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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre durante el Encuentro con la Conferencia Episcopal Francesa en el Hemiciclo Santa Bernardita
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Discurso del Santo Padre Benedicto XVI durante el Encuentro con la Conferencia Episcopal Francesa en el Hemiciclo Santa Bernardita

Viaje Apost√≥lico a Francia con ocasi√≥n del 150¬ļ Aniversario de las Apariciones de Lourdes (12-15 de septiembre de 2008)

Se√Īores cardenales,
queridos hermanos en el episcopado:

√Čsta es la primera vez desde el comienzo de mi Pontificado que tengo la alegr√≠a de encontraros a todos juntos. Saludo cordialmente a vuestro Presidente, Cardenal Andr√© Vingt-Trois, y le agradezco las palabras amables y profundas que me ha dirigido en vuestro nombre. Tambi√©n saludo con mucho gusto a los Vicepresidentes y al Secretario General y sus colaboradores. Saludo cordialmente a cada uno de vosotros, Hermanos en el Episcopado, venidos desde todos los rincones de Francia y de ultramar (incluyendo a Monse√Īor Fran√ßois Garnier, Arzobispo de Cambrai, que celebra hoy en Valenciennes el milenio de Notre-Dame du Saint-Cord√≥n).

Me alegra estar aqu√≠ esta tarde con vosotros en el hemiciclo ¬ęSanta Bernadette¬Ľ, lugar ordinario de vuestras plegarias y reuniones, donde expon√©is vuestras preocupaciones y esperanzas, lugar de vuestros debates y reflexiones. La sala est√° situada en un lugar privilegiado, cerca de la gruta y las bas√≠licas marianas. Por supuesto, las visitas ad limina permiten reuniros peri√≥dicamente con el Sucesor de Pedro en Roma, pero en este momento que estamos viviendo, se nos da la gracia de reafirmar los estrechos v√≠nculos que nos unen al compartir el mismo sacerdocio procedente directamente del de Cristo redentor. Os animo a seguir trabajando en unidad y confianza, en plena comuni√≥n con Pedro, que ha venido a confirmar vuestra fe. Como ha dicho Su Eminencia, hora ten√©is, y tenemos, muchas preocupaciones. Me consta que os tom√°is a pecho trabajar en el nuevo marco definido por la reorganizaci√≥n del mapa de las provincias eclesi√°sticas, y me alegra profundamente. Quisiera aprovechar esta oportunidad para reflexionar con vosotros sobre algunos temas que s√© que son centro de vuestra atenci√≥n.

La Iglesia ‚ÄďUna, Santa, Cat√≥lica y Apost√≥lica‚Äď os ha hecho nacer por el Bautismo. Os ha llamado a su servicio; a √©l hab√©is dedicado la vida, primero como di√°conos y sacerdotes, despu√©s como obispos. Os manifiesto toda mi estima por esta entrega personal: a pesar de la magnitud de la tarea, que subraya el honor que comporta ‚Äďhonor, onus‚Äď, cumpl√≠s con fidelidad y humildad la triple funci√≥n que os es propia con respecto a la grey que se os ha encomendado: ense√Īar, gobernar, santificar, a la luz de la Constituci√≥n Lumen gentium (nn. 25-28) y del Decreto Christus Dominus. Sucesores de los Ap√≥stoles, represent√°is a Cristo al frente de las di√≥cesis que se os han confiado, y os esforz√°is por plasmar la imagen de Obispo dibujada por San Pablo; hab√©is de crecer continuamente en este sentido, para ser siempre ¬ęhospitalarios, amigos de lo bueno, de sanos principios, justos, fieles, due√Īos de s√≠, apegados a la doctrina cierta y a la ense√Īanza sana¬Ľ (cf. Tt 1,8-9). El pueblo cristiano debe teneros afecto y respeto. La tradici√≥n cristiana ha hecho hincapi√© desde el principio en este punto: ¬ęLos que son de Dios y de Jesucristo, est√°n con el Obispo¬Ľ, dec√≠a San Ignacio de Antioqu√≠a (Ad Phil., 3,2), que a√Īad√≠a tambi√©n: ¬ęA quien el due√Īo de la casa haya mandado para la administraci√≥n de la casa, hay que recibirlo como al que lo ha mandado (Ad Ef. 6, 1). Vuestra misi√≥n, espiritual sobre todo, consiste, pues, en crear las condiciones necesarias para que los fieles, citando de nuevo a San Ignacio, puedan ¬ęcantar al un√≠sono por Jesucristo un himno al Padre¬Ľ (ib√≠d., 4, 2) y hacer as√≠ de su vida una ofrenda a Dios.

