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Rvdo. P. J√ľrgen Daum, Domingo de Pentecost√©s (Ciclo A). ¬ęQuedaron llenos del Esp√≠ritu Santo y comenzaron a hablar¬Ľ
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Domingo de Pentecost√©s. ¬ęQuedaron llenos del Esp√≠ritu Santo y comenzaron a hablar¬Ľ

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 2, 1-11: ‚ÄúUnas lenguas como de fuego se posaron sobre ellos, quedaron llenos del Esp√≠ritu Santo y comenzaron a hablar‚ÄĚ

¬ęAl llegar el d√≠a de Pentecost√©s, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una r√°faga de viento impetuoso, que llen√≥ toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Esp√≠ritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, seg√ļn el Esp√≠ritu les conced√≠a expresarse.

Hab√≠a en Jerusal√©n hombres piadosos, que all√≠ resid√≠an, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congreg√≥ y se llen√≥ de estupor al o√≠rles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados dec√≠an: ‚Äú¬ŅEs que no son galileos todos estos que est√°n hablando? Pues ¬Ņc√≥mo cada uno de nosotros les o√≠mos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, jud√≠os y pros√©litos, cretenses y √°rabes, todos les o√≠mos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios‚ÄĚ.¬Ľ

Sal 103, 1 y 24.29-30.31 y 34: ‚ÄúEnv√≠a tu Esp√≠ritu, Se√Īor, y repuebla la faz de la tierra‚ÄĚ

1 Cor 12, 3-7. 12-13: ‚ÄúHemos sido bautizados en un mismo Esp√≠ritu, para formar un solo cuerpo‚ÄĚ

¬ęNadie puede decir: ‚Äú¬°Jes√ļs es Se√Īor!‚ÄĚ sino con el Esp√≠ritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Esp√≠ritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Se√Īor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestaci√≥n del Esp√≠ritu para provecho com√ļn.

Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman m√°s que un solo cuerpo, as√≠ tambi√©n Cristo. Porque en un solo Esp√≠ritu hemos sido todos bautizados, para no formar m√°s que un cuerpo, jud√≠os y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Esp√≠ritu.¬Ľ

Jn 20, 19-23: ‚ÄúComo el Padre me envi√≥, as√≠ tambi√©n yo os env√≠o‚ÄĚ

¬ęAl atardecer de aquel d√≠a, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los jud√≠os, las puertas del lugar donde se encontraban los disc√≠pulos, se present√≥ Jes√ļs en medio de ellos y les dijo: ‚ÄúLa paz con vosotros‚ÄĚ. Dicho esto, les mostr√≥ las manos y el costado. Los disc√≠pulos se alegraron de ver al Se√Īor. Jes√ļs les dijo otra vez: ‚ÄúLa paz con vosotros. Como el Padre me envi√≥, tambi√©n yo os env√≠o‚ÄĚ. Dicho esto, sopl√≥ sobre ellos y les dijo: ‚ÄúRecibid el Esp√≠ritu Santo. A quienes perdon√©is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng√°is, les quedan retenidos‚ÄĚ.¬Ľ

II. APUNTES

La palabra griega pentecost√©s traducida literalmente quiere decir: ¬ęfiesta del d√≠a cincuenta¬Ľ.

Antes de ser una fiesta cristiana, ‚Äúpentecost√©s‚ÄĚ se celebraba como una importante fiesta jud√≠a de origen agr√≠cola. Los jud√≠os la llamaban tambi√©n ¬ęfiesta de las semanas¬Ľ o ¬ęfiesta de las primicias¬Ľ (ver Ex 23,16; 34,22), pues en ella, siete semanas despu√©s de haberse iniciado la siega, se presentaban al Se√Īor las primicias de los frutos cosechados. Era una fiesta de acci√≥n de gracias a Dios por las bendiciones recibidas a trav√©s de los frutos del campo.

