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S.S. León XIII, Carta encíclica Inescrutabili Dei Consilio
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Carta encíclica Inescrutabili Dei Consilio

Del Santo Padre León XIII
sobre los problemas que ata√Īen a la Iglesia y a la fe

Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica

1. Introducción

Elevados, aunque sin merecerlo, por inescrutables designios de Dios, a la cumbre de la dignidad Apostólica, al momento sentimos vehemente deseo y necesidad de dirigiros Nuestras palabras, no sólo para manifestaros los sentimientos de nuestro amor íntimo, sino para alentaros también a vosotros, que sois los llamados a compartir con Nos Nuestra solicitud, a sostener juntamente con Nosotros la lucha de Nuestros tiempos en defensa de la Iglesia de Dios y la salvación de las almas, cumpliendo en esto el encargo que Dios nos ha confiado.

Pues, desde los primero d√≠as de Nuestro Pontificado se Nos presenta a la vista el triste espect√°culo de los males que por todas partes afligen al g√©nero humano: esta tan generalmente difundida subversi√≥n de las supremas verdades, en las cuales, como en sus fundamentos, se sostiene el orden social; esta arrogancia de los ingenios, que rechaza toda potestad leg√≠tima; esta perpetua causa de discordias de donde nacen intestinos conflictos y guerras crueles y sangrientas; el desprecio de las leyes que rigen las costumbres y defienden la justicia; la insaciable codicia de bienes caducos y el olvido de los eternos, llevada hasta el loco furor con el que se ve a cada paso a tantos infelices que no temen quitarse la vida; la poca meditada administraci√≥n, la prodigalidad, la malversaci√≥n del los fondos p√ļblicos, as√≠ como la imprudencia de aquellos que, cuanto m√°s se equivocan tanto m√°s trabajan por aparecer defensores de la patria, de la libertad y de todo derecho; esa especie, en fin, de peste mort√≠fera, que llega hasta lo √≠ntimo de los miembros de la sociedad humana, y que no la deja descansar, anunci√°ndole a su vez nuevos acontecimientos y calamitosos sucesos.

2. La autoridad de la Iglesia despreciada

Nos, empero, estamos persuadidos de que estos males tienen su causa principal en el desprecio y olvido de aquélla santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que preside al género humano en nombre de Dios, y que es la garantía y apoyo de toda autoridad legítima.

Esto lo han comprendido perfectamente los enemigos del orden p√ļblico, y por eso han pensado que nada era m√°s propicio para minar los fundamentos sociales, que el dirigir tenazmente sus agresiones contra la Iglesia de Dios; hacerla odiosa y aborrecible por medio de vergonzosas calumnias, represent√°ndola como enemiga de la civilizaci√≥n; debilitar su fuerza y su autoridad con heridas siempre nuevas, destruir el supremo poder del Pont√≠fice Romano, que es en la tierra el guardi√°n y defensor de las normas inmutables de lo bueno y de lo justo. De ah√≠ es, ciertamente, de donde han salido esas leyes que quebrantan la divina constituci√≥n de la Iglesia cat√≥lica, cuya promulgaci√≥n tenemos que deplorar en la mayor parte de los pa√≠ses; de ah√≠, el desprecio del poder episcopal; las trabas puestas al ejercicio del ministerio eclesi√°stico, la dispersi√≥n de las √ďrdenes religiosas y la venta en subasta de los bienes que serv√≠an para mantener a los ministros de la Iglesia y a los pobres; de ah√≠ tambi√©n, el que las instituciones p√ļblicas, consagradas a la caridad y a la beneficencia, se hayan sustra√≠do a la saludable direcci√≥n de la Iglesia; de ah√≠, en fin, esa libertad desenfrenada de ense√Īar y publicar todo lo malo, cuando por el contrario se viola y oprime de todas maneas el derecho de la Iglesia de instruir y educar la juventud. Ni tiene otra mira la ocupaci√≥n del Principado civil, que la Divina Providencia ha concedido hace largos siglos al Pont√≠fice Romano, para que √©l pueda usar libremente y sin trabas, para la eterna salvaci√≥n de los pueblos, de la potestad que le confiri√≥ Jesucristo.