Est√°is convencidos con raz√≥n de que la catequesis es de fundamental importancia para acrecentar en cada bautizado el gusto de Dios y la comprensi√≥n del sentido de la vida. Los dos principales instrumentos que ten√©is a disposici√≥n, el Catecismo de la Iglesia Cat√≥lica y el Catecismo de los Obispos de Francia son valiosas bazas. Dan una s√≠ntesis armoniosa de la fe cat√≥lica y permiten anunciar el Evangelio con una fidelidad correspondiente a su riqueza. La catequesis no es tanto una cuesti√≥n de m√©todo, sino de contenido, como indica su propio nombre: se trata de una comprensi√≥n org√°nica (kat-echein) del conjunto de la revelaci√≥n cristiana, capaz de poner a disposici√≥n de la inteligencia y el coraz√≥n la Palabra de Aquel que dio su vida por nosotros. As√≠, la catequesis hace resonar en el coraz√≥n de todo ser humano una sola llamada siempre renovada: ¬ęS√≠gueme¬Ľ (Mt 9,9). Una esmerada preparaci√≥n de los catequistas permitir√° la transmisi√≥n √≠ntegra de la fe, a ejemplo de San Pablo, el m√°s grande catequista de todos los tiempos, al que miramos con admiraci√≥n particularmente en este segundo milenio de su nacimiento. En medio de sus preocupaciones apost√≥licas, exhortaba de este modo: ¬ęVendr√° un tiempo en que la gente no soportar√° la doctrina sana, sino que, para halagarse el o√≠do, se rodear√°n de maestros a la medida de sus deseos; y, apartado el o√≠do de la verdad, se volver√°n a las f√°bulas¬Ľ (2 Tm 4, 3-4). Conscientes del gran realismo de sus previsiones, os esforz√°is con humildad y perseverancia en hacer caso a sus recomendaciones: ¬ęProclama la Palabra, insiste a tiempo y destiempo [...] con toda paciencia y deseo de instruir¬Ľ (ib√≠d., 4, 2).

Para llevar a cabo eficazmente esta tarea, necesit√°is colaboradores. Por eso se han de alentar m√°s que nunca las vocaciones sacerdotales y religiosas. He sido informado sobre las iniciativas emprendidas animosamente en este campo, y quisiera dar todo mi apoyo a quienes, como Cristo, no tienen miedo de invitar a los j√≥venes o menos j√≥venes a ponerse al servicio del Maestro que est√° ah√≠ y llama (cf. Jn 11, 28). Quisiera agradecer cordialmente y alentar a todas las familias, parroquias, comunidades cristianas y movimientos de la Iglesia que son la tierra f√©rtil que da el buen fruto de las vocaciones (cf. Mt 13, 8). En este contexto, no deseo omitir mi agradecimiento por las innumerables oraciones de los verdaderos disc√≠pulos de Cristo y de su Iglesia, entre los que se hallan: sacerdotes, religiosos y religiosas, ancianos o enfermos, tambi√©n reclusos, que durante d√©cadas han elevado sus plegarias a Dios para cumplir el mandato de Jes√ļs: ¬ęRogad, pues, al Se√Īor de la mies que mande trabajadores a su mies¬Ľ (Mt 9,38). El Obispo y las comunidades de fieles deben, por lo que les concierne, favorecer y acoger las vocaciones sacerdotales y religiosas, apoy√°ndose en la gracia otorgada por el Esp√≠ritu Santo para el necesario discernimiento. S√≠, queridos Hermanos en el Episcopado, seguid llamando al sacerdocio y a la vida religiosa, como Pedro ech√≥ las redes por orden del Maestro, tras pasar una noche de pesca sin obtener nada (cf. Lc 5,5).

