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Cardenal Antonio Cañizares Llovera, Homilía del Arzobispo Primado de España durante la Solemnidad de San Pedro y San Pablo
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Homilía en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

S. I. Catedral Primada

Queridos hermanos: Saludo en vosotros y con vosotros a toda la comunidad diocesana de Toledo que en todas las eucaristías de este día da gracias a Dios por la inmensidad de la misericordia que ha tenido con nosotros a lo largo de todo este curso pastoral que ahora, se encuentra en su etapa final. Saludo por ello a los miembros del Consejo Pastoral, aquí presentes, a las religiosas y a los movimientos apostólicos.

Saludo también con gran afecto al pueblo de Fitero, aquí presente, en su Sr. Alcalde y en sus autoridades, en el coro y en la representación de cuantos habéis venido hasta Toledo para agradecer la visita de las reliquias de San Raimundo de Fitero, que se guardan con celo y amor, en el Ochavo de esta santa iglesia catedral toledana, que hoy se siente muy dichosa por vuestra presencia y os acoge.

Todos nos sentimos profundamente unidos a toda la Iglesia, presidida en la caridad y en la misericordia, alentada en la única esperanza en Cristo Jesús, y confirmada en la misma fe en el Hijo de Dios vivo, por el Papa Benedicto XVI, sucesor de Pedro, continuador de la obra apostólica de Pablo, que nos confirma en la fe y nos mantiene en la unidad como vínculo de comunión universal de todas las iglesias dispersas por el mundo.

Hoy toda la comunidad diocesana renovamos nuestra adhesión inquebrantable al Papa Benedicto XVI, expresamos nuestra comunión afectiva y efectiva con él, e imploramos, como la primera comunidad, a Dios, pidiéndole que le libere de todo aquello que le impida ser plenamente el sucesor de Pedro. Le pedimos también la ayuda y la fortaleza para que nos siga manteniendo a todos en la verdadera y única fe que solamente podemos encontrar en la comunión con Pedro y sus sucesores.

Hoy es un día grande, un día muy gozoso, para toda la cristiandad. Unidos a toda la Iglesia, celebramos el inmenso gozo de la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, fundamento de nuestra fe cristiana. Porque, como proclamaremos en el Prefacio de este día, "en los apóstoles Pedro y Pablo Dios ha querido dar a su Iglesia un motivo de alegría: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó; aquél fundo la primitiva Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió a todas las gentes. De esta forma, por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo, y a los dos, coronados por el martirio, en Roma, celebra hoy el pueblo santo de Dios con una misma veneración". En uno y en otro Dios ha concedido a la Iglesia el fundamento para confesar y mantenernos en la fe que justifica y salva: la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro.

En efecto, nuestra fe descansa y se apoya en el testimonio de Pedro, roca firme, que proclama en nombre de la Iglesia de todos los tiempos, la Iglesia asentada sobre el cimiento de los apóstoles: "Tú eres, el Cristo, el Hijo de Dios vivo". "Tú tienes palabras de vida eterna, a ¿quién vamos a acudir?" "Cristo es la piedra angular sobre la que se edifica la Iglesia y la nueva humanidad; no se nos ha dado otro nombre en el que podamos ser salvos". En Él está nuestra esperanza de la que estamos llamados a dar razón en medios de los hombres. Pedro nos confirma en la fe, y nos preside en la caridad. Nada ni nadie podrá derribar a la Iglesia por él presidida y asentada en esta misma y única fe que no es producto de la carne ni de la sangre, es decir, de la creación humana, sino don que viene de lo alto y nos alcanza por la gracia de la revelación divina. De pecador, de negar a Jesús, de su fragilidad, que no es capaz de comprender y aceptar el misterio de la cruz, de estar dormido en la hora de la agonía de Jesús, de negarlo tres veces, pasará después a decir por tres veces también: "Señor tú sabes que te quiero, tú sabes que te quiero, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero y recibirá de Jesús mismo el encargo de guiar y conducir a todo el Pueblo santo de Dios: “Apacienta mis ovejas”.

