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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa celebrada en la Explanada de los Inválidos
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Homilía del Santo Padre Benedicto XVI durante la Santa Misa celebrada en la Explanada de los Inválidos

Viaje Apost√≥lico a Francia con ocasi√≥n del 150¬ļ Aniversario de las Apariciones de Lourdes (12-15 de septiembre de 2008)

Se√Īor Cardenal Vingt-Trois,
Se√Īores Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado,
Hermanos y hermanas en Cristo:

Jesucristo nos re√ļne en este maravilloso lugar, en el coraz√≥n de Par√≠s, en un d√≠a en que la Iglesia universal celebra la fiesta de San Juan Cris√≥stomo, uno de sus m√°s grandes doctores que, con su testimonio de vida y su ense√Īanza, mostr√≥ eficazmente a los cristianos el camino a seguir. Saludo con gozo a todas las Autoridades que me han acogido en esta noble ciudad, especialmente al Cardenal Andr√© Vingt-Trois, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Tambi√©n saludo a los Obispos, Sacerdotes y Di√°conos que me acompa√Īan en la celebraci√≥n del sacrificio de Cristo. Doy las gracias a las personalidades, particularmente al Se√Īor Primer Ministro, que han querido estar presentes aqu√≠ esta ma√Īana; les aseguro mi oraci√≥n ferviente por el cumplimiento de su noble misi√≥n de servir a sus conciudadanos.

La primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir, en este a√Īo Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qu√© punto sigue siendo actual el consejo dado por el Ap√≥stol. ‚ÄúNo teng√°is que ver con la idolatr√≠a‚ÄĚ (1 Co 10, 14), escribi√≥ a una comunidad muy afectada por el paganismo e indecisa entre la adhesi√≥n a la novedad del Evangelio y la observancia de las viejas pr√°cticas heredadas de sus antepasados. No tener que ver con los √≠dolos significaba entonces dejar de honrar a los dioses del Olimpo, dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los √≠dolos era seguir las ense√Īanzas de los profetas del Antiguo Testamento, que denunciaban la tendencia del esp√≠ritu humano a hacerse falsas representaciones de Dios. Como dice el Salmo 113 a prop√≥sito de las estatuas de los √≠dolos, √©stas no son m√°s que ‚Äúoro y plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, o√≠dos y no oyen, narices y no huelen‚ÄĚ (vv. 4-5). Fuera del pueblo de Israel, que hab√≠a recibido la revelaci√≥n del Dios √ļnico, el mundo antiguo era esclavo del culto a los √≠dolos. Los errores del paganismo, muy visibles en Corinto, deb√≠an ser denunciados porque eran una potente alienaci√≥n y desviaban al hombre de su verdadero destino. Imped√≠an reconocer que Cristo es el √ļnico y verdadero Salvador, el √ļnico que indica al hombre el camino hacia Dios.

Este llamamiento a huir de los √≠dolos sigue siendo v√°lido tambi√©n hoy. ¬ŅAcaso nuestro mundo contempor√°neo no crea sus propios √≠dolos? ¬ŅNo imita, quiz√°s sin saberlo, a los paganos de la antig√ľedad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con Dios? √Čsta es una cuesti√≥n que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un d√≠a u otro. ¬ŅQu√© es lo que importa en mi vida? ¬ŅQu√© debo poner en primer lugar? La palabra ‚Äú√≠dolo‚ÄĚ viene del griego y significa ‚Äúimagen‚ÄĚ, ‚Äúfigura‚ÄĚ, ‚Äúrepresentaci√≥n‚ÄĚ, pero tambi√©n ‚Äúespectro‚ÄĚ, ‚Äúfantasma‚ÄĚ, ‚Äúvana apariencia‚ÄĚ. El √≠dolo es un se√Īuelo, pues desv√≠a a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. Ahora bien, ¬Ņno es √©sta una tentaci√≥n propia de nuestra √©poca, la √ļnica sobre la que podemos actuar de forma eficaz? Es la tentaci√≥n de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando sus carencias, o un futuro que a√ļn no existe, creyendo que el ser humano har√° llegar con sus propias fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre la tierra. San Pablo dice a los Colosenses que la codicia insaciable es una idolatr√≠a (cf. 3,5) y recuerda a su disc√≠pulo Timoteo que el amor al dinero es la ra√≠z de todos los males. Por entregarse a ella, precisa, muchos, arrastrados por la codicia ‚Äúse han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos‚ÄĚ (1 Tm 6, 10). El dinero, el af√°n de tener, de poder e incluso de saber, ¬Ņacaso no desv√≠an al hombre de su verdadero fin, de su aut√©ntica verdad?

