no quedaban m√°s de 45 millones de cristianos. Sin embargo, en el aspecto moral, se hab√≠a vuelto m√°s consistente y hab√≠a alcanzado un alto nivel, ganando en calidad lo que hab√≠a perdido en cantidad. Las personas que no estuvieran unidas al cristianismo por alg√ļn lazo espiritual no ser√≠an contadas entre los cristianos. Las diversas denominaciones hab√≠an perdido miembros casi en la misma proporci√≥n, de modo que la relaci√≥n num√©rica entre ellas era aproximadamente la misma que antes. En cambio, con respecto a sus relaciones rec√≠procas, aunque no se hubiese dado una completa reconciliaci√≥n, la hostilidad entre ellos hab√≠a disminuido considerablemente y las diferencias hab√≠an perdido su primigenia aspereza.

El Papado desde tiempo atr√°s hab√≠a sido exiliado de Roma, y tras largas peregrinaciones, hall√≥ refugio en Petersburgo, bajo la condici√≥n de abstenerse de realizar propaganda tanto ah√≠ como en el pa√≠s. En Rusia el Papado asumi√≥ una forma m√°s simple. Sin disminuir el n√ļmero del personal necesario para los diversos ministerios y oficinas, se vio obligado a infundir a su actividad un car√°cter m√°s ferviente y a reducir al m√≠nimo los rituales y ceremoniales. Numerosas costumbres curiosas y extra√Īas, aunque no fueron abolidas formalmente, cayeron en desuso. En todos los dem√°s pa√≠ses, especialmente en Am√©rica del Norte, la jerarqu√≠a cat√≥lica contaba a√ļn con varios representantes de posici√≥n independiente, voluntad tenaz y energ√≠a infatigables, que mantuvieron unida a la Iglesia cat√≥lica preservando as√≠ su car√°cter internacional y cosmopolita.

Los protestantes, con Alemania a la cabeza, especialmente después de la unión de una considerable parte de la Iglesia Anglicana con la Católica, se liberaron de sus tendencias más radicales, y sus más acérrimos defensores cayeron en una indiferencia religiosa o en una incredulidad declaradas. Sólo en la Iglesia Evangélica permanecieron sinceros creyentes. Dirigida por personas con una amplia erudición y con una profunda fe religiosa tendió cada vez más a convertirse en la imagen viva del antiguo cristianismo. Cuando los eventos políticos cambiaron la posición oficial de la Iglesia, la Iglesia ortodoxa rusa perdió millones de sus falsos y nominales miembros. Sin embargo, tuvo la dicha de verse unida con la mejor parte de los antiguos creyentes y hasta con muchos de los más religiosos sectarios. Esta Iglesia renovada, si bien no crecía numéricamente, lo hizo en fuerza espiritual, manifestándolo particularmente en su lucha con numerosas sectas extremistas que impregnadas de un demoníaco y satánico poder se multiplicaban entre la gente y la sociedad.

Durante los dos primeros a√Īos del nuevo reinado, todos los cristianos, asustados y agotados por la serie de revoluciones y guerras precedentes, tuvieron una actitud de decidida simpat√≠a y entusiasmo frente el Emperador y sus pac√≠ficas reformas. Pero en el tercer a√Īo, cuando apareci√≥ el gran mago, muchos de los ortodoxos, cat√≥licos y evang√©licos comenzaron a sentirse seriamente insatisfechos e inquietos, desaprobando todas sus acciones y vi√©ndolo con antipat√≠a. Los textos evang√©licos y apost√≥licos que hablan sobre el pr√≠ncipe de este mundo y el Anticristo fueron le√≠dos con mayor atenci√≥n y suscitaron comentarios. Por algunos indicios el Emperador sospech√≥ que se avecinaba una gran tormenta y decidi√≥ resolver esta situaci√≥n de inmediato. Al inicio del cuarto a√Īo de su reinado dirigi√≥ un manifiesto a los fieles cristianos de toda confesi√≥n, invit√°ndolos a escoger o nombrar representantes plenipotenciarios para un Concilio Ecum√©nico bajo su liderazgo. Para entonces, el Emperador hab√≠a transferido su residencia de Roma a Jerusal√©n. Palestina era entonces un estado aut√≥nomo, poblado y gobernado principalmente por jud√≠os. Jerusal√©n pas√≥ de ser una ciudad libre a convertirse en una ciudad imperial. Los lugares santos de los cristianos permanecieron intactos, pero sobre la vasta explanada de Jaram-esh-Sherif, extendida desde Birket-Israin y las barracas por un lado, hasta la mezquita El-Aksa y los ‚ÄúEstablos de Salom√≥n‚ÄĚ por el otro, se erigi√≥ un enorme edificio que incorporaba, adem√°s de las dos peque√Īas y antiguas mezquitas, un vasto templo ‚Äúimperial‚ÄĚ destinado a la uni√≥n de todos los cultos y dos fastuosos palacios imperiales con bibliotecas, museos y lugares especiales para experimentos y pr√°cticas m√°gicas. En este mitad-templo y mitad-palacio se llevar√≠a a cabo la apertura del Concilio Ecum√©nico el 14 de setiembre. Dado que la Iglesia Evang√©lica no ten√≠a jerarqu√≠a en el estricto sentido de la palabra, la jerarqu√≠a Cat√≥lica y la Ortodoxa en conformidad con el deseo expreso del Emperador, decidieron admitir en concilio a un cierto n√ļmero de laicos reconocidos por su piedad y su devoci√≥n hacia los intereses de la Iglesia, d√°ndole as√≠ una cierta homogeneidad a la representaci√≥n de las diversas partes de la cristiandad. Una vez que los laicos fueron admitidos, no estuvo permitido excluir al bajo clero, ni negro ni blanco. De tal modo que el n√ļmero total de miembros asistentes al Concilio excedi√≥ los tres mil, y cerca de medio mill√≥n de peregrinos cristianos invadieron Jerusal√©n y toda Palestina.

