Soporte
Cardenal Antonio Cañizares Llovera, «La caridad no desaparecerá jamás» (1 Cor 13, 8). Carta Pastoral, al comenzar el curso 2007-2008
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

«La caridad no desaparecerá jamás» (1 Cor 13, 8)

Carta Pastoral, al comenzar el curso 2007-2008

I. Saludo e introducción

1. Hermanos queridísimos: A todos gracia y paz en el nombre del Señor. Con la mirada puesta en Jesucristo, fijos nuestros ojos en Él, reemprendemos el camino de un nuevo curso pastoral con toda esperanza y fe, con alegría y buen ánimo, con fortaleza y amor que proceden de Dios. Sabemos que, en este camino, no vamos ni estamos solos; que Jesús, como buen pastor y guía nuestro, va delante de nosotros y nos conduce; y que nos acompaña toda la comunión de los santos. Estamos seguros de que para Dios nada hay imposible, que todas nuestras empresas y proyectos nos las realiza Él, y que Él, que comienza en nosotros la obra buena, Él mismo la lleva a término. Al iniciar la singladura de este nuevo curso pastoral, le pedimos «que su gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que comenzando nuestros trabajos en Él como en su fuente, tiendan siempre hacia Él como a su fin» (Liturgia de las Horas, Laudes, lunes, primera semana).

2. En más de una ocasión, ante la situación que estamos viviendo, os he dicho que conviene no olvidar la Carta a los Hebreos. Al contrario, hemos de volver a ella, meditarla y asimilarla. Como sabéis, la carta a los Hebreos se dirige a una comunidad con serias dificultades, de dentro y de fuera, tal vez más de dentro. Por eso, dijo el Papa Benedicto XVI a los Obispos, en Valencia: «En momentos y situaciones difíciles, recordad aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: ‘corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz sin miedo a la ignominia (...) y no os canséis ni perdáis el ánimo’ (Heb 12, 1-3)».

Os invito a todos a proseguir el camino, ¡con ánimo!, sin arredrarse ni echarse atrás, sin «retirarse por el foro», como una especie de «retirada» táctica para ver qué pasa, o con un abandono de primeras filas o de «apostasía silenciosa». No nos paramos ni nos refugiamos en «cuarteles de invierno», no huimos ante la cruz. Sentimos vivamente, en estos tiempos que Dios nos concede vivir como gracia suya, aquellas recomendaciones de Pablo a Timoteo: «Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión de fe ante muchos testigos. Y ahora, en presencia de Dios que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato, te insto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tim, 6,11-16).

¡Vamos, pues, adelante!, con mirada limpia y fija en Jesús, contemplando su rostro, rostro del Hijo de Dios, rostro doliente, rostro del Resucitado (Cf. NMI 24-28). Quedémonos bien con este Rostro viviente para poderlo seguir, y «llegar hasta el final» en el combate y carrera que llevamos. Para ello, con la Iglesia toda, sigamos «los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: ‘Tú sabes que te quiero’ (Jn 21,15.17)»; como ella también, unidos a Pablo, «que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él; ‘Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia’ (Flp 1,21)» (NMI 28).

3. Siempre y en todo momento, con la plena certeza de la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). «Esta certeza ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios... De ella debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro en Jerusalén,...:’¿Qué hemos de hacer?» (NMI 29). La respuesta la tenemos clara: Seguir a una persona, seguir a Jesucristo, « el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb), «Camino, Verdad y Vida» (Jn), «el Santo de Dios, que tiene palabras de vida eterna» (Jn 6).

4. Nuestra diócesis de Toledo, acogiendo la consigna que nos dejó, como a modo de testamento, el siempre querido y recordado Papa Juan Pablo II en su última visita a España, y poniéndose en oración para discernir lo que Dios quiere de nosotros en su amor y sabiduría en favor nuestro, acuñó aquel mensaje que nos guía en estos últimos años en la andadura de nuestra peregrinar en estas tierras: «Toledo evangelizada, Toledo evangelizadora». Esta llamada de Dios, se ha desglosado en un Plan Pastoral diocesano, que no puede ser visto como una obra de laboratorio sino como la puesta en práctica de lo que el «Espíritu dice a las Iglesias» (Ap), en concreto de lo que Él sugiere e impera a la Iglesia que está en Toledo, en la que «está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica» (ChD 11).

Dentro de este Plan, —que no es en modo alguno una construcción de la razón calculadora y estratégica de unos cuantos, ni una especie de «corsé» impuesto al conjunto de la diócesis, y menos aún a la iniciativa y acción de Dios que es quien conduce y asiste a su Iglesia—, siguiendo el recorrido de etapas, este año pone su acento en «hacer de la caridad el gran signo evangelizador», porque «la caridad de Cristo nos urge» (2 Cor 5,14). Si hemos conocido el don de Dios (Jn 4,10), si no podemos ocultar la buena noticia del inmenso don del amor de Dios y hemos de comunicarlo a todos (Lc 16, 19), teniendo los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2,5), que nos ha amado hasta el extremo y nos ha revelado el amor en el que conocemos a Dios que es Amor (1Jn 4,8), su amor nos apremia a que trasparentemos en todo cuanto somos y hacemos, en el amor a los hermanos en todo, que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8), a quien no vemos ahora con los ojos de nuestra carne (1Jn 4).

