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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «Denles ustedes de comer»
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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. «Denles ustedes de comer»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 55,1-3: “Escúchenme atentos, y comerán bien, saborearán platos sustanciosos”

Así dice el Señor:

“Todos los que tengan sed, vengan a beber agua,
también los que no tienen dinero:
vengan, compren trigo, coman gratuitamente
vino y leche sin pagar nada.
¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta,
y el salario en lo que no deja satisfecho?
Escúchenme atentos, y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen el oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza eterna,
la promesa que aseguré a David”.

Sal 144, 8-9.15-16.17-17: “Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores”

Rom 8,35.37-39: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”

Hermanos:

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?

Pero en todo esto salimos vencedores fácilmente gracias a Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Mt 14,13-21: “Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio”

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en una barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Al desembarcar, vio Jesús la muchedumbre, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

—”Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a los poblados y compren algo de comer.”

Jesús les replicó:

—”No hace falta que vayan, denles ustedes de comer.”

Ellos le replicaron:

—”No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.”

Les dijo:

—”Tráiganmelos.”

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce canastos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

II. APUNTES

Luego de aquella memorable jornada en la que usando parábolas instruyó a sus oyentes sobre los misterios del Reino de los Cielos, el Señor abandonaba Cafarnaúm para dirigirse “a su tierra” (Mt 13,54), a Nazaret. También allí, como era su costumbre, “enseñaba en la sinagoga”. Más a pesar de la admiración que suscitaba por sus enseñanzas, no pudo hacer allí muchos milagros “por su incredulidad” (v. 58).

Aunque el evangelista no lo indica claramente, es de suponer que al culminar su predicación en Nazaret, retornó a Cafarnaúm. Es entonces cuando un día le llegan noticias de la muerte de Juan, el Bautista. Herodes lo había mandado decapitar por honrar la promesa hecha a Salomé, hija de Herodías. Tanto le gustó el baile que le ofreció en el día de su cumpleaños, «que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese» (Mt 14,7).

La noticia de la muerte del Bautista causó un impacto muy profundo en el alma del Señor, de modo que quiso pasar un tiempo en soledad, apartado de la muchedumbre que lo buscaba incesantemente. Con sus apóstoles subió a una barca para dirigirse a un sitio tranquilo y deshabitado.

Mas las ovejas abandonadas de Israel no dejan de buscar al Señor. Atraídos por su personalidad, por su doctrina, por su modo de enseñar, pero sobre todo por el deseo de ser curados de sus males y enfermedades, muchos lo siguen por tierra hasta el lugar de su desembarco. Cuando el Señor llega a la orilla mucha gente lo esperaba. El Señor, al ver el hambre y la necesidad que tenían de Él se conmovió interiormente y se puso a curarlos hasta que se hizo tarde. Los discípulos le sugirieron entonces: “despide a la multitud para que vayan a los poblados y compren algo de comer.” Su respuesta fue desconcertante: “No hace falta que vayan, denles ustedes de comer.” ¿Cómo dar de comer a una inmensa muchedumbre con tan sólo cinco panes y dos peces? ¡Imposible!

El Señor manda traer lo que tienen, toma los panes y los peces y procede a pronunciar la bendición elevando la mirada al cielo. Esta bendición de alimentos era costumbre entre los judíos. Los rabinos enseñaban que comer los alimentos sin bendecirlos constituía un pecado de infidelidad. Mientras los rabinos hacían esta oración mirando al suelo, el Señor eleva la mirada a lo Alto. Luego de la bendición el Señor partió los alimentos y se los daba a sus discípulos para que ellos diesen de comer a la muchedumbre. Todos estos eran gestos típicos de la comida judía, en la que el jefe de familia hacía la bendición, partía el pan y se lo entregaba a todos, recogiendo finalmente las sobras.

Es entonces cuando el Señor realizó un milagro impresionante: “Comieron todos hasta quedar satisfechos.”