Entre los miembros del Concilio, tres personas resaltaron particularmente. En primer lugar el Papa Pedro II, que era por derecho la cabeza de los cat√≥licos. Su predecesor muri√≥ en camino hacia el Concilio. El c√≥nclave tuvo lugar en Damasco, donde un√°nimemente fue el elegido el Cardenal Simone Barionini, que tom√≥ el nombre de Pedro. Proven√≠a de una familia humilde de la provincia de N√°poles. Fue altamente reconocido como predicador de una orden llamada carmelita, habiendo obtenido gran √©xito en la lucha contra una secta sat√°nica que se estaba expandiendo en Petersburgo y sus alrededores, seduciendo no s√≥lo a ortodoxos sino tambi√©n a cat√≥licos. Fue elegido Arzobispo de Mogoliev y despu√©s cardenal predestinado a llevar la Tiara. Ten√≠a cincuenta a√Īos, era de estatura mediana y constituci√≥n robusta, rostro sonrosado, nariz aguile√Īa y finas cejas. Pose√≠a un temperamento c√°lido y decidido, y hablaba con fervor y expresivos gestos con los que sol√≠a cautivar a su auditorio. El nuevo Papa desconfiaba del Emperador y mostraba antipat√≠a hacia el se√Īor universal, particularmente despu√©s de la muerte del Pont√≠fice, quien cediendo a la insistencia del Emperador nombr√≥ cardenal al canciller imperial y gran mago universal, el ex√≥tico obispo Apolonio, que Pedro consideraba como un cat√≥lico dudoso y ciertamente un hombre fraudulento.

El verdadero aunque no oficial l√≠der de los ortodoxos, era el Anciano Juan9, muy conocido entre el pueblo ruso. A pesar de que fuese oficialmente un obispo ‚Äúretirado‚ÄĚ, no viv√≠a en un monasterio y viajaba continuamente. Muchas historias legendarias se escuchaban sobre √©l. Algunos pensaban que era el resucitado Fiodor Kuzmich, es decir el emperador Alejandro I que hab√≠a nacido tres siglos antes; otros con mayor audacia garantizaban que se trataba del verdadero Anciano Juan, es decir del ap√≥stol Juan, el Te√≥logo, quien nunca hab√≠a muerto y ahora aparec√≠a abiertamente en los √ļltimos tiempos. El Anciano Juan por su parte no comentaba nada sobre su origen y su juventud. Estaba ya viejo pero robusto, de cabellos y barba blancos coloreados con un matiz amarillento y hasta verdoso, alto y delgado, con mejillas llenas y ligeramente sonrosadas, ojos vivaces y una expresi√≥n tierna y bondadosa en su rostro y en sus palabras. Usualmente vest√≠a una t√ļnica blanca y una manta.

A cargo de la delegaci√≥n evang√©lica del Concilio estaba el docto te√≥logo alem√°n Ernst Pauli. Era un anciano enjuto de mediana estatura, con amplia frente, fina nariz y una limpia y rasurada barbilla. Sus ojos brillaban con una mirada fiera y a la vez bondadosa. A cada instante frotaba sus manos, mov√≠a la cabeza, frunc√≠a el ce√Īo e insuflaba sus mejillas; y con una mirada centelleante emit√≠a sonidos interrumpidos como: ‚ÄúSo! Nun! Ja! So also10!‚ÄĚ. Vest√≠a solemnemente corbata blanca y un largo traje decorado con insignias de su orden.

