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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad y los envió»
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Domingo XI del Tiempo Ordinario. «Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad y los envió»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 19,2-6: “Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”

En aquellos días, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.

Moisés subió al encuentro de Dios. El Señor lo llamó desde la montaña, y le dijo:

-«Así dirás a la descendencia de Jacob, a los hijos de Israel: “Ya ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Sal 99,2.3.5: “Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño”

Rom 5,6-11: “Fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”

Hermanos:

Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza para salvarnos, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado; en verdad, a duras penas habrá quien muera por una persona justa; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; la prueba de que Dios ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo!

Sí, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!

Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, mediante nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Mt 9,36-10,8: “La cosecha es abundante, los trabajadores pocos; rueguen al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”

En aquél tiempo, al ver Jesús a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

-«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla.»

Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

-«No vayan a tierra de paganos, ni entren en las ciudades de Samaria, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel.

Vayan y proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis.»

II. APUNTES

El Evangelio de este Domingo comienza relatando una experiencia interior del Señor Jesús, quien al contemplar a la muchedumbre que sale en su busca, siente compasión de ellos “porque estaban cansados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor.”

La versión que escuchamos traduce por “sentir compasión” el verbo griego splanjnizomai. Siente compasión quien “padece con”, quien experimenta como propio el dolor ajeno, quien se hace sensible al sufrimiento del prójimo. Esta compasión es más que un mero sentimiento de lástima. El verbo griego subraya un fuerte estremecimiento interior, un conmoverse hasta las entrañas. Característica fundamental de esta conmoción interior es que no se queda inactivo, sino que produce una reacción, mueve a una acción eficaz nutrida de caridad en favor de la(s) persona(s) afectadas por el mal, sea cual fuere.

Este verbo es usado en las Escrituras para hacer referencia a la compasión que Dios experimenta en relación al ser humano. Dios verdaderamente se conmueve “hasta las entrañas” al ver a su criatura humana en la situación de abandono en la que está sumida, como consecuencia de su propio pecado y rechazo de Dios. Tanta es la conmoción y compasión que el Padre experimenta que le ha llevado a enviar a su propio Hijo, quien siendo Dios se hizo hombre para reconciliar y sanar a su criatura humana, para elevarla nuevamente a la participación de la vida divina. La compasión que experimenta el Señor Jesús en diversos momentos (ver Lc 7,13; Mc 6,34; Mt 14,14) es la conmoción interior que Dios mismo experimenta ante su criatura humana. Cristo es Dios que se compadece ante la miseria humana.

La primera reacción del Señor al ver a la muchedumbre “como ovejas sin pastor” es la de invitar a sus discípulos a rogar “al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”, dado que “la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”.

La comparación habla de un tiempo de madurez y de abundancia de la cosecha. En Cristo ha llegado ya la plenitud de los tiempos, con Él ha llegado el tiempo de cosechar los abundantes frutos de reconciliación que procederán de su Pasión, Muerte y Resurrección (2ª. Lectura).

Ante la abundancia de la cosecha han de pedirle al “dueño”, es decir, a Dios que envíe más obreros para ayudar en la recolección de la mies. La oración de petición es fundamental. También Moisés, siglos atrás, había elevado a Dios esta oración: «Que el Señor… ponga un hombre al frente de esta comunidad, uno que salga y entre delante de ellos y que los haga salir y entrar, para que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor.» (Núm 27, 15-17) Esta oración hallaría su pleno cumplimiento en Cristo, el Pastor que Dios se escogió para pastorear a su pueblo y conducirlo a la Vida eterna. Pero si bien Él es y será por siempre el Único y Supremo Pastor, el mismo Señor llama y elige de entre sus discípulos a quienes han de prolongar su misma misión de guiar y apacentar al pueblo que Dios se ha escogido y formado (1ª. Lectura), en su nombre y revestidos de su mismo poder.

Luego de invitar a todos sus discípulos a la oración llamó a “los doce”, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia, y los envió a proclamar que “el Reino de los Cielos está cerca”. El Señor no sólo invita a la oración, que es lo primero y esencial, sino que responde con la acción. El ministerio confiado a “los doce” brota de la compasión de Cristo y es a la vez respuesta a esa oración.

