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S.S. León XIII, Carta encíclica Iucunda semper
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Carta encíclica Iucunda semper

Del Santo Padre León XIII
sobre la devoción al Santísimo Rosario

I. La eficacia del Santo Rosario

Con la gozosa expectaci√≥n y alentadora esperanza de siempre vemos volver el mes de Octubre, en que, consagrado por Nuestra exhortaci√≥n y mandato a la Bienaventurada Virgen Mar√≠a, florece desde hace no pocos a√Īos en todo el mundo cat√≥lico la un√°nime y ferviente devoci√≥n del Rosario. Hemos explicado muchas veces el motivo de Nuestras exhortaciones.

Como los calamitosos tiempos porque atraviesa la Iglesia y la sociedad civil reclamaban con urgencia el socorro inmediatísimo de Dios, hemos pensado que era preciso implorar ese socorro por la intercesión de su Madre y que debía conseguirse principalmente de aquella manera cuya eficacia el pueblo cristiano siempre estimó saludabilísima.

Frutos de la devoción

Experiment√≥la, en efecto, desde el mismo origen del Rosario mariano, ya en la defensa de la fe contra los criminales ataques de los herejes, ya en el justo elogio de las virtudes, el cual habr√° de volver a entonarse y refirmarse en medio de un siglo de corrompidos ejemplos; y la experiment√≥ en privado y en p√ļblico por la serie de beneficios cuyo preclaro recuerdo est√° consagrado por doquiera tambi√©n en instituciones y monumentos. Del mismo modo, en nuestra √©poca, agobiada por los m√ļltiples peligros del mundo, nos regocijamos conmemorando los frutos que de el proven√≠an. Sin embargo, Venerables Hermanos, paseando la mirada en torno vuestro, ver√©is que esos motivos subsisten y en parte se han agravado, por lo cual, en este a√Īo, ha de volver a estimularse en vuestros reba√Īos el fervor de las s√ļplicas a la Reina del cielo.

II. El fruto obtenido, motivo del deseo de un mayor progreso

A√Ī√°dase a esto que, al fijar Nuestro pensamiento en la √≠ntima naturaleza del Rosario, cuanto m√°s gloriosas se Nos presenten su grandeza y utilidades tanto m√°s se acucian el deseo y la esperanza de que Nuestra recomendaci√≥n tenga tanta fuerza que el amor a esta sant√≠sima oraci√≥n produzca progresos aun m√°s grandes, al aumentarse su conocimiento en los corazones y al difundirse esa pr√°ctica.

Para ello no queremos repetir las consideraciones de √≠ndole varia que en a√Īos precedentes expusimos sobre el tema; m√°s bien conviene explicar y ense√Īar por qu√© sublime disposici√≥n divina sucede, que, gracias al Rosario, primero influya de un modo suav√≠simo en los √°nimos de los que ruegan la confianza de ser escuchados, y segundo la maternal misericordia de la Virgen Sant√≠sima para con los hombres, responda con suma benignidad a ese ruego.

III. María Medianera de la divina gracia

El hecho que busquemos, mediante nuestras oraciones, el auxilio de Mar√≠a se basa, ciertamente, en el oficio, que Ella constantemente desempe√Īa cerca de Dios, de obtenernos la gracia divina, por ser Mar√≠a en sumo grado acepta a Dios a ra√≠z de su dignidad y m√©ritos y por aventajar por mucho el poder de todos los santos. Este oficio, empero, no est√°, quiz√°s, tan manifiestamente expresado en ning√ļn modo de oraci√≥n como en el Rosario en que la participaci√≥n que tuvo la Sant√≠sima Virgen en la obtenci√≥n de la salvaci√≥n, est√° explicado casi con efectos tangibles, lo cual redunda en eximia ventaja para la piedad, ya contemplando los sucesivos misterios, ya repitiendo con labios piadosos las preces.