Los pueblos que no pertenecen a la misma sangre de Israel, han sido engendrados a la fe, la fe que justifica y salva, por medio de la predicación del que ha sido llamado a ser apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso. En su camino de persecución fue alcanzado por la gracia y la misericordia infinita de Dios en el encuentro con Jesucristo resucitado, y de perseguidor pasa a ser su testigo más singular, hasta el punto de que su vida no la entiende él y no se entiende sino es en cristo y con Él: "Para mí la vida es Cristo", dirá. "No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". "No quiero saber otra cosa que a Cristo y este crucificado". “No me glorío, si no es en la Cruz de Jesucristo”. "Yo no me hecho atrás en el anuncio del Evangelio porque él es fuerza de salvación para todo el que cree". Su vida desde aquel encuentro, que renueva y transforma, que hace nacer de nuevo y ser una nueva criatura, no tendrá otra razón de ser que dar a conocer el amor de Dios manifestado y entregado en Jesucristo, del que nada ni nadie nos puede apartar, como testifica Pablo mismo en toda su vida y en toda su empresa apostólica. Toda su vida, en efecto, será testimonio y anuncio a todas las gentes de la gracia y de la benevolencia de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús. Así dirá: "¡Ay de mí sino evangelizare!" “Todo lo estimo basura y pérdida comparado con el conocimiento de Jesús, el único mediador entre Dios y los hombres, en el que Dios nos ha bendecido con toda clase bienes espirituales y celestiales y nos lama a ser santos en Él e irreprochables por el amor”. Por él podrá pasar tantas calamidades, como testifica el libro de los Hechos y sus cartas, de persecuciones, de cárceles, de naufragios, de asaltos, de desnudez, de hambre, de todas las dolencias y dificultades. Eso no le arredró ni le echó atrás para llegar hasta los confines de la tierra que era, en aquellos momentos, la Hispania del fin de la tierra. Estuvo entre nosotros, seguramente en la ciudad de Tarragona. Por eso también nosotros, España, nos consideramos herederos de la fe apostólica de Pedro y de Pablo, que sellaron con su sangre.

Aquí, precisamente, en lo que recibimos de Pedro y de Pablo, está nuestra identidad, aquí está lo que somos. Lo que cuenta es poner en el centro de la propia vida a Jesucristo. Nuestra identidad de hombres y de cristianos queda marcada por el encuentro con Jesucristo, de ahí, de Él, brota nuestra vida: de la comunión con Cristo, con su vida y con su palabra. No tenemos a otro que a Cristo que dé sentido a nuestro vivir, que llene de luz y de verdad y de amor que a Jesucristo. No tenemos a otro en quien encontremos la salvación, si no es Cristo. A su luz cualquier otro valor viene recuperado y al mismo tiempo purificado de eventuales escorias. El es nuestra riqueza y nuestro todo. Pero no sólo para nosotros, los cristianos, sino para todos los hombres. Y con Pedro y con Pablo no podemos silenciarlo. Y con Pedro y con Pablo estamos llamados a no echarnos atrás en el anuncio de Jesucristo, en el dar testimonio de Él y en el vivir del todo por Él y para Él. Por eso nosotros, en los tiempos que Dios nos ha concedido, no realizar otra cosa que no sea precisamente la evangelización: dar testimonio con obras y palabras de todo lo que somos; gastarnos y desgastarnos en nuestra propia vida, anunciando a Jesucristo, dándole a conocer, porque únicamente en Él el hombre y la humanidad entera puede ser renovada, puede nacer de nuevo, puede ser hecha humanidad nueva de hombres nuevos, conforme a Jesucristo, que vivan la comunión de vida con Él, rescatados por su sangre que es la sangre misma de Dios, donde se ve todo lo que Dios ama al hombre.

Este año, además, el día de la fiesta de Pedro y de Pablo tiene una connotación muy singular: ayer por la tarde abría el Año Jubilar Paulino el Papa Benedicto XVI, en la basílica de San Pablo extramuros, donde reposan los restos del apóstol. Iniciaba esta Año Jubilar acompañado del Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, un signo de unidad, un signo que nos llena de esperanza porque este Año Jubilar, asentados en esa renovación del conocimiento mayor y del conocimiento más profundo de las enseñanzas del apóstol Pablo, fortaleceremos la unidad y la comunión dentro de la Iglesia y la comunión con todas las Iglesias.

