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S.S. Benedicto XVI, Homil铆a del Santo Padre durante la celebraci贸n de las V铆speras en la Catedral de Notre-Dame
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Homil铆a del Santo Padre Benedicto XVI durante la celebraci贸n de las V铆speras en la Catedral de Notre-Dame

Par铆s

Viaje Apost贸lico a Francia con ocasi贸n del 150潞 Aniversario de las Apariciones de Lourdes (12-15 de septiembre de 2008)

Queridos Hermanos Cardenales y Obispos,
Se帽ores Can贸nigos del Cabildo Catedral,
Se帽ores Capellanes de Notre-Dame,
Queridos Sacerdotes y Di谩conos,
Queridos amigos miembros de las Iglesias y comunidades eclesiales no cat贸licas,
Queridos hermanos y hermanas
:

Bendito sea Dios que nos permite encontrarnos en un lugar tan entra帽able para los parisinos, pero tambi茅n para todos los franceses. Bendito sea Dios, que nos da la gracia de ofrecerle nuestra oraci贸n vespertina para alabarlo como se merece con las palabras que la liturgia de la Iglesia ha heredado de la liturgia sinagogal celebrada por Cristo y sus primeros disc铆pulos. S铆, bendito sea Dios por venir en nuestro auxilio 鈥�in adiutorium nostrum- y ayudarnos a realizar la ofrenda del sacrificio de nuestros labios.

Estamos en la Iglesia Madre de la Di贸cesis de Par铆s, la catedral de Notre-Dame, que se yergue en el coraz贸n de la cit茅 como un signo vivo de la presencia de Dios en medio de los hombres. Mi Predecesor Alejandro III puso la primera piedra, los Papas P铆o VII y Juan Pablo II la honraron con su visita, y estoy feliz de seguir sus huellas, despu茅s de haber estado aqu铆 hace un cuarto de siglo para dictar una conferencia sobre catequesis. Es dif铆cil no dar gracias a Aquel que ha creado tanto la materia como el esp铆ritu, por la belleza del edificio que nos acoge. Los cristianos de Lutecia ya hab铆an construido una catedral dedicada a San Esteban, protom谩rtir, pero, al quedar demasiado peque帽a, paulatinamente fue reemplazada, entre los siglos XII al XIV, por la que admiramos actualmente. La fe de la Edad Media edific贸 catedrales, y vuestros antepasados vinieron aqu铆 para alabar a Dios, encomendarle sus esperanzas y profesarle su amor. Grandes acontecimientos religiosos y civiles se desarrollaron en este santuario, en el que los arquitectos, los pintores, los escultores y los m煤sicos aportaron lo mejor de s铆 mismos. Baste recordar, entre otros, los nombres del arquitecto Jean de Chelles, del pintor Charles Le Brun, del escultor Nicolas Coustou y de los organistas Louis Vierne y Pierre Cochereau. El arte, camino hacia Dios, y la oraci贸n coral, alabanza de la Iglesia al Creador, ayudaron a Paul Claudel, que asist铆a a las V铆speras del d铆a de Navidad de 1886, a encontrar el camino hacia una experiencia personal de Dios. Es significativo que Dios haya iluminado su alma precisamente durante el canto del Magnificat, en el que la Iglesia escucha el canto de la Virgen Mar铆a, Patrona de estas tierras, que recuerda al mundo que el Todopoderoso ha enaltecido a los humildes (cf. Lc 1,52). Teatro de conversiones menos conocidas, pero no menos reales, c谩tedra donde predicadores del Evangelio, como los Padres Lacordaire, Monsabr茅 y Samson, supieron transmitir la llama de su pasi贸n a los auditorios m谩s variados, la catedral de Notre-Dame permanece con raz贸n como uno de los monumentos m谩s c茅lebres del patrimonio de vuestro pa铆s. Las reliquias del Lignum Crucis y de la corona de espinas, que acabo de venerar, como es costumbre desde San Luis, han encontrado hoy un cofre digno de ellas, que constituye la ofrenda del esp铆ritu humano al Amor creador.

