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Rvdo. P. Jürgen Daum, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. «Quien crea en Él, tiene vida eterna»
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Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. «Quien crea en Él, tiene vida eterna»

I. LA PALABRA DE DIOS

Núm 21,4-9: “Miraban la serpiente de bronce y quedaban curados”

En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés:

-“¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo.”

El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas.

Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:

-“Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes.”

Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió:

-“Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla.”

Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Sal 77, 1-2. 34-38: “No olviden las lecciones del Señor”

Flp 2,6-11: “Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo”

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”;
de modo que el nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor,
para la gloria de Dios Padre.

Jn 3,13-17: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

-“Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”

II. APUNTES

En la primera lectura se relata un momento difícil en la marcha del Pueblo de Dios por el desierto del Sinaí. Los israelitas, al encontrarse extenuados del camino, sin agua para beber y cansados ya de comer siempre el mismo “pan sin cuerpo”, se rebelaron contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto?”. Esta rebeldía es considerada un pecado grave contra Dios: “no tenían fe en su Dios ni confiaban en su auxilio” (Sal 77,22).

Fruto de su pecado aquellos israelitas “perecieron víctimas de las serpientes” (1Cor 10,9). ¿Es Dios quien los castigaba con la muerte? ¿Buscaba ser este castigo un correctivo, con el fin de lograr la conversión de su pueblo? ¿O quizás hay que entender que el pueblo atribuye a un castigo divino lo que en realidad es fruto y consecuencia de su propio pecado? «El que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19,4), enseña el sabio inspirado. El pecado trae la muerte sobre uno mismo. ¿No había sido esa la advertencia de Dios desde el inicio: «el día que comieres de él [del fruto prohibido], morirás sin remedio» (Gén 2,17)?

Sea como fuere, ante la mordedura de las serpientes venenosas los israelitas arrepentidos acuden a Moisés para implorarle que interceda ante Dios por ellos. Dios manda a Moisés hacer una serpiente de bronce y colocarla en lo alto de un palo. A quien haya sido mordido por una serpiente, le bastará mirar aquella serpiente de bronce para ser curado y liberado de la muerte.

Mas no es la imagen misma de la serpiente la que le trae la salvación a quien fruto de su pecado ha sido inoculado por el veneno de muerte. El que se volvía a mirar esta “señal de salvación” –como la llama el inspirado autor del libro de la Sabiduría– “se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todos” (Sab 16,6-7). Esta observación sería fundamental, para evitar el culto idolátrico de la imagen, finalmente destruida por la misma razón por el rey Exequias (ver 2Re 18,3-4).

El Evangelio es parte de un diálogo nocturno que Jesús mantiene con Nicodemo, en la ciudad de Jerusalén. Nicodemo era un fariseo, miembro del Sanedrín, que a diferencia de otros colegas suyos no se cerró a lo evidente: “sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él” (Jn 3,2). Por “señales” hay que entender milagros, manifestaciones visibles del poder divino en las obras realizadas por el Señor.

Es la sincera búsqueda de la verdad así como la certeza de que el Señor es un enviado divino lo que lleva a este maestro de la Ley a buscarlo una noche (ver Jn 3,1ss) para hacerle algunas preguntas. Nicodemo es recordado también en los evangelios por defender al Señor Jesús entre los sumos sacerdotes y fariseos (ver Jn 7,45-53), así como por su compañía y aporte de «una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras» (Jn 19,38-39) para la sepultura del Señor.

En el extracto de aquel diálogo nocturno que trae el Evangelio de esta fiesta dice el Señor: “Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre”. Se refiere a sí mismo (ver Jn 6,38.41.51). Él es quien ha “bajado del Cielo”, encarnándose de María Virgen por obra del Espíritu Santo. Siendo Dios “se abajó”, asumiendo plenamente la naturaleza humana (2ª. lectura). Es Él quien asimismo, culminada su misión en la tierra, subirá nuevamente al Cielo por su gloriosa Ascensión (ver Jn 6,62). En el contexto en el que pronuncia estas palabras se entiende que de este modo reivindica para sí un conocimiento único: sólo Él, que viene del Padre porque ha bajado del Cielo y al Cielo subirá nuevamente, conoce los misterios íntimos de Dios, y por lo mismo sólo Él puede revelarlos al hombre (ver Jn 1,18; Mt 11,27).