Ha de ser un año para que todo lo centremos en Jesucristo, para que nuestras comunidades, nuestras diócesis, nuestras personas, sean renovadas por ese nuevo conocimiento de Cristo, por esa identificación con Él, por esa conversión y ese encuentro con Él que nos transforma y nos hace ser criaturas nuevas. Ha de ser un año en que centrados en Cristo enteramente vivamos la comunión con Él y así nos abramos a la comunión con todas las Iglesias y seamos instrumentos de comunión en medio de la humanidad, signo y presencia de la caridad de Cristo, que nos apremia y nos urge a anunciar el Evangelio, a proclamarlo a todas las gentes, a reavivar el sentido misionero y el sentido de Iglesia, a vivir hondamente el sentido de urgencia de la unidad, sin la que no podrá darse el que todos los hombres crean. “Que todos sean uno para que el mundo crea”, dirá Jesucristo después de instituir la Eucaristía, sacramento de comunión, como leemos en las cartas de Pablo.

En este Año Jubilar también se puede ganar el Jubileo, la indulgencia plenaria, aquí en nuestra diócesis de Toledo, los días y lugares que señalaremos, para todos aquellos que estén en las debidas condiciones: haberse confesado, rezar por las intenciones del Papa y participar en la Eucaristía. Este Año Jubilar en el Santo Padre concede la indulgencia ha de servir para que seamos más fieles imitadores de Pablo y, como él, más fieles imitadores de Cristo. Ahí es donde está el futuro del hombre y el futuro de la humanidad.

Ha de ser un tiempo también para que seamos fortalecidos por la fe, esa fe que solamente se puede vivir con Pedro y junto a Pedro, en la comunión inquebrantable con el sucesor de Pedro y los Apóstoles; esa fe que solamente se puede vivir confesando lo que viene de lo alto, no las doctrinas, no las enseñanzas o teorías que puedan tener gentes de nuestro mundo, incluso teólogos, sino la que únicamente viene de lo alto por la revelación divina, y que nos garantiza el sucesor de Pedro, para que vivamos más hondamente el misterio de la unidad y así, sin ningún temor, sin ningún complejo, sin echarnos para atrás en modo alguno, arrostrando todos peligros y todas las dificultades -que son muchas y seguramente podrán ser más en el futuro- anunciemos al que es la esperanza para los hombres. Urge y nos apremia, como a Pablo, anunciar a Jesucristo, y este ha de ser un año para que seamos testigos del Evangelio, si es necesario dando incluso nuestra vida, gastándonos y desgastándonos enteramente para que el mundo crea. Porque apremia, urge, anunciar a Jesucristo, fuerza de salvación para todo el que cree y confía en Él.

Un año, por tanto, para renovar la Iglesia; un Año Jubilar en el que, en comunión con el sucesor de Pedro, todos sentiremos la alegría del perdón y de la gracia, por que Dios no nos abandona, y tenemos la certeza y la seguridad de que nos basta su gracia. No estamos solos. Dios no deja al hombre. Su gracia y su auxilio, Dios mismo, libera a Pedro de la cárcel y de la prisión, porque el Evangelio no está atenazado y no puede encerrarse ni en la cárcel ni en los abrigos seguros de nuestros espacios. El Evangelio ha de salir a donde están los hombres y ha de confirmar a toda la Iglesia para que salga, como Pablo y como Pedro, a donde estén los hombres, para anunciarles que es en Él donde está el futuro y la esperanza.

Ha de ser también un año de oración por el Santo Padre, para que se lleven a cabo sus intenciones y sus deseos, que siempre son de misericordia, de gracia, de paz y de reconciliación para el mundo entero, para manifestar que Dios está con nosotros, que es amor y que lo hemos descubierto en el rostro humano suyo, que es su Hijo eterno Jesucristo, venido en carne por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen. Que así sea.

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