5. Proseguir el camino con la mirada puesta en Jesús, el rostro de Dios, seguir sus huellas, identificarse con Él, entraña adentrarnos más y más en el conocimiento y en la intimidad de Jesús. Para ello Dios nos ha ofrecido para este curso, por medio de quien nos confirma en la fe, el actual sucesor de Pedro, Benedicto XVI, el libro recentísimo del Papa: «Jesús de Nazaret», en cuya lectura particularmente los sacerdotes encontrarán un grandísimo bien y comprobarán, como los discípulos de Emaús, su corazón se llena de «un calor especial» de y de un ánimo renovado abierto a la esperanza, y de un impulso renovado para ponerse en camino y comunicar a los hombres lo que les ha acontecido en el camino (Cf. Lc). Quien lea este libro con la sinceridad de quien escucha contempla la realidad de la figura y de la persona que se pone delante de él, se verá favorecido por «un crecimiento de su relación viva con Él» (J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 21). Esta relación es la que permite, conocerle y seguirle por el camino del amor. «El discípulo que camina con Jesús se verá implicado con Él en la comunión con Dios. Y esto es lo que realmente salva» ( Id, p. 30), ahí es donde está la vida eterna, el Amor que permanece siempre. Jesús «ha traído a Dios: ahora, conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que hemos de seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor» (Id. p. 70). Toda su vida, desde su encarnación, hasta su muerte en Cruz y su resurrección, nos muestra en rostro de Dios y nos desvela que es Amor, que nos ha amado primero. Ahí está la base de todo.

II. Algunos apuntes sobre este curso, «Año de la caridad»

6. Como hiciera el Papa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica «Novo Millenio Ineunte», en el apartado «Testigos del amor», para encaminar nuestros pasos y proseguir nuestro camino en nuestro tiempo, así también el Papa Benedicto XVI ha iluminado y profundizado en las claves de este camino a seguir con su primera Encíclica «Deus Caritas est», en la que insiste en elementos fundamentales, para suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino (DCE), 1). Ambos textos habremos de tenerlos muy presente siempre y particularmente en este curso pastoral que nos coloca en el centro mismo del cristianismo, en la esencia del ser cristiano que se expresa en la caridad.

El Papa Benedicto XVI, en esta primera Encíclica suya, de alguna manera programática, nos sitúa ante aquello esencial que todo cristiano —todo hombre— requiere para dar sentido a su vida y orientar su existencia por el camino certero de la verdad. En esta carta el Papa nos lleva al núcleo de la fe y al fondo de la realidad del hombre. Siguiendo y explicitando a san Juan, expresa «con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino» (DCE.1). Nos ha mostrado la entraña y la novedad del cristianismo, que, además, es lo que concierne a todos, lo que es válido y universal, lo que es decisivo a todo hombre y a la comunidad humana en cuanto tal, lo que está en el fundamento: El amor, la verdad que se realiza en el amor. El Papa, que nos preside en la caridad, pone en el centro de su pontificado el amor, «del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás» (DCE.1).

Ésta es la clave de todo: el amor, el amor cristiano.»Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE.1). No es una idea, no es un conjunto de valores, no son las soluciones de la ciencia y de la técnica, dirá el Papa en el conjunto y en el fondo de la Encíclica, la que nos salvan y sean capaces de responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo, sino un acontecimiento, una Persona, en quien hemos conocido el amor: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna» (Cf. Jn 3,16); ahí, en Él, se esclarece la verdad de Dios y la verdad del hombre y se nos descubre la grandeza de ser hombre y de nuestra vocación de hombres Cf. GS 42).

7. Ante un mundo tan falto y necesitado de amor, con tan grandes problemas de humanidad, «el amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros» (DCE.2). En este amor de Dios que se ha hecho hombre, el amor de Dios encarnado, es donde radica la originalidad misma de lo que es el cristianismo. No consiste ésta originalidad o novedad en «nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito» (DCE.12). Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo ayuda a comprender que «Dios es amor» y cual es la grandeza del hombre y a lo que está llamado. «Es en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar» (DCE.12), en el que, en modo alguno, son separables el amor de Dios y el amor a los hombres, como dan testimonio los santos, particularmente los mártires, enseña de la verdad del hombre. «No se trata ya, dirá el Papa, de un ‘mandamiento’ externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor» (DCE. 18).

8. De ahí que para llevar e intensificar una vida de caridad, originalidad del ser cristiano, son de todo punto necesarios la contemplación del rostro de Cristo, y el fortalecimiento de su seguimiento, pues «contemplar amor, saca amor» (Santa Teresa de Jesús). Para ello es indispensable ahondar y consolidar la experiencia de Jesucristo, la oración o trato de amistad con Él, la iniciación en la vida cristiana, la escucha de su palabra y el conocimiento de su persona en la comunión de la Iglesia donde Él está presente, la participación en sus sacramentos, de manera singular en la Eucaristía, el entregar a los demás lo que hemos recibido: nuestra riqueza única que es Jesucristo. Son los aspectos en los que, por lo demás, venimos insistiendo en nuestro Plan Pastoral diocesano y debemos seguir insistiendo a la par que en la vida de caridad como santo y seña de nuestro ser discípulos de Cristo.