Con el tiempo esta fiesta agrícola se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el Sinaí. La fiesta del Sinaí, celebrada cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto.

San Lucas (1¬™. lectura) se√Īala que fue en esta fiesta cuando el Esp√≠ritu prometido por el Se√Īor Jes√ļs fue enviado sobre los Ap√≥stoles: ¬ęAl llegar el d√≠a de Pentecost√©s, estaban todos reunidos en un mismo lugar.¬Ľ Desde entonces los cristianos llamamos tambi√©n Pentecost√©s a esta fiesta porque el env√≠o del Esp√≠ritu Santo sobre los Ap√≥stoles reunidos en el Cen√°culo en torno a Santa Mar√≠a tuvo lugar cincuenta d√≠as despu√©s de la Resurrecci√≥n del Se√Īor Jes√ļs.

De este modo podemos decir que se establece una √≠ntima relaci√≥n entre estas fiestas: el don del Esp√≠ritu al hombre es ‚Äúla primicia de la cosecha‚ÄĚ, el fruto primero y precioso de la Pascua. El Esp√≠ritu Santo realiza la nueva creaci√≥n, es Don para la reconciliaci√≥n del ser humano, para el perd√≥n de sus pecados, para su transformaci√≥n interior, para su conformaci√≥n con el Hijo, para que con un nuevo coraz√≥n (ver Ez 36,26) pueda amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Esp√≠ritu, a Mar√≠a su Madre y a todos los hermanos humanos.

Por otro lado la irrupci√≥n del Esp√≠ritu Santo en forma de viento y fuego remiten al Sina√≠, donde Dios se hab√≠a revelado al pueblo de Israel, le concedi√≥ su Ley y sell√≥ su alianza (ver Ex 19, 3 ss). Pentecost√©s se presenta entonces como un nuevo Sina√≠, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la alianza de Dios con Israel se extiende ahora a todos los pueblos de la tierra. La Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, est√° llamada a ser cat√≥lica (= universal) y evangelizadora desde su nacimiento. La universalidad de la salvaci√≥n y reconciliaci√≥n tra√≠da por el Se√Īor Jes√ļs, de la nueva Alianza sellada por √Čl con su propia Sangre en el Altar de la Cruz, queda de manifiesto por las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Ap√≥stoles (ver Hech 2, 9-11). El pueblo de Dios, que hab√≠a encontrado en el Sina√≠ su primera configuraci√≥n, se ampl√≠a entonces hasta superar toda frontera de raza y cultura.

Aquella ‚Äúprimicia de la Pascua‚ÄĚ, el Esp√≠ritu Santo, fue entregado por el Se√Īor a sus disc√≠pulos el mismo d√≠a de su resurrecci√≥n (Evangelio). En aquella ocasi√≥n el Se√Īor sopl√≥ sobre ellos y les dijo: ¬ęRecibid el Esp√≠ritu Santo. A quienes perdon√©is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng√°is, les quedan retenidos.¬Ľ De este modo los hac√≠a part√≠cipes de su propia misi√≥n: ¬ęComo el Padre me envi√≥, tambi√©n yo os env√≠o¬Ľ. El Esp√≠ritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrecci√≥n del Se√Īor. Los ministros del Se√Īor, revestidos con este poder de lo Alto, son los llamados a llevar los frutos de su obra reconciliadora a toda la humanidad.

