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S.S. Benedicto XVI, Meditación del Santo Padre durante la Procesión Eucarística en la Prairie
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Meditación del Santo Padre Benedicto XVI durante la Procesión Eucarística en la Prairie

Viaje Apost√≥lico a Francia con ocasi√≥n del 150¬ļ Aniversario de las Apariciones de Lourdes (12-15 de septiembre de 2008)

Se√Īor Jes√ļs, est√°s aqu√≠.

Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos míos.

Est√°is aqu√≠, conmigo, ante √Čl.

Se√Īor, hace dos mil a√Īos, aceptaste subir a una Cruz de infamia para resucitar despu√©s y permanecer siempre con nosotros, tus hermanos, tus hermanas.

Y vosotros, hermanos, hermanas, amigos m√≠os, hab√©is aceptado dejaros atraer por √Čl.

Lo contemplamos, lo adoramos, lo amamos. Buscamos amarlo todavía más.

Contemplamos a Aquel que, durante la cena pascual, ha entregado su Cuerpo y su Sangre a sus disc√≠pulos, para estar con ellos ‚Äútodos los d√≠as, hasta el fin del mundo‚ÄĚ (Mt 28,20).

Adoramos a Aquel que est√° al inicio y al final de nuestra fe, sin el que no estar√≠amos aqu√≠ esta tarde, sin el que no ser√≠amos nada, sin el que no existir√≠a nada, nada, absolutamente nada. Aquel, por medio de quien ‚Äúse hizo todo‚ÄĚ (Jn 1,3); por quien hemos sido creados, para la eternidad; el que nos ha dado su propio Cuerpo y su propia Sangre, √Čl est√° aqu√≠, esta tarde, ante nosotros, ofreci√©ndose a nuestras miradas.

Amamos, y buscamos amar todavía más, a Quien está aquí, ante nosotros, abierto a nuestras miradas, tal vez a nuestras preguntas, a nuestro amor.

Sea que caminemos, o estemos clavados en el lecho del dolor ‚ÄĒque caminemos con gozo o estemos en el desierto del alma (cf. Num 21,5)‚ÄĒ, Se√Īor, ac√≥genos a todos en tu Amor: en el amor infinito, que es eternamente el del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, el del Padre y del Hijo al Esp√≠ritu, y el del Esp√≠ritu al Padre y al Hijo.

La Hostia Santa expuesta ante nuestros ojos proclama este poder infinito del Amor manifestado en la Cruz gloriosa. La Hostia Santa proclama el increíble anonadamiento de Quien se hizo pobre para darnos su riqueza, de Quien aceptó perder todo para ganarnos para su Padre. La Hostia Santa es el Sacramento vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su Iglesia.

Hermanos, hermanas, amigos míos, aceptemos, aceptad, ofreceros a Quien nos lo ha dado todo, que vino no para juzgar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17), aceptad reconocer en vuestras vidas la presencia activa de Quien está aquí presente, ante nuestras miradas. Aceptad ofrecerle vuestras propias vidas.

Mar√≠a, la Virgen Santa, Mar√≠a, la Inmaculada Concepci√≥n, acept√≥, hace dos mil a√Īos, entregarle todo, ofrecer su cuerpo para acoger el Cuerpo del Creador. Todo ha venido de Cristo, incluso Mar√≠a; todo ha venido por Mar√≠a, incluso Cristo.

Mar√≠a, la Sant√≠sima Virgen, est√° con nosotros esta tarde, ante el Cuerpo de su Hijo, ciento cincuenta a√Īos despu√©s de revelarse a la peque√Īa Bernadette.

Virgen Santa, ay√ļdanos a contemplar, ay√ļdanos a adorar, ay√ļdanos a amar, a amar m√°s todav√≠a a Quien nos am√≥ tanto, para vivir eternamente con √Čl.

Una inmensa muchedumbre de testigos está invisiblemente presente a nuestro lado, cerca de esta bendita gruta y ante esta iglesia querida por la Virgen María;

la multitud de todos los que han contemplado, venerado, adorado, la presencia real de Quien se nos entreg√≥ hasta la √ļltima gota de su sangre;

la muchedumbre de todos los que pasaron horas adorándolo en el Santísimo Sacramento del Altar.

Esta tarde, no los vemos, pero los o√≠mos aqu√≠, dici√©ndonos a cada uno de nosotros: ‚ÄúVen, d√©jate llamar por el Maestro. √Čl est√° aqu√≠ y te llama (cf. Jn 11,28). √Čl quiere tomar tu vida y unirla a la suya. D√©jate atraer por √Čl. No mires ya tus heridas, mira las suyas. No mires lo que te separa a√ļn de √Čl y de los dem√°s; mira la distancia infinita que ha abolido tomando tu carne, subiendo a la Cruz que le prepararon los hombres y dej√°ndose llevar a la muerte para mostrar su amor. En estas heridas, te toma; en estas heridas, te esconde. No rechaces su amor‚ÄĚ.

La multitud inmensa de testigos que se dej√≥ atraer por su Amor, es la muchedumbre de los santos del cielo que no cesan de interceder por nosotros. Eran pecadores y lo sab√≠an, pero aceptaron no mirar sus heridas y mirar s√≥lo las heridas de su Se√Īor, para descubrir en ellas la gloria de la Cruz, para descubrir en ellas la victoria de la Vida sobre la muerte. San Pierre-Julien Eymard lo dijo todo cuando escribi√≥: ‚ÄúLa Santa Eucarist√≠a, es Jesucristo pasado, presente y futuro‚ÄĚ (Predicaciones e instrucciones parroquiales despu√©s de 1856, 4-2,1. Sobre la meditaci√≥n).