9. Guiados del magisterio del Papa Benedicto XVI, entremos, pues, a lo largo de este año, en el interior de su Encíclica, parémonos a contemplar, a comprender, y a interiorizar lo que en ella se nos enseña; sin duda que quedaremos muy reconfortados y dispuestos a reemprender animosos el camino, el verdadero camino para llegar a Dios de un modo seguro, ese camino excepcional que nos propone san Pablo sobre lo único que quedará al final permanece eternamente, sobre lo único que se nos preguntará y juzgará en el ultimo tribunal: la caridad, el amor (I Cor 13). Como confiesa Santa Teresita del Niño Jesús, esa es nuestra vocación: nuestra vocación es el amor; hemos sido elegidos y «llamados a ser santos e inmaculados por la caridad» (Ef. 1,4). «Sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia, y si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre... el amor encierra en sí todas las vocaciones, el amor lo es todo, abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, el amor es eterno». En el amor está el corazón de la Iglesia de todas las épocas (Santa Teresa el Niño Jesús, «Historia de un alma»). En el amor está el corazón de la Iglesia de todas las épocas, ese es también el corazón de nuestra diócesis como nos pone de relieve y recuerda nuestro Plan Diocesano.

III. Los santos y los mártires testigos y aliento de caridad

10. En este caminar nuestro pongamos también la mirada en los santos, testigos del Amor que es Dios, «modelos insignes de caridad social» y acudamos a ellos en auxilio nuestro (Cf. DCe. 40-42) Ellos nos enseñarán y darán ánimo para no desfallecer en este camino. Fijémonos, por ejemplo, en san Pablo, el gran testigo del amor de Dios, que puede decir como ningún otro que nada ni nadie puede separarnos el amor de Dios manifestado en Cristo (Rm 8), que desearía deshacerse en vida por todos, que nos ofrece un continuo ejemplo de desvivirse por los fieles no escatimando nada, que proclama la grandeza del amor cristiano, obra del Espíritu Santo, en el maravilloso himno de la caridad (1 Cor 13). Releamos a san Pablo en tantos textos en los que nos habla de la caridad; profundicemos en ellos; sobre todo, imitémosle.

Sigamos las huellas de tantos santos toledanos que desde los comienzos del cristianismo en estas tierras, hasta hoy, a lo largo de la historia, nos han dejado una estela de vida de caridad inagotable. Recordemos en este capítulo, entre otros, a Santa Leocadia, la primera mártir toledana, joven que consagró su vida a la oración y a ayudar a los pobres; a san Eladio, que en el siglo VII se distinguió como pastor entregado a los más necesitados; a san Julián Obispo toledano de Cuenca, que mereció ser llamado «padre de los pobres», por su profunda caridad; a Santa Beatriz de Silva o a la sierva de Dios Teresa Henríquez, que unieron tan perfectamente la Eucaristía y la vida de caridad para con los pobres; a San Tomás de Villanueva, conocido como el «Obispo de los pobres»; a la Beata Ana de San Bartolomé que, desde el claustro teresiano vivió tan hondamente el carisma de la caridad; al gran testigo y apóstol de la caridad, San Juan de Dios, nacido en La Sagra y criado en Oropesa.

No podemos olvidar a los santos mártires que a lo largo de la historia nos han dejado el supremo testimonio de la caridad, al derramar su sangre por los demás, bien en nuestras tierras o en tierras de misión; entre esta pléyade de mártires, aliento de nuestra caridad, hemos de contar a los 53 de la persecución religiosa en Toledo, en los años treinta, que el próximo día 28 de este mismo mes de octubre serán beatificados en Roma. Es muy necesario recordar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe que se realiza en el amor, en la caridad hasta el extremo. Casi comenzando todavía el Tercer Milenio, y en este mismo «Año de Caridad» en la diócesis de Toledo, nuestra diócesis, como dijera de España Juan Pablo II en una ceremonia de beatificación de 233 mártires españoles de la misma persecución religiosa, está «llamada a vivir una nueva primavera del cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de tantos mártires. ‘Esta sangre’ debe llenar hoy de esperanza nuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización», que tiene como signo principal la caridad. Contamos «para ello con la ayuda inigualable» de nuestros mártires. Acordémonos de su valor, fijémonos «en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 7-8) (Cf. Juan Pablo II, Homilía del 11 de marzo de 2001, n.4)

