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S.S. León XIII, Carta encíclica Graves de Communi
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Carta encíclica Graves de Communi

Del Santo Padre León XIII
sobre la democracia cristiana

Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica

1. La inquietud social y agitación de nuestros días

Las graves controversias de econom√≠a pol√≠tica, que tiempo ha debilitan en m√°s de una naci√≥n la concordia de √°nimos, de tal modo se propagan y enardecen, que no sin motivo tienen inquieto y en suspenso el parecer de los hombres m√°s prudentes. Su introducci√≥n fue debida en primer t√©rmino a las falacias de opiniones ampliamente difundidas en el modo de filosofar y orar. Despu√©s, el nuevo impulso que en nuestros d√≠as recibieron las artes, la rapidez de comunicaciones y los medios adoptados para la disminuci√≥n del trajo y aumento del salario, exacerbaron la contienda. Por √ļltimo, provocada la separaci√≥n entre ricos y pobres, merced a trabajos de hombres turbulentos, a tal extremo llegaron las cosas, que agitados los pueblos con frecuentes sublevaciones, parece ser√°n entristecidos con calamidades espantosas.

2. Dos Encíclicas sociales

Apenas comenz√≥ Nuestro pontificado, Nos advertimos del peligro que por este concepto corr√≠a la sociedad civil y creemos deber Nuestro avisar a los cat√≥licos del grave error que se encubre en as ilusiones del socialismo y del grave da√Īo que de √©l se deriva, no s√≥lo a los bienes externos de la vida, sino tambi√©n a la probidad de costumbres y a la religi√≥n. Con este objeto dirigimos la Carta Enc√≠clica Quod Apostolici muneris el 28 de diciembre de 1878.

Aumentando la gravedad de estos peligros con detrimento privado y p√ļblico, Nos con solicitud acudimos a remediarlo, escribiendo al efecto la Enc√≠clica Rerum Novarum el 15 de Mayo de 1891, en la que con extensi√≥n Nos ocupamos de los derechos y deberes, con que las dos clases de la sociedad, patronos y obreros, deben convenir entre s√≠; se√Īalando a su vez conforme a las prescripciones evang√©licas, los remedios m√°s oportunos, a Nuestro juicio, para defensa de la justicia y para dirimir todo conflicto entre las clases de la sociedad.

3. Efectos de tales Encíclicas

Por favor divino no result√≥ defraudada Nuestra confianza, puesto que los mismos disidentes del catolicismo, arrastrados por la fuerza de la verdad, han reconocido que a la Iglesia corresponde velar por las clases sociales, especialmente por las que se hallan en miserable estado de fortuna. Los cat√≥licos, por su parte percibieron como fruto de Nuestras ense√Īanzas, no s√≥lo est√≠mulo y aliento para realizar √≥ptimas empresas, sino tambi√©n la anhelada luz para, bajo su influencia, dedicarse con √©xito y seguridad a esta clase de estudios, y de esta suerte las diferencias de opiniones que entre ellos exist√≠a en parte desaparecieron y en parte se mitigaron. En la pr√°ctica se consigui√≥ fundar y aumentar √ļtilmente valiosos elementos en defensa de la clase proletaria, principalmente donde mayor era su desventura, como son: la protecci√≥n dispensada a los ignorantes llamada secretariado del pueblo, los bancos agr√≠colas, las sociedades de socorros mutuos, las ordenadas a remediarse en las necesidades e infortunios, los gremios de obreros y otros auxiliares de esta naturaleza.

