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S.S. León XIII, Carta encíclica Ab Apostolici Solii
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Carta encíclica Ab Apostolici Solii

Del Sumo Pontífice León XIII
sobre la obra de la masonería.
A los Obispos, al clero y al pueblo de Italia

Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica

INTRODUCCI√ďN
I. El motivo: No el agravio personal sino el peligro de las almas.

De lo alto de la Sede Apost√≥lica, donde la divina Providencia Nos ha colocado para velar por la salvaci√≥n de todos los pueblos, Nuestra mirada se posa frecuentemente sobre Italia, en cuyo seno, por arte de singular predilecci√≥n puso Dios la Sede de su Vicario, y de donde, por otra par te, Nos vienen ahora m√ļltiples y dolo rosas amarguras. No Nos contristan las ofensas personales ni las privaciones y sacrificios impuestos por la actual situaci√≥n de las cosas, ni las injurias y dicterios que una prensa procaz tiene plena libertad de lanzar contra Nos todos los d√≠as. Si se tratase s√≥lo de Nuestra persona y no vi√©semos que Italia, amenazada en su fe marcha derecha mente a su ruina llevar√≠amos en silencio las ofensas, contentos con repetir tambi√©n N os aquello que dec√≠a de s√≠ mismo uno de nuestros m√°s ilustres predecesores: "Si terrae meae captivitas per quotidiana momenta no excresceret, de despectione mea atque irrisione laetus tacerem"1.

Pero además de la independencia y dignidad de la Santa Sede, se trata de la religión misma y de la salud de toda una nación, y de nación tal, que desde los primeros tiempos abrió gozosa su seno a la fe católica y siempre la conservó cuidadosamente.

Parece increíble, pero es verdad: hemos llegado al punto de temer que nuestra Italia pierda la fe. A menudo hemos dado la voz de alerta anunciando el peligro; pero no por eso creemos haber hecho bastante.

Los renovados ataques obligan a hablar

Ante los continuos y cada vez más fieros asaltos, sentíamos más poderosa la voz de la conciencia que estimulaba a hablaros de nuevo a otros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y al pueblo italiano. Como no da tregua el enemigo, así no Nos es lícito permanecer silenciosos u ociosos ni a Nos ni a vosotros, que por divina merced fuimos constituidos en custodios y paladines de la Religión de los pueblo que nos fueron encomendados, Pastores y asiduos vigilantes de la grey de Cristo por la cual debemos estar prontos a sacrificarlo todo, si es preciso, hasta la vida.

No hablaremos en modo alguno hechos nuevos; pues, los que ocurrieron antes permanecen en el mismo estado; de ellos hemos hablado oficialmente otras veces conforme lo reclamaba la ocasi√≥n. Pero aqu√≠ queremos recapitularlos en cierto modo y agruparlos como en un solo haz para que sirvan de oportuna ense√Īanza para todas las consecuencias que de ellos se deriven. No son hechos dudosos o controvertidos sino acaecidos a la plena luz del d√≠a, y esto, no en forma aislada sino conexos entre s√≠, de suerte tal que denotan evidentemente un sistema del cual son la realizaci√≥n y el desenvolvimiento. El sistema no es nuevo, pero es nueva la audacia, el encarnizamiento y la rapidez con que ahora se va realizando ante Nuestros ojos.

II. La Masonería y Roma

Es el plan preestablecido de las sectas que con celeridad se desarrolla ahora en Italia, especialmente en la parte que toca a la Iglesia y a la Religi√≥n cat√≥lica, cuyo prop√≥sito √ļltimo y muy notorio es reducirla, si fuese posible, a la nada. Hoy d√≠a, huelga formar el proceso de las sectas que se dicen mas√≥nicas; el juicio sobre ellas ya est√° dado; los fines, los medios, sus dogmas, la acci√≥n, todo est√° averiguado y conocido con tanta certeza que ya no cabe controversia al respecto. Imbuidos del esp√≠ritu de Satan√°s, cuyos instrumentos son, arden, como su inspirador, el demonio de tal modo en odio mortal e implacable a Jesucristo, a la Iglesia por El fundada, que tratan esforzadamente de abatirla o por lo menos coartar su acci√≥n. Esta guerra se mueve hoy m√°s que en otra parte cualquiera, en Italia, donde la Religi√≥n ech√≥ ra√≠ces m√°s hondas, m√°xime empero en la Urbe romana donde est√° el centro y la cabeza de la unidad cat√≥lica. v tiene su sede el Pastor de la Iglesia universal.

III. Historia de los ataques sucesivos

Supresión de las Ordenes religiosas y del patrimonio eclesiástico
Leyes anticristianas.