No hemos hecho menci√≥n de todos estos quebrantos, Venerables Hermanos, no para aumentar la tristeza que esta desgraciad√≠sima situaci√≥n infunde en vuestros √°nimos, sino porque comprendemos que por ella hab√©is de conocer perfectamente la gravedad que han alcanzado las cosas que deben ser objeto de Nuestro ministerio y de Nuestro celo, y con cuanto empe√Īo debemos dedicarnos a defender y amparar con todas Nuestras fuerzas a la Iglesia de Cristo y a la dignidad de esta Sede Apost√≥lica atacada especialmente en los actuales y calamitosos tiempos con tantas calumnias.

3. La Iglesia y los principios eternos de verdad y de justicia

Es bien claro y manifiesto, Venerables Hermanos, que la causa de la civilizaci√≥n carece de fundamentos s√≥lidos, si no se apoya sobre los principios eternos de la verdad y sobre las leyes inmutables del Derecho y de la justicia y si un amor sincero no une estrechamente las voluntades de los hombres, y no arregla suavemente el orden y la naturaleza de sus deberes rec√≠procos. ¬ŅQui√©n es empero, el que se atreve ya a negar que es la Iglesia la que habiendo difundido el Evangelio entre las naciones, ha hecho brillar la luz de la verdad en medio de los pueblos salvajes, imbuidos de supersticiones vergonzosas, y la que les ha conducido al conocimiento del Divino Autor de todas las cosas y a reflexionar sobre s√≠ mismos; la que habiendo hecho desaparecer la calamidad de la esclavitud, ha vuelto a los hombres a la originaria dignidad de su nobil√≠sima naturaleza; la que, habiendo desplegado en todas partes el estandarte de la Redenci√≥n, despu√©s de haber introducido y protegido las ciencias y las artes, y fundado, poni√©ndolos bajo su amparo, institutos de caridad destinados al alivio de todas las miserias, se ha cuidado de la cultura del g√©nero humano en la sociedad y en la familia, las ha sacado de su miseria, y las ha formado con esmero para un g√©nero de vida conforme a las dignidad y a los destinos de su naturaleza? Y si alguno de recta intenci√≥n, compara esta misma √©poca en que vivimos, tan hostil a la Religi√≥n y a la Iglesia de Jesucristo, con aquellos afortunad√≠simos tiempos en los que la Iglesia era respetada como madre, se quedar√° convencido de que esta √©poca, llena de perturbaci√≥n y ruinas, corre en derechura al precipicio; y que al contrario, los tiempos en que m√°s han florecido las mejores instituciones, la tranquilidad y la riqueza y prosperidad p√ļblicas, han sido aquellos m√°s sumisos al gobierno de la Iglesia, y en el que mejor se han observado sus leyes. Y si es una verdad que los much√≠simos beneficios que Nos acabamos de recordar, y que proceden del ministerio y ben√©fico influjo de la Iglesia, son obras gloriosas de verdadera civilizaci√≥n, lo es a su vez que ten lejos est√° la Iglesia de aborrecerla y rechazarla, que m√°s bien cree se le debe alabanza por haber hecho con ella los oficios de maestra, nodriza y madre.

