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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre durante la ceremonia de acogida de los jóvenes en el Muelle Barangaroo
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Discurso del Santo Padre Benedicto XVI durante la ceremonia de acogida de los jóvenes en el Muelle Barangaroo, Sydney

Viaje Apostólico a Sydney (Australia)
con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Juventud
(13 - 21 de julio de 2008)

Queridos jóvenes

Es una alegr√≠a poderos saludar aqu√≠, en Barangaroo, a orillas de la magn√≠fica bah√≠a de Sydney, con el famoso puente y la Opera House. Muchos sois de este Pa√≠s, del interior o de las din√°micas comunidades multiculturales de las ciudades australianas. Otros ven√≠s de las islas esparcidas por Ocean√≠a, y otros de Asia, del Oriente Medio, de √Āfrica y de Am√©rica. En realidad, bastantes de vosotros viene de tan lejos como yo, de Europa. Cualquiera que sea el Pa√≠s del que venimos, por fin estamos aqu√≠, en Sydney. Y estamos juntos en este mundo nuestro como familia de Dios, como disc√≠pulos de Cristo, alentados por su Esp√≠ritu para ser testigos de su amor y su verdad ante los dem√°s.

Deseo agradecer a los Ancianos de los Abor√≠genes que me han dado la bienvenida antes de subir al barco en la Rose Bay. Estoy muy emocionado al encontrarme en vuestra tierra, conociendo los sufrimientos y las injusticias que ha padecido, pero consciente tambi√©n de la reparaci√≥n y de la esperanza que se est√°n produciendo ahora, de lo cual pueden estar orgullosos todos los ciudadanos australianos. A los j√≥venes ind√≠genas ‚Äďabor√≠genes y habitantes de las Islas del Estrecho de Torres‚Äď y Tokelauani les doy las gracias por la conmovedora bienvenida. A trav√©s de vosotros env√≠o un cordial saludo a vuestros pueblos.

Se√Īor Cardenal Pell, Se√Īor Arzobispo Mons. Wilson: os doy las gracias por vuestras calurosas expresiones de bienvenida. S√© que vuestros sentimientos resuenan tambi√©n en el coraz√≥n de los j√≥venes reunidos aqu√≠ esta tarde y, por tanto, doy las gracias a todos. Veo ante m√≠ una imagen vibrante de la Iglesia universal. La variedad de Naciones y culturas de las que proven√≠s demuestra que verdaderamente la Buena Nueva de Cristo es para todos y cada uno; ella ha llegado a los confines de la tierra. Sin embargo, tambi√©n s√© que muchos de vosotros est√°is a√ļn en busca de una patria espiritual. Algunos, siempre bienvenidos entre nosotros, no sois cat√≥licos o cristianos. Otros, tal vez, os mov√©is en los aleda√Īos de la vida de la parroquia y de la Iglesia. A vosotros deseo ofrecer mi llamamiento: acercaos al abrazo amoroso de Cristo; reconoced a la Iglesia como vuestra casa. Nadie est√° obligado a quedarse fuera, puesto que desde el d√≠a de Pentecost√©s la Iglesia es una y universal.

Esta tarde deseo incluir tambi√©n a los que no est√°n aqu√≠ presentes. Pienso especialmente en los enfermos o los minusv√°lidos ps√≠quicos, a los j√≥venes en prisi√≥n, a los que est√°n marginados por nuestra sociedad y a los que por cualquier raz√≥n se sienten ajenos a la Iglesia. A ellos les digo: Jes√ļs est√° cerca de ti. Siente su abrazo que cura, su compasi√≥n, su misericordia.

