Queridos hermanos y hermanas:
Se realizan hoy para nosotros, de modo muy particular, las palabras que dicen: "Acreciste la alegrÃa, aumentaste el gozo" (Is 9, 2). En efecto, a la alegrÃa de celebrar la EucaristÃa en el dÃa del Señor, se suman el júbilo espiritual del tiempo de Pascua, que ya ha llegado al sexto domingo, y sobre todo la fiesta de la ordenación de nuevos sacerdotes.
Juntamente con vosotros, saludo con afecto a los veintinueve diáconos que dentro de poco serán ordenados presbÃteros. Expreso mi profundo agradecimiento a cuantos los han guiado en su camino de discernimiento y de preparación, y os invito a todos a dar gracias a Dios por el don de estos nuevos sacerdotes a la Iglesia. Sostengámoslos con intensa oración durante esta celebración, con espÃritu de ferviente alabanza al Padre que los ha llamado, al Hijo que los ha atraÃdo a sÃ, y al EspÃritu Santo que los ha formado.
Normalmente, la ordenación de nuevos sacerdotes tiene lugar el IV domingo de Pascua, llamado domingo del Buen Pastor, que es también la Jornada mundial de oración por las vocaciones, pero este año no fue posible, porque yo estaba partiendo para mi visita pastoral a Estados Unidos. El icono del buen Pastor ilustra mejor que cualquier otro el papel y el ministerio del presbÃtero en la comunidad cristiana. Pero también los pasajes bÃblicos que la liturgia de hoy propone a nuestra meditación iluminan, desde un ángulo diverso, la misión del sacerdote.
La primera lectura, tomada del capÃtulo octavo de los Hechos de los Apóstoles, narra la misión del diácono Felipe en Samaria. Quiero atraer inmediatamente la atención hacia la frase con que se concluye la primera parte del texto: "La ciudad se llenó de alegrÃa" (Hch 8, 8). Esta expresión no comunica una idea, un concepto teológico, sino que refiere un acontecimiento concreto, algo que cambió la vida de las personas: en una determinada ciudad de Samaria, en el perÃodo que siguió a la primera persecución violenta contra la Iglesia en Jerusalén (cf. Hch 8, 1), sucedió algo que "llenó de alegrÃa". ¿Qué es lo que sucedió?
El autor sagrado narra que, para escapar a la persecución religiosa desatada en Jerusalén contra los que se habÃan convertido al cristianismo, todos los discÃpulos, excepto los Apóstoles, abandonaron la ciudad santa y se dispersaron por los alrededores. De este acontecimiento doloroso surgió, de manera misteriosa y providencial, un renovado impulso a la difusión del Evangelio. Entre quienes se habÃan dispersado estaba también Felipe, uno de los siete diáconos de la comunidad, diácono como vosotros, queridos ordenandos, aunque ciertamente con modalidades diversas, puesto que en la etapa irrepetible de la Iglesia naciente, el EspÃritu Santo habÃa dotado a los Apóstoles y a los diáconos de una fuerza extraordinaria, tanto en la predicación como en la acción taumatúrgica.
Pues bien, sucedió que los habitantes de la localidad samaritana de la que se habla en este capÃtulo de los Hechos de los Apóstoles acogieron de forma unánime el anuncio de Felipe y, gracias a su adhesión al Evangelio, Felipe pudo curar a muchos enfermos. En aquella ciudad de Samaria, en medio de una población tradicionalmente despreciada y casi excomulgada por los judÃos, resonó el anuncio de Cristo, que abrió a la alegrÃa el corazón de cuantos lo acogieron con confianza. Por eso —subraya san Lucas—, aquella ciudad "se llenó de alegrÃa".
Queridos amigos, esta es también vuestra misión: llevar el Evangelio a todos, para que todos experimenten la alegrÃa de Cristo y todas las ciudades se llenen de alegrÃa. ¿Puede haber algo más hermoso que esto? ¿Hay algo más grande, más estimulante que cooperar a la difusión de la Palabra de vida en el mundo, que comunicar el agua viva del EspÃritu Santo? Anunciar y testimoniar la alegrÃa es el núcleo central de vuestra misión, queridos diáconos, que dentro de poco seréis sacerdotes.
El apóstol san Pablo llama a los ministros del Evangelio "servidores de la alegrÃa". A los cristianos de Corinto, en su segunda carta, escribe: "No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegrÃa, pues os mantenéis firmes en la fe" (2 Co 1, 24). Son palabras programáticas para todo sacerdote. Para ser colaboradores de la alegrÃa de los demás, en un mundo a menudo triste y negativo, es necesario que el fuego del Evangelio arda dentro de vosotros, que reine en vosotros la alegrÃa del Señor. Sólo podréis ser mensajeros y multiplicadores de esta alegrÃa llevándola a todos, especialmente a cuantos están tristes y afligidos.
Volvamos a la primera lectura, que nos brinda otro elemento de meditación. En ella se habla de una reunión de oración, que tiene lugar precisamente en la ciudad samaritana evangelizada por el diácono Felipe. La presiden los apóstoles san Pedro y san Juan, dos "columnas" de la Iglesia, que habÃan acudido de Jerusalén para visitar a esa nueva comunidad y confirmarla en la fe. Gracias a la imposición de sus manos, el EspÃritu Santo descendió sobre cuantos habÃan sido bautizados.