4. El verdadero progreso aproxima la humanidad a Dios

Antes bien, esa civilizaci√≥n que choca de frente con las santas doctrinas y las leyes de la Iglesia, no es sino una falsa civilizaci√≥n, y debe consider√°rsela como un nombre vano y vac√≠o. Y prueba de esto bien manifiesta son los pueblos que no han visto brillar la luz del Evangelio; y en los que se han podido notar a veces falsas apariencias de civilizaci√≥n; mas ninguno de sus s√≥lidos y verdaderos bienes ha podido arraigarse ni florecer en ellos. En manera alguna, pues, puede considerarse como un progreso de la vida civil, aquel que desprecia osadamente todo poder leg√≠timo; ni puede llamarse libertad, la que torpe y miserablemente cunde por la propaganda desenfrenada de los errores, por el libre goce de perversas concupiscencias, la impunidad de cr√≠menes y maldades, y la opresi√≥n de los buenos ciudadanos, cualquiera que sea la clase a la que pertenecen. Siendo como son estos principios, falsos, err√≥neos y perniciosos, seguramente no tienen la virtud de perfeccionar la naturaleza humana y engrandecerla, porque el pecado hace a los hombres desgraciados1 ; sino que es consecuencia absolutamente l√≥gica, que, corrompidas las inteligencias y los corazones, por su propio peso precipiten a los pueblos en un pi√©lago de desgracias, debiliten el buen orden de cosas, y de esa manera hagan venir tarde o temprano la p√©rdida de la tranquilidad p√ļblica y la ruina del Estado.

5. El Pontificado y la sociedad civil

¬ŅY qu√© puede haber m√°s inicuo, si se contemplan las obras del Pontificado Romano, que el negar cu√°nto y cu√°n bien han merecido los Papas de toda la sociedad civil? Ciertamente, Nuestros predecesores procurando el bien de los pueblos, nunca titubearon en emprender luchas de toda clase, sobrellevar grandes trabajos, y, puestos los ojos en el cielo, no inclinaron jam√°s la frente ante las amenazas de los imp√≠os, ni consintieron en faltar con vil condescendencia bajamente a su misi√≥n movidos por adulaciones o promesas. Esta Sede Apost√≥lica fue la que recogi√≥ y uni√≥ los restos de la antigua desmoronada sociedad. Ella fue la antorcha amiga, que hizo resplandecer la civilizaci√≥n de los tiempos cristianos; ella fue el √°ncora de salvaci√≥n en las rud√≠simas tempestades que azotaron el humano linaje; ella, el v√≠nculo sagrado de concordia, que uni√≥ unas con otras a las naciones lejanas entre s√≠ y de tan diversas costumbres; ella, el centro com√ļn, finalmente, de donde part√≠a as√≠ la doctrina de la Religi√≥n y de la fe como los auspicios y consejos en los negocios y la paz. ¬ŅPara qu√© m√°s? ¬°Grande gloria es para los Pont√≠fices M√°ximos la de haberse puesto constantemente, como baluarte inquebrantable, para que la sociedad no volviera a caer en la antigua superstici√≥n y barbarie!

¬°Ojal√° que esta saludable autoridad nunca hubiera sido olvidada y rechazada! De seguro que ni el Principado civil hubiera perdido aquel esplendor augusto y sagrado que la Religi√≥n le hab√≠a impreso, √ļnico que hace digna y noble la sumisi√≥n, ni hubieran estallado tantas sediciones y guerras, que enlutaron de estragos y calamidades la tierra, ni los reinos, en otro tiempo florecientes, hubieran ca√≠do al abismo desde lo alto de su grandeza arrastrados por el peso de toda clase de desventuras. De esto son ejemplo tambi√©n los pueblos de Oriente; que rompiendo los suav√≠simos v√≠nculos que les un√≠an a esta Sede Apost√≥lica, vieron eclipsarse el esplendor de su antiguo rango, y perdieron, a la vez, la gloria de las ciencias y de las artes y la dignidad de su imperio.

6. Italia y el Romano Pontífice

Los insignes beneficios que se derivaron de la Sede Apostólica a todos los puntos del globo, los ponen de manifiesto los ilustres monumentos de todas las edades; pero se dejaron sentir especialmente en la región italiana, la cual cuanto más cercana a dicha Sede Apostólica estaba, tanto más abundantes frutos recogió de ella. Italia debe reconocerse, en gran parte, deudora a los Romanos Pontífices de su verdadera gloria y grandeza, con que se elevó sobre las demás naciones. Su autoridad y paternal benevolencia le han protegido no sólo una vez contra los ataques de sus enemigos, y le han prestado la ayuda y socorro necesarios para que la fe católica fuese siempre conservada en toda su integridad en los corazones de los italianos.