Esta misi√≥n la ratificaba definitivamente a ap√≥stoles antes de ascender al Cielo, cuando les dijo: ¬ęId por todo el mundo¬Ľ (Mc 16, 15) y ¬ęhaced disc√≠pulos a todas las gentes bautiz√°ndolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp√≠ritu Santo, ense√Ī√°ndoles a guardar todo lo que yo os he mandado.¬Ľ (Mt 28, 19 20)

Para poder llevar a cabo esta fundamental misi√≥n el Se√Īor, antes de su Ascensi√≥n a los Cielos, hab√≠a dado a los Once instrucciones precisas de que esperaran en Jerusal√©n ‚Äúel Don de lo Alto‚ÄĚ. Les dijo: ¬ęRecibir√©is la fuerza (dynamis) del Esp√≠ritu Santo, que vendr√° sobre vosotros, y ser√©is mis testigos en Jerusal√©n, en toda Judea y Samar√≠a, y hasta los confines de la tierra¬Ľ (Hech 1, 5.8; ver Lc 24,49). Esta dynamis o fuerza prometida por el Se√Īor los trasformar√° en valientes y audaces ap√≥stoles y testigos del Se√Īor, as√≠ como en Maestros de la verdad que √Čl es y ha ense√Īado. Los Ap√≥stoles no pod√≠an cumplir con esta misi√≥n, que exced√≠a absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades, mientras no recibieran esta ‚Äúfuerza de lo Alto‚ÄĚ.

Siguiendo las instrucciones del Se√Īor los Ap√≥stoles permanecieron en el Cen√°culo orando en torno a Santa Mar√≠a hasta que lleg√≥ el d√≠a en que ¬ęvieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repart√≠an pos√°ndose encima de cada uno. Se llenaron todos de Esp√≠ritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Esp√≠ritu le suger√≠a¬Ľ (Hech 2, 2 4). De este modo el Esp√≠ritu Santo se presenta como el gran protagonista de la evangelizaci√≥n.

Por otro lado, si en Babel los hombres quedaron confundidos y sin poder comprenderse los unos a los otros por empezar a hablar en distintas lenguas (ver Gen 11,1-9), en Pentecostés vemos que sucede todo lo opuesto: aunque venían de diversos pueblos y hablaban distintos idiomas, de pronto todos eran capaces de comprender a Pedro porque lo escuchaban hablar cada cual en su propia lengua.

De este modo el don del Espíritu Santo ha transformado la confusión en comunión. El Espíritu Santo es la Persona divina que reconcilia, que une en una misma comunión y en un mismo Cuerpo a quienes son tan diversos entre sí. (2ª. lectura)

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¬ęHe venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¬°cu√°nto desear√≠a que ya estuviera encendido!¬Ľ (Lc 12,49). Son √©stas las palabras que pronunci√≥ el Se√Īor en la perspectiva de su pr√≥xima Pasi√≥n, Muerte y Resurrecci√≥n. ¬ŅY cu√°l ser√≠a ese fuego que quer√≠a arrojar sobre la tierra, sino el de su Esp√≠ritu, el Fuego del Divino Amor? S√≠, ¬°con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!

¬ŅY c√≥mo este Don llega a encender nuestros corazones? ¬ŅNo es por la predicaci√≥n? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escrib√≠a en su pr√≥logo al Tratado de amor a Dios que cuando el Se√Īor Jes√ļs ¬ęquiso dar comienzo a la predicaci√≥n de su Ley, envi√≥ sobre los disc√≠pulos reunidos, que √Čl hab√≠a escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicaci√≥n evang√©lica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones¬Ľ. Esa es la experiencia de los disc√≠pulos de Ema√ļs, que luego de reconocer al Se√Īor en la fracci√≥n del Pan, se dijeron uno a otro: ¬ę¬ŅNo estaba ardiendo nuestro coraz√≥n dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?¬Ľ (Lc 24,32).

Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.

En Pentecost√©s los disc√≠pulos recibieron en forma de lenguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apost√≥lico, se pusieron a predicar con ‚Äėparres√≠a‚Äô la Buena Nueva que hab√≠a de encender el mundo entero. ¬°A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¬°A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo (ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con s√≥lo tocarlos con esas como ‚Äúllamas en forma de lenguas de fuego‚ÄĚ!

¬°Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con empe√Īo y constancia, sin miedo ni temor!