Les dio poder. ¿De qué poder se trata? Es el poder que posee el Señor Jesús, poder divino, poder sobre toda enfermedad, sobre el pecado, sobre la muerte, sobre el maligno y el mal. El Señor les comunica su mismo poder divino para que con grandes milagros pudiesen sustentar la verdad de su anuncio.

Una vez revestidos de su poder “los doce” fueron enviados por el Señor con una misión específica: proclamar a los hijos de Israel que el Reino de los Cielos está cerca. Es el mismo anuncio que Juan el Bautista y también Jesús habían hecho hasta entonces (ver Mt 3,1-2; 4,17). Es un llamado a la conversión, a preparar los corazones para acoger al Mesías divino, su Evangelio y el don de la Reconciliación traído por Él. “Los doce” –cuyos nombres el Evangelista considera necesario consignar– son los primeros “obreros” –mas no los únicos– llamados a prolongar la misión del Señor Jesús en aquellos lugares no alcanzados aún por su predicación (ver Jn 20,21).

El Señor en aquella primera misión envía a “los doce” exclusivamente a las ovejas descarriadas de Israel porque a Israel había prometido Dios un Mesías, porque a Israel había prometido la buena nueva de la salvación por medio de los antiguos profetas. En Jesucristo Dios cumple aquella antigua promesa hecha a Israel. Plenamente consciente de su misión, el Señor Jesús dirá a sus discípulos, a propósito de una mujer gentil que le rogaba insistentemente que sanase a su hija moribunda: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Debido a su gran fe no negaría finalmente el milagro a esta mujer, anticipando así que el don de Dios estaría también abierto a todos aquellos que creyesen en Él, aunque no fuesen miembros del pueblo de Israel. El envío, restringido en un principio a solo “las ovejas descarriadas de Israel”, lo extenderá el Señor a todos los hombres de todas las culturas y épocas antes de ascender glorioso a los Cielos: «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28,19).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«Gratis lo recibisteis, dadlo gratis», dice el Señor. ¿Y qué hemos recibido gratis? ¡A Cristo! ¿Y qué hemos de dar gratis? ¡A Cristo! Quien se ha encontrado con Él, quien –como dice san Pablo– ha sido “alcanzado” por Él (Flp 3,12), ¡experimenta que no puede quedárselo para sí mismo, que no puede contener su anuncio! En efecto, el auténtico encuentro con el Señor Jesús llena de sentido y gozo la propia existencia y lleva a querer comunicar también a otros la inmensa alegría que experimenta en sí mismo.

Quien en cambio se repliega sobre sí mismo, quien no anuncia a Cristo con su palabra y sobre todo con una vida nueva, una vida que busca reflejar el Evangelio en sí misma, ¿puede decir que se ha encontrado verdaderamente con Cristo? ¿No le falta algo esencial?

El encuentro con el Señor Jesús transforma la propia existencia y enciende un intenso ardor en el corazón, ardor que se traduce en el deseo de comunicar a otros lo que ha encontrado, de encender otros corazones con el fuego que arde en el propio corazón. El fuego es dinámico, no puede quedarse quieto, irradia luz y calor, busca expandirse. Mientras más intenso sea, con más fuerza buscará avanzar, encendiendo todo lo que toca y encuentra a su paso. Así es el corazón del apóstol, el corazón enamorado del Señor.

Quien se ha encontrado con Cristo y tiene un mismo corazón con Él experimenta como Él una profunda compasión por quienes en el mundo andan como ovejas sin pastor. Y al ver ese enorme vacío interior de tantos, al verlos vivir tan agitadamente el día a día para no tener que pararse a preguntarse sobre el sentido profundo de sus vidas, al ver a tantos que aunque sedientos de felicidad no saben dónde encontrarla o cómo buscarla y sólo buscan saciar momentánea y superficialmente esa profundísima sed que quema sus entrañas, o que enfermos de escepticismo han renunciado a toda búsqueda, no puede permanecer impasible e indiferente. Tal compasión lo mueve a la acción decidida.