Jesucristo pasado, en la verdad histórica de la tarde en el cenáculo, que se nos recuerda en toda celebración de la Santa Misa.

Jesucristo presente, porque nos dice: ‚ÄúTomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo, √©sta es mi sangre‚ÄĚ. ‚ÄúEsto es‚ÄĚ, en presente, aqu√≠ y ahora, como en todos los aqu√≠ y ahora de la historia de los hombres. Presencia real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios, nuestros pobres corazones, nuestros pobres pensamientos. Presencia ofrecida a nuestras miradas como aqu√≠, esta tarde, cerca de la gruta donde Mar√≠a se revel√≥ como Inmaculada Concepci√≥n.

La Eucarist√≠a es tambi√©n Jesucristo futuro, Jesucristo que viene. Cuando contemplamos la Hostia Santa, su cuerpo glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos lo que contemplaremos en la eternidad, descubriendo el mundo entero llevado por su Creador cada segundo de su historia. Cada vez que lo comemos, pero tambi√©n cada vez que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que el vuelva, ‚Äúdonec veniat‚ÄĚ. Por eso lo recibimos con infinito respeto.

Algunos de nosotros no pueden o no pueden todav√≠a recibirlo en el Sacramento, pero pueden contemplarlo con fe y amor, y manifestar el deseo de poder finalmente unirse a √Čl. Es un deseo que tiene gran valor ante Dios: esperan con mayor ardor su vuelta; esperan a Jesucristo, que debe venir.

Cuando una amiga de Bernadette, el d√≠a despu√©s de su Primera Comuni√≥n, le pregunt√≥: ‚Äú¬ŅCu√°ndo has sido m√°s feliz: en tu Primera Comuni√≥n o en la apariciones?‚ÄĚ, Bernadette respondi√≥: ‚ÄúSon dos cosas inseparables, pero no se pueden comparar. He sido feliz en las dos‚ÄĚ (Manuelita Estrade, 4 junio 1958). Su p√°rroco ofreci√≥ este testimonio al Obispo de Tarbes acerca de su Primera Comuni√≥n: ‚ÄúBernadette se comport√≥ con gran recogimiento, con una atenci√≥n que no dejaba nada que desear‚Ķ Aparec√≠a profundamente consciente de la acci√≥n santa que estaba llevando a cabo. Todo sucedi√≥ en ella de manera sorprendente‚ÄĚ.

Con Pierre-Julien Eymard y con Bernadette, invocamos el testimonio de tantos y tantos santos y santas ardientemente enamorados de la Santa Eucarist√≠a. Nicol√°s Cabasilas escribi√≥ y nos dice esta tarde: ‚ÄúSi Cristo permanece en nosotros, ¬Ņde qu√© tenemos necesidad? ¬ŅQu√© nos falta? Si permanecemos en Cristo, ¬Ņqu√© m√°s podemos desear? Es nuestro hu√©sped y nuestra morada. ¬°Dichosos nosotros que estamos en su casa! ¬°Qu√© gozo ser nosotros mismos la morada de tal hu√©sped!‚ÄĚ (La vie en J√©sus-Christ, IV,6).

El Beato Charles de Foucauld naci√≥ en 1858, el mismo a√Īo de las apariciones de Lourdes. No lejos de su cuerpo ajado por la muerte, se encuentra, como el grano de trigo ca√≠do en tierra, el viril con el Sant√≠simo Sacramento que el Hermano Charles adoraba cada d√≠a durante largas horas. El Padre de Foucauld nos ofrece la oraci√≥n desde el hond√≥n de su alma, plegaria dirigida a nuestro Padre, pero que con Jes√ļs podemos con toda verdad hacer nuestra ante la Hostia Santa:

¬ę‚ÄúPadre, a tus manos encomiendo mi esp√≠ritu‚ÄĚ. Es la √ļltima oraci√≥n de nuestro Maestro, de nuestro Amado‚Ķ Que sea tambi√©n la nuestra, que no sea s√≥lo la de nuestro √ļltimo instante, sino la de todos nuestros instantes:

“Padre, me pongo en tus manos;
Padre confío en ti;
Padre, me entrego a ti;
Padre, haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias;
gracias por todo;
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo;
te doy las gracias,
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí, Dios mío,
y en todas tus criaturas, en todos tus hijos,
en todos aquellos que ama tu corazón.

No deseo nada más, Dios mío.
Te confío mi alma, te la doy, Dios mío,
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo,
y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque T√ļ eres mi Padre‚Ä̬Ľ.

Amados hermanos y hermanas, peregrinos y habitantes de estos valles, Hermanos Obispos, sacerdotes, di√°conos, religiosos, religiosas, todos vosotros que est√°is viendo el infinito anonadamiento del Hijo de Dios y la gloria infinita de la Resurrecci√≥n, permaneced en silencio y adorad a vuestro Se√Īor, nuestro Maestro y Se√Īor Jesucristo. Permaneced en silencio, despu√©s hablad y decid al mundo: no podemos callar lo que sabemos. Id y proclamad al mundo entero las maravillas de Dios, presente en cada momento de nuestras vidas, en toda la tierra. Que Dios nos bendiga y nos guarde, que nos conduzca por el camino de la vida eterna, √Čl que es la Vida, por los siglos de los siglos. Am√©n.

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