Nunca se repetir√° bastante que el sacerdocio es esencial para la Iglesia, por el bien mismo del laicado. Los sacerdotes son un don de Dios para la Iglesia. No pueden delegar sus funciones a los fieles en lo que se refiere a las misiones que les son propias. Queridos Hermanos en el Episcopado, os invito a seguir sol√≠citos para ayudar a vuestros sacerdotes a vivir en √≠ntima uni√≥n con Cristo. Su vida espiritual es el fundamento de su vida apost√≥lica. Exhortadles con dulzura a la oraci√≥n cotidiana y a la celebraci√≥n digna de los sacramentos, especialmente de la Eucarist√≠a y la Reconciliaci√≥n, como lo hac√≠a San Francisco de Sales con sus sacerdotes. Todo sacerdote debe poder sentirse dichoso de servir a la Iglesia. A ejemplo del cura de Ars, hijo de vuestra tierra y patrono de todos los p√°rrocos del mundo, no dej√©is de reiterar que un hombre no puede hacer nada m√°s grande que dar a los fieles el cuerpo y la sangre de Cristo, y perdonar los pecados. Tratad de estar atentos a su formaci√≥n humana, intelectual y espiritual, y a sus recursos para vivir. Pese a la carga de vuestras gravosas ocupaciones, intentad encontraros con ellos regularmente, sabi√©ndolos acoger como hermanos y amigos (cf. Lumen gentium, 28; Christus Dominus, 16). Los sacerdotes necesitan vuestro afecto, vuestro aliento y solicitud. Estad a su lado y tened una atenci√≥n especial con los que est√°n en dificultad, los enfermos o de edad avanzada (cf. Christus Dominus, 16). No olvid√©is que, como dice el Concilio Vaticano II usando una espl√©ndida expresi√≥n de San Ignacio de Antioqu√≠a a los Magnesios, son ¬ęla corona espiritual del Obispo¬Ľ (Lumen gentium, 41).

El culto lit√ļrgico es la expresi√≥n suprema de la vida sacerdotal y episcopal, como tambi√©n de la ense√Īanza catequ√©tica. Queridos Hermanos, vuestro oficio de santificar a los fieles es esencial para el crecimiento de la Iglesia. Me he sentido impulsado a precisar en el ‚ÄúMotu proprio‚ÄĚ Summorum Pontificum las condiciones para ejercer esta responsabilidad por lo que respecta a la posibilidad de utilizar tanto el misal del Beato Juan XXIII (1962) como el del Papa Pablo VI (1970). Ya se han dejado ver los frutos de estas nuevas disposiciones, y espero el necesario apaciguamiento de los esp√≠ritus que, gracias a Dios, se est√° produciendo. Tengo en cuenta las dificultades que encontr√°is, pero no me cabe la menor duda de que pod√©is llegar, en un tiempo razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la t√ļnica incons√ļtil de Cristo no se desgarre todav√≠a m√°s. Nadie est√° de m√°s en la Iglesia. Todos, sin excepci√≥n, han de poder sentirse en ella ‚Äúcomo en su casa‚ÄĚ, y nunca rechazados. Dios, que ama a todos los hombres y no quiere que ninguno se pierda, nos conf√≠a esta misi√≥n haci√©ndonos Pastores de su grey. S√≥lo nos queda darle gracias por el honor y la confianza que √Čl nos otorga. Por tanto, esforc√©monos por ser siempre servidores de la unidad.