¡También hoy faltan tantos obreros en la mies del Señor! El mundo tiene gran necesidad de apóstoles que anuncien la buena nueva de Cristo a todos los hombres: reza todos los días para que Dios envíe más obreros a su mies. Reza también para que los llamados respondan con generosidad. Reza también para que los padres católicos no se conviertan en los principales opositores del llamado que Dios puede hacer a uno de sus hijos/as, sino que con toda generosidad e incluso con un heroico espíritu de sacrificio apoyen la vocación de sus hijos.

¡También debo rezar por mí mismo/a, para que con toda generosidad pueda decirle yo también al Señor, al ver el enorme vacío y la inmensa necesidad que tantos tienen de encontrarse con Dios: “¡Aquí me tienes Señor! ¡Yo sé que Tú me necesitas para trabajar en tu viña, para dar gratis todo lo que Tú me has dado, para compartir con otros la felicidad, la dicha, el sentido profundo que he encontrado en Ti! Dime Tú: ¿qué debo hacer? ¡Aquí me tienes!” Sí, Cristo no sólo necesita “a otros”, te necesita A TI, para que en Su Nombre y como su apóstol hagas llegar su luz y salvación a muchos que en el mundo también hoy andan como ovejas sin pastor, que sin sentido vagan en sus vidas. Pregúntate en oración ante el Señor: ¿Cuál puede ser hoy y cada día mi aporte en la gran misión que Cristo ha confiado a su Iglesia? ¿De qué maneras puedo llevar a Cristo a quienes andan como ovejas sin pastor?

Finalmente, ten en cuenta que “nadie da lo que no tiene”: ¿cómo “dar a Cristo” si no nos hemos encontrado con Él, si no nos preocupamos de “recibirlo” todos los días en nuestra propia casa, si no lo llevamos dentro? ¡No descuides tu vida espiritual! ¡Persevera en la oración diaria, en las visitas al Señor en el Santísimo, en la Eucaristía dominical, en la diaria lectura y reflexión de la Sagrada Escritura!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Jerónimo: «[Jesús] Después de predicar y de enseñar curaba todas las tristezas y enfermedades, con el objeto de persuadir con las obras a los que no había convencido con la palabra y por esta razón se dice: “Curaba todo abatimiento y enfermedad”; con razón se dice de Él: nada le es imposible.»

San Jerónimo. «La mucha mies significa la multitud de pueblos y los pocos operarios la escasez de maestros.»

San Juan Crisóstomo: «Jesús se declara abiertamente Señor de la mies. Si bien es cierto que manda a los Apóstoles a segar la mies que ellos no sembraron, no los manda, sin embargo, a segar mieses ajenas, sino a aquellas cuyas semillas sembró Él mismo por medio de los profetas. Pero no siendo más que doce los Apóstoles, exclamó: “Rogad al Señor de la mies, que mande operarios a su mies”.»

San Juan Crisóstomo: «No sólo les inspira confianza llamando a su ministerio misión para la mies, sino también dándoles poder para el desempeño de este ministerio.»

San Jerónimo: «El Señor, Maestro benigno y clemente, no envidia el poder de sus discípulos y servidores y da poder a sus Apóstoles para curar todo abatimiento y toda enfermedad. Pero hay gran diferencia entre tener y atribuir, entre dar y recibir; el que recibe todo cuanto hace, lo hace por el poder de Dios y los Apóstoles confiesan en todas las obras que hacen su debilidad y el poder del Señor por estas palabras: “En el nombre de Jesús levántate y anda” (Hech 3,6).»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La misión de los apóstoles

458: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).

459: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin El de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2 Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2 Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1).

El apostolado

463: Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de S. Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado». Se llama «apostolado» a «toda la actividad del Cuerpo Místico» que tiende a «propagar el Reino de Cristo por toda la tierra».

464: «Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia», es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, «que es como el alma de todo apostolado».

Cristo, fuente del ministerio eclesial

874: El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. El lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad.

875: «¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rom 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De El reciben la misión y la facultad [el «poder sagrado»] de actuar «in persona Christi Capitis». Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama «sacramento». El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico.