4. Acción en favor del proletariado

De esta manera, bajo los auspicios de la Iglesia, se inicia entre los cat√≥licos cierta uni√≥n de acci√≥n en favor de la masa, rodeada casi siempre no menos de asechanzas y peligros, que de penurias y trabajos. En principio no fue designada con nombre propio esta acci√≥n de beneficencia popular; el de socialismo cristiano empleado por algunos, as√≠ como los de √©l derivados no sin raz√≥n cayeron en desuso. Despu√©s con fundamento fue por muchos llamada acci√≥n cristiana popular. En algunas partes los que se dedican a esta obra son llamados cristianos sociales, en otras se llama democracia cristiana a la acci√≥n y dem√≥cratas cristianos a los que le prestan su concurso, en con transposici√≥n a la democracia social que persiguen los socialistas.. De estas dos √ļltimas denominaciones, si no la primera sociales cristianos, ciertamente la segunda democracia cristiana para muchos es ofensiva por suponer que encierra algo ambiguo y peligroso: temiendo, al efecto, que por este nombre bajo encubierto inter√©s se fomente el r√©gimen popular o se prefiera la democracia a las dem√°s formas pol√≠ticas, que se restrinja la religi√≥n cristiana reduciendo sus miras a la utilidad de la plebe, sin atender en nada el bien de las dem√°s clases, y por √ļltimo, que bajo ese especioso nombre, se encubra el prop√≥sito de sustraerse a todo gobierno leg√≠timo ya civil, ya sagrado. Agit√°ndose esta cuesti√≥n con demasiada frecuencia y acritud, deber Nuestro es imponer l√≠mites a la controversia, definiendo qu√© deban sentir los cat√≥licos sobre el particular y adem√°s prescribir ciertas reglas que hagan m√°s amplia y saludable su acci√≥n a la sociedad.

5. Democracia social y democracia cristiana

No hay duda alguna sobre lo que pretende la democracia social y a lo que debe aspirar la democracia cristiana. Porque la primera en muchos llega a tal grado la malicia, que admite fuera de lo natural, busca exclusivamente los bienes corpóreos externos, poniendo la felicidad humana en su adquisición y goce. De aquí el deseo de que la autoridad resida en pueblo, para que, suprimidas las clases sociales y nivelados los ciudadanos, se establezca la igualdad de bienes; como consecuencia se aboliría el derecho de propiedad y la fortuna de los particulares así cómo los medios de vida pasarían a ser comunes. Por el contrario la democracia cristiana, por el hecho mismo de recibir ese nombre, debe estar fundamentado en los principios de la fe divina, atendiendo de tal suerte al interés de las masas que procure perfeccionar saludablemente los ánimos, destinados a bienes sempiternos. Nada pues para ella tan santo como justicia que manda que se conserve íntegro el derecho de propiedad, defiende la diversidad de clases, propia de toda sociedad bien constituida y quiere que su forma su forma sea la que el mismo Dios su autor ha establecido.

De donde claramente se infiere que nada hay de com√ļn entre la democracia social y la cristiana y que entre s√≠ difieren como se diferencia la secta del socialismo y la profesi√≥n de la religi√≥n cristiana.

6. Abstención del concepto político

No sea empero l√≠cito referir a la pol√≠tica el nombre de democracia cristiana; pues aunque democracia, seg√ļn su significaci√≥n y uso de los fil√≥sofos, denota r√©gimen popular, sin embargo en la presente materia debe entenderse de modo que, dejado de todo concepto pol√≠tico, √ļnicamente signifique la misma acci√≥n ben√©fica cristiana en favor del pueblo. Porque como los preceptos naturales y evang√©licos exceden por s√≠ todos los hechos humanos, es imposible dependan de ning√ļn r√©gimen civil, antes bien pueden la armonizar con cualquiera, con tal que no repugne a honestidad y a la justicia. Son, pues, y permanecen ajenos enteramente dichos preceptos a las opiniones de los partidos y a todo evento, de manera que sea cual fuere la constituci√≥n de la rep√ļblica, puedan y deban los ciudadanos cumplir aquellas mismas leyes, en que se les manda amar a Dios sobre todas las cosas y al pr√≥jimo como a s√≠ mismos. Esta fue la disciplina constante de la Iglesia y de ella usaron los Romanos Pont√≠fices al tratar con las sociedades, cualquiera que fuere su forma de gobierno. Supuesto lo cual la mente y acci√≥n de los cat√≥licos al promover el bien de los proletarios, en modo alguno ha de tender a desear y tratar de introducir un r√©gimen social con preferencia a otro.