IV. Los misterios gozosos

Primero vienen los misterios gozosos. El Hijo Eterno de Dios se inclina hacia la humanidad, haci√©ndose hombre, consintiendo, empero, Mar√≠a y concibiendo del Esp√≠ritu Santo1. Luego, Juan, por una gracia insigne, se santifica en el seno de su madre, favorecido con escogidos dones para preparar los caminos del Se√Īor2; todo ello, empero, gracias a la salutaci√≥n de Mar√≠a que por divina inspiraci√≥n visita a su prima. Finalmente, Cristo, el Esperado de las Naciones3 viene al mundo y nace de Mar√≠a; los pastores y los magos, primicias de la fe, apresur√°ndose piadosamente para llegar al pesebre, encuentran all√≠ al Ni√Īo con Mar√≠a, su madre4. Jes√ļs para ofrecerse a Dios como v√≠ctima en una ceremonia p√ļblica, quiere ser llevado al Templo, por el ministerio de Mar√≠a a fin de ser all√≠ presentado al Se√Īor5. La misma Virgen en la misteriosa p√©rdida del Ni√Īo, busc√°ndolo con sol√≠cita inquietud, lo encuentra con inmensa alegr√≠a.

V. Los misterios dolorosos

Ni de otro modo nos hablan los misterios dolorosos. En el jard√≠n de Getseman√≠, donde Jes√ļs se aflige y se entristece hasta la muerte; y en el Pretorio, donde es azotado, coronado de espinas, condenado a muerte, Mar√≠a est√°, ciertamente, ausente, pero, mucho tiempo ha, que conoce todo ello y lo medita, porque al ofrecerse a Dios como sierva para ser su madre, y al consagrarse enteramente a √Čl en el Templo con su Hijo, ya se asoci√≥, en ambos actos, a ese Hijo en la laboriosa expiaci√≥n del g√©nero humano; y por esto, no es dudoso que se haya condolido √≠ntimamente con √Čl en sus acerb√≠simas angustias y tormentos.

Por lo dem√°s, en presencia y a la vista de Mar√≠a hab√≠a de consumarse el Divino Sacrificio para el cual hab√≠a alimentado la v√≠ctima de s√≠ mismo, lo cual en el √ļltimo y m√°s enternecedor de los misterios se nombra, diciendo: junto a la Cruz de Jes√ļs, estaba Mar√≠a su madre6, la que, movida de inmenso amor hacia nosotros para acogernos como hijos, ofreci√≥ voluntariamente el suyo a la justicia divina, muriendo en su coraz√≥n con √Čl, traspasada por una espada de dolor.

VI. Los misterios gloriosos

Finalmente, en los misterios gloriosos que siguen, se confirma m√°s el mismo oficio misericordioso de la Sant√≠sima Virgen, por los mismos hechos. Goza en silencio la gloria de su Hijo, que triunfa de la muerte; al que sube a su trono celestial le sigue con el afecto de madre; mereciendo el cielo, se halla retenida en la tierra, la mejor consoladora y maestra de la naciente Iglesia, penetrando en los insondables abismos de la divina sabidur√≠a, m√°s all√° de cuanto pudiera creerse7. Mas como el sagrado misterio de la redenci√≥n no se hab√≠a de cumplir antes que viniera el Esp√≠ritu Santo, prometido por Cristo, hallamos por eso a la Virgen en el memorable Cen√°culo donde, orando, en uni√≥n con los Ap√≥stoles y por ellos, con inefables gemidos va madurando para la Iglesia la gloria del mismo Consolador, don supremo de Cristo, tesoro que jam√°s hab√≠a de faltar ya. Ella trasladada al cielo corona y perpet√ļa su misi√≥n pidiendo por nosotros, la contemplamos subiendo del valle de l√°grimas a la ciudad santa de Jerusal√©n, rodeada de coros de √°ngeles; la honramos, exaltada en la gloria de los Santos, coronada por su Hijo divino con la diadema de estrellas y sentada cerca de √Čl, Reina y Se√Īora de los Universos.