¬ŅQu√© otros temas requieren mayor atenci√≥n? Las respuestas pueden variar de una di√≥cesis a otra, pero hay sin duda un problema particularmente urgente que aparece en todas partes: la situaci√≥n de la familia. Sabemos que el matrimonio y la familia se enfrentan ahora a verdaderas borrascas. Las palabras del evangelista sobre la barca en la tempestad en medio del lago se pueden aplicar a la familia: ¬ęLas olas romp√≠an contra la barca hasta casi llenarla de agua¬Ľ (Mc 4,37). Los factores que han llevado a esta crisis son bien conocidos y, por tanto, no me demorar√© en enumerarlos. Desde hace algunas d√©cadas, las leyes han relativizado en diferentes pa√≠ses su naturaleza de c√©lula primordial de la sociedad. A menudo, las leyes buscan acomodarse m√°s a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien com√ļn de la sociedad. La uni√≥n estable entre un hombre y una mujer, ordenada a construir una felicidad terrenal, con el nacimiento de los hijos dados por Dios, ya no es, en la mente de algunos, el modelo al que se refiere el compromiso conyugal. Sin embargo, la experiencia ense√Īa que la familia es el pedestal sobre el que descansa toda la sociedad. Adem√°s, el cristiano sabe que la familia es tambi√©n la c√©lula viva de la Iglesia. Cuanto m√°s impregnada est√© la familia del esp√≠ritu y de los valores del Evangelio, tanto m√°s la Iglesia misma se enriquecer√° y responder√° mejor a su vocaci√≥n. Por otra parte, conozco y aliento ardientemente los esfuerzos que hac√©is para dar vuestro apoyo a las diferentes asociaciones dedicadas a ayudar a las familias. Ten√©is raz√≥n en mantener, incluso a costa de ir contracorriente, los principios que son la fuerza y la grandeza del Sacramento del Matrimonio. La Iglesia quiere seguir siendo indefectiblemente fiel al mandato que le confi√≥ su Fundador, nuestro Maestro y Se√Īor Jesucristo. Nunca deja de repetir con √Čl: ‚ÄúLo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre‚ÄĚ (Mt 19,6). La Iglesia no se ha inventado esta misi√≥n, sino que la ha recibido. Ciertamente, nadie puede negar que ciertos hogares atraviesan pruebas, a veces muy dolorosas. Habr√° que acompa√Īar a los hogares en dificultad, ayudarles a comprender la grandeza del matrimonio y animarlos a no relativizar la voluntad de Dios y las leyes de vida que √Čl nos ha dado. Una cuesti√≥n particularmente dolorosa, lo sabemos bien, es la de los divorciados y vueltos a casar. La Iglesia, que no puede oponerse a la voluntad de Cristo, mantiene con firmeza el principio de la indisolubilidad del matrimonio, rodeando siempre del mayor afecto a quienes, por los m√°s variados motivos, no llegan a respetarla. No se pueden aceptar, pues, las iniciativas que tienden a bendecir las uniones ileg√≠timas. La Exhortaci√≥n Apost√≥lica Familiaris consortio ha indicado el camino abierto por una concepci√≥n respetuosa de la verdad y de la caridad.

Queridos Hermanos, s√© bien que los j√≥venes est√°n en el centro de vuestras preocupaciones. Les dedic√°is mucho tiempo, y hac√©is bien. Como bien sab√©is, acabo de encontrarme con una multitud de ellos en Sidney, durante la Jornada Mundial de la Juventud. He apreciado su entusiasmo y su capacidad para dedicarse a la oraci√≥n. Incluso viviendo en un mundo que les halaga y estimula sus bajos instintos, cargando ellos tambi√©n el lastre bien pesado de herencias dif√≠ciles de asumir, los j√≥venes conservan una lozan√≠a de esp√≠ritu que me ha admirado. He hecho un llamamiento a su sentido de responsabilidad, invit√°ndoles a apoyarse siempre en la vocaci√≥n que Dios les concedi√≥ el d√≠a de su Bautismo. ‚ÄúNuestra fuerza es lo que Cristo quiere de nosotros‚ÄĚ, dec√≠a el Cardenal Jean-Marie Lustiger. Durante su primer viaje a Francia, mi venerado Predecesor transmiti√≥ a los j√≥venes de vuestro Pa√≠s un mensaje que no ha perdido nada de su actualidad, y que fue acogido entonces con un fervor inolvidable. ‚ÄúLa permisividad moral no hace feliz al hombre‚ÄĚ, proclam√≥ en el Parque de los Pr√≠ncipes entre aplausos atronadores. El buen sentido que inspir√≥ esa sana reacci√≥n de su auditorio, no ha muerto. Ruego al Esp√≠ritu Santo que hable al coraz√≥n de todos los fieles y, en general, al de todos vuestros compatriotas, para darles -o hacerles ver- el gusto de llevar una vida seg√ļn los criterios de una felicidad verdadera.