7. Aprecio de las clases superiores

Por id√©ntica raz√≥n debe removerse de la democracia cristiana el otro concepto, que es atender de tal modo a las clases humildes, que parezcan preferidas las superiores, las cuales no menos contribuyen a la conservaci√≥n y perfeccionamiento de la sociedad. A esta necesidad provee la ley de la caridad, de que antes hicimos menci√≥n la cual abraza a todos los hombres de cualquier condici√≥n, como a miembros de una familia creados por un mismo bondadoso Padre, redimidos por un mismo Salvador y llamados a una misma herencia eterna. Esta es la doctrina del Ap√≥stol: Un cuerpo y un esp√≠ritu, como fuisteis llamados en una esperanza de vuestra devoci√≥n. Un Se√Īor, una fe, un bautismo. Un Dios y Padre de todos, que es sobre todos y por todas las cosas y en todos nosotros1. En consideraci√≥n, pues, a la uni√≥n nativa de la masa con las dem√°s clases, afianzada por la fraternidad cristiana, en √©stas ha de influir necesariamente toda diligencia que se emplee en ayuda de aqu√©lla, lo cual se concibe mejor teniendo en cuenta que para el √©xito en este orden, es necesario que aqu√©llas clases sean llamadas a tomar parte en la obra, de lo cual nos ocuparemos luego.

8. Respeto a las leyes y autoridades

Ev√≠tese asimismo, encubrir bajo la denominaci√≥n de democracia cristiana, el prop√≥sito de insubordinaci√≥n y oposici√≥n a las autoridades leg√≠timas, porque la ley natural y cristiana prescribe reverencia a los que seg√ļn su grado, rigen la sociedad y obediencia a sus preceptos justos. Lo cual ha de hacer el Cristiano para que sea digno de √©l, sinceramente y como deber; esto es por conciencia, como amonest√≥ el Ap√≥stol, cuando dijo: toda alma est√© sometida a las potestades superiores2. No se comporta por consiguiente, de manera cristiana el que reh√ļsa someterse y obedecer a los que gozan de autoridad en la Iglesia, y en primer lugar a los Obispos, a quienes, salva la potestad del Romano Pont√≠fice, ha puesto el Esp√≠ritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios, la cual √Čl adquiri√≥ con su sangre3. El que de otra manera sienta o se conduzca se ha olvidado de aquel grav√≠simo precepto del mismo Ap√≥stol: obedeced a vuestros superiores y estadles sumisos. Porque ellos velan, como que han de dar cuenta de vuestras almas4. En gran manera interesa que los fieles graben en su coraz√≥n lo expuesto y lo cumplan en la conducta de su vida; los sacerdotes a su vez no cesen de inculcarlo a los dem√°s, no tanto con la palabra como con el ejemplo.

9. Ayudar al pueblo y preservarlo del socialismo

Explicada esta doctrina, ya antes de ahora esclarecida, esperamos que desaparezca toda disensi√≥n respecto al nombre de democracia cristiana y toda sospecha de peligro en cuanto a lo que con tal nombre se significa. Y lo esperamos con raz√≥n. Porque, prescindiendo del parecer de algunos sobre la naturaleza y eficacia de esta democracia cristiana, en la cual hay exageraci√≥n o error, nadie habr√° que censure esa acci√≥n, que s√≥lo aspira seg√ļn la ley natural y divina a ayudar a los que viven del trabajo de sus manos, a hacerles menos penoso su estado y proporcionarles medios para atender a sus necesidades; a que tanto fuera como dentro de sus hogares cumplan libremente los deberes de las virtudes y de la religi√≥n, a que se persuadan de que no son animales, sino hombres, cristianos, no paganos y de esta manera se dirijan con facilidad a aquella √ļnica cosa necesaria, al √ļltimo bien, para el que todos nacimos. Este es, en verdad, el fin, √©sta la empresa de los que entra√Īablemente quieran ayudar al pueblo cristiano y preservarlo inc√≥lume de la peste del socialismo.