La apertura del Concilio fue imponente. Dos tercios del enorme templo dedicado ‚Äúa la unificaci√≥n de todos los cultos‚ÄĚ fueron ocupados por sillas y asientos para los delegados del Concilio. El tercio restante por un alto palco donde fue colocado el trono del Emperador y otro un poco m√°s bajo para el mago ‚ÄĒcardenal y canciller del Imperio‚ÄĒ y detr√°s de ellos se dispusieron filas de asientos para ministros, dignatarios y jefes de Estado. A los costados se encontraban largas filas de asientos con fin desconocido. En las tribunas se ubicaron varias orquestas, mientras en la plaza contigua se instalaron dos regimientos de Guardias y una bater√≠a para las salvas de honor. Cuando el emperador ingres√≥ acompa√Īado del gran Mago y su s√©quito, las orquestas comenzaron a entonar ‚ÄúLa marcha de la unificaci√≥n de la humanidad‚ÄĚ la cual serv√≠a de himno imperial internacional. Todos los miembros del Concilio se pusieron de pie y agitando sus sombreros, gritaron tres veces a viva voz: ‚ÄúVivat, Urrah! Hoch!‚ÄĚ11. El Emperador, permaneciendo de pie junto al trono, abri√≥ sus brazos y con un aire de majestuosa benevolencia pronunci√≥ con sonora y grata voz: ‚ÄúCristianos de todos los credos! ¬°Mis queridos s√ļbditos y hermanos! Desde el principio de mi reinado, bendecido por el Alt√≠simo con tan maravillosas y gloriosas obras, nunca me hab√©is dado motivo de descontento. Hab√©is siempre cumplido vuestro deber con fe y consciencia. Pero para m√≠ eso no es suficiente. Mi amor sincero hacia vosotros, hermanos amad√≠simos, anhela ser correspondido. Desear√≠a que por un sentimiento de amor cordial, m√°s que por sentido del deber, me reconozc√°is como vuestro verdadero jefe en cada empresa emprendida por el bien de la humanidad. Por eso ahora, m√°s all√° de lo que generalmente hago por todos, quisiera mostraros mi especial benignidad. ¬°Cristianos! ¬ŅQu√© cosa podr√© daros? ¬ŅQu√© cosa, no como mis s√ļbditos sino como mis correligionarios y hermanos? Cristianos, decidme qu√© hay de m√°s valioso en el cristianismo, de modo que yo pueda dirigir all√≠ todos mis esfuerzos?‚ÄĚ. Se detuvo por un momento esperando una respuesta. Se escucharon murmullos en el sal√≥n. El Papa Pedro, con fervientes gestos comenz√≥ a explicar algo a sus seguidores. El Profesor Pauli mov√≠a la cabeza ferozmente y con ira apretaba sus labios. El Anciano Juan, dirigi√©ndose hacia un obispo oriental y un capuchino, susurraba algo. El Emperador, despu√©s de unos minutos de espera, se dirigi√≥ de nuevo al Concilio: ‚ÄúQueridos cristianos ‚ÄĒdijo‚ÄĒ comprendo qu√© dif√≠cil es para vosotros presentar una respuesta directa. Os deseo ayudar tambi√©n en esto. Desgraciadamente desde tiempos inmemoriales os hab√©is fraccionado tanto en diversos credos y sectas, que quiz√°s entre vosotros no ten√©is casi ya ning√ļn objeto de deseo com√ļn. Mas si no est√°is en la capacidad de poneros de acuerdo espero conciliaros demostrando a todas vuestras sectas el mismo amor y la misma disposici√≥n para satisfacer la verdadera aspiraci√≥n de cada uno. ¬°Queridos cristianos! S√© que para muchos, y no pocos, lo m√°s valioso en el cristianismo es la autoridad espiritual que dais a vuestros representantes leg√≠timos, no para su inter√©s personal, por supuesto, sino para el bien com√ļn, ya que su autoridad se basa en el recto ordenamiento espiritual y la disciplina moral, para todos tan necesaria. ¬°Queridos hermanos cat√≥licos! Comprendo bien vuestro punto de vista y ¬°cu√°nto quisiera basar mi poder imperial sobre la autoridad de vuestra cabeza espiritual! Y para que no cre√°is que se trata de lisonjas y palabras vanas, por nuestra voluntad soberana, proclamamos solemnemente: que el obispo supremo de todos los cat√≥licos, el Papa romano, sea en este instante restituido a su trono de Roma con todos los derechos y las prerrogativas del t√≠tulo y la c√°tedra que un d√≠a le fueron conferidas por nuestros predecesores, comenzando por el emperador Constantino el Grande. Por vuestra parte, hermanos cat√≥licos, deseo solamente que me reconozc√°is como vuestro √ļnico intercesor y protector. Desear√≠a que los presentes que, en conciencia y de coraz√≥n, me reconozcan como tal, vengan a m√≠ ‚ÄĒy con la man√≥ se√Īal√≥ los puestos vac√≠os en su estrado‚ÄĒ. Con exclamaciones de alegr√≠a ‚ÄĒGratias agimus! Domine! Salvum fac magnum imperatorem!12‚ÄĒ casi todos los pr√≠ncipes de la Iglesia cat√≥lica, cardenales y obispos, la mayor parte de los fieles laicos y m√°s de la mitad de los monjes subieron al estrado y despu√©s de inclinarse humildemente ante el Emperador tomaron asiento. Pero abajo, en medio del Concilio, derecho e inm√≥vil como una estatua de m√°rmol, permanec√≠a en su lugar el Papa Pedro II. Todos los que antes lo rodeaban se encontraban ahora en el estrado, pero el peque√Īo grupo de monjes y de laicos que hab√≠a permanecido en su sitio se conglomer√≥ en torno suyo formando una barrera compacta desde la cual se alz√≥ un murmullo: ‚ÄúNon praevalebunt, non praevalebunt portae inferi‚ÄĚ13 .

Mirando con asombro al Papa inm√≥vil el Emperador volvi√≥ a levantar la voz: ‚Äú¬°Queridos hermanos! Yo s√© que entre vosotros hay algunos que consideran la sagrada tradici√≥n como lo m√°s preciado del cristianismo: los antiguos s√≠mbolos, himnos y oraciones, los √≠conos y las ceremonias lit√ļrgicas. Y en realidad, ¬Ņqu√© cosa puede ser m√°s valiosa para un alma religiosa? Sabed, mis predilectos, que hoy he firmado el estatuto y he destinado valiosas sumas de dinero para el establecimiento del Museo universal de arqueolog√≠a cristiana, en vuestra gloriosa ciudad imperial de Constantinopla, para recolectar, estudiar y preservar todos los monumentos de la antig√ľedad, sobre todo orientales; y os pido elegir ma√Īana entre vosotros una comisi√≥n para estudiar conmigo las medidas a tomar, para que de esta manera la vida moderna, la moral y las costumbres, sean organizadas tan pronto sea posible seg√ļn las tradiciones y las instituciones de la santa Iglesia Ortodoxa. ¬°Mis hermanos ortodoxos! Aquellos que se adhieran a mi voluntad y que en conciencia puedan llamarme su verdadero l√≠der y se√Īor, vengan aqu√≠ a mi lado‚ÄĚ. Y gran parte de la jerarqu√≠a del Oriente y Norte, la mitad de los antiguos creyentes y m√°s de la mitad de los sacerdotes, monjes y laicos ortodoxos subieron sobre el estrado con gritos de j√ļbilo, observando de reojo a los cat√≥licos que estaban sentados orgullosamente.

Pero el Anciano Juan permaneció inmóvil y suspiró profundamente. Y cuando la gente se fue dispersando en torno a él, abandonó su lugar dirigiéndose al Papa Pedro y su grupo. Los ortodoxos que permanecieron sin subir al estrado, le siguieron.