Hace casi dos mil a√Īos, los Ap√≥stoles, reunidos en la sala superior de la casa, junto con Mar√≠a (cf. Hch 1,14) y algunas fieles mujeres, fueron llenos del Esp√≠ritu Santo (cf. Hch 2,4). En aquel momento extraordinario, que se√Īal√≥ el nacimiento de la Iglesia, la confusi√≥n y el miedo que hab√≠an agarrotado a los disc√≠pulos de Cristo, se transformaron en una vigorosa convicci√≥n y en la toma de conciencia de un objetivo. Se sintieron impulsados a hablar de su encuentro con Jes√ļs resucitado, que ahora llamaban afectuosamente el Se√Īor. Los Ap√≥stoles eran en muchos aspectos personas ordinarias. Nadie pod√≠a decir de s√≠ mismo que era el disc√≠pulo perfecto. No hab√≠an sido capaces de reconocer a Cristo (cf. Lc 24,13-32), tuvieron que avergonzarse de su propia ambici√≥n (cf. Lc 22,24-27) e incluso renegaron de √©l (cf. Lc 22,54-62). Sin embargo, cuando estuvieron llenos de Esp√≠ritu Santo, fueron traspasados por la verdad del Evangelio de Cristo e impulsados a proclamarlo sin temor. Reconfortados, gritaron: arrepent√≠os, bautizaos, recibid el Esp√≠ritu Santo (cf. Hch 2,37-38). Fundada sobre la ense√Īanza de los Ap√≥stoles, en la adhesi√≥n a ellos, en la fracci√≥n del pan y la oraci√≥n (cf. Hch 2,42), la joven comunidad cristiana dio un paso adelante para oponerse a la perversidad de la cultura que la circundaba (cf. Hch 2,40), para cuidar de sus propios miembros (cf. Hch 2,44-47), defender su fe en Jes√ļs ante en medio hostil (cf. Hch 4,33) y curar a los enfermos (cf. Hch 5,12-16). Y, obedeciendo al mandato de Cristo mismo, partieron dando testimonio del acontecimiento m√°s grande de todos los tiempos: que Dios se ha hecho uno de nosotros, que el divino ha entrado en la historia humana para poder transformarla, y que estamos llamados a empaparnos del amor salvador de Cristo que triunfa sobre el mal y la muerte. En su famoso discurso en el are√≥pago, San Pablo present√≥ su mensaje de esta manera: ¬ęDios da a cada uno todas las cosas, incluida la vida y el respiro, de manera que todos lo pueblos pudieran buscar a Dios, y siguiendo los propios caminos hacia √Čl, lograran encontrarlo. En efecto, no est√° lejos de ninguno de nosotros, pues en √Čl vivimos, nos movemos y existimos¬Ľ (cf. Hch 17, 25-28).

Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo, y contribuyendo a la misi√≥n de la Iglesia. Hoy recordamos a aquellos pioneros ‚Äďsacerdotes, religiosas y religiosos‚Äď que llegaron a estas costas y a otras zonas del Oc√©ano Pac√≠fico, desde Irlanda, Francia, Gran Breta√Īa y otras partes de Europa. La mayor parte de ellos eran j√≥venes ‚Äďalgunos incluso con apenas veinte a√Īos‚Äď y, cuando saludaron para siempre a sus padres, hermanos, hermanas y amigos, sab√≠an que ser√≠a dif√≠cil para ellos volver a casa. Sus vidas fueron un testimonio cristiano, sin intereses ego√≠stas. Se convirtieron en humildes pero tenaces constructores de gran parte de la herencia social y espiritual que todav√≠a hoy es portadora de bondad, compasi√≥n y orientaci√≥n a estas Naciones. Y fueron capaces de inspirar a otra generaci√≥n. Esto nos trae al recuerdo inmediatamente la fe que sostuvo a la beata Mary MacKillop en su neta determinaci√≥n de educar especialmente los pobres, y al beato Peter To Rot en su firme convicci√≥n de que la gu√≠a de una comunidad ha de referirse siempre al Evangelio. Pensad tambi√©n en vuestros abuelos y vuestros padres, vuestros primeros maestros en la fe. Tambi√©n ellos han hecho innumerables sacrificios, de tiempo y energ√≠a, movidos por el amor que os tienen. Ellos, con apoyo de los sacerdotes y los ense√Īantes de vuestra parroquia, tienen la tarea, no siempre f√°cil pero sumamente gratificante, de guiaros hacia todo lo que es bueno y verdadero, mediante su ejemplo personal y su modo de ense√Īar y vivir la fe cristiana.

Hoy me toca a m√≠. Para algunos puede parecer que, viniendo aqu√≠, hemos llegado al fin del mundo. Ciertamente, para los de vuestra edad cualquier viaje en avi√≥n es una perspectiva excitante. Pero para m√≠, este vuelo ha sido en cierta medida motivo de aprensi√≥n. Sin embargo, la vista de nuestro planeta desde lo alto ha sido verdaderamente magn√≠fica. El relampagueo del Mediterr√°neo, la magnificencia del desierto norteafricano, la exuberante selva de Asia, la inmensidad del oc√©ano Pac√≠fico, el horizonte sobre el que surge y se pone el sol, el majestuoso esplendor de la belleza natural de Australia, todo eso que he podido disfrutar durante un par de d√≠as, suscita un profundo sentido de temor reverencial. Es como si uno hojeara r√°pidamente im√°genes de la historia de la creaci√≥n narrada en el G√©nesis: la luz y las tinieblas, el sol y la luna, las aguas, la tierra y las criaturas vivientes. Todo eso es ¬ębueno¬Ľ a los ojos de Dios (cf. Gn 1, 1-2. 2,4). Inmersos en tanta belleza, ¬Ņc√≥mo no hacerse eco de las palabras del Salmista que alaba al Creador: ¬ę!Qu√© admirable es tu nombre en toda la tierra!¬Ľ (Sal 8,2)?

Pero hay m√°s, algo dif√≠cil de ver desde lo alto de los cielos: hombres y mujeres creados nada menos que a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). En el centro de la maravilla de la creaci√≥n estamos nosotros, vosotros y yo, la familia humana ¬ęcoronada de gloria y majestad¬Ľ (cf. Sal 8,6). ¬°Qu√© asombroso! Con el Salmista, susurramos: ¬ęQu√© es el hombre para que te acuerdes de √©l?¬Ľ (cf. Sal 8,5). Nosotros, sumidos en el silencio, en un esp√≠ritu de gratitud, en el poder de la santidad, reflexionamos.

Y ¬Ņqu√© descubrimos? Quiz√°s con reluctancia llegamos a admitir que tambi√©n hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la erosi√≥n, la deforestaci√≥n, el derroche de los recursos minerales y marinos para alimentar un consumismo insaciable. Algunos de vosotros provienen de islas-estado, cuya existencia misma est√° amenazada por el aumento del nivel de las aguas; otros de naciones que sufren los efectos de sequ√≠as desoladoras. La maravillosa creaci√≥n de Dios es percibida a veces como algo casi hostil por parte de sus custodios, incluso como algo peligroso. ¬ŅC√≥mo es posible que lo que es ¬ębueno¬Ľ pueda aparecer amenazador?

Pero hay m√°s a√ļn. ¬ŅQu√© decir del hombre, de la cumbre de la creaci√≥n de Dios? Vemos cada d√≠a los logros del ingenio humano. La cualidad y la satisfacci√≥n de la vida de la gente crece constantemente de muchas maneras, tanto a causa del progreso de las ciencias m√©dicas y de la aplicaci√≥n h√°bil de la tecnolog√≠a como de la creatividad plasmada en el arte. Tambi√©n entre vosotros hay una disponibilidad atenta para acoger las numerosas oportunidades que se os ofrecen. Algunos de vosotros destacan en los estudios, en el deporte, en la m√ļsica, la danza o el teatro; otros tienen un agudo sentido de la justicia social y de la √©tica, y muchos asumen compromisos de servicio y voluntariado. Todos nosotros, j√≥venes y ancianos, tenemos momentos en los que la bondad innata de la persona humana ‚Äďperceptible tal vez en el gesto de un ni√Īo peque√Īo o en la disponibilidad de un adulto para perdonar‚Äď nos llena de profunda alegr√≠a y gratitud.

Sin embargo, estos momentos no duran mucho. Por eso, hemos de reflexionar algo m√°s. Y as√≠ descubrimos que no s√≥lo el entorno natural, sino tambi√©n el social ‚Äďel h√°bitat que nos creamos nosotros mismos‚Äď tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no est√° en su sitio. Tambi√©n en nuestra vida personal y en nuestras comunidades podemos encontrar hostilidades a veces peligrosas; un veneno que amenaza corroer lo que es bueno, modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados. Los ejemplos abundan, como bien sab√©is. Entre los m√°s evidentes est√°n el abuso de alcohol y de drogas, la exaltaci√≥n de la violencia y la degradaci√≥n sexual, presentados a menudo en la televisi√≥n e internet como una diversi√≥n. Me pregunto c√≥mo uno que estuviera cara a cara con personas que est√°n sufriendo realmente violencia y explotaci√≥n sexual podr√≠a explicar que estas tragedias, representadas de manera virtual, han de considerarse simplemente como ¬ędiversi√≥n¬Ľ.

Hay tambi√©n algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia est√°n frecuentemente separadas de la verdad. Esto est√° fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que gu√≠e nuestras vidas. El relativismo, dando en la pr√°ctica valor a todo, indiscriminadamente, ha hecho que la ¬ęexperiencia¬Ľ sea lo m√°s importante de todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier consideraci√≥n sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una aut√©ntica libertad, sino a una confusi√≥n moral o intelectual, a un debilitamiento de los principios, a la p√©rdida de la autoestima, e incluso a la desesperaci√≥n.

Queridos amigos, la vida no est√° gobernada por el azar, no es casual. Vuestra existencia personal ha sido querida por Dios, bendecida por √©l y con un objetivo que se le ha dado (cf. Gn 1,28). La vida no es una simple sucesi√≥n de hechos y experiencias, por √ļtiles que pudieran ser. Es una b√ļsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegr√≠a. No os dej√©is enga√Īar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elecci√≥n en s√≠ misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad.

Cristo ofrece m√°s. Es m√°s, ofrece todo. S√≥lo √©l, que es la Verdad, puede ser la V√≠a y, por tanto, tambi√©n la Vida. As√≠, la ¬ęv√≠a¬Ľ que los Ap√≥stoles llevaron hasta los confines de la tierra es la vida en Cristo. Es la vida de la Iglesia. Y el ingreso en esta vida, en el camino cristiano, es el Bautismo.

Por tanto, esta tarde deseo recordar brevemente algo de nuestra comprensi√≥n del Bautismo, antes de que ma√Īana consideremos el Esp√≠ritu Santo. El d√≠a del Bautismo, Dios os ha introducido en su santidad (cf. 2 P 1,4). Hab√©is sido adoptados como hijos e hijas del Padre y hab√©is sido incorporados a Cristo. Os hab√©is convertido en morada de su Esp√≠ritu (cf. 1 Co 6,19). Por eso, al final del rito del Bautismo el sacerdote se dirigi√≥ a vuestros padres y a los participantes y, llam√°ndoos por vuestro nombre, dijo: ¬ęYa eres nueva criatura¬Ľ (Ritual del Bautismo, 99).

Queridos amigos, en casa, en la escuela, en la universidad, en los lugares de trabajo y diversi√≥n, recordad que sois criaturas nuevas. C√≥mo cristianos, est√°is en este mundo sabiendo que Dios tiene un rostro humano, Jesucristo, el ¬ęcamino¬Ľ que colma todo anhelo humano y la ¬ęvida¬Ľ de la que estamos llamados a dar testimonio, caminando siempre iluminados por su luz (cf. ib√≠d., 100).

La tarea del testigo no es f√°cil. Hoy muchos sostienen que a Dios se le debe ‚Äúdejar en el banquillo‚ÄĚ, y que la religi√≥n y la fe, aunque convenientes para los individuos, han de ser excluidas de la vida p√ļblica, o consideradas s√≥lo para obtener limitados objetivos pragm√°ticos. Esta visi√≥n secularizada intenta explicar la vida humana y plasmar la sociedad con pocas o ninguna referencia al Creador. Se presenta como una fuerza neutral, imparcial y respetuosa de cada uno. En realidad, como toda ideolog√≠a, el laicismo impone una visi√≥n global. Si Dios es irrelevante en la vida p√ļblica, la sociedad podr√° plasmarse seg√ļn una perspectiva carente de Dios. Sin embargo, la experiencia ense√Īa que el alejamiento del designio de Dios creador provoca un desorden que tiene repercusiones inevitables sobre el resto de la creaci√≥n (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1990, 5). Cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el ¬ębien¬Ľ, empieza a disiparse. Lo que se ha promovido ostentosamente como ingeniosidad humana se ha manifestado bien pronto como locura, avidez y explotaci√≥n ego√≠sta. Y as√≠ nos damos cuenta cada vez m√°s de lo necesaria que es la humildad ante la delicada complejidad del mundo de Dios.

Y ¬Ņque decir de nuestro entorno social? ¬ŅEstamos suficientemente alerta ante los signos de que estamos dando la espalda a la estructura moral con la que Dios ha dotado a la humanidad (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2007, 8)? ¬ŅSabemos reconocer que la dignidad innata de toda persona se apoya en su identidad m√°s profunda ‚Äďcomo imagen del Creador‚Äď y que, por tanto, los derechos humanos son universales, basados en la ley natural, y no algo que depende de negociaciones o concesiones, fruto de un simple compromiso? Esto nos lleva reflexionar sobre el lugar que ocupan en nuestra sociedad los pobres, los ancianos, los emigrantes, los que no tienen voz. ¬ŅC√≥mo es posible que la violencia dom√©stica atormente a tantas madres y ni√Īos? ¬ŅC√≥mo es posible que el seno materno, el √°mbito humano m√°s admirable y sagrado, se haya convertido en lugar de indecible violencia?

Queridos amigos, la creaci√≥n de Dios es √ļnica y es buena. La preocupaci√≥n por la no violencia, el desarrollo sostenible, la justicia y la paz, el cuidado de nuestro entorno, son de vital importancia para la humanidad. Pero todo esto no se puede comprender prescindiendo de una profunda reflexi√≥n sobre la dignidad innata de toda vida humana, desde la concepci√≥n hasta la muerte natural, una dignidad otorgada por Dios mismo y, por tanto, inviolable. Nuestro mundo est√° cansado de la codicia, de la explotaci√≥n y de la divisi√≥n, del tedio de falsos √≠dolos y respuestas parciales, y de la pesadumbre de falsas promesas. Nuestro coraz√≥n y nuestra mente anhelan una visi√≥n de la vida donde reine el amor, donde se compartan los dones, donde se construya la unidad, donde la libertad tenga su propio significado en la verdad, y donde la identidad se encuentre en una comuni√≥n respetuosa. Esta es obra del Esp√≠ritu Santo. √Čsta es la esperanza que ofrece el Evangelio de Jesucristo. Hab√©is sido recreados en el Bautismo y fortalecidos con los dones del Esp√≠ritu en la Confirmaci√≥n precisamente para dar testimonio de esta realidad. Que sea √©ste el mensaje que vosotros llev√©is al mundo desde Sydney.

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