Mas en este empe√Īo por evangelizar no podemos dejar de lado jam√°s una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Esp√≠ritu no arde en mi coraz√≥n, ¬Ņc√≥mo voy a encender otros corazones? El primer ‚Äúcampo de apostolado‚ÄĚ soy yo mismo, por tanto, debo preocuparme seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relaci√≥n con el Esp√≠ritu, condici√≥n sin la cual no podr√° arder en mi coraz√≥n ese fuego que impulsa al apostolado valiente y audaz. ¬°No descuidemos nuestra oraci√≥n diaria y perseverante! ¬°No dejemos de lado la lectura y meditaci√≥n de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Se√Īor Jes√ļs! ¬°No dejemos de visitar al Se√Īor en el Sant√≠simo! ¬°No dejemos de participar de su sacrificio reconciliador cada Domingo en la Santa Misa! ¬°No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa Mar√≠a, para que en uni√≥n de oraci√≥n con Ella tengamos las necesarias disposiciones para poder acoger al Esp√≠ritu en nosotros!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Gregorio Magno: ¬ęTodo creyente recibe el oficio de pregonero, para anunciar la Buena Nueva. Pero, si no predica, ¬Ņno ser√° semejante a un pregonero mudo? Por esta raz√≥n el Esp√≠ritu Santo quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; as√≠ daba a entender que de inmediato hac√≠a predicadores de s√≠ mismo a aquellos sobre los cuales hab√≠a descendido¬Ľ.

Clemente Romano: ¬ęAhora bien, (los Ap√≥stoles) habiendo recibido el mandato y plenamente ciertos por la resurrecci√≥n del Se√Īor nuestro Jesucristo y reafirmados en la palabra de Dios, salieron llenos de la certeza del Esp√≠ritu Santo a dar la buena nueva de que el reino de Dios estaba por llegar. Y as√≠, pregonando el mensaje en comarcas y ciudades, establecieron a los que eran primicias entre ellos, prob√°ndolos en el esp√≠ritu, como obispos y di√°conos de los que habr√≠an de creer.¬Ľ

San Cirilo de Alejandr√≠a: ¬ęHab√≠an sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fu√©ramos hechos part√≠cipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando as√≠ para nosotros nuevo modo de vida seg√ļn Dios, lo cual no pod√≠a realizarse m√°s que por la comunicaci√≥n del Esp√≠ritu Santo. Y el tiempo m√°s indicado para que el Esp√≠ritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivi√≥ visiblemente con los suyos, √©stos experimentaban ‚ÄĒseg√ļn es mi opini√≥n‚ÄĒ su protecci√≥n continua; mas, cuando lleg√≥ el tiempo en que ten√≠a que subir al Padre celestial, entonces fue necesario que siguiera presente, en medio de sus adeptos, por el Esp√≠ritu, y que este Esp√≠ritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teni√©ndolo en nuestro interior, exclam√°ramos confiadamente: ‚ÄúPadre‚ÄĚ, y nos sinti√©ramos con fuerza para la pr√°ctica de las virtudes y, adem√°s, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesi√≥n del Esp√≠ritu, que todo lo puede.¬Ľ

San Basilio Magno: ¬ę¬ŅQui√©n, habiendo o√≠do los nombres que se dan al Esp√≠ritu, no siente levantado su √°nimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Esp√≠ritu de Dios y Esp√≠ritu de verdad que procede del Padre; Esp√≠ritu firme, Esp√≠ritu generoso, Esp√≠ritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. Hacia √©l dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificaci√≥n; hacia √©l tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecuci√≥n de su fin propio y natural. Fuente de santificaci√≥n, luz de nuestra inteligencia, √©l es quien da, de s√≠ mismo, una especie de claridad a nuestra raz√≥n natural, para que conozca la verdad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo llena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporci√≥n de la fe de cada uno.¬Ľ

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Los apóstoles perseveraban en la oración junto con Santa María

965: Despu√©s de la Ascensi√≥n de su Hijo, Mar√≠a ¬ęestuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones¬Ľ. Reunida con los ap√≥stoles y algunas mujeres, Mar√≠a ped√≠a con sus oraciones el don del Esp√≠ritu, que en la Anunciaci√≥n la hab√≠a cubierto con su sombra¬Ľ.