El Emperador tom√≥ de nuevo la palabra: ‚Äú¬°Mis queridos cristianos! S√© tambi√©n que entre vosotros existen algunos para quienes lo m√°s preciado en el cristianismo es la convicci√≥n personal sobre la verdad y la libre investigaci√≥n respecto a la Escritura. Conocida mi opini√≥n, no es necesario que me extienda sobre este tema. Quiz√°s sab√©is que en mi juventud escrib√≠ un voluminoso tratado de cr√≠tica b√≠blica que en su tiempo caus√≥ gran revuelo dando inicio a mi popularidad. Presumo que al recordar este hecho la Universidad de Tubinga, hace unos d√≠as, me ha pedido aceptar el doctorado en teolog√≠a honoris causa. He respondido que lo acepto con gusto y gratitud. Y hoy, simult√°neamente al decreto de la fundaci√≥n del Museo de arqueolog√≠a cristiana, he firmado tambi√©n aqu√©l para la creaci√≥n del Instituto mundial de libre investigaci√≥n sobre la Sagrada Escritura para que puedan ser investigadas desde diversas aproximaciones, as√≠ como para el estudio de las ciencias auxiliares, con un balance anual de un mill√≥n y medio de marcos. Llamo a aquellos que acepten de coraz√≥n mi buena disposici√≥n y con sinceridad me reconozcan como su jefe y se√Īor‚ÄĚ. Una maravillosa pero casi imperceptible sonrisa se dibuj√≥ en los labios del gran hombre. M√°s de la mitad de los doctos te√≥logos se encaminaron hacia el estrado. Todos volvieron la mirada al Profesor Pauli, que parec√≠a encontrarse enraizado en su lugar. Bajaba la cabeza, se inclinaba y se contra√≠a. Los sabios te√≥logos que hab√≠an subido al estrado permanec√≠an confusos. Repentinamente, uno de ellos baj√≥ el brazo en se√Īal de renuncia. Salt√≥ directamente junto a la escalera y cojeando, alcanz√≥ al Profesor Pauli y a la minor√≠a que hab√≠a permanecido con √©l. Pauli levant√≥ la cabeza, se alz√≥ con un movimiento indeciso, pas√≥ cerca de los lugares vac√≠os y acompa√Īado de sus fieles correligionarios, fue a sentarse cerca del Anciano Juan y el Papa Pedro con sus respectivos grupos.

La gran mayor√≠a de los miembros del Concilio se encontraba en la plataforma, conformada por la mayor parte de la jerarqu√≠a oriental y occidental; en la zona de abajo s√≥lo hab√≠an quedado tres peque√Īos grupos, el uno junto al otro, que se estrechaban alrededor del Anciano Juan, el Papa Pedro y el Profesor Pauli. El Emperador se volvi√≥ a ellos con un tono triste: ‚Äú¬ŅQu√© cosa puedo hacer por vosotros? ¬°Extra√Īos hombres! ¬ŅQu√© cosa quer√©is vosotros de m√≠? No lo s√©. Dec√≠dmelo vosotros mismos, cristianos abandonados por la mayor√≠a de vuestros hermanos y jefes y condenados por el sentimiento popular; ¬Ņqu√© cosa es para vosotros lo m√°s valioso en el cristianismo?‚ÄĚ. Ante esto el Anciano Juan se levant√≥ como una blanca llama y respondi√≥ pausadamente: ‚Äú¬°Gran Emperador! Para nosotros lo m√°s precioso en el cristianismo es Cristo mismo. √Čl mismo, ya que todo viene de √Čl, porque sabemos que en el Verbo encarnado habita toda la plenitud de la Divinidad. Mi se√Īor, nosotros estar√≠amos prestos para recibir cualquier regalo vuestro si tan s√≥lo reconoci√©ramos que vuestra generosidad proviene de las benditas manos de Cristo. Nuestra c√°ndida respuesta a su pregunta sobre qu√© puede hacer por nosotros es √©sta: confiese ahora y delante de nosotros que Jesucristo es el Hijo de Dios, que se ha hecho carne, que resucit√≥ de entre los muertos y regresar√° nuevamente; confiese su nombre y nosotros lo recibiremos con amor como precursor de su Segunda Venida gloriosa‚ÄĚ. El Anciano concluy√≥ sus palabras y fij√≥ sus ojos en el rostro del Emperador. Un terrible cambio se produjo en √©l, algo demoniaco lo estremeci√≥ como en aquella noche fatal, perdiendo inmediatamente el dominio interior. Concentr√≥ todos sus pensamientos para no perder el propio control y no revelarse a s√≠ mismo antes de tiempo. Realiz√≥ un esfuerzo sobrehumano para no lanzarse con furia sobre el Anciano Juan y morderlo con los dientes. De pronto, escuch√≥ una voz familiar: ‚Äú¬°Est√°te tranquilo y no temas nada! ¬°Silencio!‚ÄĚ. Mientras el Anciano Juan continuaba hablando, el gran mago, envuelto en un amplio manto a tres colores que cubr√≠a bien la p√ļrpura cardenalicia, parec√≠a manipular algo escondido. Sus ojos fijos centelleaban y sus labios se mov√≠an levemente. A trav√©s de las ventanas abiertas del templo se divisaba una inmensa nube negra que comenzaba a cubrir el cielo. Pronto, rein√≥ la oscuridad. El Anciano Juan, at√≥nito y asustado, miraba fijamente al silencioso Emperador. S√ļbitamente, retrocedi√≥ aterrorizado y con voz tr√©mula y entrecortada grit√≥ a los suyos: ‚Äú¬°Hijitos! Es el Anticristo‚ÄĚ. Se escuch√≥ el estr√©pito de un trueno potente y al mismo tiempo, una enorme bola de fuego ilumin√≥ el templo y embisti√≥ al Anciano. Por un segundo todos quedaron estupefactos y paralizados y cuando los cristianos ensordecidos volvieron en s√≠, el Anciano Juan yac√≠a muerto.