Todas estas cosas, Venerables Hermanos, en que se manifiesta el designio de Dios, designio de sabiduría, designio de piedad8 y en que brillan al mismo tiempo los grandísimos beneficios de la Virgen Madre en favor nuestro, no pueden menos de causar en todos una honda alegría, inspirándoles la firme confianza de que, por la mediación de María, se obtendrá la divina clemencia y misericordia.

VII. Oración vocal

La oraci√≥n vocal que est√° en apropiada consonancia con los misterios, obra en el mismo sentido. Precede, como es justo, la oraci√≥n dominical, dirigida al Padre celestial; despu√©s de haberle invocado con eximias peticiones, la voz suplicante se vuelve del trono de su Majestad a Mar√≠a, Pues, no hay otra ley que la llamada ley de reconciliaci√≥n y de petici√≥n que San Bernardino de Sena ha formulado en esta sentencia: "Toda gracia que se comunica a este mundo llega por tres pasos: es decir de Dios a Cristo, de Cristo a la Virgen y de la Virgen a nosotros; as√≠ se dispensa la gracia con toda regularidad" 9; de √©stos, que son, ciertamente, de diversa naturaleza, aquel grado en que solemos reposar m√°s larga y gustosamente, es el √ļltimo, mediante el Rosario, en que la salutaci√≥n ang√©lica se recita por decenas, como si, de este modo, subi√©ramos m√°s confiadamente a los otros grados, es decir, por Cristo a Dios.

VIII. El por qué de las repeticiones

Elevamos tantas veces la misma salutaci√≥n a Mar√≠a para que nuestra oraci√≥n imperfecta y d√©bil sea sostenida por la necesaria confianza, suplicando a Mar√≠a que ruegue a Dios por nosotros, como en nuestro nombre. Pues, a nuestras plegarias se a√Īade una mayor gracia y eficacia cuando se recomiendan por las s√ļplicas de la Virgen Sant√≠sima, a quien dirige de continuo el soberano Se√Īor aquella tierna invitaci√≥n del libro de los Cantares: "Suene tu voz perpetuamente en mi o√≠do; porque es dulce el sonido de tu voz"10.

Por esto, vuelven tantas veces, enunciados por nosotros, los que son para Ella t√≠tulos gloriosos para suplicar. Saludamos a la que ha encontrado gracia delante de Dios, y especialmente, la que la sido llena de gracia, cuya sobreabundancia se derrama sobre todos; a aquella con quien el Se√Īor est√° unido en la uni√≥n m√°s intima que pueda darse; a la bendita entre todas las mujeres que sola soport√≥ la maldici√≥n y trajo la bendici√≥n11, aquel fruto dichoso de sus entra√Īas, en quien ser√°n bendecidas todas las naciones. La invocamos, por √ļltimo, como a Madre de Dios, y amparada con esta sublime dignidad, ¬Ņqu√© no podr√° alcanzar ella para nosotros, pobres pecadores?, y ¬Ņqu√© no podremos esperar nosotros de sus ruegos en toda la vida y en la √ļltima agon√≠a de nuestro esp√≠ritu?

IX. Fuente de confianza y de impetración

Imposible es que el hombre que con fe y fervor se dedique a estas oraciones y misterios, no se sienta arrebatado en admiración, contemplando los designios de Dios, realizados en la Santísima Virgen para la salvación de todos los pueblos; imposible que no se regocije en pronta confianza de que sea recibido en su protección y regazo maternal, repitiendo las palabras de San Bernardo: ¡Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno de cuantos han acudido a vuestra protección, implorado vuestro socorro y pedido vuestros auxilios haya sido des oído ni abandonado!