2617: La oraci√≥n de Mar√≠a se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnaci√≥n del Hijo de Dios y antes de la efusi√≥n del Esp√≠ritu Santo, su oraci√≥n coopera de manera √ļnica con el designio amoroso del Padre: en la anunciaci√≥n, para la concepci√≥n de Cristo; en Pentecost√©s para la formaci√≥n de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

726: Al t√©rmino de esta Misi√≥n del Esp√≠ritu, Mar√≠a se convierte en la ¬ęMujer¬Ľ, nueva Eva ¬ęmadre de los vivientes¬Ľ, Madre del ¬ęCristo total¬Ľ. As√≠ es como ella est√° presente con los Doce, que ¬ęperseveraban en la oraci√≥n, con un mismo esp√≠ritu¬Ľ (Hch 1, 14), en el amanecer de los ¬ę√ļltimos tiempos¬Ľ que el Esp√≠ritu va a inaugurar en la ma√Īana de Pentecost√©s con la manifestaci√≥n de la Iglesia.

El día de Pentecostés

731: El d√≠a de Pentecost√©s (al t√©rmino de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusi√≥n del Esp√≠ritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Se√Īor, derrama profusamente el Esp√≠ritu.

767: ¬ęCuando el Hijo termin√≥ la obra que el Padre le encarg√≥ realizar en la tierra, fue enviado el Esp√≠ritu Santo el d√≠a de Pentecost√©s para que santificara continuamente a la Iglesia¬Ľ (LG 4). Es entonces cuando ¬ęla Iglesia se manifest√≥ p√ļblicamente ante la multitud; se inici√≥ la difusi√≥n del Evangelio entre los pueblos mediante la predicaci√≥n¬Ľ (AG 4). Como ella es ¬ęconvocatoria¬Ľ de salvaci√≥n para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas disc√≠pulos suyos (ver Mt 28, 19-20; AG 2, 5-6).

2625: El d√≠a de Pentecost√©s, el Esp√≠ritu de la promesa se derram√≥ sobre los disc√≠pulos, ¬ęreunidos en un mismo lugar¬Ľ (Hech 2, 1), que lo esperaban ¬ęperseverando en la oraci√≥n con un mismo esp√≠ritu¬Ľ (Hech 1, 14). El Esp√≠ritu que ense√Īa a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jes√ļs dijo (ver Lc 24, 27. 44), ser√° tambi√©n quien la instruya en la vida de oraci√≥n.

El Espíritu Santo bajó en forma de lenguas de fuego

696: El fuego. ‚Ķel fuego simboliza la energ√≠a transformadora de los actos del Esp√≠ritu Santo. El profeta El√≠as que ¬ęsurgi√≥ como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha¬Ľ (Si 48, 1), con su oraci√≥n, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Esp√≠ritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, ¬ęque precede al Se√Īor con el esp√≠ritu y el poder de El√≠as¬Ľ (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que ¬ębautizar√° en el Esp√≠ritu Santo y el fuego¬Ľ (Lc 3, 16), Esp√≠ritu del cual Jes√ļs dir√°: ¬ęHe venido a traer fuego sobre la tierra y ¬°cu√°nto desear√≠a que ya estuviese encendido!¬Ľ (Lc 12, 49). En forma de lenguas ¬ęcomo de fuego¬Ľ se pos√≥ el Esp√≠ritu Santo sobre los disc√≠pulos la ma√Īana de Pentecost√©s y los llen√≥ de √©l (Hch 2, 3-4). La tradici√≥n espiritual conservar√° este simbolismo del fuego como uno de los m√°s expresivos de la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo. ¬ęNo exting√°is el Esp√≠ritu¬Ľ (1 Ts 5, 19).