En el El√≠seo, mencion√© el otro d√≠a la originalidad de la situaci√≥n francesa, que la Santa Sede desea respetar. En efecto, estoy convencido de que las Naciones nunca deben aceptar que desaparezcan lo que forma su identidad propia. En una familia, sus miembros, aun teniendo el mismo padre y la misma madre, no son sujetos indiferenciados, sino personas con su propia individualidad. Esto vale tambi√©n para los Pa√≠ses, que han de estar atentos a salvaguardar y desarrollar su propia cultura, sin dejarse absorber nunca por otras o ahogarse en una insulsa uniformidad. ‚ÄúLa naci√≥n es, en efecto -retomando las palabras del Papa Juan Pablo II- la gran comunidad de los hombres qu√© est√°n unidos por diversos v√≠nculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura. La naci√≥n existe ‚Äėpor‚Äô la cultura y ‚Äėpara‚Äô la cultura, y as√≠ es ella la gran educadora de los hombres para que puedan ‚Äėser m√°s‚Äô en la comunidad‚ÄĚ (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, n. 14). En esta perspectiva, resaltar las ra√≠ces cristianas de Francia permitir√° a cada uno de los habitantes de este Pa√≠s comprender mejor de d√≥nde viene y ad√≥nde va. Por tanto, en el marco institucional vigente y con el m√°ximo respeto por las leyes en vigor, habr√° que encontrar una nueva manera de interpretar y vivir en lo cotidiano los valores fundamentales sobre los que se ha edificado la identidad de la Naci√≥n. Vuestro Presidente ha hecho alusi√≥n a esta posibilidad. Los presupuestos sociopol√≠ticos de la antigua desconfianza o incluso de hostilidad se desvanecen paulatinamente. La Iglesia no reivindica el puesto del Estado. No quiere sustituirle. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos y no puede limitarse a s√≠ misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad com√ļn. Gracias a una sana colaboraci√≥n entre la comunidad pol√≠tica y la Iglesia, realizada con la conciencia y el respeto de la independencia y de la autonom√≠a de cada una en su propio campo, se lleva a cabo un servicio al ser humano con miras a su pleno desarrollo personal y social. Diversos puntos, primicias de otros que podr√°n a√Īadirse seg√ļn sea necesario, han sido ya examinados y resueltos en el √°mbito de la ‚ÄúComisi√≥n de Di√°logo entre la Iglesia y el Estado‚ÄĚ. De √©sta forma parte naturalmente, en virtud de la misi√≥n que le es propia y en nombre de la Santa Sede, el Nuncio Apost√≥lico, que est√° llamado a seguir activamente la vida de la Iglesia y su situaci√≥n en la sociedad.