Bajo las b贸vedas de esta hist贸rica catedral, testigo de la constante comunicaci贸n que Dios ha querido entablar entre los hombres y 脡l, la Palabra acaba de resonar bajo estas b贸vedas para ser la materia de nuestro sacrificio vespertino, evidenciado por la ofrenda del incienso que hace visible la alabanza a Dios. Providencialmente, las palabras del salmista describen la emoci贸n de nuestra alma con una precisi贸n que no nos habr铆amos atrevido a imaginar: 鈥溌u茅 alegr铆a cuando me dijeron: 鈥榁amos a la casa del Se帽or鈥�!鈥� (Sal 121,1). Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: el gozo del salmista, contenido en estas palabras del salmo, se expande en nuestros corazones y suscita en ellos un eco profundo. Alegr铆a en ir a la casa del Se帽or, porque, los Padres nos lo han ense帽ado, esta casa no es m谩s que el s铆mbolo concreto de la Jerusal茅n de arriba, la que desciende hacia nosotros (cf. Ap 21,2) para ofrecernos la m谩s bella de las moradas. 鈥淪i moramos en ella 鈥揺scribe San Hilario de Poitiers鈥�, somos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, porque es la casa de Dios鈥� (Tratado sobre los salmos, 121,2). Y San Agust铆n reafirma: 鈥淓ste salmo aspira a la Jerusal茅n celeste. Es uno de los c谩nticos graduales, que no se compusieron para bajar, sino para subir. En nuestro exilio, suspiramos, en la patria gozaremos; pero a veces, durante nuestro exilio, nos encontramos con compa帽eros que han visto la ciudad santa y que nos invitan a correr hacia ella鈥� (Comentario sobre los salmos, 121, 2). Queridos amigos, durante estas v铆speras, nos unimos con el pensamiento y la oraci贸n a las innumerables voces de los que han cantado este salmo, aqu铆 mismo, antes que nosotros, desde hace siglos y siglos. Nos unimos a los peregrinos que sub铆an a Jerusal茅n y las gradas de su templo, nos unimos a los millares de hombres y mujeres que comprendieron que su peregrinaci贸n en la tierra encuentra su meta en el cielo, en la Jerusal茅n eterna, y que confiaron en Cristo como gu铆a. 隆Qu茅 gozo, pues, saber que estamos rodeados por tan gran muchedumbre de testigos!

Nuestra peregrinaci贸n hacia la ciudad santa no ser铆a posible, si no se hiciera como Iglesia, semilla y prefiguraci贸n de la Jerusal茅n de arriba. 鈥淪i el Se帽or no construye la casa, en vano se cansan los alba帽iles鈥� (Sal 126,1). Qui茅n es este Se帽or sino Nuestro Se帽or Jesucristo. Fue 脡l quien fund贸 la Iglesia, quien la ha edificado sobre la roca, sobre la fe del Ap贸stol Pedro. Como dice tambi茅n San Agust铆n: 鈥淓s el Se帽or Jesucristo quien construye su propia casa. Muchos son los que trabajan en la construcci贸n, pero, si 脡l no construye, en vano se cansan los alba帽iles鈥� (Comentarios sobre los salmos, 126,2). Ahora bien, queridos amigos, Agust铆n se plantea la cuesti贸n de saber qui茅nes son los alba帽iles, y 茅l mismo responde: 鈥淭odos los que predican la palabra de Dios en la Iglesia, los dispensadores de los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora鈥�; pero es s贸lo Dios quien, en nosotros, 鈥渆difica, quien exhorta, quien amonesta, quien abre el entendimiento, quien os conduce a las verdades de la fe鈥� (Ibid.). 隆Qu茅 maravilla reviste nuestra actividad al servicio de la divina Palabra! Somos instrumentos del Esp铆ritu; Dios tiene la humildad de pasar a trav茅s de nosotros para sembrar su Palabra. Llegamos a ser su voz despu茅s de haber vuelto el o铆do a su boca. Ponemos su Palabra en nuestros labios para ofrecerla al mundo. La ofrenda de nuestra plegaria le es agradable y le sirve para comunicarse con todos los que nos encontramos. En verdad, como dice Pablo a los Efesios: 鈥溍塴 nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales鈥� (1,3), ya que nos ha escogido para ser sus testigos hasta los confines de la tierra y nos ha elegido antes de nuestra concepci贸n, por un don misterioso de su gracia.