10. No es sólo cuestión económica

De prop√≥sito Nos hemos hecho menci√≥n de los deberes morales y religiosos. En opini√≥n de algunos la llamada cuesti√≥n social es solamente econ√≥mica, siendo por el contrario cert√≠simo, que es principalmente moral y religiosa y por esto ha de resolverse en conformidad con las leyes de la moral y de la religi√≥n. Aumentad el salario al obrero, disminuid las horas de trabajo, reducid el precio de los alimentos, pero si con esto dej√°is que oiga ciertas doctrinas y se mire en ciertos ejemplos, que inducen a perder el respeto debido a Dios y a la corrupci√≥n de costumbres, sus mismos trabajos y ganancias resultar√°n arruinados. La experiencia cotidiana ense√Īa que muchos obreros de vida depravada y desprovistos de religi√≥n, viven en deplorable miseria, aunque con menos trabajo obtengan mayor salario. Alejad del alma los sentimientos que infiltr√≥ la educaci√≥n cristiana; quitad la previsi√≥n, modestia, parsimonia, paciencia y las dem√°s virtudes morales e in√ļtilmente se obtendr√° la prosperidad, aunque con grandes esfuerzos se pretenda. Esta es la raz√≥n porque Nos jam√°s hemos exhortado a los cat√≥licos a fundar sociedades y otras instituciones, para el feliz porvenir de la masa, sin recomendarles a la vez que lo hicieran bajo la tutela y auspicios de la religi√≥n.

11. Caridad espiritual y corporal

Tanto m√°s digna de encomio Nos parece esta acci√≥n ben√©fica de los cat√≥licos, cuanto que se despliegan en el mismo campo en que la caridad, bajo la benigna inspiraci√≥n de la Iglesia, ejercit√≥ siempre su acci√≥n, acomod√°ndose a las circunstancias de los tiempos. Esta ley de mutua caridad, que es complemento de la justicia no s√≥lo obliga a dar a cada uno lo suyo, no violar el derecho ajeno, sino que tambi√©n a favorecerse unos a otros no de palabra, ni de lengua, sino obra y de verdad5, recordando lo que Cristo amorosamente dijo a los suyos Un mandamiento nuevo os doy: que os am√©is los unos a los otros, as√≠ como yo os he amado, para que vosotros os am√©is tambi√©n entre vosotros mismos. En esto conocer√°n todos que sois disc√≠pulos, si tuviereis caridad entre vosotros6. Y aunque este mutuo auxilio debe mirar a los bienes no caducos, sin embargo debe extenderse a las necesidades de la vida; a este prop√≥sito conviene recordar, que cuando los disc√≠pulos del Bautista preguntaron a Cristo: ¬ŅEres t√ļ el que ha de venir, o esperamos a otro?, √Čl mismo, para mostrar el motivo de su divina misi√≥n entre los hombres present√≥ la raz√≥n de caridad, refiri√©ndose a la sentencia de Isa√≠as: los ciegos ven, los cojos andan los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y hablando del juicio final y de la distribuci√≥n de premios y penas, declar√≥ que especialmente atender√≠a a la caridad con que rec√≠procamente se hubiesen tratado los hombres, y llena de admiraci√≥n que pasando en silencio en ese punto las obras espirituales de caridad, se ocupara s√≥lo de los deberes de la caridad externa, consider√°ndola como hecha en favor suyo: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber era hu√©sped y me hospedasteis; desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis estaba en la c√°rcel y vinisteis a verme7. A estas lecciones de caridad espiritual y corporal a√Īadi√≥ Cristo insignes ejemplos, como todos saben; y por lo que al presente se refiere, grato es recordar aqu√©lla frase salida de su coraz√≥n paternal: Compasi√≥n tengo de estas gentes8 y la voluntad de socorrer aqu√©lla necesidad hasta de modo milagroso: de cuya grande misericordia queda este encomio: pas√≥ haciendo bien y sanando a todos los oprimidos del diablo9. Semejante escuela de caridad siguieron desde el principio los ap√≥stoles con suma diligencia; y los que despu√©s abrazaron el cristianismo, fueron autores de varias instituciones con las que procuraron remediar todo g√©nero de miserias humanas; cuyas instituciones favorecidas con incesantes incrementos, son en verdad preclaro ornato del cristianismo y de la civilizaci√≥n que de √©l procede: los hombres rectos no cesan de admirarlas, teniendo en cuenta que en todos y cada uno hay propensi√≥n hacia el propio inter√©s sin cuidarse del ajeno.