Como sab√©is, mis Predecesores, el Beato Juan XXIII, que fue Nuncio en Par√≠s, y el Papa Pablo VI, instituyeron Secretariados que, en 1988, se convirtieron en el Consejo Pontificio para la Promoci√≥n de la Unidad de los Cristianos y en el Consejo Pontificio para el Di√°logo Interreligioso. Pronto se a√Īadieron la Comisi√≥n para las Relaciones con el Hebra√≠smo y la Comisi√≥n para las Relaciones Religiosas con los Musulmanes. Estas estructuras son una especie de reconocimiento institucional y conciliar de un sinn√ļmero de iniciativas y actividades anteriores. Comisiones o consejos similares existen ya en vuestra Conferencia Episcopal y en vuestras di√≥cesis. Su existencia y su funcionamiento demuestran la voluntad de la Iglesia de continuar desarrollando el di√°logo bilateral. La reciente Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para el Di√°logo Interreligioso ha puesto de relieve que el verdadero di√°logo requiere, como condici√≥n fundamental, una buena formaci√≥n en quienes lo promueven y un discernimiento clarificador para avanzar poco a poco en el descubrimiento de la Verdad. El objetivo del di√°logo ecum√©nico e interreligioso, diferentes obviamente por su naturaleza y finalidad respectivas, es la b√ļsqueda y la profundizaci√≥n de la Verdad. Se trata de una tarea noble y obligatoria para todo hombre de fe, pues Cristo mismo es la Verdad. Construir puentes entre las grandes tradiciones eclesiales cristianas y el di√°logo con otras tradiciones religiosas, exige un esfuerzo real de conocimiento rec√≠proco, porque la ignorancia destruye m√°s que construye. Adem√°s, no es m√°s que la Verdad la que permite vivir aut√©nticamente el doble mandamiento del amor que nos dej√≥ nuestro Salvador. Ciertamente, hemos de seguir con atenci√≥n las diversas iniciativas emprendidas y discernir las que favorecen el conocimiento y el respeto rec√≠proco, as√≠ como la promoci√≥n del di√°logo, y evitar las que llevan a callejones sin salida. No basta la buena voluntad. Creo que es bueno comenzar por escuchar, pasar despu√©s a la discusi√≥n teol√≥gica, para llegar finalmente al testimonio y al anuncio de la misma fe (Cf. Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelizaci√≥n, 3 de diciembre de 2007. n. 12). Que el Esp√≠ritu Santo os conceda el discernimiento que debe caracterizar a todo Pastor. San Pablo recomienda: ‚ÄúExaminadlo todo, qued√°ndoos con lo bueno‚ÄĚ (1 Ts 5,21). La sociedad globalizada, multicultural y multirreligiosa en que vivimos, es una oportunidad que el Se√Īor nos da para proclamar la Verdad y llevar a la pr√°ctica el Amor, con el fin de llegar a todo ser humano sin distinci√≥n, m√°s all√° incluso de los l√≠mites de la Iglesia visible.

El a√Īo anterior a mi elecci√≥n a la Sede de Pedro tuve la alegr√≠a de venir a vuestro Pa√≠s para presidir las ceremonias conmemorativas del sexag√©simo aniversario del desembarco en Normand√≠a. Pocas veces como entonces, sent√≠ el apego de los hijos e hijas de Francia por la tierra de sus antepasados. Francia celebraba entonces su liberaci√≥n temporal, tras una guerra cruel que se cobr√≥ muchas v√≠ctimas. Lo que conviene ahora es lograr una aut√©ntica liberaci√≥n espiritual. El hombre necesita siempre verse libre de sus temores y de sus pecados. El hombre debe aprender o reaprender constantemente que Dios no es su enemigo, sino su Creador lleno de bondad. Necesita saber que su vida tiene un sentido y que, al final de su recorrido sobre la tierra, le espera participar por siempre en la gloria de Cristo en el cielo. Vuestra misi√≥n es llevar a la porci√≥n del Pueblo de Dios confiada a vuestro cuidado al reconocimiento de este final glorioso. Quisiera que vierais aqu√≠ mi admiraci√≥n y gratitud por todo lo que hac√©is por avanzar en esta direcci√≥n. Estad seguros de mi oraci√≥n cotidiana por cada uno de vosotros. Y creedme si os digo que nunca dejo de pedir al Se√Īor y a su Madre que os gu√≠en en vuestro camino.

Queridos Hermanos en el Episcopado, con alegr√≠a y emoci√≥n os encomiendo a Nuestra Se√Īora de Lourdes y a Santa Bernadette. El poder de Dios se ha manifestado siempre en la debilidad. El Esp√≠ritu Santo ha lavado siempre la suciedad, regado lo √°rido, enderezado lo torcido. Cristo Salvador, que ha tenido a bien convertirnos en instrumentos para transmitir su amor a los hombres, nunca dejar√° de haceros crecer en la fe, la esperanza y la caridad, para daros el gozo de llevar a √Čl un n√ļmero creciente de hombres y mujeres de nuestro tiempo. A la vez que os conf√≠o a su fuerza de Redentor, os imparto a todos y de coraz√≥n una afectuosa Bendici√≥n Apost√≥lica.

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