En este episodio podemos ver un primer testimonio del rito de la "Confirmación", el segundo sacramento de la iniciación cristiana. También para nosotros, aquà reunidos, la referencia al gesto ritual de la imposición de las manos es muy significativo. En efecto, también es el gesto central del rito de la ordenación, mediante el cual dentro de poco conferiré a los candidatos la dignidad presbiteral. Es un signo inseparable de la oración, de la que constituye una prolongación silenciosa. Sin decir ninguna palabra, el obispo consagrante y, después de él, los demás sacerdotes ponen las manos sobre la cabeza de los ordenandos, expresando asà la invocación a Dios para que derrame su EspÃritu sobre ellos y los transforme, haciéndolos partÃcipes del sacerdocio de Cristo. Se trata de pocos segundos, un tiempo brevÃsimo, pero lleno de extraordinaria densidad espiritual.
Queridos ordenandos, en el futuro deberéis volver siempre a este momento, a este gesto que no tiene nada de mágico y, sin embargo, está lleno de misterio, porque aquà se halla el origen de vuestra nueva misión. En esa oración silenciosa tiene lugar el encuentro entre dos libertades: la libertad de Dios, operante mediante el EspÃritu Santo, y la libertad del hombre. La imposición de las manos expresa plásticamente la modalidad especÃfica de este encuentro: la Iglesia, personificada por el obispo, que está de pie con las manos extendidas, pide al EspÃritu Santo que consagre al candidato; el diácono, de rodillas, recibe la imposición de las manos y se encomienda a dicha mediación. El conjunto de esos gestos es importante, pero infinitamente más importante es el movimiento espiritual, invisible, que expresa; un movimiento bien evocado por el silencio sagrado, que lo envuelve todo, tanto en el interior como en el exterior.
También en el pasaje evangélico encontramos este misterioso "movimiento" trinitario, que lleva al EspÃritu Santo y al Hijo a habitar en los discÃpulos. Aquà es Jesús mismo quien promete que pedirá al Padre que mande a los suyos el EspÃritu, definido "otro Paráclito" (Jn 14, 16), término griego que equivale al latino ad-vocatus, abogado defensor. En efecto, el primer Paráclito es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador por antonomasia, que es satanás. En el momento en que Cristo, cumplida su misión, vuelve al Padre, el Padre envÃa al EspÃritu como Defensor y Consolador, para que permanezca para siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos. AsÃ, entre Dios Padre y los discÃpulos se entabla, gracias a la mediación del Hijo y del EspÃritu Santo, una relación Ãntima de reciprocidad: "Yo estoy en mi Padre, vosotros en mà y yo en vosotros", dice Jesús (Jn 14, 20). Pero todo esto depende de una condición, que Cristo pone claramente al inicio: "Si me amáis" (Jn 14, 15), y que repite al final: "Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él" (Jn 14, 21). Sin el amor a Jesús, que se manifiesta en la observancia de sus mandamientos, la persona se excluye del movimiento trinitario y comienza a encerrarse en sà misma, perdiendo la capacidad de recibir y comunicar a Dios.
"Si me amáis". Queridos amigos, Jesús pronunció estas palabras durante la última Cena, en el mismo momento en que instituyó la EucaristÃa y el sacerdocio. Aunque estaban dirigidas a los Apóstoles, en cierto sentido se dirigen a todos sus sucesores y a los sacerdotes, que son los colaboradores más estrechos de los sucesores de los Apóstoles. Hoy las volvemos a escuchar como una invitación a vivir cada vez con mayor coherencia nuestra vocación en la Iglesia: vosotros, queridos ordenandos, las escucháis con particular emoción, porque precisamente hoy Cristo os hace partÃcipes de su sacerdocio. Acogedlas con fe y amor. Dejad que se graben en vuestro corazón; dejad que os acompañen a lo largo del camino de toda vuestra vida. No las olvidéis; no las perdáis por el camino. Releedlas, meditadlas con frecuencia y, sobre todo, orad con ellas. AsÃ, permaneceréis fieles al amor de Cristo y os daréis cuenta, con alegrÃa continua, de que su palabra divina "caminará" con vosotros y "crecerá" en vosotros.
Otra observación sobre la segunda lectura: está tomada de la primera carta de san Pedro, cerca de cuya tumba nos encontramos y a cuya intercesión quiero encomendaros de modo especial. Hago mÃas sus palabras y con afecto os las dirijo: "Glorificad en vuestro corazón a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 P 3, 15). Glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, es decir, cultivad una relación personal de amor con él, amor primero y más grande, único y totalizador, dentro del cual vivir, purificar, iluminar y santificar todas las demás relaciones.
"Vuestra esperanza" está vinculada a esta "glorificación", a este amor a Cristo, que por el EspÃritu, como decÃamos, habita en nosotros. Nuestra esperanza, vuestra esperanza, es Dios, en Jesús y en el EspÃritu. En vosotros esta esperanza, a partir de hoy, se convierte en "esperanza sacerdotal", la de Jesús, buen Pastor, que habita en vosotros y da forma a vuestros deseos según su Corazón divino: esperanza de vida y de perdón para las personas encomendadas a vuestro cuidado pastoral; esperanza de santidad y de fecundidad apostólica para vosotros y para toda la Iglesia; esperanza de apertura a la fe y al encuentro con Dios para cuantos se acerquen a vosotros buscando la verdad; esperanza de paz y de consuelo para los que sufren y para los heridos por la vida.
Queridos hermanos, en este dÃa tan significativo para vosotros, mi deseo es que viváis cada vez más la esperanza arraigada en la fe, y que seáis siempre testigos y dispensadores sabios y generosos, dulces y fuertes, respetuosos y convencidos, de esa esperanza. Que os acompañe en esta misión y os proteja siempre la Virgen MarÃa, a quien os exhorto a acoger nuevamente, como hizo el apóstol san Juan al pie de la cruz, como Madre y Estrella de vuestra vida y de vuestro sacerdocio. Amén.
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