12. Limosnas en dinero

De las obras de beneficencia no se ha de excluir la distribuci√≥n del dinero en limosnas, seg√ļn aquellas palabras de Cristo: dad limosna de lo que os sobra10. Los socialistas la reprueban y quisieran suprimirla, como injuriosa a la nobleza ing√©nita del hombre. Mas cuando se da limosna, seg√ļn la prescripci√≥n evang√©lica11 y conforme al uso cristiano, ni alienta la soberbia en quien la hace, ni averg√ľenza a quien la recibe. Tan lejos est√° de ser indecoroso al hombre la limosna, que antes bien sirve para estrechar los v√≠nculos de la sociedad humana, fomentando la necesidad de deberes entre los hombres, porque no hay nadie, por rico que sea, que no necesite de otro, ni nadie absolutamente pobre, que no pueda ayudar en algo a otro. Armonizadas de esta suerte entre s√≠ la justicia y la caridad, abrazan de modo maravilloso todo el cuerpo de la sociedad humana y conducen providencialmente a cada uno de sus miembros a la consecuci√≥n del bien individual y com√ļn.

13. Instituciones de caridad. El ahorro

Cede tambi√©n en honor y justa alabanza de la caridad, el socorrer las necesidades del pueblo, no ya con auxilios transitorios, sino tambi√©n por medio de instituciones permanentes, en las que tienen los necesitados ventajas m√°s estables y seguros. Todav√≠a es m√°s digno de aplauso el prop√≥sito de infundir en el √°nimo de los artesanos y obreros el esp√≠ritu de ahorro y previsi√≥n; para que de este modo puedan, en el transcurso del tiempo, atender al menos en parte a sus necesidades. Tal prop√≥sito no s√≥lo alivia el deber de los ricos para con los pobres, sino que a su vez cede en bien de los proletarios, pues estimul√°ndoles a que se preparen un porvenir m√°s halag√ľe√Īo, les aparta de los peligros, reprime en ellos el √≠mpetu de las pasiones y les atrae al ejercicio de las virtudes. Como es, pues, de tanta utilidad y tan apropiada para nuestros tiempos, es justo, ciertamente que la caridad de los buenos corra en ayuda con celeridad y prudencia.

14. El individuo vive para sí y para la sociedad

Enti√©ndase, pues, que esta acci√≥n de los cat√≥licos en favor y auxilio del pueblo, concuerda con el esp√≠ritu de la Iglesia: y es fiel reflejo de los ejemplos admirables que ella ha dado; sin que interese en gran manera llamar al conjunto de estas obras acci√≥n cristiana popular, o denominarle democracia cristiana, siempre que se observen, con el obsequio que se merecen y en toda su integridad, Nuestras ense√Īanzas. En cambio importa demasiado que en negocio tan grave, sea una misma la mente, deseo y acci√≥n de los cat√≥licos y no interesa menos que esta misma acci√≥n aumente y se ampl√≠e. Se debe, al efecto, procurar con especialidad la ben√©vola cooperaci√≥n de aquellos que por su nacimiento, posici√≥n, cultura de ingenio y educaci√≥n gocen de mayor autoridad en la sociedad; faltando este elemento poco puede realizarse en orden al anhelado bien del pueblo: por el contrario, tanto m√°s breve y seguro ser√° el camino que a √©l conduce, cuanto mayor sea el n√ļmero de los cooperadores y m√°s eficaz su cooperaci√≥n. Nuestro deseo ser√≠a que consideraran que no est√°n exentos de procurar la suerte de los pobres, sino que a ello est√°n obligados. Porque en la sociedad no vive solo cada individuo para s√≠, sino que tambi√©n para la comunidad; de esta suerte lo que unos no pueden hacer por el bien com√ļn, s√ļplanlo con largueza los que puedan. La superioridad misma de los bienes recibidos, de la que ha de darse estrecha cuenta a Dios que los ha otorgado, demuestra la gravedad de esta obligaci√≥n, como tambi√©n la declara el torrente de males, que a no prevenirse con tiempo acarrear√°n la ruina de todas las clases sociales; resultando de aqu√≠ que el que desprecia la causa del pueblo se acredita de imprevisor respecto de s√≠, como de la sociedad.