Conviene recordar desde el principio las diversas fases de esta guerra. Se empez√≥ arrebatando su color pol√≠tico, el principado civil de los Papas; pero su rendici√≥n a los que real mente eran los jefes de esa secta, hab√≠a de servir conforme a los acuerdos secretos, m√°s tarde abiertamente declarados, a la destrucci√≥n del supremo poder espiritual de los mismos Romanos Pont√≠fices, o por lo menos para reducirlos a una esclavitud cargada de cadenas. Y para que a nadie cupiese la menor duda adonde realmente apuntaban sus acuerdos, en seguida proced√≠an a la supresi√≥n de las √ďrdenes religiosas por la que disminuy√≥ considerablemente el n√ļmero de operarios evang√©licos que se destinan al sagrado ministerio y a la asistencia religiosa que se presta a esta Santa Sede, como tambi√©n a la propagaci√≥n de la Fe entre los infieles. Luego, mediante la promulgaci√≥n de una ley, los j√≥venes cl√©rigos fueron obligados a prestar servicio militar, de lo cual resultaron necesariamente muchos y muy graves obst√°culos para la elecci√≥n de los cl√©rigos, y adversos al cumplimiento conveniente aun de la instrucci√≥n del clero secular.

Además, poniendo violenta mano en el patrimonio eclesiástico, en parte lo adjudicaron al Fisco, en parte, empero, lo agobiaron con enormísimos tributos, dejándolo extremadamente extenuado, naturalmente, con la intención de reducir al clero y a la Iglesia a la miseria, de privarla de los medios que necesitan para vivir y para promover en la tierra los institutos y las obras pías que coadyuvan a su divino apostolado. Así lo han declarado abiertamente los mismos adeptos de la masonería: "Para disminuir la influencia moral del clero y de las asociaciones, que ellos llaman, clericales, se ha de emplear un solo medio muy eficaz: despojarlos de todos los bienes y reducirlos a una pobreza ex trema".

Por lo dem√°s, la misma acci√≥n del Poder civil se encamina directa y constantemente a borrar √≠ntegramente de la Naci√≥n italiana el car√°cter religioso y cristiano: las leyes y cuanto constituye lo que llaman la vida oficial procuran desterrar toda inspiraci√≥n e idea religiosa en forma general y constante cuando no lo combate directamente; cualquier manifestaci√≥n p√ļblica de Fe y piedad cat√≥lica o se proh√≠be o, de mil modos, con razones especiosas se impide.

A la familia se ha quitado su base y constituci√≥n religiosa proclamando el as√≠ llamado matrimonio civil e imponiendo una ense√Īanza escolar que des de los rudimentos de las primeras letras hasta las lecciones de los Colegios de superiores se ense√Īa en forma total mente laica, de donde resultar√° que las nuevas generaciones, en cuanto dependa del poder civil, se ver√°n casi obligados a desenvolverse sin tener ideas religiosas y sin poseer las primeras y esenciales nociones de sus deberes para con Dios.

Esto es poner la segur a la raíz del árbol, ni cabe imaginar medio más universal ni más eficaz para arrancar a la influencia de la Iglesia y de la Fe, la sociedad, la familia y también a los individuos. Debilitar por todos los medios el clericalismo (o sea el catolicismo) en sus fundamentos y en sus mismas fuentes de vida, eso es, en la escuela y en la familia, es la declaración auténtica de los escritores masónicos.

IV. En muchas regiones es un sistema de gobierno

Pero alguien dir√° que esto sucede no solo en Italia sino que es un sistema de gobierno, al que generalmente, se conforman hoy todas las naciones. Esto, empero, no destruye, respondemos Nosotros, sino antes bien confirma lo que decimos sobre los prop√≥sitos y acci√≥n de la masoner√≠a tal cual existe en Italia. Ciertamente aquel sistema se adopta y se pone por obra donde quiera que la Masoner√≠a ejercite su imp√≠a y nefasta acci√≥n, y como √©sta est√° tan ampliamente difundida, aquel sistema anticristiano se aplica, en toda extensi√≥n, al orden p√ļblico. y la aplicaci√≥n se hace m√°s r√°pida y universal en aquellas regiones cuyos gobernantes se sujetan m√°s a la secta y secundan con mayor inter√©s sus inicuas empresas.

Y lo que consideramos un gran infortunio, en el n√ļmero de estos pa√≠ses se halla hoy d√≠a la misma nueva Italia. Sin embargo, no s√≥lo hoy comprobamos que Italia comenz√≥ a sucumbir al influjo imp√≠o y mal√©fico de las Sectas, sino que desde hace algunos a√Īos, √©stas en su prepotencia, apoder√°ndose de las cosas en forma absoluta, y dominadora, a su antojo, a modo de tiranos las sujetan. De all√≠ que las normas de administraci√≥n p√ļblica en cuanto a la Religi√≥n toca, favorecen casi todas y sirven a las aspiraciones de las Sectas las que para ejecutar sus designios encuentran en los gobernantes supremos del Estado sus favorecedores y d√≥ciles instrumentos. Las leyes bastante contrarias a la Iglesia que decretan y las medidas para ella ofensivas que toman, se proponen, se resuelven y definitivamente estatuyen primero en sus Congresos sectarios. Basta que cualquier cosa tenga aun la apariencia aunque dudosa de ser injuriosa o da√Īina para la Iglesia para que en seguida la veamos adoptada y promovida.