Pero Él no sólo es fuente de revelación sino también fuente de salvación para el género humano: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”.

El Señor mismo señala aquel episodio de la elevación de la serpiente de bronce por Moisés para la salvación de los mordidos por las serpientes venenosas (1ª. lectura) como una figura de lo que Él realizará plenamente. Aquella serpiente, remedio contra las mordeduras mortíferas, será figura de la Cruz reconciliadora de Cristo. Lo “anunciado” por Dios a través de Moisés se hizo realidad plena y definitiva en la crucifixión de su propio Hijo. Si al mirar aquella serpiente de bronce elevada en un mástil los mordidos se salvaban de la muerte, al mirar a Cristo elevado en un madero quien creyese en Él salvaría de la muerte eterna. De este modo el Señor Jesús llegaría a ser el “Salvador de todos” (Sab 16,7) y su Cruz el “símbolo de salvación” (Sab 16,6) por excelencia.

Las serpientes venenosas recuerdan a la serpiente tentadora del Edén. Seducida por aquella serpiente (ver Gén 3,1-5), enemiga de Dios y de su creación, Eva comió del fruto que le traería la muerte para ella (ver Gén 3,3) y para toda su descendencia, por ser ella la “madre de todos los vivientes” (Gén 3,20). Por su desobediencia rompió con Dios, se quebró interiormente, quebró su recta relación con Adán –a quien también dio de comer del fruto de muerte– y con todo lo creado. Por su desobediencia Adán y Eva introdujeron la muerte y el mal en el mundo. Mas he aquí que ya en la misma escena de la caída Dios anuncia y promete la reconciliación: «Enemistad pondré entre ti [la serpiente, Satanás] y la Mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3,15). Aquella primigenia promesa de reconciliación se realizaría finalmente cuando el Hijo de Santa María sería crucificado en el madero de la Cruz: allí se daría la batalla final, con el triunfo de la obediencia, con el triunfo definitivo sobre la serpiente antigua. Este triunfo ciertamente está inseparablemente ligado a la Resurrección del Señor. La Muerte y Resurrección del Señor, su abajamiento iniciado en la Encarnación y su elevación culminada en la Ascensión, no forman sino un gran proceso dentro de los divinos designios por el cual la criatura humana ha sido rescatada de la muerte para ser elevada nuevamente a la participación de la vida divina.

“Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8,28). La elevación del Señor Jesús en la Cruz es el momento de la manifestación de su divinidad, el momento en que habrán de reconocer que Él verdaderamente es el Hijo de Dios (ver Mt 27,54; Mc 15,39), “el Salvador del mundo” (Jn 4,42). A quien mira a Cristo en la Cruz y por la fe lo reconoce y acepta en su vida como Hijo de Dios y Reconciliador, el Señor le promete la salvación y liberación de la muerte eterna, fruto del pecado, le promete la vida eterna.

La razón de este acto de máximo abajamiento del Señor, en vistas a rescatar a la criatura humana y elevarla mediante la participación en su misma Resurrección y vida divina, se encuentra únicamente en el amor que Dios le tiene “al mundo”, es decir, a todo ser humano. Tan fuerte e incomprensible es este amor que Dios hace lo inimaginable: entrega a su propio Hijo como rescate.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Este Domingo celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Exaltar quiere decir –de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española– “elevar a una persona o cosa a una mayor dignidad o categoría”. Así, por ejemplo, se exalta a los héroes, o a quienes realizan grandes hazañas, etc. ¿Pero, por qué exaltar lo que en su tiempo fue un instrumento de escarnio, de tortura y de ejecución, reservado para castigar a los malhechores? ¿Por qué los católicos celebramos una fiesta para exaltar la Cruz, que para muchos es escándalo y para otros necedad? (ver 1Cor 1,23)