El Emperador, p√°lido pero sereno, se dirigi√≥ a la asamblea: ‚ÄúHab√©is visto el juicio de Dios. Nunca me sirvo de la muerte para vengarme, pero mi padre ha usado este medio en favor de su hijo predilecto. El caso est√° cerrado. ¬ŅQui√©n osar√≠a oponerse al todopoderoso? ¬°Secretarios! Escribid: 'El Concilio Ecum√©nico de todos los cristianos ha visto caer fuego del cielo para demoler al absurdo opositor de la divina majestad; un√°nimemente reconoce al gran Emperador de Roma y del mundo como su supremo gu√≠a y jefe‚Äô‚ÄĚ. Repentinamente, reson√≥ una voz potente y con gran claridad se extendi√≥ por todo el templo: ‚ÄúContradicitur‚ÄĚ14. El Papa Pedro II, con el rostro encendido y temblando de c√≥lera, alz√≥ su b√°culo contra el Emperador diciendo: ‚ÄúNuestro √ļnico Se√Īor es Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. Y en cuanto a qui√©n eres t√ļ, acabas de escucharlo. ¬°Ap√°rtate de nosotros, oh Ca√≠n fratricida! ¬°Ap√°rtate pronto, vaso diab√≥lico! Por la autoridad de Cristo, yo, el siervo de los siervos de Cristo, por siempre te expulso de nuestra grey y como un vil perro te env√≠o a tu padre Satan√°s. ¬°Anatema, anatema, anatema!‚ÄĚ. Mientras el Papa dec√≠a estas palabras, el gran mago se mov√≠a sin descanso bajo su manto. Retumb√≥ un trueno m√°s estrepitoso que el √ļltimo ‚Äúanatema‚ÄĚ, y el √ļltimo papa cay√≥ por tierra, ex√°nime. ‚Äú¬°As√≠ mueren todos mis enemigos por el brazo de mi padre!‚ÄĚ, exclam√≥ el Emperador; ‚ÄúPereant, pereant‚ÄĚ15 gritaron temblorosamente los pr√≠ncipes de la Iglesia. El Emperador, apoyado en el brazo del gran mago, sali√≥ lentamente por la puerta trasera de la plataforma seguido de toda su corte y una gran muchedumbre. En la sala yac√≠an los dos cad√°veres y permanec√≠an media docena de cristianos temblando de miedo. El √ļnico que no perdi√≥ el control de s√≠ mismo fue el Profesor Pauli; el p√°nico generalizado pareci√≥ enaltecer en √©l todas las cualidades de su esp√≠ritu. Incluso su apariencia cambi√≥, asumiendo un aire majestuoso e inspirado. Con paso decidido subi√≥ al estrado y se sent√≥ sobre uno de los esca√Īos previamente ocupado por alg√ļn oficial del estado, y comenz√≥ a escribir en una hoja de papel. Al terminar se levant√≥ leyendo en alta voz: ‚Äú¬°A la gloria de nuestro √ļnico Salvador Jesucristo! El Concilio Ecum√©nico de las iglesias de Dios, reunido en Jerusal√©n, est√° convencido y reconoce: puesto que nuestro beat√≠simo hermano Juan, representante de la cristiandad oriental, ha denunciado al gran impostor y enemigo de Dios, se√Īal√°ndolo como el verdadero Anticristo, anunciado por las Sagradas Escrituras; y puesto que nuestro beat√≠simo padre Pedro, representante de la cristiandad occidental, con justa excomuni√≥n lo ha expulsado para siempre de la Iglesia de Dios, hoy, delante de los cuerpos de estos m√°rtires, testigos de Cristo, este concilio resuelve: romper toda relaci√≥n con el excomulgado y su asamblea abominable, y dispone marchar al desierto y esperar ah√≠ la inminente venida de nuestro verdadero Se√Īor Jesucristo.‚ÄĚ Un gran entusiasmo se apoder√≥ de la gente y se escuchaban voces potentes: "Adveniat, adveniat, cito! Komm, Herr Jesu, komm!"16. ¬°El venidero Se√Īor Jes√ļs!

El Profesor Pauli escribi√≥ de nuevo y ley√≥: ‚ÄúAprobando por unanimidad este primer y √ļltimo acto del √ļltimo Concilio Ecum√©nico, firmamos‚ÄĚ e invit√≥ a la asamblea a hacerlo. Todos se apresuraron a subir al estrado a firmar. Por √ļltimo, √©l mismo firm√≥ con grandes caracteres g√≥ticos: Duorum defunctorum testium locum tenens Ernst Pauli17. ‚ÄúAhora, vamos con nuestra arca de la √ļltima alianza‚ÄĚ, dijo refiri√©ndose a los dos cad√°veres. Los cuerpos fueron alzados en camillas. Lentamente, al canto de himnos en lat√≠n, alem√°n y eslavo-eclesi√°stico, los cristianos se encaminaron a la puerta de Jaram-esh-Sherif.

En este lugar el cortejo fue detenido por uno de los oficiales del Emperador, acompa√Īado por una patrulla de la guardia. Los soldados se alinearon junto a la puerta mientras el oficial ley√≥ lo siguiente: ‚ÄúPor orden de su divina majestad: para instruir al pueblo cristiano y para protegerlo contra hombres malintencionados que fomentan discordias y esc√°ndalos, hemos visto necesario disponer que los cuerpos de los dos agitadores, asesinados por el fuego divino, sean expuestos en p√ļblico en la calle de los cristianos (Haret-en-Nasara) cerca de la entrada al templo principal de esta religi√≥n, llamado templo del Sepulcro o templo de la Resurrecci√≥n, para que as√≠ todos puedan persuadirse de la verdad de su muerte. Sus seguidores obstinados, que con malicia rechazan todos nuestros beneficios e insensatamente cierran los ojos a los patentes signos de Dios mismo, quedan liberados de la merecida muerte, mediante el fuego del cielo, gracias a nuestra misericordia y a nuestra intercesi√≥n ante nuestro padre celestial, y reciben completa libertad con la √ļnica prohibici√≥n por el bien com√ļn, de vivir en las ciudades u otros lugares poblados, a fin de que no turben o seduzcan con sus malvadas invenciones a la gente simple e inocente.‚ÄĚ Al terminar de leer, ocho soldados, a la se√Īal del oficial, se acercaron a las camillas y alzaron los cuerpos.

‚ÄúS√≠, hagamos como est√° escrito‚ÄĚ dijo el Profesor Pauli y en silencio, los cristianos entregaron las camillas a los soldados, quienes se las llevaron cruzando la puerta del noroeste. Los cristianos en cambio, salieron por la puerta del noreste y r√°pidamente dejaron la ciudad pasando junto al monte de los Olivos en direcci√≥n a Jeric√≥, por el sendero ya liberado de la multitud por los gendarmes y por dos regimientos de caballer√≠a. Decidieron esperar algunos d√≠as sobre las colinas desiertas vecinas a Jeric√≥. A la ma√Īana siguiente, de Israel vinieron cristianos conocidos y contaron lo sucedido en Si√≥n.