Queridos hermanos y hermanas, la cuesti√≥n que plantea la liturgia de este d√≠a encuentra su respuesta en la misma liturgia, que hemos heredado de nuestros padres en la fe, y en particular del mismo San Pablo (cf. 1 Co 11,23). Comentando este texto, San Juan Cris√≥stomo, observa que San Pablo condena severamente la idolatr√≠a como una ‚Äúfalta grave‚ÄĚ, un ‚Äúesc√°ndalo‚ÄĚ, una verdadera ‚Äúpeste‚ÄĚ (Homil√≠a 24 sobre la primera carta a los Corintios, 1). E inmediatamente a√Īade que la condena radical de la idolatr√≠a no es en modo alguno una condena de la persona del id√≥latra. Nunca hemos de confundir en nuestros juicios el pecado, que es inaceptable, y el pecador del que no podemos juzgar su estado de conciencia y que, en todo caso, siempre tiene la posibilidad de convertirse y ser perdonado. San Pablo apela a la raz√≥n de sus lectores, la raz√≥n de todo ser humano, testimonio poderoso de la presencia del Creador en la criatura: ‚ÄúOs hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo‚ÄĚ (1 Co 10, 15). Dios, del que el Ap√≥stol es un testigo autorizado, nunca pide al hombre que sacrifique su raz√≥n. La raz√≥n nunca est√° en contradicci√≥n real con la fe. El √ļnico Dios, Padre, Hijo y Esp√≠ritu Santo, ha creado la raz√≥n y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad que la reciba como un don precioso. Lo que desencamina al hombre de esta perspectiva es el culto a los √≠dolos, y la raz√≥n misma puede fabricar √≠dolos. Pidamos a Dios, pues, que nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos nuestros √≠dolos para acceder a la verdad de nuestro ser, para acceder a la verdad de su ser infinito.

¬ŅC√≥mo llegar a Dios? ¬ŅC√≥mo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca en lo m√°s profundo de s√≠ mismo, hasta olvidarse frecuentemente de s√≠? San Pablo nos invita a usar no solamente nuestra raz√≥n, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo. Ahora bien, ¬Ņqu√© nos dice la fe? El pan que partimos es comuni√≥n con el Cuerpo de Cristo; el c√°liz de acci√≥n de gracias que bendecimos es comuni√≥n con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelaci√≥n que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Ap√≥stoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil a√Īos: Cristo instituy√≥ el sacramento de la Eucarist√≠a en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagraci√≥n del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla m√°s humilde como en las m√°s grandiosas bas√≠licas y catedrales, el Se√Īor resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, seg√ļn la famosa expresi√≥n de San Agust√≠n, ‚Äúm√°s √≠ntimo en nosotros que nuestra propia intimidad‚ÄĚ (cf. Confesiones, III, 6.11).

Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Se√Īor, el Sant√≠simo Sacramento de la presencia real del Se√Īor en su Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. D√©mosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede desva√≠da en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucarist√≠a. Como dijo magistralmente San Juan Cris√≥stomo: ‚ÄúConsideremos los favores inefables de Dios y todos los bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos, d√°ndole gracias por haber liberado al g√©nero humano del error, por haber acercado a √©l a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados y ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios‚ÄĚ (Homil√≠a 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1). De hecho, sigue diciendo, ‚Äúlo que est√° en la copa es precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo que participamos‚ÄĚ (ib√≠d.). No se trata s√≥lo de participar y compartir, sino que hay ‚Äúuni√≥n‚ÄĚ, nos dice.

La Misa es el sacrificio de acci√≥n de gracias por excelencia, el que nos permite unir nuestra propia acci√≥n de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del Padre. Por s√≠ misma, la Misa nos invita tambi√©n a huir de los √≠dolos, porque, como reitera San Pablo, ‚Äúno pod√©is participar en dos mesas, la del Se√Īor y la de los malos esp√≠ritus‚ÄĚ (1 Co 10,21). La Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece al Esp√≠ritu de Dios y lo que en nosotros a√ļn permanece a la escucha del esp√≠ritu del mal. En la Misa s√≥lo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud ‚Äďcon ‚Äúacci√≥n de gracias‚ÄĚ- el clamor del salmista: ‚Äú¬ŅC√≥mo pagar√© al Se√Īor todo el bien que me ha hecho?‚ÄĚ (Sal 116,12). S√≠, ¬Ņc√≥mo dar gracias al Se√Īor por la vida que me ha dado? La respuesta a la pregunta del salmista est√° en el mismo Salmo, pues la Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ¬ŅC√≥mo pagar al Se√Īor todo el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras: ‚ÄúAlzar√© la copa de la salvaci√≥n, invocando su nombre‚ÄĚ (Sal 116,13)?