Apelamos especialmente, para no ocuparnos de otros, a los tiempos de San Le√≥n Magno, de Alejandro II, de Inocencio III, de San P√≠o V, de Le√≥n X y de otros Pont√≠fices, con cuyo auxilio y protecci√≥n Italia se libr√≥ del horrible exterminio con que la amenazaban los b√°rbaros, conserv√≥ incorrupta su antigua fe, entre las tinieblas y miserias de un siglo menos culto, nutri√≥ y mantuvo viva la luz de las ciencias y el esplendor de las artes. Apelamos a esta, Nuestra augusta ciudad, Sede del Pontificado, la cual sac√≥ de ellos el mayor fruto y la singular√≠sima ventaja de llegar a ver, no s√≥lo el inexpugnable alc√°zar de la fe, sino tambi√©n el asilo de las bellas artes, morada de la sabidur√≠a, admiraci√≥n y envidia del mundo. Por el esplendor de tales hechos, que la historia nos ha trasmitido en imperecederos monumentos, f√°cil es reconocer que s√≥lo por voluntad hostil y por indigna calumnia, a fin de enga√Īar a las muchedumbres, se ha podido insinuar, de viva voz y por escrito, que la Sede Apost√≥lica sea obst√°culo a la civilizaci√≥n de los pueblos ya a la felicidad de Italia.

7. La soberanía del romano Pontífice

Si todas las esperanzas, pues, de Italia y del mundo universo descansan en esa influencia saludabil√≠sima para el bien y utilidad com√ļn de la que goza la Autoridad de la Sede Apost√≥lica, y en los lazos muy √≠ntimos que todos los fieles mantienen con el Romano Pont√≠fice, raz√≥n dem√°s hay para que Nos ocupemos con el m√°s sol√≠cito cuidado en conservar inc√≥lume e intacta la dignidad de la C√°tedra Romana, y en asegurar m√°s y m√°s la uni√≥n de los miembros con la Cabeza, de los hijos con el Padre.

Por lo tanto, para amparar ante todo y del mejor modo que podamos los derechos de la libertad de esta Santa Sede, no dejaremos nunca de esforzarnos para que Nuestra autoridad sea respetada; para que se remuevan los obstáculos que impiden la plena libertad de Nuestro ministerio y de Nuestra potestad; y que se Nos restituya a aquel estado de cosas en que la Sabiduría divina desde tiempos antiguos, había colocado a los Pontífices de Roma. No Nos mueve a pedir este restablecimiento, Venerables Hermanos, un vano deseo de dominio y de ambición; sino que así lo exigen Nuestros deberes y los solemnes juramentos que Nos atan; y además, porque no sólo es necesario este principado para tutelar y conservar la plena libertad del poder espiritual, sino también porque es evidentísimo que, cuando se trata del Principado temporal de la Sede Apostólica, se trata a la vez la causa del bien y de la salvación de la familia humana.

De aquí que nos, en cumplimiento de Nuestro encargo, por el que venimos obligados a defender los derechos de la Iglesia, de ninguna manera podemos pasar en silencio las declaraciones y protestas que Nuestro Predecesor Pío IX, de feliz memoria, hizo repetidamente, ya contra la ocupación del principado civil, ya contra la violación de los derechos de la Iglesia Romana, las mismas que Nos por estas Nuestras letras completamente renovamos y confirmamos.