El Espíritu Santo comunicado a toda la Iglesia

1286: En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Esp√≠ritu del Se√Īor reposar√≠a sobre el Mes√≠as esperado para realizar su misi√≥n salv√≠fica. El descenso del Esp√≠ritu Santo sobre Jes√ļs en su Bautismo por Juan fue el signo de que El era el que deb√≠a venir, el Mes√≠as, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Esp√≠ritu Santo, toda su vida y toda su misi√≥n se realizan en una comuni√≥n total con el Esp√≠ritu Santo que el Padre le da ¬ęsin medida¬Ľ (Jn 3, 34).

1287: Ahora bien, esta plenitud del Esp√≠ritu no deb√≠a permanecer √ļnicamente en el Mes√≠as, sino que deb√≠a ser comunicada a todo el pueblo mesi√°nico. En repetidas ocasiones Cristo prometi√≥ esta efusi√≥n del Esp√≠ritu, promesa que realiz√≥ primero el d√≠a de Pascua (Jn 20, 22) y luego, de manera mas manifiesta el d√≠a de Pentecost√©s. Llenos del Esp√≠ritu Santo, los ap√≥stoles comienzan a proclamar ¬ęlas maravillas de Dios¬Ľ (Hech 2, 11) y Pedro declara que esta efusi√≥n del Esp√≠ritu es el signo de los tiempos mesi√°nicos. Los que creyeron en la predicaci√≥n apost√≥lica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Esp√≠ritu Santo.

1288: ¬ęDesde aquel tiempo, los ap√≥stoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los ne√≥fitos, mediante la imposici√≥n de las manos, el don del Esp√≠ritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo. Esto explica por qu√© en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formaci√≥n cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposici√≥n de las manos (Heb 6, 2). Es esta imposici√≥n de las manos la que ha sido con toda raz√≥n considerada por la tradici√≥n cat√≥lica como el primitivo origen del sacramento de la Conformaci√≥n, el cual perpet√ļa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecost√©s¬Ľ (S.S. Pablo VI)

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

¬ęSan Cromacio de Aquileya afirma: "Se reuni√≥ la Iglesia en la parte alta (del Cen√°culo de Jerusal√©n) con Mar√≠a, que era la Madre de Jes√ļs, y con los hermanos de √Čste. Por tanto, no se puede hablar de Iglesia si no est√° presente Mar√≠a, la Madre del Se√Īor, con los hermanos de √Čste". La uni√≥n de Mar√≠a y la Iglesia se comprende bien. La uni√≥n de oraci√≥n tambi√©n. Hay ah√≠ una clave de progreso y vida cristiana. Unidos a Mar√≠a nos veremos alentados a asumir las disposiciones que Ella tuvo para con el Esp√≠ritu Santo, aquellas disposiciones que acogen al Esp√≠ritu de Dios cuando desciende sobre la comunidad orante en el Cen√°culo. Ah√≠ recibieron los Ap√≥stoles la energ√≠a para llevar la Buena Nueva hasta los l√≠mites del mundo. La Virgen recibe al Esp√≠ritu en esas relaciones misteriosas a las que venimos aludiendo. Por tercera vez desciende sobre Ella. Ya lo hab√≠a hecho en su Concepci√≥n, y en el momento de la Maternidad, en la Anunciaci√≥n-Encarnaci√≥n, ahora nuevamente descendi√≥ sobre Ella y la comunidad que oraba en el Cen√°culo, transformando a los disc√≠pulos que en adelante habr√≠an de ser cooperadores de la obra de Jes√ļs, los hermanos de Jes√ļs, hijos de Mar√≠a. ¬°Qu√© experiencia para Mar√≠a! Las maravillas de Dios se le siguen mostrando.¬Ľ