Alzar la copa de la salvaci√≥n e invocar el nombre del Se√Īor, ¬Ņno es precisamente la mejor manera de ‚Äúno tener que ver con la idolatr√≠a‚ÄĚ, como nos pide San Pablo? Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvaci√≥n. Celebrar la Eucarist√≠a significa, por tanto, reconocer que s√≥lo Dios puede darnos la felicidad plena, ense√Ī√°ndonos los verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinar√°n. Dios est√° presente en el altar, pero tambi√©n est√° presente en el altar de nuestro coraz√≥n cuando en la comuni√≥n le recibimos en el sacramento de la Eucarist√≠a. S√≥lo √Čl nos ense√Īa a huir de los √≠dolos, espejismos del pensamiento.

Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, ¬Ņqui√©n puede alzar la copa de la salvaci√≥n e invocar el nombre del Se√Īor en nombre de todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello por el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de Par√≠s y de la regi√≥n parisina, as√≠ como los venidos de toda Francia y de otros pa√≠ses vecinos, permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los j√≥venes que se plantean la cuesti√≥n de la vocaci√≥n religiosa o sacerdotal: ¬°No teng√°is miedo! ¬°No teng√°is miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituir√° jam√°s el ministerio de los sacerdotes en el coraz√≥n de la Iglesia. Nada suplir√° una Misa por la salvaci√≥n del mundo. Queridos j√≥venes o no tan j√≥venes que me escuch√°is, no dej√©is sin respuesta la llamada de Cristo. San Juan Cris√≥stomo, en su Tratado sobre el sacerdocio, puso de manifiesto c√≥mo la respuesta del hombre puede ser lenta en llegar, pero es el ejemplo vivo de la acci√≥n de Dios en el coraz√≥n de una libertad humana que se deja formar por la gracia.

Finalmente, si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su Evangelio, nos damos cuenta de que √Čl mismo nos ha ense√Īado a huir de la idolatr√≠a y nos invita a construir nuestra casa ‚Äúsobre roca‚ÄĚ (Lc 6,48). ¬ŅQui√©n es esta roca sino √Čl mismo? Nuestros pensamientos, palabras y obras s√≥lo adquieren su verdadera dimensi√≥n si las referimos al mensaje del Evangelio. ‚ÄúLo que rebosa del coraz√≥n, lo habla la boca‚ÄĚ (Lc 6, 45). Cuando hablamos, ¬Ņbuscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando pensamos, ¬Ņtratamos de poner nuestro pensamiento en sinton√≠a con el pensamiento de Dios? Cuando actuamos, ¬Ņintentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez m√°s San Juan Cris√≥stomo: ‚ÄúSi ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos en la misma sustancia, ¬Ņpor qu√© no mostramos todos la misma caridad? ¬ŅPor qu√©, por lo mismo, no nos convertimos en un todo √ļnico?... Oh hombre, ha sido Cristo quien vino a tu encuentro, a ti que estabas tan lejos de √Čl, para unirse a ti; y t√ļ, ¬Ņno quieres unirte a tu hermano?‚ÄĚ (Homil√≠a 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 2).

La esperanza seguir√° siempre la m√°s fuerte. La Iglesia, construida sobre la roca de Cristo, tiene las promesas de vida eterna, no porque sus miembros sean m√°s santos que los dem√°s, sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: ‚ÄúT√ļ eres Pedro y sobre esta piedra edificar√© mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotar√°‚ÄĚ (Mt 16,18-19). Con la inquebrantable esperanza de la presencia eterna de Dios en cada una de nuestras almas, con la alegr√≠a de saber que Cristo est√° con nosotros hasta el final de los tiempos, con la fuerza que el Esp√≠ritu ofrece a todos aquellos y aquellas que se dejan alcanzar por √©l, queridos cristianos de Par√≠s y de Francia, os encomiendo a la acci√≥n poderosa del Dios de amor que ha muerto por nosotros en la Cruz y ha resucitado victoriosamente la ma√Īana de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que me escuchan les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los √≠dolos, no dej√©is de hacer el bien.

Que Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el esplendor de su gloria. Que el Hijo √ļnico de Dios, Maestro y Hermano nuestro, os revele la belleza de su rostro resucitado. Que el Esp√≠ritu Santo os colme de sus dones y os d√© la alegr√≠a de conocer la paz y la luz de la Sant√≠sima Trinidad, ahora y por siempre. Am√©n.

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