La misma virtud que el Rosario posee para persuadir a la confianza de ser escuchados a los que rezan, la tiene tambi√©n para mover a la misericordia al coraz√≥n de Mar√≠a. Le causa, sin duda, una gran alegr√≠a el vernos y o√≠rnos cuando, seg√ļn corresponde, vamos tejiendo la corona de las honrosas peticiones y de las m√°s bellas alabanzas. Pues, cuando, rezando de esta manera, damos a Dios la debida gloria y la anhelamos para √Čl; cuando buscamos √ļnicamente el cumplimiento de su deseo y voluntad; cuando exaltamos su bondad y munificencia, d√°ndole el nombre de Padre e implorando en nuestra indignidad, los m√°s preciosos dones, entonces Mar√≠a se complace sobremanera en ello, y, verdaderamente, glorifica al Se√Īor mediante nuestra piedad. Pues, al recitar la oraci√≥n dominical rezamos una oraci√≥n digna.

X. La oración dominical

A las peticiones que en ella formulamos, de suyo tan rectas y bien ordenadas como conformes a la fe, esperanza y caridad cristianas, viene a juntarse el peso de cierta recomendaci√≥n que es grat√≠sima a la Sant√≠sima Virgen, por cuanto a nuestra voz parece asociarse la voz de Jes√ļs su Hijo, quien, siendo su autor, entreg√≥ esa oraci√≥n a sus disc√≠pulos en t√©rminos precisos, prescribiendo su rezo al decir: As√≠ hab√©is de rezar12. Cuando, pues, obedecemos a tal prescripci√≥n, en la devoci√≥n del Rosario, Mar√≠a se hallar√°, sin duda, m√°s inclinada a ejercer su misi√≥n, llena de amor y solicitud, y aceptar√° ben√©vola esta m√≠stica guirnalda, recompens√°ndonos con abundancia de dones.

XI. Escuela de oración

Por eso, una no despreciable razón de poder esperar su liberalísima bondad se halla en el mismo método del Rosario, tan apto para rezar bien; porque muchos y variados intereses suelen apartar de Dios al que reza y frustrar su sincero propósito, pagando así el tributo a la fragilidad humana. Pero quien pondere esto debidamente, comprenderá en el acto cuánta eficacia se encierra en el Rosario para despertar, por un lado, la acción del espíritu y para expulsar la desidia del corazón; por otro lado, para excitarnos a saludable dolor sobre los pecados cometidos y elevar nuestro espíritu hacia las cosas celestiales; puesto que el Santo rosario como todos bien saben, consta de dos partes, distintas entre sí y, a la vez unidas: de la meditación de sus misterios y de la oración vocal.

XII. Frutos de la meditación de los más grandes misterios de la fe

Por esta raz√≥n, este m√©todo de rezar pide la especial atenci√≥n del hombre por cuanto no s√≥lo dirige de alg√ļn modo a Dios al esp√≠ritu humano sino que ocupa en tal forma de lo que considera y medita que lograr√° tambi√©n ense√Īanza para la enmienda de la vida y alimento para toda clase de piedad, dado que no hay nada m√°s grande ni admirable que aquellas verdades en torno de las cuales gira la esencia de la fe cristiana y de cuya luz y fuerza surgieron la verdad, la justicia y la paz, las cuales crearon un nuevo orden de cosas en la tierra, produciendo los m√°s gozosos resultados.

Con esto dice también relación la forma en que estos puntos importantísimos se presentan a los devotos del Rosario; es decir, de tal forma que se adapten convenientemente a las inteligencias aun de los menos instruidos por cuanto el rezo está dispuesto de tal modo que casi no se proponen a consideración las verdades principales de la fe y doctrina sino que, más bien se presentan como si los hechos aconteciesen y se repitiesen a la vista del que reza, porque cuando se ofrecen casi con las mismas circunstancias de lugar, tiempo y personas con que sucedieron un día, impresionan mucho más los corazones y los mueven a recoger mayor fruto. Mas como, ordinariamente, penetraron y se imprimieron en, alma desde la más tierna infancia, resulta que, apenas enunciados los misterios, aquel que realmente se preocupa de la oración, los recorra, sin esfuerzo alguno de imaginación, con fácil pensamiento y corazón, y, con la bendición de María, se impregna del rocío de la gracia celestial.