15. Valor y unión

No hay que temer, si esta acci√≥n social animada de esp√≠ritu cristiano se propaga y prospera, que se esterilicen y desaparezcan como absorbidos por las nuevas sociedades, los institutos debidos a la piedad y previsi√≥n de Nuestros antepasados, porque √©stos como aqu√©llas, est√°n animados de un mismo esp√≠ritu de religi√≥n y caridad, y no siendo, por otra parte, opuestas entre s√≠, f√°cilmente podr√°n unirse para atender a las necesidades del pueblo y a los peligros cada d√≠a m√°s graves. La realidad clama y clama con vehemencia diciendo que es necesario valor y uni√≥n, puesto que se vislumbra un c√ļmulo inmenso de desventuras y amenazan pavorosas cat√°strofes, por efecto, principalmente, del incremento que toma la secta de los socialistas. Con astucia invaden el seno de la sociedad y en las tinieblas de ocultas reuniones como en p√ļblico, por medio de conferencias y escritos, excitan las muchedumbres a la sedici√≥n; abandonada toda idea religiosa, rechazan los deberes, proclamando s√≥lo el derecho, y as√≠ inflaman a las turbas m√°s nutridas cada d√≠a de menesterosos, a quienes la propia miseria hace que caiga con facilidad en el enga√Īo y sean arrastradas al error. Tr√°tase, pues, de los intereses de la sociedad y religi√≥n, lo cual deben defender de manera decorosa los buenos.

16. Abstención de disputas sutiles

Para que la concordia de ánimos adquiera la deseada estabilidad, es necesario que todos se abstengan de las cuestiones que ofenden y dividen. Omítase, pues, así en los diarios como en las conferencias populares, como en las cuestiones muy sutiles y de escaso interés, cuya solución e inteligencia exigen capacidad suficiente y cultura no vulgar. Propio es del hombre dudar en mucha. cosas y en otras sentir de manera diversa a la que otros sienten; conviene por tanto, a los que sinceramente buscan la verdad, que en las disputas observen igualdad de ánimo y modestia y mutua reverencia, para que de esta suerte el disentimiento de opiniones no acarree el disentimiento de voluntades. En las cuestiones dudosas puede cada uno defender la opinión que mejor le pareciere, siempre que esté dispuesto a someterse a las decisiones de la Sede Apostólica.

17. Comités para unificar la acción

Esta acci√≥n de los cat√≥licos se desplegar√° con m√°s amplitud y eficacia, si todas las instituciones, conservando su derecho, son dirigidas por un mismo impulso. En Italia deseamos que este impulso corresponda a los Congresos y comit√©s cat√≥licos tantas veces por Nosotros alabados, a los cuales Nuestro Predecesor y Nos confiamos la misi√≥n de la acci√≥n com√ļn de los cat√≥licos, bajo la direcci√≥n y tutela de los obispos. H√°gase lo mismo en las dem√°s naciones, si hay asociaciones a quienes se haya encomendado tal cargo.

18. Que el Sacerdote se acerque al pueblo

En este orden de cosas que tan directamente ligan los intereses de la Iglesia y del pueblo cristiano, claramente aparece cuanto deban trabajar los sagrados ministros y cu√°n poderosos son los medios de doctrina, prudencia y caridad de que para dicho fin disponen. M√°s de una vez Nos, hablando a los eclesi√°sticos, hemos cre√≠do conveniente manifestarles que al extremo a que llegaron los tiempos, es oportuno descender al pueblo y comunicarse saludablemente con √©l. Con frecuencia asimismo, en cartas dirigidas a los obispos y varones eclesi√°sticos en estos √ļltimos tiempos12, alabamos esta amorosa solicitud para con el pueblo; diciendo que era propia de uno y otro clero. Pero cond√ļzcanse en esto con gran cautela y prudencia a semejanza de los santos. El pobre y humilde Francisco, el padre de los desgraciados Vicente de Pa√ļl y otros muchos varones, en todas las √©pocas de la Iglesia, ordenaron de tal modo su asiduo cuidado hacia el pueblo, que sin olvidarse de s√≠ atendieron con igual inter√©s a la perfecci√≥n de todas las virtudes.

19. Lo que se ha de ense√Īar al pueblo

Sobre este particular Nos place exponer a la consideraci√≥n una cosa, en que no s√≥lo los eclesi√°sticos sino todos los favorecedores de la causa del pueblo, puedan con facilidad hacerse benem√©ritos, y consiste en inculcar oportunamente en el √°nimo de la plebe estos consejos: que se guarden de las sediciones y de los sediciosos; que consideren inviolable el derecho ajeno; que reverencien a sus se√Īores y hagan lo que les mandan; que no sientan aversi√≥n a la vida dom√©stica fecunda en muchos bienes; que observen la religi√≥n y de ella tomen consuelo en las contrariedades de la vida. Para el m√°s feliz √©xito de este prop√≥sito, servir√° de poderoso medio recordarles el singular modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, proponerles el ejemplo de los que siendo de su condici√≥n llegaron a la cumbre de la virtud y por √ļltimo fomentar la esperanza del premio que est√° reservado en una vida m√°s dichosa.