Es providencial, además, que nuestro curso pastoral marcado por la caridad coincida con el décimo aniversario de la muerte de la Beata Teresa de Calcuta. Esta mujer menuda y grande fue y es un indicativo esplendoroso de que Dios es Dios, Dios-con-nosotros: ella fue y es recuerdo

hecho carne para todos de que al atardecer de la vida seremos juzgados del amor, es afirmación de que la caridad es lo primero y principal que permanece para siempre; es cercanía de Dios que es amor, al que se le conoce cuando se ama a los demás, con amor preferencial por los más pobres y despreciados, como Él, con los que Él se identifica. De estos signos como la Beata Madre Teresa, que todos entienden, sobre todo los sencillos, necesitamos los hombres. Ahí se muestra cómo el Evangelio vivo, el Evangelio de la caridad, Jesucristo, es creíble, porque es la única esperanza, el verdadero amor y la fuente de alegría para todos: para los que pasan hambre, los encarcelados, los enfermos, los que carecen de cobijo, los desnudos y despojados, los inmigrantes, los inocentes no nacidos amenazados de muerte en el seno materno, (...) los más pobres. Él es Dios con los hombres y para los hombres: es Amor. Teresa de Calcuta nos recuerda que nuestra vocación de hombres es ir por toda la tierra y abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios que vino a traer fuego al mundo para inflamarle su amor, con su caridad. Ella es un gran signo por el que se conoce a Jesucristo y a sus discípulos en el mundo de hoy. Ella es para todos enseña levantada en lo alto de la nueva humanidad. Signo para nuestro tiempo de Dios que es Amor, y aliento para todos para vivir la caridad que es lo primero y permanece siempre.

11. Para vivir en medio de los hombres amando como Cristo nos ama, como amaron los santos testigos de la caridad de Cristo, para vivir con este amor cristiano que es don de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo necesitamos de la Eucaristía, «Sacramentum caritatis», como la ha llamado el Papa en su Exhortación Apostólica Postsinodal, de febrero de este año.

Para adentrarnos en el abismo de grandeza, de belleza y de amor insondable e infinito del misterio eucarístico, para que lo celebremos bien y lo vivamos, para que brote de él todo un dinamismo de caridad, el Papa Benedicto XVI nos ha regalado a toda la Iglesia esta Exhortación Apostólica. Además de invitaros a que la leáis, meditéis e interioricéis todos, os pido encarecidamente que la apliquemos a nuestras vidas y comunidades y la pongamos enteramente en práctica en nuestra diócesis. Así podremos vivir la caridad, como nos señala lo que el Espíritu dice a nuestra Iglesia.

IV. La Eucaristía, «Sacramento de caridad»

12. Mirad y escuchad atentos cómo comienza este importantísimo texto del Papa, prolongación de otros textos de Juan Pablo II y de su propia Encíclica «Deus charitas est». Dice así: «Sacramento de caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor ‘más grande’, aquél que impulsa a ‘dar la vida por los propios amigos’. En efecto, Jesús ‘los amó hasta el extremo’. Con esta expresión el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos ‘hasta el extremo’, hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio Eucarístico! En el Sacramento del altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándole en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres, Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad... Todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, ‘el camino, la verdad y la vida’, se dirige al corazón anhelante del hombre que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la Verdad... En particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia del mismo Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre... Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se compromete a anunciar a todos, ‘a tiempo y a destiempo’, que Dios es amor» (SCh, nn 1-2). La Iglesia lleva a cabo este anuncio, en obras y palabras, sin separarlo de la celebración, participación, adoración y asimilación en la vida de la Eucaristía.

13. La Eucaristía, como proclamamos tras el relato de la Cena en cada santa Misa, es sacramento o «misterio de la fe» por excelencia: es el compendio y la suma de la fe. Porque la Eucaristía es Cristo: Cristo mismo en persona, Cristo que se ofrece al Padre por nosotros para la redención nuestra, Cristo que se nos da enteramente para hacernos partícipes de los dones de Dios y de su salvación, de Él mismo en quien Dios nos lo da todo, para que tengamos vida, la suya, y vivamos en su amor, como Él nos ha amado. «En la Eucaristía, Jesús no da ‘algo’, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros»(SCh,7)

La fe y la vida de la Iglesia son esencialmente fe y vida eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. «El Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; ‘gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo’. Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio su pueblo» (SCh, 6). El presente y el futuro de la Iglesia está en la Eucaristía; el presente y el futuro de la aportación propia de la Iglesia a la humanidad está en la Eucaristía. Avivar y fortalecer la fe eucarística y el sentido eucarístico en los fieles y en las comunidades es donde tenemos la garantía de servir a los hombres y hacerles partícipes del don de Dios, siempre presente en la Eucaristía.