1548: En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa «in persona Christi Capitis».

1551: Este sacerdocio es ministerial. «Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio». Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica «un poder sagrado», que no es otro que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos. «El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a El».

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

Vivimos tiempos de urgencia, tiempos de acción en los que el compromiso efectivo no se puede hacer esperar. La misión que anuncia el Evangelio del Señor Jesús es una tarea que debe asumir su rol prioritario en la vida de cada cual. Perder de vista esa dimensión fundamental del apostolado es arriesgar perder de vista la meta a la que nos sentimos llamados, la participación plena en la Comunión de Amor por toda la eternidad. Muchas cosas bonitas y de alto nivel se han dicho sobre esta dimensión hermosa del seguimiento del Señor. No voy a citar ni decir otra cosa que: “Despierta hermano, despierta hermana, es hora de la acción, es hora de compartir sin miedos la audacia de creer y la inmensa alegría de haber recibido el don del Señor Jesús”. Escuchemos su voz y seamos misioneros al servicio de la Vida en Cristo, desde nuestras propias realidades, desde nuestro día a día, en los distintos ambientes. No temamos. No temas persignarte cuando estás en un restaurante, en un lugar público en que vas a comer y quieres bendecir el alimento que Dios te da. No temas hacerlo. No temas persignarte cuando pasas delante de una Iglesia, como hacíamos siempre antaño, reconociendo ahí con admiración y gratitud la presencia real del Señor. Hasta en esas cosas pequeñas, desde esas cosas pequeñas deberemos empezar el proceso misional, para que este proceso sea real, y para que esta gran misión continental a la que se nos invita sea también una misión efectiva que cambie la realidad de nuestros pueblos y nos acerque al Señor.

¿Cómo llegar a ser discípulos y misioneros para que nuestros Pueblos en Él tengan vida?

Pues, mirando a la Virgen de Nazaret. Ella, discípula y misionera por excelencia, nos ilumina sobre cómo hemos de vivir esas dimensiones fundamentales de la vida cristiana en nuestra realidad concreta.

Cuando la Virgen cree al mensaje de Dios y desde la fe pronuncia el Hágase sin límites inicia un discipulado paradigmático. Su apertura a la Palabra y su internalización de la real presencia del Verbo Eterno de Dios hecho hombre en el Señor Jesús se vuelven ejemplares para vivir en Cristo.

La siempre Virgen que ha recibido y acogido la Buena Noticia sube con esfuerzo hacia su parienta Isabel, portando misionalmente la Luz Eterna. Antorcha ardiente de la gracia y el misterio, irradia esa luz y escucha la confesión de fe: ¿Cómo viene a mí la Madre de mi Señor?

Ése es el proceso del discipulado, ésa es la dinámica de la misión: acoger, interiorizar al Señor, dejar que su Vida se exprese en toda nuestra vida, permitir que irradie su luz y su calor a los demás, y ser nosotros dóciles cooperadores de esa irradiación evangelizadora.

La obediencia amorosa al Plan divino de María Virgen es la clave del discipulado misionero por el que viviendo la comunión con Jesús y en Jesús, quien es la Vida misma, y experimentando el misterio de su presencia, se anuncia al Evangelio Vivo desde la vida, la palabra y los actos, cooperando a la transformación del mundo con la fuerza de la participación en la Vida Divina.

El Señor Jesús se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas las dimensiones de la existencia personal y social, invitándonos desde nuestra identidad católica a una efectiva nueva evangelización que irradie su acción misional sobre todos los países de América Latina y el Caribe buscando crear sociedades y culturas que participando de Dios Amor ayuden a los seres humanos a recorrer los caminos de esta vida dando gloria a Dios con sus vidas y acciones y transformando el mundo según el Plan de Dios para que nuestros pueblos tengan vida en el Señor Jesús y desde ella avanzar, al impulso del Santo Espíritu, a la realización auténtica de la vida humana personal, familiar, social y cultural en paz, amor, justicia y reconciliación según el Plan de Dios y al hacerlo clamar con ese obrar humano «Abbá, Padre» (Gál 4,6).

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