Su Palabra, el Verbo, que desde siempre esta junto a 脡l (cf. Jn 1,1), naci贸 de una mujer, nacido bajo la Ley, 鈥減ara rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibi茅ramos el ser hijos por adopci贸n (Ga 4,4-5). El Hijo de Dios se encarn贸 en el seno de una Mujer, de una Virgen. Vuestra catedral es un himno vivo de piedra y de luz para alabanza de este acto 煤nico de la historia humana: la Palabra eterna de Dios entrando en la historia de los hombres en la plenitud de los tiempos para rescatarlos por la ofrenda de s铆 mismo en el sacrificio de la Cruz. Las liturgias de la tierra, ordenadas todas ellas a la celebraci贸n de un Acto 煤nico de la historia, no alcanzar谩n jam谩s a expresar totalmente su infinita densidad. En efecto, la belleza de los ritos nunca ser谩 lo suficientemente esmerada, lo suficientemente cuidada, elaborada, porque nada es demasiado bello para Dios, que es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no podr谩n ser m谩s que un p谩lido reflejo de la liturgia, que se celebra en la Jerusal茅n de arriba, meta de nuestra peregrinaci贸n en la tierra. Que nuestras celebraciones, sin embargo, se le parezcan lo m谩s posible y la hagan presentir.

Desde ahora, la Palabra de Dios nos ha sido dada para ser el alma de nuestro apostolado, el alma de nuestra vida de sacerdotes. Cada ma帽ana, la Palabra nos despierta. Cada ma帽ana, el Se帽or mismo nos 鈥渆spabila el o铆do鈥� (Is 50,5) para los salmos del Oficio de Lecturas y Laudes. A lo largo de la jornada, la Palabra de Dios se convierte en la materia de la oraci贸n de toda la Iglesia, que desea as铆 dar testimonio de su fidelidad a Cristo. Seg煤n la c茅lebre f贸rmula de San Jer贸nimo, que ser谩 retomada por la XII Asamblea del S铆nodo de los Obispos, en el pr贸ximo mes de octubre: 鈥淚gnorar las Escrituras es ignorar a Cristo鈥� (Pr贸logo del comentario a Isa铆as). Queridos hermanos sacerdotes, no teng谩is miedo de dedicar mucho tiempo a la lectura, a la meditaci贸n de la Escritura y al rezo del Oficio divino. Casi sin saberlo, la Palabra le铆da y meditada en la Iglesia act煤a sobre vosotros y os transforma. Como manifestaci贸n de la Sabidur铆a de Dios, si se transforma en la 鈥渃ompa帽era鈥� de vuestra vida, ser谩 vuestra 鈥渃ompa帽era en la prosperidad鈥�, vuestro 鈥渁livio en las preocupaciones y tristezas鈥� (Sab 8,9).

鈥淟a Palabra de Dios es viva y eficaz; m谩s tajante que espada de doble filo鈥�, como escribe el autor de la Carta a los Hebreos (4,12). A vosotros, queridos seminaristas, que os prepar谩is para recibir el Sacramento del Orden, para participar en el triple oficio de ense帽ar, regir y santificar, esta Palabra se os entrega como un bien precioso. Gracias a ella, medit谩ndola cotidianamente, entr谩is en la vida misma de Cristo que est谩is llamados a proclamar a vuestro alrededor. Con su Palabra, el Se帽or Jes煤s instituy贸 el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre; con su Palabra, cur贸 a los enfermos, expuls贸 a los demonios, perdon贸 los pecados; por su Palabra, revel贸 a los hombres los misterios escondidos del Reino. Est谩is destinados a ser depositarios de esta Palabra eficaz, que hace lo que dice. Conservad siempre el gusto por la Palabra de Dios. Aprended, por su medio, a amar a todos los que encontr茅is en vuestro camino. Nadie sobra en la Iglesia, nadie. Todo el mundo puede y debe encontrar su lugar.

Y vosotros, queridos Di谩conos, colaboradores eficaces de los Obispos y Sacerdotes, continuad amando la Palabra de Dios: proclam谩is el Evangelio en la celebraci贸n eucar铆stica; lo coment谩is en la catequesis a vuestros hermanos y hermanas; ponedlo en el centro de vuestra vida, de vuestro servicio al pr贸jimo, de toda vuestra diacon铆a. Sin buscar sustituir a los presb铆teros, sino ayud谩ndolos con amistad y eficacia, sed testigos vivos del poder infinito de la divina Palabra.