¬ęEl Se√Īor Jes√ļs revela al Esp√≠ritu Santo y lo env√≠a de parte del Padre (ver Jn 15, 26) para acompa√Īarnos. √Čl establece una relaci√≥n personal con cada cual (ver 1Cor 3, 16; 1Jn 3, 24), derramando el amor de Dios en la vida interior (ver Rom 5, 5). √Čl pone una se√Īal (ver Ez 9, 4ss.; Ef 1, 13) en aquellos a quienes vivifica (ver Jn 6, 63; Rom 8, 11), gui√°ndonos a la verdad que nos hace libres (ver Jn 16, 13-15; 8, 32; 14, 17. 26; 15, 26; Ef 2, 18; 2Cor 3, 17), llen√°ndonos de esperanza (ver Rom 5, 5; 15, 13), infundi√©ndonos fuerza (ver Rom 15, 13; Hech 1, 8), ayud√°ndonos a rezar (ver Ef 6, 18; Rom 8, 15. 26) y dirigi√©ndonos en la praxis apost√≥lica y en la vida cotidiana en la fe (ver Hech 13, 4; 16, 6ss.; G√°l 5, 16ss), y regalando al ser humano que toca con los frutos todos del Esp√≠ritu.

Vivir la vida cristiana implica vivir en apertura y docilidad al Esp√≠ritu que derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Rm 5, 5). Tomemos conciencia de la importancia del Esp√≠ritu Santo y mantengamos, tambi√©n con √Čl, una relaci√≥n personal. Es, ciertamente, un don gratuito, pero como los dones de Dios, no es superfluo. ¬°Tomemos, pues, conciencia de qui√©n es el Vivificador!¬Ľ

¬ęLa Iglesia que brota p√ļblicamente en la Pascua del Se√Īor como humanidad nueva tiene como misi√≥n por la efusi√≥n del Esp√≠ritu sobre los disc√≠pulos, servidores responsables de la marcha del nuevo Pueblo de Dios, el dar testimonio de la Vida, prolongando su misi√≥n. En Pentecost√©s la gran efusi√≥n del Esp√≠ritu divino inicia la manifestaci√≥n p√ļblica de la Iglesia que se produce a trav√©s de los frutos del don por la palabra que engendra la fe, y por los sacramentos. El horizonte trasciende al antiguo pueblo escogido para extenderse universalmente en el nuevo Pueblo de Dios. Las conversiones de samaritanos y gentiles tornan concreta la misi√≥n universal del anuncio del Se√Īor Jes√ļs, el Salvador. Hay un nuevo horizonte producido por la irrupci√≥n del Verbo Eterno en la historia humana, haci√©ndose Hijo de Mar√≠a Virgen para la reconciliaci√≥n de los seres humanos, sus hermanos. Este nuevo horizonte lleva a la adhesi√≥n personal al Se√Īor Jes√ļs y a la aceptaci√≥n de su Plan. El sentido misional de la existencia cristiana brota precisamente de esa adhesi√≥n, del aceptar la vocaci√≥n de vivir el amor y permanecer en √©l, y de compartir esa experiencia de gracia con todos los hermanos. La generosidad en el compartir, en el comunicar los bienes alcanza tambi√©n, y en primer lugar, a la mayor riqueza que se posee: la fe.

Todos los creyentes son llamados a vivir y a compartir la experiencia de la Vida que trae el Se√Īor Jes√ļs. Cada uno seg√ļn su llamado.

(...) La responsabilidad de cada uno en la edificaci√≥n y misi√≥n evangelizadora de la Iglesia est√° claramente testimoniada en los escritos neotestamentarios. Cada uno seg√ļn el propio llamado de Dios contribuye con fidelidad a la verdad y ejerciendo la caridad al crecimiento de la Iglesia. Ese compartir el mayor tesoro que posee el creyente, su fe, constituye una grav√≠sima responsabilidad social.¬Ľ

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