14. Esto es clave, queridos hermanos, para la revitalización de la Iglesia. Por ello es tan decisiva para la vida de la Iglesia y del mundo la Eucaristía dominical. Pensad en los mártires de los primeros siglos: no dejaban la celebración eucarística, aunque les costase la vida; porque en la Eucaristía misma les iba la vida. Pensad en Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora de todos los tiempos: en el centro de sus carmelos, la Eucaristía, el sagrario. Pensad también en la Beata madre Teresa de Calcuta; ella y sus hijas encuentran la fuente y el sentido de todo el sentido de su actuación de amor con un amor tan gigantesco y heroico en la Eucaristía. Necesitamos la Eucaristía, necesitamos una Iglesia cada día más intensamente eucarística, si queremos una Iglesia que ame y muestre el amor inconmensurable de Dios en favor de los más necesitados, pues si no ama, si no es testigo de Dios vivo que es amor, ¿qué sentido y papel desempeñaría?. Necesitamos una Iglesia, que, en todos y cada uno de sus miembros y comunidades, tenga cada día más en su centro la Eucaristía: que participe en la Misa dominical, que visite al Señor en el sagrario, que adore el Santísimo; sólo así será una Iglesia con proyección misionera, una Iglesia que evangelice, una Iglesia apostólica: la Iglesia de la caridad.

15. La Eucaristía es fuente de amor, de servicio, de apostolado. «En la medida en que nos alimentemos de Cristo y estamos enamorados de Él, sentimos también dentro de nosotros el estímulo de llevar a los demás a Él, pues no podemos guardar para nosotros la alegría de la fe; debemos transmitirla. Esta necesidad resulta aún más fuerte y urgente a causa del extraño olvido de Dios que existe hoy en amplias partes del mundo, y, en cierta medida, aquí ‘en España’. De este olvido nace mucho ruido efímero, muchas tensiones, una gran insatisfacción y un sentido de vacío» (Benedicto XVI), una gran indigencia en el mundo: la indigencia del amor que sólo en Dios encontramos plenamente y que solamente Él puede llenar hasta saciar.

Sin la Eucaristía no habrá vida de caridad en la Iglesia. Debilitar la vida eucarística, es debilitar el testimonio de la caridad. «Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que consiste en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. De este modo, en la personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolas hasta el extremo. Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse ‘pan partido’ para los demás, y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y de los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: ‘dadles vosotros de comer’. En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo» (SCh 88).

V. Algunas aplicaciones para el momento actual

16. «Pan partido para la vida del mundo» lo hemos de ser todo y en todo cuanto somos y hacemos, en todo cuanto es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Todo en la vida diocesana siempre ha de brotar, tender y manifestar la caridad; pero, por razones obvias, este «Año de la caridad», esto ha de ser lo que mueva todo en nuestra acción pastoral: catequesis, predicación, oración, sacramentos, grupos apostólicos, iniciación cristiana, acción misionera, (...) todo tiene que ver, todo ha de brotar, todo ha de ser manifestación y obra de la caridad de Cristo que nos urge y apremia. Quiero no obstante, además de insistir en la centralidad de la Eucaristía, y más concretamente en la Eucaristía dominical, subrayar que este año esté marcado por el conocimiento, difusión y puesta en práctica de la doctrina social de la Iglesia en nuestra diócesis. Ha de ser el «Año de la Doctrina Social de la Iglesia», como expresión del servicio de la caridad, inseparable de la justicia (Cf. DCe, nn 26-29).

Ante los momentos que estamos viviendo, las situaciones sociales, políticas, culturales en que nos encontramos, sintiéndonos, en virtud de la caridad social que nos apremia, responsables del futuro de nuestra sociedad, por ejemplo cuando seamos convocados en este mismo curso a comicios electorales, debemos llevar a cabo un gran esfuerzo en difundir el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia y propiciar su aplicación ente nosotros, para que esta Doctrina social sea punto de referencia de la vida del pueblo cristiano.

17. La doctrina Social de la Iglesia, traducción histórica de los frutos de la redención, rostro humano de la redención de Jesucristo, signo visible del misterio del que la Iglesia es portadora, consecuencia más inmediata y visible de su experiencia de Cristo, entraña el respeto y el aprecio de la persona y su dignidad inviolable en tanto que persona, siempre y en cualquier circunstancia; la comunión de afecto y de vida entre todos los miembros de Cristo y de su humanidad; un amor apasionado por el hombre, por todo hombre; y una preferencia por los más pobres, los más débiles y los más necesitados.

18. La Doctrina Social de la Iglesia nos descubre la entraña misma del ser cristiano y la base que sustenta su actuar en el mundo y en la historia, inseparable del reconocimiento de Dios como Dios, como del sólo y único Dios, señor único de nuestras vidas, a quien debemos un amor total por encima de todo, con todo lo que somos, con todo nuestro corazón, nuestra mente, nuestra querer y nuestros sentimientos. Un amor que es cumplimiento entero de la voluntad de Dios, de sus mandatos, que no son ajenos a nuestro ser de hombres imagen de Dios, un amor que es obediencia plena al querer divino, que es su infinito y apasionado amor por todos y cada uno de los hombres. Aquí radica la verdad del hombre, ahí está su felicidad y su dicha, su libertad y la base para su encuentro en amor con los otros.