20. Sumisión de toda obra a la Jerarquía

Finalmente, de nuevo aconsejamos, que no se olviden los individuos y sociedades al poner en pr√°ctica cualquier proyecto con el prop√≥sito indicado, de la plena obediencia que deben a las autoridad de los Obispos. No se dejen alucinar de cierto celo de caridad, intemperante, lo cual ni es sincero, ni fecundo, ni grato a Dios, si tiende a menoscabar el deber de obediencia. Dios se complace en los que, olvidados de sus opiniones, oyen a los Prelados de la Iglesia como si oyeran y les asiste en sus empresas por dif√≠ciles que sean, coron√°ndolos benigno con el √©xito. A√Ī√°dase a lo indicado el ejemplo de las virtudes, en especial de las que acreditan al hombre de enemigo de la impureza y placeres y de dispensador ben√©volo de lo superfluo para utilidad del pr√≥jimo; porque estos ejemplos excitan saludablemente el esp√≠ritu del pueblo y tienen tanta mayor eficacia cuanto que son m√°s conspicuos los ciudadanos en quien se admiran.

21. Vigilancia de los Prelados

Os exhortamos, Venerables Hermanos, a procurar estas cosas, seg√ļn la oportunidad de lugares y personas, con la prudencia y solicitud que os es propia y a que os aconsej√©is mutuamente sobre este asunto en vuestras acostumbradas reuniones. Enti√©ndase vuestra vigilancia y autoridad a regular, refrenar y cohibir para que de esta suerte no se relaje, so-pretexto de fomentar el bien, el vigor de la disciplina eclesi√°stica, ni se turbe el orden se√Īalado por Cristo a su Iglesia. Aparezca con esplendidez en la obra recta, concorde y progresiva de los cat√≥licos, que la tranquilidad del orden y la verdadera prosperidad florece en los pueblos bajo la direcci√≥n y ayuda de la Iglesia, a la cual incumbe el sagrado deber de avisar a cada uno de sus obligaciones seg√ļn los preceptos cristianos, de estrechar con la caridad fraterna a los ricos y a los pobres y de levantar y confortar los √°nimos en las adversidades humanas.

22. Palabras de San Pablo

Confirme Nuestras amonestaciones y deseos la exhortación tan llena de caridad apostólica de San Pablo a los Romanos: Os ruego... Reformaos en la novedad de vuestro espíritu... El que reparte, en sencillez; el que hace misericordia, en alegría. El amor sea sin fingimiento. Odiando lo malo, aplicándoos recíprocamente con amor fraternal: adelantándoos para honraros los unos a los otros: En hacer bien, nada perezosos; en la esperanza, gozosos; en la tribulación, sufridos en la oración, perseverantes: Socorriendo las necesidades de los santos: ejercitando la hospitalidad. Gozaos con los que se gozan, llorad con los que lloran: Sintiendo entre vosotros una misma cosa: No pagando a nadie mal por mal; procurando bienes no sólo delante de Dios, sino también delante de todos los hombres13.

Como auspicio de tales bienes descienda la Bendici√≥n Apost√≥lica, que amorosamente Os damos en el Se√Īor a vosotros, Venerables Hermanos, al Clero y a vuestro pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de enero del a√Īo 1901, vig√©simotercero de Nuestro Pontificado.

León XIII


1

Eph. 4. 4-9.

2

Rom. 13, 1-5.

3

Act. 20, 28.

4

Hebr. 13, 17.

5

1 Joan. 3, 18.

6

Joan. 13, 34 y 35.

7

Mat. 25, 35-36.

8

Marc. 8, 2.

9

Act. 10. 38.

10

Luc. 11, 41.

11

Mat. 6, 2-3.

12

Al General de la Orden de Hermanos Menores, 26 de Nov. de 1898.

13

Rom. 12. 1-17.
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