8. Acercamiento a la Iglesia fuente de autoridad y salvación

Y al mismo tiempo dirigimos Nuestra voz a los Pr√≠ncipes y supremos Gobernantes de los pueblos, y una y otra vez les rogamos, en el nombre augusto del Dios Alt√≠simo, que no repudien el apoyo, que en estos peligrosos tiempos les ofrece la Iglesia; que se agrupen en com√ļn esfuerzo, en torno a esta fuente de autoridad y salud; que estrechen cada vez m√°s con ella √≠ntimas relaciones de amor y observancia. Haga Dios que ellos, convencidos de estas verdades, y reflexionando sobre la doctrina de Cristo, al decir de San Agust√≠n, si se observa, es la gran salvaci√≥n del Estado2 y que en la conservaci√≥n y respeto de la Iglesia est√°n basadas la salud y prosperidad p√ļblicas, dirijan todos sus cuidados y pensamientos a aliviar los males con que se ven afligidas la Iglesia y su Cabeza visible; y el resultado sea tal, que los pueblos que ellos gobiernan, conducidos por el camino de la justicia y de la paz, vengan a disfrutar en adelante una nueva era de prosperidad y gloria.

Y a fin de que sea cada vez m√°s firme la uni√≥n de toda la grey cat√≥lica con el Supremo Pastor, Nos dirigimos ahora a vosotros, con afecto muy especial, Venerables Hermanos, y encarecidamente os exhortamos, a que, con todo el fervor de vuestro celo sacerdotal y pastoral solicitud, procur√©is inflamar en los fieles que os est√°n confiados el amor a la Religi√≥n, que les mueva a unirse m√°s fuertemente a esta C√°tedra de verdad y de justicia, a recibir de ella con sincera docilidad de inteligencia y de voluntad todas las doctrinas, y a rechazar en absoluto aquellas opiniones, por generalizadas que est√©n, que conozcan ser contrarias a las ense√Īanzas de la Iglesia.

9. La doctrina conforme a la fe católica

A este prop√≥sito los Romanos Pont√≠fices, Nuestros Predecesores, y √ļltimamente P√≠o IX, principalmente en el Concilio Ecum√©nico Vaticano, teniendo en vista las palabras de San Pablo: Estad sobre aviso, que ninguno os enga√Īe con filosof√≠as y vanos sofismas, seg√ļn la tradici√≥n de los hombres, seg√ļn los elementos del mundo, y no seg√ļn Cristo3, no dejaron de reprobar, cuando fue necesario, los errores corrientes, y se√Īalarlos con la Apost√≥lica censura. Y Nos, siguiendo las huellas de Nuestros Predecesores, desde esta Apost√≥lica C√°tedra de verdad, confirmamos y renovamos todas estas condenaciones rogando con instancia al mismo tiempo al Padre de las luces que, perfectamente conformes con todos los fieles en un solo esp√≠ritu y en un mismo sentir, piensen y hablen como Nos. Es. empero, de vuestro encargo, Venerables Hermanos, emplearos con todas vuestras fuerzas para que la semilla de las celestes doctrinas sea esparcida con mano pr√≥diga en el campo del Se√Īor, y para que, desde muy temprano, se infundan en el alma de los fieles las ense√Īanzas de la fe cat√≥lica, echen en ella profundas ra√≠ces, y sean preservadas del contagio del error. Cuanto m√°s se afanan los enemigos de la Religi√≥n por ense√Īar a los ignorantes, y especialmente a la juventud, doctrinas que ofuscan la inteligencia y corrompen las costumbres, tanto mayor debe ser el empe√Īo para que no s√≥lo el m√©todo de la ense√Īanza sea apropiado y s√≥lido, sino principalmente para que la misma ense√Īanza sea completamente conforme a la fe cat√≥lica, tanto en las letras como en la ciencia, muy principalmente en la filosof√≠a de la cual depende en gran parte la buena direcci√≥n de las dem√°s ciencias, y que no tienda a destruir la revelaci√≥n divina, sino que se complazca en allanarle el camino y defenderla de los que la impugnan, como nos ha ense√Īado con su ejemplo y con sus escritos el gran Agust√≠n, el Ang√©lico Doctor y los dem√°s maestros de la sabidur√≠a cristiana.