La Doctrina social de la Iglesia tiene en su fundamento aquella expresión fundamental de la existencia del hombre, del ser cristiano: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios es solamente uno». Esta es la clave. «Existe un solo Dios que es el Creador del cielo y de la tierra y, por tanto, también es el Dios de todos los hombres... realmente todos los otros dioses no son Dios y toda realidad en la que vivimos se remite a Dios, es creación suya... no se trata de un dios cualquiera, sino que el único Dios verdadero, Él mismo, es el autor de toda la realidad; (...) este Dios ama a su criatura porque la ha hecho, ama al hombre (...) personalmente (...) y le da la Torah ‘la Ley’, es decir abre los ojos de Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre, y le indica el camino del verdadero humanismo» (Benedicto XVI, DCe, 9), inseparable del amor incondicional a Dios, que es Amor, como se ha manifestado plenamente en su Hijo Jesucristo.

Jesús ha dado pleno cumplimiento a la Ley. Obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz, cumpliendo en todo la voluntad del Padre, haciendo del querer del Padre su alimento, ha desplegado enteramente su vida amándonos hasta el extremo, hasta su entrega sacrificial por nosotros los hombres, y así nos ha mostrado el camino del hombre, en el que es inseparable la relación entre el amor a Dios y amor al prójimo. «Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios ‘sobre todas las cosas, por encima de todo’ es en realidad mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia (...) el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios y (...) cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios (Benedicto XVI, DCe, 16).

19. El reconocimiento de Dios, el amor de Dios sobre todas las cosas comporta unirnos a su voluntad y a su amor, por tanto a su amor apasionado y total hasta despojarse de sí por el hombre y llenarlo de su amor. No cabe contraposición. Es la base del amor al prójimo, su raíz y fundamento más firme. Quien ama a Dios por encima de todo crece en comunión con la voluntad divina, con su sentir y su querer, con su pensar y su actuar, siempre en favor del hombre, volcado sobre él; así coinciden cada vez más nuestro querer y la voluntad de Dios, que es amor, amor encarnado y crucificado por nosotros, en su Hijo Jesucristo. Ahí está la verdad del hombre, la verdad de una nueva humanidad, ahí está su futuro, el futuro de una humanidad nueva que se rige por el amor, que se hace historia.

Sin Dios no hay futuro para el hombre, se destruye el fundamento de toda connivencia entre los hombres que radica en el amor. Esto es lo fundamental y prioritario, irrenunciable. Al hombre de nuestro tiempo, desgarrado y dividido por tantas divisiones internas y externas, por tantos fragmentos de verdad, sin encontrar su tan necesitada unidad, es preciso ofrecerle aquello esencial que requiere dar sentido a su vida y orientar su existencia, personal y comunitaria, por el camino certero de la verdad, que se realiza en el amor y nos hace libres en la comunión de amor.. En la afirmación «Dios es amor» y en el doble e inseparable mandamiento, «amarás al señor tu Dios sobre todas cosas, y al prójimo como a ti mismo», tenemos el núcleo de la fe y el fondo de la realidad del hombre. Ahí está la entraña en el fondo de la Doctrina Social de la Iglesia.

20. La Doctrina Social de la Iglesia no es algo apendicular para la vida cristiana, algo para especialistas «comprometidos» en la vida social, sino que es algo que está en la entraña misma del ser cristiano, de la misma Iglesia; no es algo extrínseco a su vida. La Doctrina Social de la Iglesia no abarca sólo algunas cuestiones parciales de la vida económica y laboral, sino que viene a ser como el rostro humano de la redención, el «signo» visible del misterio del que la Iglesia es portadora: Jesucristo, revelador de la verdad de Dios y de la verdad del hombre, presencia de la humanidad nueva redimida hecha de hombres y mujeres nuevos, que se rigen por el doble mandamiento del amor: por la caridad de Cristo que nos urge. Se comprende que el contenido de la Doctrina Social de la Iglesia alcance a toda la trama de la vida, porque en todos los ámbitos la Iglesia ha de mostrar y hacer presente la nueva humanidad de un pueblo que ha experimentado la fuerza renovadora del poder de la redención de Jesucristo y de su Evangelio. La Iglesia está llamada a hacer presente ese rostro humano de la redención que es o implica la aplicación de su Doctrina Social; si no lo hiciese dejaría de ser Iglesia.

Por todo ello, nuestra diócesis, junto con otras acciones que prevé nuestro Plan Pastoral, la difusión del conocimiento y aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia ha de ser un objetivo prioritario. De esta manera podremos aportar a nuestra sociedad la redención de Jesucristo en el ámbito de la vida, de la familia, de los derechos humanos, de la libertad en general y de la libertad religiosa en particular, de la educación y la enseñanza escolar en sus principales dimensiones, del trabajo y las relaciones laborales, de la economía, de la cultura, de la ecología. En todo ello ha de manifestarse la caridad, que implica también y se traduce en la caridad social y política. Y no olvidemos, además, que este año se cumple el 40 aniversario de la Populorum Progressio, del papa Pablo VI, y el 20 de la encíclica Solicitudo rei socialis, de Juan Pablo II, tan importantes en toda la doctrina social.