Después del banquete de la Corte, todos los miembros del Concilio fueron invitados a la gran sala del trono (cercana al lugar donde supuestamente se hallaba el trono de Salomón). El Emperador, volviéndose a los jerarcas católicos, dijo que el bien de la Iglesia requería que ellos eligieran prontamente un digno sucesor del Apóstol Pedro; que, dadas las circunstancias, la elección debía ser sumaria; que la presencia del Emperador, como jefe y representante de todo el mundo cristiano, supliría ampliamente las omisiones en el ritual; y que, a nombre de todos los cristianos, sugería al Sacro Colegio nombrar a su bienamado amigo y hermano Apolonio, de modo que los íntimos lazos que lo ligaban a él facilitarían la unión firme e indisoluble entre la Iglesia y el Estado para beneficio de ambos. El Sacro Colegio se retiró para el cónclave en un recinto especial y después de una hora y media regresó con el nuevo Papa Apolonio.

Mientras la elección tenía lugar, el Emperador intentaba con palabras gentiles, sagaces y elocuentes, persuadir a los delegados de los Ortodoxos y de los Evangélicos para poner fin a sus viejas divergencias, considerando la nueva gran era que estaba abriéndose en la historia de la cristiandad. Dio su palabra de honor asegurando que Apolonio sabría poner fin para siempre a los abusos históricos del poder papal. Los delegados de los protestantes y ortodoxos, persuadidos por las palabras del emperador, redactaron un acta de unión de las Iglesias y cuando, entre aclamaciones gozosas, Apolonio apareció sobre la plataforma con los cardenales, un arzobispo griego y un pastor evangélico, le presentaron el pacto de unión.

‚ÄúAccipio et approbo et laetificatur cor meum‚ÄĚ18, dijo Apolonio firmando el documento. ‚ÄúSoy un ortodoxo y un verdadero evang√©lico, como soy tambi√©n un aut√©ntico cat√≥lico‚ÄĚ, a√Īadi√≥ intercambiando besos amistosos con el griego y el alem√°n. Luego, se acerc√≥ al Emperador, el cual lo estrech√≥ por algunos minutos entre sus brazos. Mientras tanto, lenguas de fuego revoloteaban en todas las direcciones por el templo y el palacio; se hicieron m√°s grandes y se transformaron en extra√Īos seres luminosos. Flores nunca antes vistas en la tierra ca√≠an de lo alto llenando el aire de un perfume desconocido. Seductores sonidos, nunca antes escuchados, que tocaban las profundidades del alma, flu√≠an de lo alto provenientes de instrumentos musicales desconocidos hasta ahora, mientras voces angelicales de cantores invisibles glorificaban al nuevo se√Īor del cielo y de la tierra.

Entretanto se oy√≥ un espantoso estruendo subterr√°neo en la esquina noroccidental del palacio, bajo el kubbet-el-aruaj, esto es, la c√ļpula de las almas, donde, seg√ļn la tradici√≥n musulmana, se encontraba el ingreso al infierno. A la invitaci√≥n del Emperador, la asamblea se movi√≥ en aquella direcci√≥n, y todos pudieron escuchar claramente innumerables voces, estridentes y penetrantes ‚ÄĒseminfantiles, semidiab√≥licas‚ÄĒ que gritaban con fuerza: "¬°el tiempo ha llegado, liberadnos!". Pero cuando Apolonio, de rodillas en el suelo, grit√≥ en una lengua desconocida hacia aquellos que estaban bajo tierra, las voces se silenciaron y el estr√©pito ces√≥. Mientras todo esto acaec√≠a, una inmensa multitud del pueblo, que ven√≠a de todas direcciones, rode√≥ Jaram-esh-Sherif. Al anochecer, el Emperador junto con el nuevo Papa se asomaron desde el balc√≥n oriental, suscitando ‚Äúuna tormenta de entusiasmo‚ÄĚ. El primero, salud√≥ inclin√°ndose graciosamente hacia todas direcciones mientras Apolonio, de unas grandes canastas tra√≠das por los cardenales y di√°conos, tomaba y lanzaba al aire espl√©ndidas luces de bengala, cohetes y fuentes de fuego que, encendi√©ndose al tocar su mano, brillaban como perlas fosforescentes y centelleaban con los colores del arco iris. Al contacto con el suelo se transformaban en hojas de papel de variados colores, con indulgencias plenarias sin condiciones para todos los pecados pasados, presentes y futuros. El entusiasmo popular rebas√≥ todo l√≠mite. Es cierto que algunos dijeron haber visto con sus propios ojos las indulgencias transformarse en sapos y serpientes, pero la grand√≠sima mayor√≠a estaba entusiasmada. Las festividades p√ļblicas continuaron por algunos d√≠as y el nuevo Papa obraba grandes prodigios, tan maravillosos e incre√≠bles que ser√≠a in√ļtil enumerarlos.

Durante este tiempo los cristianos, en las colinas desiertas de Jeric√≥, se consagraron a ayunos y oraciones. Al atardecer del cuarto d√≠a, el Profesor Pauli y nueve compa√Īeros, se encaminaron hacia Jerusal√©n cabalgando sobre asnos y tirando de una carreta. Pasando a trav√©s de las calles de Jaram-esh-Sheriff hacia Jaret-en-Nasara, llegaron a la entrada del templo de la Resurrecci√≥n, donde los cuerpos del Papa Pedro y del Anciano Juan yac√≠an sobre el pavimento. Las calles estaban a aquella hora desiertas, puesto que toda la ciudad se hab√≠a marchado a Jaram-esh-Sherif. Los centinelas estaban profundamente dormidos. El Profesos Pauli y su grupo hallaron los cuerpos incorruptos; a√ļn no se encontraban ni r√≠gidos ni pesados. Los colocaron en camillas y los cubrieron con mantas tra√≠das con este fin, y regresaron por los mismos caminos tortuosos hacia los suyos. Tan pronto depositaron las camillas en tierra, el esp√≠ritu de vida retorn√≥ a los muertos. Se agitaron, buscando liberarse de las mantas que los cubr√≠an. Con exclamaciones de alegr√≠a, todos se apresuraron a ayudarlos, y al instante, los dos resucitados estaban de pie, sanos y salvos.