10. La corrupción de la familia

Pero la buena educaci√≥n de la juventud, para que sirva de amparo a la fe, a la Religi√≥n, y a la integridad de las costumbres, debe empezar desde los m√°s tiernos a√Īos en el seno de la familia, la cual, miserablemente trastornada en nuestros d√≠as, no puede volver a su dignidad perdida, sino someti√©ndose a las leyes con que fue instituida en la Iglesia por su divino Autor. El cual, habiendo elevado a la dignidad de Sacramento el matrimonio, s√≠mbolo de su uni√≥n con la Iglesia, no s√≥lo santific√≥ el contrato nupcial, sino que proporcion√≥ tambi√©n eficac√≠simos auxilios a los padres y a los hijos para conseguir f√°cilmente, con el cumplimiento de sus mutuos deberes, la felicidad temporal y eterna. Mas despu√©s que leyes imp√≠as, desconociendo el car√°cter sagrado del matrimonio, le han reducido a la condici√≥n de contrato meramente civil, sigui√≥se desgraciadamente por consecuencia que, profanada la dignidad del matrimonio cristiano, los ciudadanos vivan en concubinato legal, como si fuera matrimonio; que desprecien los c√≥nyuges las obligaciones de la fidelidad, a que mutuamente se obligaron; que los hijos nieguen a los padres la obediencia y el respeto; que se debiliten los v√≠nculos de los afectos dom√©sticos, y, lo que es de p√©simo ejemplo y muy da√Īoso a la honestidad de las p√ļblicas costumbres, que muy frecuentemente un amor malsano termine en lamentable y funestas separaciones.

11. La restauración de la familia en Dios

Tan deplorables y graves des√≥rdenes, Venerables Hermanos, no pueden menos de excitar y mover vuestro celos a amonestar con perseverante insistencia a los fieles confiados a vuestro cuidado, a que presten d√≥cil o√≠do a las ense√Īanzas que se refieren a la santidad del matrimonio cristiano y obedezcan las leyes con que la Iglesia regula los deberes de los c√≥nyuges y de su prole.

Conseguiríase también con esto otro de los más excelentes resultados, la reforma de cada uno individualmente porque, así como de un tronco corrompido brotan rama viciadas y frutos miserables, así la corrupción, que contamina las familias, viene a contagiar y a viciar desgraciadamente a cada uno de los ciudadanos. Por el contrario, ordenada la sociedad doméstica conforme a la norma de la vida cristiana, poco a poco se irá acostumbrando cada uno de sus miembros a amar la Religión y la piedad, a aborrecer las doctrinas falsas y perniciosas, a ser virtuosos, a respetar a los mayores, y a refrenar ese estéril sentimiento de egoísmo, que tanto enerva y degrada la humana naturaleza. A este propósito convendrá mucho regular y fomentar las asociaciones piadosas, que, con grandísima ventaja de los intereses católicos, han sido fundadas, en nuestros días sobre todo.

12. Motivos de esperanza

Grande son ciertamente y superiores las fuerzas del hombre, Venerables Hermanos, todas estas cosas objeto de Nuestra esperanza y de Nuestros votos; empero, habiendo hecho Dios capaces de mejoramiento a las naciones de la tierra, habiendo instituido la Iglesia para salvación de las gentes, y prometiéndole su benéfica asistencia hasta la consumación de los siglos, Nos abrigamos gran confianza de que, merced a los trabajos de vuestro celo, los hombres ilustrados con tantos males y desventuras, han de venir finalmente a buscar la salud y la felicidad en la sumisión a la Iglesia y al infalible magisterio de la Cátedra apostólica.

Entre tanto, Venerables Hermanos, antes de poner fina estas Nuestras Letras, no podemos menos de manifestaros el j√ļbilo que experimentamos por la admirable uni√≥n y concordia en que viv√≠s unos con otros y todos con esta Sede Apost√≥lica; cuya perfecta uni√≥n no s√≥lo es el baluarte m√°s fuerte contra los asaltos del enemigo, sino un fausto y feliz augurio de mejores tiempos para la Iglesia; y as√≠ como Nos consuela en gran manera esta risue√Īa esperanza, a su vez convenientemente Nos reanima para sostener alegre y varonilmente en el arduo cargo que hemos asumido, cuantos trabajos y combates sean necesarios en defensa de la Iglesia.