Es normal que en las naciones libres se recuerde y conmemore la batalla crucial que hizo posible su liberación e independencia. La celebración, además de recordar a los héroes que allí obtuvieron la victoria, se asocia naturalmente al lugar en el que la batalla tuvo lugar. Si bien es cierto que en su momento probablemente no era sino un terrible matadero, regado de muertos y heridos, la historia lo recordará como un lugar glorioso, en el que el sacrificio de cientos o miles trajo la libertad de todo un pueblo, de toda una nación. El lugar es exaltado, como son exaltados los héroes que en aquel campo de batalla dieron su vida o triunfaron finalmente.

El lugar en el que Cristo libró la batalla más importante de la humanidad es la Cruz. La Cruz fue el lugar de la redención de toda la humanidad. Allí Dios estaba reconciliando a la humanidad consigo, por la sangre de su Hijo (ver 2Cor 5,18-19; Col 1,19-22). Allí el Reconciliador del mundo nos obtuvo el perdón de nuestros pecados. Allí la descendencia de la Mujer, el Hijo de Santa María, aplastó definitivamente la cabeza de la antigua serpiente (ver Gén 3,15). Su triunfo es nuestro triunfo, su triunfo ha liberado a la humanidad entera del dominio de la muerte, su triunfo abre para todos la esperanza de la vida eterna. ¿No son estas razones suficientes para exaltar la Cruz, aquel leño abrupto convertido en Altar de la Reconciliación, aquel patíbulo maldito transformado en Árbol de la Vida? La Cruz de Cristo, para el cristiano, es símbolo de triunfo, es símbolo de esperanza, es expresión del máximo amor posible, el amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, un amor tan grande que le llevó a entregar a su Único Hijo por nosotros en la Cruz, para nuestra salvación. Por todo ello, la Cruz fue para los creyentes, desde el principio del Cristianismo, un signo de salvación.

La Cruz es demasiado importante para desterrarla de nuestras vidas: nos recuerda quién es Cristo, nos recuerda lo que hizo por nosotros, nos recuerda el inmenso amor que Dios nos tiene, nos recuerda nuestra identidad de cristianos, nos invita a hacer de ella el camino a la gloria, nos invita a “subir a la cruz con Cristo”, a crucificar nuestras malas obras —al hombre viejo— para poder también resucitar con Cristo a una vida nueva, nos invita a abrazarnos a ella en los momentos más difíciles y oscuros de nuestra existencia, nos invita a abrirnos al don de la reconciliación obtenido por Cristo para nosotros, nos compromete a dar testimonio de Cristo con nuestras actitudes, obras y palabras, entre tantas otras cosas de semejante importancia.

No vemos en la Cruz un símbolo de muerte ni de castigo, como algunos creen, sino un símbolo de reconciliación, fuente inagotable de vida y de esperanza. Mirar la Cruz con veneración es mirar más allá de la Cruz, es mirar a Aquél que estuvo clavado en la Cruz por nosotros, es mirar a Cristo con ojos de fe y reconocerlo como el Hijo de Dios, el Salvador y Reconciliador del mundo. Esto se hace más necesario afirmarlo hoy en día, ya que en nuestras sociedades occidentales se ha puesto muy de moda un fenómeno seudo-religioso que proclama que no existe nadie que te salve, que sólo tú te salvarás a ti mismo por tus buenas obras, pagando de ese modo no sé qué “karma” o deudas adquiridas por pecados cometidos en vidas pasadas. Quienes con esas seductoras doctrinas confunden y arrastran a los cristianos niegan que Cristo sea el Hijo de Dios, o que creer en Él sea causa de salvación para el ser humano. Afirman que Cristo era un “gurú”, un gran maestro y hombre santo que enseñaba el camino, pero que de ninguna manera es Él mismo el camino, que de ninguna manera la salvación para el hombre viene por Él, que de ninguna manera es Él el Salvador del mundo, cuando lo que Cristo dijo es algo total y radicalmente opuesto: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).