El hecho evocaba por un lado a Moisés, por medio de quien Dios había enviado el “maná” o “pan del cielo” a su pueblo para alimentarlo en su marcha por el desierto (ver Ex 16,1ss; Jn 6,31-32). En aquellos tiempos se esperaba que el Mesías prometido por Dios vendría del desierto. Allí obraría grandes prodigios, con los que manifestaría la inauguración y presencia del Reino de los Cielos. Los tiempos mesiánicos estarían caracterizados por la sobreabundancia de bienes y bendiciones para todo el pueblo de Israel (ver Zac 1,17). Una de las señales que haría para ser reconocido como el Mesías enviado por Dios sería una “lluvia perpetua” de maná. De allí que le preguntan a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» (Jn 6,30-31) El Señor, a quienes así le preguntan, no les promete una nueva lluvia de maná, sino que se presenta a sí mismo como “el verdadero Pan del Cielo”, “el Pan vivo” (ver Jn 6,35.41.48-51), el Pan que Dios da, «el que baja del Cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33): «Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» (Jn 6,51)

Por otro lado, el milagro de la multiplicación de los panes no era una novedad para el pueblo de Israel. Un milagro semejante había sido realizado por el profeta Eliseo, cuando alimentó milagrosamente a un grupo de cien hombres con sólo veinte panes de cebada. El diálogo entre Eliseo y su servidor se asemeja al diálogo entre el Señor y sus Apóstoles, y es por tanto una clave importante para comprender la respuesta que el Señor da sus Apóstoles: «Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo: “Dáselo a la gente para que coman”. Su servidor dijo: “¿Cómo voy a dar esto a cien hombres?” El dijo: “Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará”. Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh.» (2Re 4,42-44)

El milagro del Señor Jesús sobrepasa con creces la multiplicación obrada por medio del profeta Eliseo. La admirable sobreabundancia —dio de comer a unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños— indicaba que se trataba no sólo de un gran profeta enviado por Dios, sino del Mesías esperado. Por este milagro reconocieron en Él al «profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6,14). Pero el Señor Jesús, lejos de permitir que esta señal se constituya en el inicio de un mesianismo político (ver Jn 6,14-16), hace de este milagro el signo de otro milagro mayor: la futura transformación del pan y del vino en su propia carne y sangre, para ser comida y bebida para los creyentes. El pan que multiplica milagrosamente en el desierto es figura y preparación de la Eucaristía. Esa era la intención con que el Señor presentaba su milagro, y así lo entendieron los Evangelistas, cosa que se descubre al comparar los términos con los que los sinópticos describen esta distribución solemne y los de la Cena: «tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”» (Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19). San Juan, por su parte, lo hace evidente uniendo el milagro de la multiplicación de los panes con el discurso del “Pan de vida” (Jn 6).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Señor Jesús, «tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente».

Con aquella milagrosa multiplicación prefiguraba lo que iba a realizar la noche de la Última Cena cuando «tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”» (Mt 26,26).

Desde entonces, fiel al mandato del Señor que dijo «haced esto en memoria mía», también la Iglesia parte y reparte a todos sus hijos lo que le ha sido transmitido. Ciertamente, a ella le ha sido confiado el poder de perpetuar en el tiempo y en el espacio el único sacrificio verdadero y santo, aquel que en el hoy de la historia realiza el milagro por el que real y misteriosamente el Señor “se multiplica” en el Pan de la Eucaristía. En efecto, por medio de sus ministros —quienes por la imposición de manos y el don del Espíritu Santo participan del mismo y único sacerdocio de Jesucristo—, «el pan y el vino, (son) convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1357). De este modo quiso el Señor que se prolongase esta admirable multiplicación hasta que Él vuelva glorioso en su última venida.