XIII. Los recuerdos de los misterios agradarán a María y la dispondrán a la benevolencia

Hay, además, otra ventaja que vuelve más agradables a esas coronas y las hace más dignas de recompensa. Pues, cuando piadosamente recitamos el triple orden de misterios, testimoniamos más vivamente nuestro sentimiento de gratitud hacia Ella, porque así declaramos que nunca nos cansamos del recuerdo de aquellos beneficios con que Ella, para contribuir a nuestra salvación, se ha abrazado con insaciable amor.

Apenas podemos imaginarnos en nuestra mente con qu√© nuevo gozo y alegr√≠a se llene su alma bienaventurada, cuando frecuente y fervorosamente celebramos ante sus ojos la memoria de tantos y tan grandes misterios. Por otra parte, estos mismos recuerdos comunican a nuestras s√ļplicas un m√°s vehemente ardor y le dan una mayor fuerza impetratoria, de tal modo que cuantas veces se repita cada uno de los misterios tantas razones de ser o√≠dos se presentan, lo cual tendr√°, indubitablemente, un gran influjo sobre el coraz√≥n de la Virgen. Pues, a vuestro amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no abandones a los desgraciados hijos de Eva. Os imploramos, reconciliadora de nuestra salud, tan poderosa como clemente, y os suplicamos fervorosamente por las dulzuras de las alegr√≠as que os vienen de vuestro Hijo Jes√ļs, por vuestra uni√≥n con sus indecibles dolores y por el esplendor de su gloria. Pese a nuestra indignidad, ¬°o√≠dnos benignamente y atendednos!

XIV. Las bendiciones del Rosario para las aflicciones actuales

La excelencia del Rosario mariano, considerado desde el doble punto de vista que acabamos de exponer, os hará comprender más claramente, Venerables Hermanos, por qué Nuestra solicitud no cesa de recomendar y de hacer progresar su práctica. El siglo en que vivimos necesita, día a día, como Nos ya lo hemos advertido al empezar, de los favores del cielo, principalmente, porque por doquiera hay muchas cosas que afligen a la Iglesia lesionando sus derechos y su libertad, y muchas, que destruyen radicalmente la prosperidad y la paz de los Estados.

Pues bien, repetimos, afirmamos y proclamamos que tenemos cifradas Nuestras mejores esperanzas en merecer por el rezo del Rosario los auxilios que necesitamos. ¬°Quiera Dios que, en todas partes, se restablezca, seg√ļn Nuestros deseos, el pr√≠stino honor de esta sagrada devoci√≥n! ¬°Que en las ciudades y aldeas, en las familias y talleres, entre los nobles y modestos se ame entra√Īablemente y se practique, como preclaro santo y se√Īa de la fe cristiana y √≥ptima protecci√≥n para el otorgamiento de la divina clemencia.

XV. Nuevo Motivo: Las afrentas hechas a la Virgen

En esto debemos insistir todos, cada d√≠a con mayor urgencia, porque la fren√©tica perversidad de los imp√≠os no omite intriga alguna ni perdona audacia para irritar la c√≥lera de Dios y hacer caer el peso de su justa ira sobre la Patria. Pues, entre todas las dem√°s causas, existe √©sta, -deplorada por Nos y con Nos por todos los buenos-, que en el seno de los pueblos cristianos hay demasiados hombres que se recrean en las afrentas con que, de cualquier modo, se insulta la Religi√≥n; son los mismos que, amparados por cierta incre√≠ble licencia de publicar cualquier cosa, parecen empe√Īados en exponer al rid√≠culo y al desprecio de la multitud las cosas m√°s sagradas y la confianza en la protecci√≥n de la Virgen; justificada por la experiencia.