Frente a semejantes doctrinas quienes veneramos la Cruz hacemos de ella la “señal de salvación” por excelencia, y afirmamos que por ella hemos sido salvados, ciertamente no por la materialidad de la Cruz que veneramos, sino porque en ella Cristo, “Salvador de todos” (Sab 16,6-7), nos ha redimido y rescatado.

Para el creyente la Cruz es tan importante que no temerá llevarla consigo como expresión de su identidad más profunda, como símbolo de su compromiso con Cristo, como un medio para dar testimonio del Señor a los demás, aunque en el mundo en el que vivimos sea cada vez más frecuente experimentar el rechazo e intolerancia por algo tan sencillo como llevar una cruz al pecho como símbolo de compromiso cristiano.

¿Llevo yo una cruz al pecho, o en la solapa del saco, o de algún otro modo visible, como distintivo de nuestra condición de creyentes? Muchos no lo hacen por vergüenza, por temor a llamar la atención o por temor de atraer las burlas de los demás, o quizá hasta por haber sido agredidos o presionados. El 2007 en una escuela secundaria en Inglaterra se amenazó a una alumna de 13 años de edad con la expulsión si insistía en lucir un pequeño crucifijo de plata que como símbolo de su fe llevaba en una cadena colgada de su cuello. Ella reaccionó con firmeza: “Estoy decidida a lucir el crucifijo sin importar las consecuencias, aunque sea suspendida o expulsada”. Un año antes la aerolínea British Airways prohibió a una de sus trabajadoras lucir una cadena con un crucifijo siendo sancionada cuando se negó a quitárselo. “No voy a ocultar mi creencia en Jesús… La cruz es muy importante y la verdad debe ser mostrada. Es importante usarla y expresar mi fe para que las personas sepan que Jesús las ama”. Esa fue su valiente respuesta. Casos como estos son cada vez más frecuentes. Ciertamente hay que estar muy convencidos y ser muy valientes en el mundo de hoy para llevar de modo visible una cruz, aunque sea pequeñita, como símbolo de nuestra fe en el Señor.

Así pues, con ocasión de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz acaso conviene preguntarme: ¿Expreso con una cruz mi pertenencia a Cristo, mi fe en Él como mi Salvador? ¿Tengo yo el símbolo de la cruz en la cabecera de mi cama, en mi cuarto, en mi casa? ¿O he desterrado yo la cruz de mi vista?

¡Qué importante es mantener la tradición de tener un crucifijo siempre a la vista, en casa, en mi cuarto, en la oficina, en mi escritorio, colgada en mi cuello, aunque no sea necesariamente de modo visible. La cruz nos habla mucho y ciertamente no puede convertirse en un adorno más, ¡y menos aún en una especie de amuleto! Su silente mensaje, profundo, intenso, no deja de interpelarnos, no deja de invitarnos a hacer de ella nuestro camino a la gloria, pues, como decía Santa Rosa de Lima, “fuera de la Cruz no hay camino por donde se pueda subir al Cielo.”

He allí la verdadera forma de exaltar la Cruz: no sólo mediante la celebración de una festiva Eucaristía, no sólo mediante la veneración de una cruz en sus múltiples y populares maneras, sino sobre todo en la propia vida, haciendo de la Cruz nuestro camino de conformación con Cristo, de acuerdo a lo que Él mismo nos ha dicho: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «Así como en otro tiempo quedaban curados del veneno y de la muerte todos los que veían la serpiente levantada en el desierto, así ahora el que se conforma con el modelo de la muerte de Jesucristo por medio de la fe y del Bautismo, se libra también del pecado por la justificación, y de la muerte por la Resurrección».