Entonces, el Anciano Juan dijo: ‚ÄúHijitos m√≠os, no estamos ya muertos. He aqu√≠ lo que ahora quiero deciros. Es tiempo que nosotros cumplamos la √ļltima oraci√≥n de Cristo: que sus disc√≠pulos sean uno como ‚ÄėYo soy uno con el Padre‚Äô19. Por esta unidad cristiana, hijitos queridos, es necesario que honremos a nuestro querido hermano Pedro y permitamos que, finalmente, pueda ser el pastor de la grey de Cristo. Aqu√≠ estoy, hermano‚ÄĚ, y abraz√≥ a Pedro. El Profesor Pauli se aproxim√≥ a ellos y dijo: ‚ÄúTu es Petrus. Jetzt ist es ja gr√ľndlich erwiesen un ausser jedem Zweifel gesetz‚ÄĚ20. Se dirigi√≥ hacia el Papa y estrech√≥ calurosamente su mano derecha, dando asimismo la izquierda al Anciano Juan con estas palabras: ‚ÄúSo also, V√§terchen, nun sind wir ja Eins in Christo‚ÄĚ21. Y fue as√≠ que tuvo lugar la uni√≥n de las iglesias en una noche oscura, en un lugar solitario. Pero la oscuridad se dispers√≥ de improviso por una luz fulgurante. Una gran se√Īal apareci√≥ en el cielo: una mujer vestida de sol y con la luna bajo sus pies, y sobre ella una corona de doce estrellas22. El signo permaneci√≥ en el mismo lugar por un cierto tiempo y despu√©s, silenciosamente, se movi√≥ hacia el sur. El Papa Pedro alz√≥ su b√°culo y exclam√≥: ‚Äú¬°Esta es nuestra se√Īal! ¬°Sig√°mosla!‚ÄĚ Y se encamin√≥ en direcci√≥n a la visi√≥n ‚ÄĒseguido por los dos ancianos y por la multitud de cristianos‚ÄĒ hacia el monte de Dios, el Sina√≠‚Ķ

(En este punto el lector se detuvo.)

La Dama: Pues bien, ¬Ņpor qu√© no contin√ļa?

El Se√Īor Z: El manuscrito termina aqu√≠. El padre Pansofi no pudo terminar el relato. Ya enfermo, me expres√≥ su deseo de escribir cuanto ten√≠a en mente tan pronto mejorase. Pero no mejor√≥, y la parte final del relato la llev√≥ consigo a la tumba en el monasterio de Danilov.

La Dama: Pero, ustedes recuerdan lo que les ha narrado; por favor, cuéntennoslo.

El Se√Īor Z: Recuerdo solo las l√≠neas principales. Despu√©s que los l√≠deres espirituales y representantes de la cristiandad se refugiaron en el desierto de Arabia, donde multitudes de creyentes fieles a la verdad y provenientes de todas partes del mundo se hab√≠an reunido, el nuevo Papa (Apolonio) con sus milagros y prodigios fue capaz de corromper f√°cilmente a todos los cristianos superficiales que no hab√≠an perdido a√ļn la fe en el Anticristo. √Čl anunci√≥ que los poderes de sus llaves hab√≠an abierto las puertas del mundo terreno y las del mundo de ultratumba. La comuni√≥n entre vivos y muertos, y tambi√©n entre hombres y demonios, empez√≥ a ser parte de la vida cotidiana y comenzaron a aparecer nuevas y sorprendentes formas de fornicaci√≥n m√≠stica e idol√°trica. El Emperador comenz√≥ a sentirse seguro y firme en el plano religioso y, habi√©ndose rendido a las sugestivas voces insistentes de su padre "secreto", no acababa de declararse a s√≠ mismo la √ļnica encarnaci√≥n de la suprema deidad, cuando inesperadamente un nuevo problema se le present√≥: los jud√≠os se alzaron contra √©l. Esta naci√≥n, cuyos miembros alcanzaban para entonces los treinta millones, hab√≠a participado activamente en la preparaci√≥n y consolidaci√≥n del √©xito del superhombre en todo el mundo. Cuando el Emperador traslad√≥ su residencia a Jerusal√©n, divulgando entre los jud√≠os el rumor de que su objetivo principal era erigir a Israel como centro del dominio universal, los jud√≠os lo reconocieron como su Mes√≠as y su exultaci√≥n y devoci√≥n no conocieron l√≠mites. Pero de improviso se rebelaron, llenos de indignaci√≥n y sedientos de venganza. Este cambio, sin duda predicho por las Escrituras y la tradici√≥n, fue explicado por el Padre Pansofi en su relato de una manera muy simple y realista. Explic√≥ que los jud√≠os, que consideraban al Emperador un perfecto jud√≠o, inesperadamente descubrieron que √©ste no hab√≠a sido circuncidado. Aquel d√≠a todo Jerusal√©n, y al d√≠a siguiente toda Palestina, estaban amotinadas. La devoci√≥n, hasta entonces ilimitada y ferviente hacia el salvador de Israel, el Mes√≠as prometido, se transform√≥ en un odio igualmente ilimitado y ardiente hacia el p√©rfido timador e insolente impostor.