XVI. La profanación del nombre del Salvador

En estos √ļltimos meses no se ha perdonado siquiera a la august√≠sima Persona de Jesucristo, Salvador Nuestro. No ha habido la menor verg√ľenza en llevarla a escenas escabrosas del teatro, √©ste no pocas veces contaminado por obscenidades y en representarla despojada de la majestad propia a su divina naturaleza, quitada la cual ya no hay necesidad de negar la redenci√≥n misma del g√©nero humano. No se han avergonzado de intentar arrancar de su eterna infamia a aquel hombre que es reo del crimen y de la perfidia muy aborrecible por su suprema monstruosidad, la mayor de que haya memoria entre los hombres, al traidor de Cristo.

A raíz de lo que se ha perpetrado o se intenta perpetrar a través de las ciudades de Italia, se ha desatado una ola de general indignación, deplorándose amargamente que se haya violado el sacratísimo derecho de la Religión, violado y conculcado precisamente en aquel pueblo cuyos habitantes principalmente y con razón se glorían de su nombre católico. La vigilante solicitud de los Obispos, como era su deber, se enardeció entonces, dirigiendo sus protestas justísimas a quienes incumbe el sagrado deber de proteger la dignidad de la Patria y de la Religión. No sólo advirtieron a su grey de la gravedad del peligro sino que también la exhortaron a reparar con especiales solemnidades religiosas la nefanda injuria hecha al amantísimo Autor de nuestra salvación.

XVII. Renovada protesta por estos sacrilegios

Nos, ciertamente, aprobamos íntegramente el fervor de los buenos, gloriosamente manifestado de muchas: maneras lo cual contribuyó a suavizar el dolor que sentíamos por ello en lo más íntimo del corazón. En esta oportunidad en que os dirigimos la palabra, ya no podemos sujetar la voz de Nuestro supremo cargo, y, con las protestas de los Obispos y fieles, Nos unimos Nuestras más enérgicas protestas.

Por virtud de este mismo sentimiento que Nos mueve a quejarnos del atentado sacrílego y de execrarlo, Nos exhortamos vivamente a las Naciones cristianas, y en particular a la Italiana, a que guarden incólume la Religión de sus padres que es su herencia más preciosa, que la defiendan con decisión y no cesen de propagarla con la honestidad de sus costumbres y su gran piedad.

XVIII. Celebración fervorosa del mes de Octubre

Por eso, Nos deseamos que por esta raz√≥n tambi√©n, se empe√Īen a porf√≠a, en el mes de Octubre, los fieles y las cofrad√≠as, mostrando un fervor constante para honrar a la Augusta Madre de Dios, poderosa protectora de la sociedad cristiana y glorios√≠sima Reina del Cielo. Nos, con todo coraz√≥n confirmamos las mercedes de las sagradas indulgencias que, a este efecto, hemos concedido en a√Īos anteriores.

El Dios, empero, Venerables Hermanos, que nos hab√≠a reservado con toda su misericordiosa providencia al medianera13, y que ha querido que todo lo recibamos por Mar√≠a14 se digne por medio de su intercesi√≥n y gracia atender Nuestros ruegos comunes y colmar Nuestras esperanzas. Para ayudar a su realizaci√≥n, Nos os impartimos de todo coraz√≥n la Bendici√≥n Apost√≥lica a vosotros, al Clero y al reba√Īo confiado a cada uno de vosotros.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 8 de Septiembre de 1894, en el decimoséptimo de Nuestro Pontificado.

LE√ďN PAPA XIII


1

Lc. 1, 35.

2

Lc. 1, 76; Mc. 1, 2.

3

Ageo. 2, 8.

4

Lc. 2, 16.

5

Lc. 2, 22.

6

Jn 19, 25.

7

San Bernardo, De prerrogativ. B.M.V. n. 3.

8

San Bernardo, Serm In Nativ. B.M.V. n. 6.

9

S. Bernardino, Serm. VI in festis B.M.V. de Annunc., a. 1. c. 2.

10

Canto 2, 14.

11

S. Thomas, op. VIII super salut. angel. n. 8.

12

Mt. 6, 9.

13

S. Bernardino, De las 12 Prerrog. BMV n. 2

14

S. Bernardino, Serm. in Nativ. BMV n. 7
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