¡Y verdaderamente es admirable esta nueva multiplicación! Por ella el Señor Jesús viene alimentando a enormes multitudes —a lo largo del tiempo y en diversos lugares del orbe— con la fracción y multiplicación de un solo y único Pan: su propio Cuerpo. Esta es la multiplicación que a través de los siglos se sigue realizando hoy. Este es el Pan que sigue siendo distribuido por los discípulos que por la Iglesia han recibido el encargo del Señor: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mt 14,16).

Así, pues, en cada Eucaristía alcanza su realización lo que aquella figura anunciaba: en el Sacrificio Eucarístico es Cristo, el Hijo de María, el único Pan vivo que se parte y reparte para alimentarnos a todos nosotros. De este modo el Señor Jesús, en diversos lugares y al mismo tiempo, en diversos tiempos y en los mismos lugares, multiplica su presencia hasta que vuelva, y pronuncia en el hoy de nuestra historia aquella promesa que nos llena de confianza: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

En Él encontramos el verdadero pan que se multiplica por su amor infinito hacia nosotros, el pan vivo que sacia el hambre de vida eterna que hay en cada uno de nosotros, pan sobreabundante que aún después de repartido entre tantos sobra y se recoge «para que nada se desperdicie» y pueda ser distribuido a todos los que tengan necesidad de Él.

También hoy Él nos conduce a praderas de hierba fresca, enseñándonos con su Palabra de vida y fortaleciendo nuestra fragilidad con un alimento singular: ¡Ésta es la mesa que Él ha preparado para nosotros, una mesa cuya comida es su Cuerpo y cuya bebida es su Sangre, alimento que nos nutre y sostiene en el largo caminar y que es para nosotros prenda de vida eterna! Éste es el Cordero de Dios... ¡dichosos los llamados a la Cena del Señor! De este modo maravilloso Él ha querido acompañarnos siempre, guiarnos por senderos de justicia, de bondad y de misericordia, por todos los días de nuestra vida, hasta que por años sin término alcancemos habitar en su casa.

También hoy Él nos invita por medio del profeta: «¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David» (Is 55,1-3). Y ésta es la Nueva y definitiva Alianza que Él ha sellado con su sangre… ya no nos da a beber agua, sino su propia Sangre, que es bebida de salvación. ¡Y qué manjar más sustancioso que el de su Cuerpo mismo, que nos da la vida eterna!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: Ni al acercarse los discípulos dijeron: dales de comer (porque aún no estaban dispuestos con toda perfección) sino que le dicen: “Desierto es este lugar”. Porque parecía a los judíos como un milagro en el desierto, cuando ellos dijeron: “¿Acaso puede preparar una mesa en el desierto?” (Sal 77,19). Esto es lo que opera Jesús: Él los lleva al desierto a fin de que no puedan dudar del milagro y ninguno pueda creer que se había traído la comida de alguna aldea vecina. Pero aun cuando esté desierto el lugar, sin embargo, está presente el que alimenta al mundo. Y si ha pasado la hora de comer, como le dicen, sin embargo, Él que no está sujeto a hora, les habla. Y aunque previniendo el Señor a sus discípulos, curó muchos enfermos; sin embargo, eran entonces tan imperfectos los discípulos, que no podían comprender cómo iba a dar de comer a tanta gente con tan pocos panes.

San Jerónimo. Él incita a los Apóstoles a que partan el pan, a fin de hacer más patente a aquellos que atestiguaban que no tenían qué comer, la grandeza del milagro.

San Juan Crisóstomo: El ejemplo de los discípulos debe enseñarnos que aunque sea poco lo que poseamos, conviene que lo distribuyamos entre los necesitados; porque al mandar el Señor a sus discípulos que trajeran los cinco panes, no dicen éstos: Y nosotros, ¿con qué apagaremos nuestra hambre?