San Buenaventura: «Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la Cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos. Para que del costado de Cristo dormido en la Cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna».

San Andrés de Creta: «Por la Cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la Cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la Cruz. Quien posee la Cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.

»Porque, sin la Cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la Cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la Cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

»Por esto, la Cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la Cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la Cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la Cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.

»La Cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante, del que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la Cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la Cruz.

»También nos enseña Cristo que la Cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la Cruz es la gloria y exaltación de Cristo.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Cristo, el que “bajó del Cielo”

461: Volviendo a tomar la frase de S. Juan («El Verbo se encarnó: Jn 1, 14), la Iglesia llama «Encarnación» al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz (Flp 2,5-8).

463: La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios» (1Jn 4,2). Ésa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta «el gran misterio de la piedad»: «Él ha sido manifestado en la carne» (1Tim 3,16).

Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre

464: El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

469: La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:

«Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit» («Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo no era»), canta la liturgia romana. Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: «¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la Santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la Cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos!».

En la Cruz, Jesús consuma su sacrificio

616: El «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Cor 5,14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

617: «Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justificationem meruit» («Por su sacratísima pasión en el madero de la Cruz nos mereció la justificación»), enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Heb 5,9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «O crux, ave, spes unica» («Salve, oh Cruz, única esperanza»).

Mirarán al que traspasaron

1432: El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo. La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lam 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

Jesús en la Cruz, retenido en el madero por punzantes clavos, nos recuerda que Él siempre está con nosotros. Nos recuerda que el incoado sacrificio de la Cruz se prolonga a través de la historia, que Jesús muere incruentamente en cada Misa que se viene celebrando en el mundo desde hace dos mil años; es una prolongación sacramental del Calvario.

Esa magnitud del sacrificio reconciliador, al tiempo de mostrarnos lo inmenso de nuestros pecados, nos enseña también una dinámica muy clara. Quien no se sumerge libremente en el dinamismo kenótico —es decir de abajamiento hasta la muerte— no tendrá parte en el dinamismo ascensional —es decir la fuerza de la resurrección que nos lleva a los nuevos cielos y a la tierra nueva—. ¡No hay cristianismo sin cruz! Y no sólo me refiero a los esfuerzos y trabajos de servicio a los hermanos, que en alguna ocasión pueden ser cruces, u otras circunstancias de mortificación, sino principalmente a la muerte del hombre viejo, tarea fundamental del hijo de la Iglesia que quiere alcanzar la vida plena en Jesús.

Y morir duele; morir asusta; no sólo la muerte con la cual se termina el peregrinar en esta vida; sino todas las muertes, todas las renuncias, todos los descubrimientos que lo que nos gusta está mal, que lo que nos resulta cómodo está mal, que aquello que da placer está mal. Cabe precisar que no todo lo que da gusto, es cómodo o da placer es malo, pero no pocas cosas sí que lo son. A estas últimas me refiero.

Duele también el morir a la ley de la mezquindad para vivir en la magnanimidad. Es decir duele morir al cristianismo de mínimos, al cristianismo de legalidades: “hasta aquí está permitido”: lo puedo hacer. Un milímetro más allá, ya no... Es la ley de los que andan “al filo de la navaja”, buscando rehuir la entrega y aspirando a ver cuanto pueden salirse con la suya sin caer definitivamente.

La Cruz con el Crucificado nos recuerda la magnitud de su amor y el horizonte de nuestra respuesta. La Cruz sola nos recuerda el camino. San Agustín decía con bello simbolismo que en un mar tempestuoso, como muchas veces es nuestra propia vida, sólo aferrándonos al madero podremos salvarnos, solo aferrándonos con todas nuestras fuerzas a la Cruz, podremos alcanzar la plenitud y realización definitiva. Hay que interiorizar el dinamismo cruciforme de la existencia, y hay que aprender a llevar la cruz en el corazón, no como una imposición o un signo de tortura, sino como señal de reconciliación.

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