Tampoco Nos podemos separar de los motivos de j√ļbilo y esperanza que hemos expuesto, las demostraciones de amor y reverencia, que en estos primeros d√≠as de Nuestro Pontificado, Vosotros, Venerables Hermanos, y juntamente con vosotros han dedicado a Nuestra humilde persona, innumerables Sacerdotes y seglares, los cuales, por medio de reverentes escritos, santas ofrendas, peregrinaciones y otros piadosos testimonios, han puesto de manifiesto que la adhesi√≥n y afecto que tuvieron hacia Nuestro dign√≠simo Predecesor, se mantienen en sus corazones ten firmes, √≠ntegros y estables, que nada pierden de su ardiente fuego en la persona de su sucesor, tan inferior en merecimientos para sucederle en la herencia. Por estos brillant√≠simos testimonios de la piedad Cat√≥lica, humildemente alabamos la benigna clemencia del Se√Īor, y a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos aquellos amados Hijos de quienes los hemos recibido, damos fe p√ļblicamente y de lo √≠ntimo del coraz√≥n de Nuestra inmensa gratitud, plenamente confiados, en que, en estas circunstancias cr√≠ticas y en estos tiempos dif√≠ciles, jam√°s ha de faltarnos vuestra ardiente adhesi√≥n y el afecto de todos los fieles. Ni dudamos que tan excelentes ejemplos de piedad filial y de virtud cristiana tendr√°n gran valor para mover el coraz√≥n de Dios clement√≠simo a que mire propicio a su grey, y a que de a la Iglesia la paz y la victoria. Y porque Nos esperamos que m√°s pronta y f√°cilmente ser√°n concedidas esa paz y esa victoria, si los fieles dirigen constantemente sus votos y plegarias a Dios para obtenerla, Nos profundamente os exhortamos, Venerables Hermanos, a que excit√©is con este objetos los fervientes deseos de los fieles, poniendo como mediadora para con Dios a la Inmaculada Reina de los cielos, y por intercesores a San Jos√©, patrono celestial de la Iglesia, a los Santos Pr√≠ncipes d los ap√≥stoles, Pedro y Pablo, a cuyo poderoso patrocinio Nos encomendamos suplicante Nuestra humilde persona, los √≥rdenes todos de la jerarqu√≠a de la Iglesia y toda la grey del Se√Īor.

13. Conclusión

Aparte de esto, Nos vivamente deseamos que estos d√≠as, en que recordamos solemnemente la Resurrecci√≥n de Nuestro Se√Īor Jesucristo, sean para vosotros, Venerables Hermanos, saludables y llenos de santo j√ļbilo, y pedimos a Dios benign√≠simo, que con la Sangre del Cordero Inmaculado, con la que fue cancelada la escritura de nuestra condenaci√≥n, sean lavadas las culpas contra√≠das, y con clemencia mitigado el juicio que a ellas nos sujetan.

La gracia de Nuestro Se√Īor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicaci√≥n del Esp√≠ritu Santo sea con todos vosotros4, Venerables Hermanos, a quienes a todos y a cada uno, as√≠ como a los queridos hijos del Clero y pueblo de vuestras iglesias, en prenda especial de benevolencia y como presagio de la protecci√≥n celestial, Nos concedemos, con el amor m√°s grande, la Apost√≥lica Bendici√≥n.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en el solemne d√≠a de Pascua, 21 de abril del a√Īo 1878, primero de Nuestro Pontificado.

León XIII


1

Proverbios 14,24.

2

S. Agustín, Epist. 138 (alias 5) ad Marcellinum 15.

3

Colosenses 2,8.

4

II Corintios 13,13.
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