21. Dentro de las aplicaciones de la caridad, para las que habrá que tener muy presente cuanto nos enseña el Papa en la segunda parte de su Encíclica, debo referirme a la necesidad de potenciar y fortalecer Cáritas Diocesana y las Cáritas parroquiales. Éste ha de ser un año muy importante en nuestra diócesis para Cáritas, llamada a alentar, fortalecer, y coordinar la pastoral de la caridad de la Iglesia.

Caritas lo viene haciendo con la concienciación de los problemas, en su animación y coordinación de las pastoral de la caridad, presentando a la vida teologal un cauce ordinario y oficial de la Iglesia para la acción caritativa y social, como una tarea permanente que presidida por el Obispo ha de ser lugar de encuentro de la comunidad cristiana para un mejor servicio de los pobres. Caritas está desplegando un espléndido trabajo analizando las situaciones de pobreza e injusticia, incidiendo en los desajustes sociales que propician graves situaciones de marginación, proponiendo el marco más adecuado para que el servicio, la diaconía, de la caridad pueda responder, de forma coordinada y eficaz, a los desafíos planteados por las nuevas pobrezas y viejas pobrezas.

Es mucho y espléndido lo realizado, pero esto no puede dejarnos tranquilos y satisfechos ante la situación de tantos hermanos que no cuentan con lo necesario para una vida auténticamente digna. No podemos cerrar los ojos ante los graves problemas sociales de hoy que afectan a nuestras gentes, a tantos hermanos nuestros de nuestras tierras y de nuestros pueblos o de otros pueblos y de otras tierras. Lo realizado por Caritas es estímulo y acicate para todos, para que obremos permanentemente conforme a la caridad, para que en todo y constantemente seamos los buenos samaritanos de nuestro tiempo y no pasemos de largo o dando rodeos ante las necesidades de nuestros hermanos.

El amor gratuito a los pobres, el servicio samaritano de los cristianos a los necesitados en el nombre del Señor es un elemento esencial de la evangelización, indispensable para el anuncio eficaz del Evangelio en nuestra sociedad. Está en mi ánimo y pido que esté en el ánimo de todos el fortalecer la vida y las actividades de Cáritas diocesana y Cáritas parroquial. Hagamos todos un nuevo esfuerzo en este sentido de manera que, con la gracia y la ayuda de Dios, nuestros hermanos que sufren puedan comprobar el amor con que somos amados por Dios, son amados por El: el amor que brota de Cristo, de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada para la salvación de todos.

Que este año ayude también para estimular más los carismas diocesanos que el Espíritu suscita al servicio de la caridad en familias religiosas, comunidades eclesiales, parroquias, movimientos apostólicos, «Manos Unidas» y otros grupos cristianos, articulándose adecuadamente dentro de nuestra Iglesia particular que está en Toledo.

También nuestro Plan Pastoral contempla a los voluntarios de la acción caritativa de la Iglesia en diversas organizaciones propias. Es necesario promover el voluntariado y atenderlo debidamente; formarlo en todos los sentidos: en la identidad cristiana, en cuanto se refiere a la teología de la caridad y a su ejercicio, en la espiritualidad, en el sentido eclesial, en el campo de la doctrina social de la Iglesia, en la capacitación para el cometido que van a desempeñar como obra de la Iglesia.

22. Un capítulo al que debemos prestar singular atención, sensibilizándonos de verdad y poniéndonos manos a la obra es la pastoral con los inmigrantes. Nada verdaderamente humano puede dejarnos indiferentes a los que seguimos a Jesucristo; nada humano debe pasar desapercibido ante la caridad cristiana. Uno de los asuntos en los que se juega el destino del hombre sobre la tierra, ya en el momento presente y sobre todo en los próximos años, es el de las migraciones. Las migraciones están adquiriendo en nuestro tiempo una magnitud que desconocíamos. Sus proporciones son gigantescas. Los países desarrollados, entre los que se incluye el nuestro, están recibiendo miles y miles de pobres gentes que, asesinadas por el hambre, tienen que dejar su tierra. Proceden, precisamente, de los lugares —que son las partes más extensas de la tierra— donde reinan el hambre y la muerte prematura. Buscan salir de su miseria, liberarse de las amenazas que pesan sobre ellos, hallar un presente y un futuro mejor para sí y para los suyos.

Por eso emigran. Tienen derecho a hacerlo. También los países receptores tienen el deber de ordenar justamente la inmigración, para evitar que el conflicto entre los ciudadanos del país receptor y los que llegan de fuera desemboque en odio y violencia. El problema es muy grave, uno de los más graves y complejos sin duda ninguna de nuestro tiempo. Requiere unos cambios muy sustanciales en el ordenamiento mundial. O se distribuyen más equitativamente los recursos económicos o se abren las fronteras a quienes tratan de escapar del hambre.

Los cristianos, las comunidades cristianas, las diócesis, no podemos permanecer ajenos y como espectadores más o menos inquietos ante ese asunto capital. Es necesario interesarnos por él y trabajar. No podemos desentendernos del hecho lacerante de que haya gente todavía que muere de hambre, que esté condenada al analfabetismo, que carece de la asistencia médica más elemental o que no tiene techo donde cobijarse. Esa es la raíz de las migraciones.