Por un t铆tulo especial, los religiosos, las religiosas y todas las personas consagradas viven de la Sabidur铆a de Dios, expresada en su Palabra. La profesi贸n de los consejos evang茅licos os ha configurado, queridos consagrados, con Aquel que, por nosotros, se hizo pobre, obediente y casto. Vuestra 煤nica riqueza 鈥搇a 煤nica, verdaderamente, que traspasar谩 los siglos y el dintel de la muerte鈥� es la Palabra del Se帽or. 脡l ha dicho: 鈥淓l cielo y la tierra pasar谩n, pero mis palabras no pasar谩n鈥� (Mt 24,35). Vuestra obediencia es, etimol贸gicamente, una escucha, ya que el vocablo 鈥渙bedecer鈥� viene del lat铆n obaudire, que significa tender el o铆do hacia algo o alguien. Obedeciendo, volv茅is vuestra alma hacia Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6) y que os dice, como San Benito ense帽aba a sus monjes: 鈥淓scucha, hijo m铆o, las instrucciones del maestro y prepara el o铆do de tu coraz贸n鈥� (Regla de San Benito, Pr贸logo). En fin, dejaos purificar cada d铆a por Aquel que nos dice: 鈥淎 todo sarmiento que da fruto, [mi Padre] lo poda, para que d茅 m谩s fruto鈥� (Jn 15,2). La pureza de la divina Palabra es el modelo de vuestra propia castidad; garant铆a de fecundidad espiritual.

Con una confianza inquebrantable en el poder de Dios que nos ha salvado 鈥渆n esperanza鈥� (cf. Rom 8,24) y que quiere hacer de nosotros un solo reba帽o bajo el cayado de un solo pastor, Cristo Jes煤s, ruego por la unidad de la Iglesia. Saludo de nuevo con respeto y afecto a los representantes de las Iglesias cristianas y de las comunidades eclesiales, que han venido a rezar fraternalmente V铆speras con nosotros en esta catedral. El poder de la Palabra de Dios es tal que podemos todos tener confianza en 茅l, como siempre lo hizo San Pablo, nuestro intercesor privilegiado en este a帽o. Despidi茅ndose en Mileto de los presb铆teros de la ciudad de 脡feso, no dud贸 en dejarlos en 鈥渕anos de Dios y de su palabra, que es gracia鈥� (Hch 20,32), poni茅ndolos en guardia contra toda forma de divisi贸n. Pido ardientemente al Se帽or que crezca en nosotros el sentido de esta unidad de la Palabra de Dios, signo, prenda y garant铆a de la unidad de la Iglesia: no un amor en la Iglesia sin amor a la Palabra, no una Iglesia sin unidad en torno a Cristo redentor, no frutos de redenci贸n sin amor a Dios y al pr贸jimo, seg煤n los dos mandamientos que resumen toda la Escritura santa.

Queridos hermanos y hermanas, en Notre-Dame, tenemos el m谩s hermoso ejemplo de fidelidad a la Palabra divina. Esta fidelidad lleg贸 hasta tal punto que se realiz贸 en la Encarnaci贸n: 鈥淎qu铆 est谩 la esclava del Se帽or, h谩gase en m铆 seg煤n tu palabra鈥� (Lc 1,38), dijo Mar铆a con una confianza absoluta. Nuestra oraci贸n vespertina va a proclamar el Magnificat de Aquella a la que felicitan todas las generaciones, porque crey贸 en la realizaci贸n de las palabras que le fueron dichas de parte del Se帽or (cf. Lc 1,45); Ella esper贸 contra toda esperanza en la resurrecci贸n de su Hijo; am贸 a la humanidad hasta el punto que se le entreg贸 como su Madre (cf. Jn 19,27). De este modo, 鈥渟e pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios鈥� (Deus caritas est, n. 41). Podemos decirle con serenidad: 鈥淪anta Mar铆a, Madre de Dios, Madre nuestra, ens茅帽anos a creer, esperar y amar contigo. Ind铆canos el camino hacia su reino鈥� (Spe salvi, n. 50). Am茅n.

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