Todo el poder hebreo se alz√≥ como un solo hombre, y sus enemigos vieron con sorpresa, que el alma de Israel en lo m√°s hondo no viv√≠a s√≥lo de codiciosos c√°lculos sobre su lucro, sino tambi√©n del poder de un profundo sentimiento: la esperanza y la fuerza de fe eterna en el Mes√≠as. El Emperador, tomado por sorpresa por una tal rebeli√≥n, perdi√≥ el control de s√≠ mismo y declar√≥ la pena de muerte para todos los rebeldes, jud√≠os o cristianos. Miles y decenas de miles que no lograron armarse a tiempo fueron masacrados sin piedad. Pero pronto un ej√©rcito de jud√≠os, de un mill√≥n de hombres, ocup√≥ Jerusal√©n y encerr√≥ al Anticristo en Jaram-esh-Sherif. √Čste ten√≠a a su disposici√≥n s√≥lo una peque√Īa guarnici√≥n que no pod√≠a resistir a tan poderosos enemigos. Con ayuda de las artes m√°gicas de su papa, el Emperador logr√≥ abrirse camino entre las l√≠neas de sus atacantes y, r√°pidamente, lleg√≥ nuevamente hasta Siria con una armada poderosa de diferentes tribus de paganos. Los jud√≠os salieron a buscarlo a pesar de sus pocas esperanzas de √©xito en la victoria. Precisamente cuando las vanguardias de ambos ej√©rcitos estaban por encontrarse, estall√≥ un terremoto de intensa violencia. Un enorme volc√°n, con un cr√°ter gigante, se alz√≥ en medio del Mar Muerto, cerca al lugar donde hab√≠an acampado las fuerzas imperiales. R√≠os de fuego corrieron hacia un enorme lago incandescente, arrastrando consigo al Emperador mismo y sus innumerables fuerzas, adem√°s del papa Apolonio, que siempre estaba junto al Emperador y cuyos poderes m√°gicos fueron absolutamente in√ļtiles. Mientras tanto, los jud√≠os, espantados y temblorosos, corrieron hacia Jerusal√©n, clamando por auxilio al Dios de Israel. Al contemplar la Ciudad Santa, un enorme rel√°mpago rasg√≥ el cielo de Oriente a Occidente, y vieron a Cristo descender del cielo en vestiduras reales y con las heridas de los clavos en sus extendidas manos. Al mismo tiempo, una multitud de cristianos, guiados por Pedro, Juan y Pablo, se acercaba desde el Sina√≠ hacia Si√≥n, mientras de diversos lugares, acud√≠an presurosos aquellos que hab√≠an sido injustamente asesinados por el Anticristo, entre los que se encontraban cristianos y jud√≠os. Retornaron a la vida y por miles de a√Īos, vivieron y reinaron con Cristo.

El padre Pansofi quería terminar así su relato, cuyo objeto no era la catástrofe del universo sino solamente el fin de nuestra evolución histórica: aparición, apoteosis y destrucción del Anticristo.

El Pol√≠tico: ¬ŅY creen ustedes que este fin est√© ya pr√≥ximo?

El Se√Īor Z: Bueno, en escena habr√° a√ļn bastante de charlas y muecas, pero el drama ya est√° escrito hasta el final, y ni los actores ni el p√ļblico pueden cambiar nada de √©l.

La Dama: Pero, ¬Ņcu√°l es el significado de este drama? Tampoco entiendo por qu√© su Anticristo puede odiar tanto a Dios si √©l mismo no es malo en esencia, sino bueno.

El Se√Īor Z: Ese es el punto. No es malo esencialmente. Ese es el significado del drama. Retiro mis palabras precedentes, que "el Anticristo no puede ser explicado s√≥lo por proverbios"; puede comprend√©rsele s√≥lo con un proverbio, que por lo dem√°s es simple: "No todo lo que brilla es oro". El esplendor de un bien artificial no tiene valor alguno.

El General: Observen, adem√°s, sobre qu√© cosa cae el tel√≥n de este drama hist√≥rico: ¬°sobre la guerra, sobre el encuentro de dos ej√©rcitos! Nuestra conversaci√≥n, pues, termina donde comenz√≥. ¬ŅQu√© le parece, pr√≠ncipe? ¬Ņ¬°Pr√≠ncipe!? ‚Ķ ¬°Maldici√≥n! ¬Ņ¬°D√≥nde est√° el pr√≠ncipe!?

El Pol√≠tico: ¬ŅEs que acaso no lo vieron? Se fue calladamente en aquel momento pat√©tico cuando el Anciano Juan pon√≠a entre la espada y la pared al Anticristo. No quise interrumpir la lectura entonces, y m√°s tarde, lo olvid√©.

El General: ¡Dios mío! Se escapó, se escapó por segunda vez. Ha sabido controlarse por un rato, pero no resiste largamente. ¡Oh, Dios mío!


1

Literalmente el ‚ÄúDivino gu√≠a‚ÄĚ.

2

Sin patria.

3

En grande, a gran escala.

4

Ver 1Cor 14,20.

5

Ver Jn 5,43.

6

Amante de la vida.

7

El panem et circenses de los romanos, esto es, pan y juegos en el circo.

8

En territorios de misión.

9

El t√©rmino traducido por Anciano, ¬ęSt√°rets¬Ľ, no hace referencia tanto a la edad del personaje cuanto a su fama de santidad. Los ¬ęstaretz¬Ľ eran monjes a los que en Rusia se les prodigaba un gran respeto y veneraci√≥n.

10

¡Así! ¡Pues! ¡Sí! ¡Así entonces!

11

‚Äú¬°Viva!‚ÄĚ, en diversas lenguas.

12

¬°Te damos gracias, Se√Īor! ¬°Salva al gran emperador!

13

No prevalecer√°n, no prevalecer√°n las puertas del infierno. (Ver Mt 16,18)

14

Me opongo.

15

¬°Mueran, mueran!

16

¬°Que venga, que venga pronto! ¬°Ven, Se√Īor Jes√ļs, ven!

17

En nombre de los dos testigos difuntos, Ernst Pauli.

18

Lo acojo, lo apruebo y mi corazón se regocija.

19

Ver Jn 17,21.

20

¬°T√ļ eres Pedro, ahora est√° probado con certeza, no hay ninguna duda!

21

Así ahora, padrecitos, somos verdaderamente uno en Cristo.

22

Ver Ap 12,1ss.
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