San Juan Crisóstomo: ¿Y por qué alzó los ojos al cielo y bendijo? Porque quiso hacernos ver que Él venía del Padre y era igual a Él, demostraba que era igual al Padre por el poder, y que venía del Padre refiriéndolo todo a Él e invocándolo en todas sus obras. Y para demostrar las dos cosas, unas veces obra los milagros con poder y otras con súplicas. Es de advertir, que para las cosas pequeñas alza los ojos al cielo, y en las cosas mayores obra con su poder; así cuando perdonó pecados, resucitó muertos, dio vista a ciegos de nacimiento (obras todas propias de Dios), no lo hizo con súplicas; pero en la multiplicación de los panes (obra menor que todas las anteriores) alzó los ojos al cielo, a fin de enseñarnos que su poder, aun en las cosas pequeñas, le viene únicamente del Padre. También nos enseña que antes de ponernos a comer debemos dar gracias a Dios que nos da la comida, y por esta razón levantó los ojos al cielo.

San Hilario: Pero les respondió el Señor: “No tienen necesidad de marcharse”, manifestando de esta manera, que no tenían necesidad aquellos a quienes había curado, ni de alimentarse de una comida venal, ni de volver a Judea para comprarla; y manda a los Apóstoles, que les den de comer. Mas ¿ignoraba acaso, que no había cosa alguna que se les pudiese dar? Pero todo esto debía tener una aplicación típica: los Apóstoles no habían recibido aún el don de confeccionar el pan del Cielo y distribuirlo, y su respuesta debe entenderse completamente en un sentido espiritual.

San Hilario: Se entregan los panes a los Apóstoles, porque mediante ellos debían de ser dados los dones de la gracia divina.

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La milagrosa multiplicación de los panes prefigura el milagro de la Eucaristía

1333: En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión: «Tomó pan...», «tomó el cáliz lleno de vino...». Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación (…).

1334: En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del mana del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios. Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El «cáliz de bendición» (1 Cor 10, 16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

1335: Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía.

1336: El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?» (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo El tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a El mismo.

1339: Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El magno don de la Eucaristía es un tesoro para la Iglesia y para el mundo. Cuando se reflexiona sobre tal don de Dios surgen multitud de pensamientos y un continuo maravillarse. El creyente tiene la conciencia de que el Sacrificio del Gólgota y el Santo Sacramento que se celebra en la Misa son uno y el mismo. ¿Cómo no caer en una experiencia de asombro, gratitud y alabanza? ¡En la Misa se perpetúa sacramentalmente el Sacrificio de la Cruz! En ella se manifiesta el inmenso amor de Dios por el ser humano. Al hacerse verdadera, real y sustancialmente presente, el Señor Jesús muestra el amor reconciliador y pone ante nosotros cómo en Él la existencia humana adquiere pleno sentido. El misterio humano se esclarece en la magnitud de la Eucaristía, que es como una continuación y extensión de la Encarnación.

»Ver con los ojos de la fe la presencia real de Jesús es revivir la experiencia de los discípulos de Emaús, es reconocer al Salvador y percibir que el corazón arde de gozo en su presencia. Las preguntas fundamentales del ser humano adquieren una respuesta inimaginable. En una América Latina crucificada por el secularismo, por la injusticia, por el abuso contra los derechos humanos, por el consumismo, por la violencia, la Eucaristía es una experiencia del amor de Dios que se hace solidario con su criatura y le abre el horizonte del amor, la liberación, la plena reconciliación.

»En la Eucaristía Dios sale al encuentro del ser humano y lo que aconteció en la historia hace dos mil años se prolonga en nuestro tiempo. ¡Es el Emmanuel! Por lo que San Juan Crisóstomo comentando este nombre dice que es como si dijera: “Verán a Dios entre los hombres”. Y así lo ven los hombres y mujeres de América Latina. Con los ojos de la fe los pueblos sellados por la Evangelización constituyente creen firmemente que el Verbo Eterno que se encarnó en la Virgen Inmaculada, que murió en la Cruz y Resucitó vencedor de la muerte se hace realmente presente en el Altar para nuestro bien, y se queda en el Tabernáculo dando luz y calor a la existencia humana».

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