Como nos señaló el Papa Juan Pablo II en su Carta «al comenzar el Nuevo Milenio», «el cristiano que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que El dirige desde este mundo de pobreza ‘de la inmigración: ‘fui forastero y me acogiste’. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados pero que hoy requiere mayor creatividad ‘La caridad es más exigente y va más allá, incluyéndola, que la justicia; es también ‘caridad política’. Es la hora de una nueva ‘imaginación de la caridad’, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre ‘el inmigrante’, para que el gesto de ayuda sea sentido... como un compartir fraterno».

Es lo que la Palabra de Dios nos exige: «Si un emigrante se instala en vuestra tierra no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto» (Lev 19,33). «No explotarás al jornalero pobre e indigente, tanto si es uno de los tuyos, como si se trata de un emigrante que reside en tu tierra y en tu ciudad... No violarás el derecho del emigrante ni el del huérfano, ni tomarás en prenda los vestidos de la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te rescató allí; por eso te mando que procedas así» (Dt 24,14.17).

«Fui forastero y me acogiste», dice el mismo Jesús. Esta frase, como el resto de la parábola del Juicio Final, «no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».

Y no olvidemos que un deber primordialísimo de la caridad es ofrecer a estos hermanos nuestros, en libertad plena y en el respeto más total, el que les ofrezcamos la gran riqueza, la única y principal que tenemos, el Evangelio de Jesucristo, a Jesucristo mismo en persona, para que se encuentren con El, lo acojan, crean, sientan el gozo de su cercanía y de su salvación, y renazcan a la esperanza que en El solamente se halla. Es un deber de los cristianos, que no podemos olvidar. Es un servicio a los hermanos que llegan de lugares donde no conocen a Jesucristo. Deber y servicio que todavía se intensifica cuando los que vienen de otras tierras profesan la fe en el Señor y requieren que las comunidades cristianas los acojamos como hermanos en la fe, la compartamos con ellos y nos animemos mutuamente en esa misma fe. Que puedan ver en nosotros cumplidas aquellas palabras de Pedro «No tengo oro ni plata; lo que tengo te doy; en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y ponte a andar».

Insisto en este punto. La primera tarea de la Iglesia recibida como misión propia es el anuncio del Evangelio. Deber fundamental de la Iglesia, y en ella de todo bautizado, es dar a conocer a todos de manera explícita a Jesucristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado por nosotros, que vive hoy y es Señor del universo, Salvador único de la humanidad entera. Tal misión puede ser ayudada pero nuca sustituida por la sola tarea asistencial. Esta misión entraña nuestra actitud para el diálogo sincero, abierto, respetuoso con todos, pero tampoco puede quedarse únicamente en el diálogo. Puede ser favorecida por nuestro conocimiento objetivo de las posiciones de los otros, pero se llevará a cabo de verdad cuando consigamos conducir al conocimiento de Cristo al que nuestros hermanos desconocen. No podemos olvidar que la acción evangelizadora es por su naturaleza universal y no permite la exclusión de nadie: Predicad el Evangelio a toda criatura. Esto pertenece a las exigencias primordiales y más hondas de la caridad de Cristo que nos apremia y urge.

23. Finalmente quiero llamar también vuestra atención en otro aspecto que también atañe a la caridad como leemos una y otra vez en las Cartas de San Pablo y en el libro de los Hechos. Me refiero a la ayuda a la Iglesia en sus necesidades. Con el reciente acuerdo alcanzado entre el Gobierno español y la Santa Sede, se ha producido un cambio substancial en el modelo de financiación de la Iglesia Católica en España. A partir de ahora tenemos que aprender a vivir por nosotros mismos, el sostenimiento económico de la Iglesia depende exclusivamente de los católicos y de cuantos valoran su labor. Será nuestra generosidad y nuestra caridad la que nos permitirá continuar anunciando el Evangelio y seguir ayudando a los más necesitados. Nuestra aportación personal y 0,7% de nuestra Declaración de la Renta, si marcamos la casilla en favor de la Iglesia, serán los ingresos de la Iglesia. Nosotros seguiremos viviendo sencillamente, como nos exige el Evangelio y seguiremos ejerciendo nuestra labor sin desfallecer. Cualquier donativo llegará a su destino, de forma directa y transparente. La caridad cristiana nos reclama colaborar.

VI. Conclusión

24. Al comenzar la andadura de este nuevo curso en la diócesis de Toledo, nos encontramos ante un momento de gracia para avivar en nosotros y vivir lo que constituye la «esencia» del cristianismo que es la caridad de Cristo mismo que nos urge y apremia. Es una oportunidad que Dios nos ofrece, no la dejemos pasar. Tengamos muy presente a lo largo de todo el año aquellas palabras de san Pablo a los Colosenses: «Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo... Y todo lo que de palabra u obra realicéis sea todo en nombre de Jesús» (Col 3, 12-17).

Que Dios os bendiga a todos.

ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA
Cardenal Arzobispo de Toledo
Primado de España

En Toledo, 1 de octubre de 2007
Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOSâ„¢. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico