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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto»
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Domingo XV del Tiempo Ordinario. «El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 55, 10-11: “La palabra, que sale de mi boca, no volverá a mí vacía”

Así dice el Señor:

“Como bajan la lluvia y la nieve del cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador y pan al que come,

así será mi palabra, que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que hará mi voluntad
y cumplirá mi encargo”.

Sal 64, 10-13: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”

Rom 8, 18-23: “Los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos descubrirá”

Hermanos:

Sostengo que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vea liberada de esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.

Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.»

Mt 13, 1-23: “Salió el sembrador a sembrar”

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas.

Les decía: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se marchitaron y por falta de raíz se secaron.

Otras cayeron entre espinos, que crecieron y las ahogaron.

El resto cayó en tierra buena y dio fruto: unas, ciento; otras, sesenta; otras, treinta.

¡El que tenga oídos, que oiga!”

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

-“¿Por qué les hablas en parábolas?”

El les contestó:

-“A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:

‘Oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está endurecido el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos,
ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure’.

¡Dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen! Yo les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, lo que significa la parábola del sembrador:

Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre espinos significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno”.

II. APUNTES

El Señor se encuentra en Cafarnaúm, ciudad ubicada en la orilla noroccidental del Mar de Galilea, también llamado Mar o Lago de Tiberíades o Lago de Genesaret. Cafarnaúm era, podríamos decir, la base de operaciones del Señor. En ella realizó muchos de los milagros narrados en los evangelios, y desde ella partía a otras ciudades para anunciar la Buena Nueva (ver Mt 9,35). Mateo la designa como “su ciudad [de Jesús]” (Mt 9,1). También Pedro vivía en Cafarnaúm. En su casa acogió al Señor muchas veces (ver Mt 8,14). Asimismo vivía allí Mateo (ver Mt 9,10), que se desempeñaba como cobrador de impuestos (ver Mt 9,9).

Un día el Señor “salió de casa” y se dirigió a las orillas del lago. Refiere el evangelista que lo seguía tanta gente, que al llegar a la orilla del lago subió a una barca y se alejó un poco para poder desde allí predicar a todos sin ser impedido por la muchedumbre. Este modo de predicar ya lo había utilizado en otras ocasiones (ver Lc 5,3).

Desde la barca se puso a hablarles “mucho rato” en parábolas. Nuestro término “parábola” procede del griego parabolé, que significa yuxtaposición o comparación. Se trata de una comparación desarrollada al modo de una narración ficticia, tomada de lo que suele suceder en la vida o sociedad humana, por medio de la cual Cristo propone verdades de orden sobrenatural. Hay por tanto en toda parábola una imagen y una enseñanza espiritual fundada en alguna semejanza que se encuentra entre una y otra.

La primera parábola de aquel día fue la del sembrador. Era una imagen muy familiar en aquella región de Galilea, tierra accidentada y llena de colinas, en la que pequeñas extensiones de terreno se destinaban a la siembra. El Señor describe lo que cualquier observador atento podía ver en el proceso de la siembra, desde que el sembrador salía a sembrar hasta el momento de la cosecha. No todas las semillas llegan a dar fruto, sino sólo las que caen en tierra buena. Las que caen en suelo apisonado, son arrebatadas por los pájaros; las que caen en tierra poco profunda y pedregosa, apenas brotan se marchitan por el calor; otras que caen entre espinos logran crecer más, pero finalmente son ahogadas por éstos.

Una vez pronunciada la parábola del sembrador el Señor añadía: “¡El que tenga oídos, que oiga!” Con esta expresión invitaba a sus oyentes a abrirse al sentido profundo de la parábola, a ser como aquella tierra fértil que acoge a Cristo y su palabra.

Luego de esta primera parábola el evangelista inserta la respuesta del Señor a los discípulos, quienes le preguntan: “¿Por qué les hablas en parábolas?” (ver Mc 4,10-12; Lc 8,9-10) Al iniciarse la enseñanza por medio de parábolas, la respuesta del Señor proyecta luz sobre todas.

La respuesta a primera vista es desconcertante: “A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no.” ¿Es acaso la enseñanza del Señor una doctrina secreta reservada sólo para un grupo de elegidos o iniciados? ¿No tenían las parábolas más bien la finalidad pedagógica de ayudar a entender a los oyentes, de un modo sencillo y didáctico, realidades de orden sobrenatural? En el evangelio de San Marcos leemos que las parábolas del Señor tenían esta finalidad pedagógica, la intención de hacer asequible los misterios del Reino a gente muy sencilla. Por ello “les anunciaba la Palabra con muchas parábolas… según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas” (Mc 4,33-34). No hay que ver en los misterios del Reino una doctrina secreta, reservada únicamente para un puñado de iniciados. Los Apóstoles tendrán la misión de “proclamar desde las azoteas” todo lo que el Señor les había explicado y enseñado en privado (ver Mt 10,27). Si a los Apóstoles se les concedía conocer y comprender los misterios del Reino de los Cielos de una forma privilegiada era para que pudiesen luego proclamar y explicar esos misterios a cuantos estuviesen dispuestos a “oír”.

La doctrina del Reino es incomprensible para quien endurece el corazón. Requiere por parte de quien la escucha una actitud de humilde acogida. Lamentablemente muchos carecen de tal disposición interior, cerrándose ellos mismos a la salvación y reconciliación ofrecida por Dios por medio de su propio Hijo. Jesucristo es esa Palabra del Padre que “sale de su boca”, baja a la tierra como la lluvia, la fecunda y hace germinar, para volver al Padre cargada de frutos de salvación (1ª. Lectura). Tal fecundidad, que se debe a su obediencia al Plan del Padre, se ve lastimosamente comprometida por la dureza de corazón del soberbio e incrédulo.

Así como antes muchos endurecieron el corazón desoyendo la enseñanza de los profetas, ahora también muchos endurecían el corazón y rechazaban al mismo Hijo de Dios y sus enseñanzas (ver Mt 21,33-46). Las parábolas, por su lenguaje velado, se constituían en un signo de esa incomprensión. La falta de penetración, sin embargo, no se debía a la parábola misma, sino a la cerrazón de corazón. Las parábolas del Reino resultan incomprensibles tan sólo para aquellos que no acogen al Señor, para aquellos que se resisten a ver en Él al enviado divino. En cambio, son dichosos los Apóstoles y discípulos que “ven” y “oyen” lo que muchos profetas y justos desearon ver y oír, es decir, al mismo Mesías enviado por Dios y sus palabras de Vida.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuántas veces en medio de duras pruebas o dificultades nos hemos preguntado: «¿Está Dios entre nosotros o no?» (Ex 17,7)? ¿Cuántas veces hemos querido o quisiéramos que Dios nos hable, cuando por ejemplo buscamos una luz para orientar nuestra vida, para tomar una decisión importante? Y si nada “escuchamos”, pensamos que Dios no nos habla.

¿Pero es verdad que Dios no nos habla? ¿O somos nosotros quienes “teniendo oídos no oímos”, “teniendo ojos no vemos”, porque nuestro corazón está embotado y endurecido? (ver Mt 13,14-15). ¡Cuántas veces Dios arroja su semilla en nuestros corazones, encontrando sólo una tierra endurecida y estéril! ¡Cuántas veces nos pasa lo que dice aquel aforismo: “no hay peor sordo que el que no quiere oír”! Dios habla, y habla fuerte en su Hijo Jesucristo, pero no pocas veces le cerramos los oídos porque lo que nos dice no siempre es lo que nosotros quisiéramos escuchar. Sí, la Palabra de Dios incomoda mucho porque exige cambios radicales, porque nos desinstala diariamente, porque sacude nuestra mediocridad, porque en momentos críticos exige opciones radicales y renuncias que no siempre estamos dispuestos a realizar, porque exige abrazarnos a la cruz cuando quisiéramos que nos libre del sufrimiento, porque quisiéramos ganar la gloria eterna pero sin asumir el combate, sin seguir al Señor hasta la cruz.

Sí, en su Hijo Jesucristo Dios ha hablado a la humanidad entera con fuerte clamor y nos sigue hablando también hoy, habla a quien está dispuesto a escuchar. Sus palabras son esas semillas que Dios nos pide acoger dócilmente en nuestros corazones: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Por ello, ante esta “sordera” que de una u otra forma a todos nos afecta, querámoslo admitir o no, conviene preguntarnos con toda humildad y honestidad: ¿Cómo acojo yo a Cristo, Palabra viva enviada por el Padre para mi salvación y reconciliación? ¿Cómo acojo yo sus palabras y enseñanzas? ¿Hago todo lo posible por hacer fructificar las enseñanzas de Cristo en mi vida mediante obras concretas, asumiendo los cambios necesarios en mi comportamiento, perseverando en ellos? ¿O ahogo acaso el dinamismo de su Palabra en mi corazón (ver Heb 4,12), cerrándome con autosuficiencia a lo que me enseña, siendo inconstante cuando el camino se torna difícil, dejándome arrastrar por poder seductor del poder, del placer o del tener?

En el empeño por acoger en nuestras vidas al Señor y su palabra, ¡miremos a María! ¡Miremos su Inmaculado-Doloroso Corazón! ¿Quién más ejemplar que Ella? De Ella aprendemos sus mismas disposiciones para acoger al Señor y su Palabra en nuestros corazones, en nuestra vida. Con amor de hijos acerquémonos a Ella al despertar cada mañana, implorándole en oración que interceda por nosotros y nos eduque para llegar a tener un corazón como el suyo: un corazón plenamente abierto a la Palabra divina, siempre dispuesto a escuchar y a hacer lo que Dios me pida (ver Lc 1,38; Jn 2,5; Jer 15,16); un corazón constante y perseverante, para que nunca me eche atrás ante las dificultades o fatigas que experimentaré en el seguimiento del Señor (ver Jn 19,25); un corazón indiviso, para que nunca permita que los afanes de este mundo sofoquen mi amor a Cristo (ver Lc 16,13); un corazón fértil, para que alentado y fortalecido por la gracia pueda poner por obra la palabra escuchada (ver Lc 11,28; Stgo 1,22ss).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «“Salió el sembrador a sembrar.” ¿De dónde salió el que está presente en todo, que lo llena todo? ¿Cómo ha salido? No de forma material, ciertamente, sino por una disposición de su providencia en favor nuestro: se acercó a nosotros revistiendo nuestra carne. Puesto que nosotros no podíamos llegarnos a Él porque nos lo impedían nuestros pecados, es Él quien vino a nosotros. Y ¿por qué salió? Para destruir la tierra en la que pululaban las espinas? ¿Para castigar a los agricultores? De ninguna manera. Viene a cultivar esta tierra, a ocuparse de ella y sembrar la palabra de santidad. Porque la simiente de la cual habla es, en efecto, su doctrina; el campo, el alma del hombre; el sembrador, Él mismo.»

San Juan Crisóstomo: «Un sembrador se fue a echar la semilla y una parte cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron, otra parte cayó en tierra buena. Tres partes se perdieron, una sola fructificó. Pero el sembrador no cesó de cultivar el campo. Le basta que una parte se conserve para no dejar su trabajo.»

San Juan Crisóstomo: «En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué más puedo hacer que no haya hecho?” (ver Is 5,4)»

San Juan Crisóstomo: «Pero, me dirás, ¿a qué sirve sembrar entre espinas, en terreno pedregoso o sobre el camino? Si se tratara de una semilla terrena, de una tierra material, realmente no tendría sentido. Pero cuando se trata de las almas y de la Palabra, hay que elogiar al sembrador. Se reprocharía con razón a un agricultor de actuar de esta manera. La piedra no puede convertirse en tierra, el camino no puede dejar de ser camino y las espinas no dejan de ser espinas. Pero en el terreno espiritual las cosas no son así. La piedra puede convertirse en tierra fértil, el camino se puede convertir en un campo donde no pisan los viandantes, las espinas pueden ser arrancadas y permitir al grano fructificar libremente. Si esto no fuera posible, el sembrador no hubiera sembrado su grano como, de hecho, lo hizo.»

San Juan Crisóstomo: «Fíjate bien en que hay muchas maneras de perder la semilla... Una cosa es dejar secar la semilla de la palabra de Dios sin preocuparse ni poco ni mucho; otra cosa es verla perecer bajo el choque de las tentaciones... Para que no nos ocurra cosa semejante, grabemos profundamente y con ardor la palabra en nuestra memoria. El diablo querrá arrancar el bien alrededor nuestro, pero nosotros tendremos suficiente fuerza para que no pueda arrancar nada en nosotros.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El anuncio del Reino de Dios

543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544: El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. (…)

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera», la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

Es necesario acoger la semilla mediante la meditación perseverante

2707: Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador. Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«La Palabra Eterna del Padre, aquella que pronunciada con tiernísimo amor se vuelca plenamente hacia la criatura predilecta, el ser humano, asumiendo la realidad de ser hombre, en todo salvo en el Pecado. La Palabra que engendrada en humanidad por obra del Espíritu Santo, en el Vientre Inmaculado de María siempre Virgen, irrumpiendo en la historia del género humano para rectificar el daño realizado por el hombre, no volverá vacía. Ciertamente la antigua deuda y sus consecuencias en la humanidad han quedado saldadas por el Cordero Celestial; ciertamente el camino de reconciliación ha sido establecido quedando la humanidad invitada a aceptar su dinamismo y recorrerlo. La inspirada voz de Isaías, el profeta, se eleva para transmitirnos lo que dice Dios en un contexto que no se puede desligar de los misterios del don de amor llevado hasta el extremo en el Gólgota, que estamos recordando: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero, y cumple su misión” (Is 55,10-11 trad. Nácar-Colunga —se puede lee el pasaje desde el v. 6, o si se quiere desde el principio del capítulo). La Pasión y Muerte del Reconciliador van más allá de nuestros pensamientos, y constituyen lección elocuente de la fuerza de este pasaje de Isaías donde se ve la distancia de la comprensión del ser humano ante los planes y senderos de Dios, y donde leído a posteriori se pueden descubrir luces para iluminar el magno Acontecimiento que estamos considerando. ¡La Palabra no vuelve vacía! En su movimiento kenótico nos redime introduciéndonos en su dinamismo reconciliativo en un movimiento ascensional, ante el cual todo júbilo es pequeño. La fecundidad de la misión cumplida de la Palabra queda a la vista ante los ojos de la fe, pero permanece en la oscuridad para quien carece de la perspectiva que da dicha virtud teologal.»

«Al ir creciendo en la vida vamos tomando conciencia del don inmenso del Bautismo, y así del misterio que implica haber muerto a la muerte para haber nacido a la vida en el Señor Jesús.

»El cristiano descubre muy pronto que el núcleo seminal, la semilla de la vida que ha sido depositada en su corazón, ha de madurar por la gracia y la fe.

»La gracia es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como él mismo nos enseña en la carta del Apóstol a los Romanos (ver Rom 5, 5), y la fe que recibimos cual un don, requiere de la escucha; y ésta, del silencio.

»Así pues, la fe, que -repito- es posible en virtud del don divino, requiere ser escuchada. La fe se transmite por la Palabra, por el Anuncio, y este anuncio debe ser escuchado. La fe es la acogida al anuncio que nos viene; es un anuncio perceptible por mí. Cuando realizo el acto de fe, acojo ese anuncio, esa Palabra que me interpela.

»Esa nueva que me es anunciada es una misma para todos; ella invita a convertirse en base seminal de la unidad de toda mi persona, al igual como invita a todos los demás, a toda la comunidad.

»La Palabra que me interpela es siempre UNA; su fuente es sólo UNA: el Señor; y su meta es UNA: por ello con el Apóstol podemos decir: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4, 5).

»Esa unidad es explicitada por el mismo Señor: “Como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17,21). Se trata de la recepción del don de la comunión, que se expresa en la vida comunitaria, en el amor fraterno, en la solidaridad. Y esa comunión que realiza y expresa la unidad real nace de personas que están en proceso de esa unificación de su realidad y de personas que ya están unificadas ellas mismas. Se trata de quienes han aceptado el dinamismo reconciliador que permite coordinar las energías humanas y ponerlas en la línea del designio divino, avanzando por el camino de la paz consigo mismo, con Dios, con los hermanos.

»Así pues, el anuncio que nos interpela, que nos llama, que nos convoca, nace en primer término de la predicación de la misma Palabra viviente de Dios: el Señor Jesús, y nos invita a la unidad en las diversas esferas en que se manifiesta la existencia.»

«Es bueno recordar que la rectitud de intención es buena y necesaria plasmación, propuesta, pero que es insuficiente si en el camino se deja que los obstáculos impidan su despliegue. Por ello es importante la respuesta personal. La semilla que echaba el sembrador en la parábola era buena semilla. La tierra donde caía y sus circunstancias constituyen “la respuesta” a esa buena semilla. Si las intenciones son rectas, es necesario cuidar que nuestra respuesta personal a ellas ponga los medios proporcionales para que llegue a cumplir su cometido.»

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