V. El nuevo Código penal ofensivo para el Clero y las Obras Pías

Entre los hechos más recientes recordaremos la aprobación del Código penal, en que había algunos articulo s de ley contrarios al Clero que constituyen, efectivamente, una ley de excepción, la cual con la mayor pertinacia posible y pese a todas las razones en contrario plugo a los legisladores aprobar, y en que -¡cosa increíble!- se consideran criminales algunos actos que son deberes sacrosantos de su ministerio.

La ley sobre las Obras P√≠as, por la cual todo el patrimonio que reunieron la piedad y la Religi√≥n de nuestros abuelos, a la sombra y con la tutela de la Iglesia, queda substra√≠do a la intervenci√≥n eclesi√°stica; esta ley la hab√≠an insinuado ya las sectas mas√≥nicas algunos a√Īos hac√≠a para escarnecer Iglesia, disminuir su influencia social y suprimir de una plumada las grandes sumas de los delegados, destinadas a sufragar los gastos del culto religioso.

VI. Monumento al apóstata.

A√Ī√°dase a esto la obra eminentemente sectaria de la erecci√≥n del monumento p√ļblico al famoso ap√≥stata de Nola, decretada desde hace mucho por la secta mas√≥nica e insistentemente promovida y, finalmente, ejecutada con la ayuda y el favor de los gobernantes.

VII. Declaraciones y obras del gobierno contrarias a la Iglesia

Mucho tribuyeron a ello las declaraci√≥n expl√≠citas y p√ļblicas del jefe de Gobierno, que as√≠ se expresan: "La lucha real y verdadera que el Gobierno tiene el m√©rito de haber emprendido, es la que traba la Iglesia y el Estado, y el libre examen y la raz√≥n por otra parte".

Que la Iglesia quiere obrar y encadenar de nuevo la raz√≥n y la libertad del pensamiento, es lo que se a√Īade.

El Gobierno en esta lucha se declara abiertamente en favor de la razón contra la fe, y cree su deber hacer que el Estado italiano sea el intérprete de esta razón y libertad; triste deber que vemos con repetición afirmado en tales ocasiones.

A la luz de estos hechos y declaraciones, se ve que la idea principal respecto la Religi√≥n es la que preside a la pol√≠tica italiana y forma la realizaci√≥n del programa mas√≥nico. Se ve cu√°nto va ya realizado, se sabe cu√°nto falta por hacer, y ciertamente puede preverse que, mientras Italia y su suerte est√©n en manos de jefes sectarios o siervos de las sectas, se seguir√° obrando m√°s o menos r√°pidamente, seg√ļn las circunstancias, hasta realizar todo el plan.

Detalles del programa persecutorio del gobierno masónico

Ahora se dirige su acci√≥n a los fines siguientes, seg√ļn los votos y resoluciones de las m√°s autorizadas Asambleas, todo inspirado en odio mortal contra la Iglesia:

"Abolici√≥n en las escuelas de toda instrucci√≥n religiosa; fundaci√≥n de institutos en que se substraiga a los ni√Īos de toda influencia clerical, cualquiera que sea, ya que el Estado, que debe ser absolutamente ateo, tiene derecho y deber de formar el coraz√≥n y el esp√≠ritu de los ciudadanos, y ninguna escuela debe substraerse a su inspiraci√≥n y vigilancia; aplicaci√≥n rigurosa de todas las leyes vigentes a asegurar la independencia absoluta de la sociedad civil de las influencias clericales, observaci√≥n estricta de las leyes que suprimen las asociaciones religiosas y el uso de los medios que puedan hacerlas eficaces; organizaci√≥n de todo el patrimonio eclesi√°stico, partiendo del principio de que su propiedad pertenece al Estado y su administraci√≥n al poder civil; exclusi√≥n de todo elemento cat√≥lico y clerical de todas las p√ļblicas administraciones, obras p√≠as, hospitales, escuelas y consejos en que se preparen los destinos de la patria: de las academias, c√≠rculos asociaciones, comisiones y familia; exclusi√≥n general, eterna, en todas partes. Debe hacerse sentir la influencia mas√≥nica y hacerse due√Īa de todo. Con esto se allanar√° la v√≠a para abolir el Pontificado, y quedar√° Italia libre de su implacable y mortal enemigo; y Roma, que antes fue el centro de la teocracia universal, ser√° desde hoy el centro de la secularizaci√≥n universal, y desde ella se promulgar√° para el mundo la magna carta de la libertad humana".

Estas son las aspiraciones, declaraciones y acuerdos auténticos de los francmasones y de sus conciliábulos.

Sin exageración tal es el estado presente y tal el porvenir que presentimos para la Religión en Italia.

Error funesto ser√≠a el disimular tama√Īa gravedad. Reconocerlo tal cual es y afrontarlo con evang√©lica prudencia y fortaleza, deducir los deberes que esto impone a todos los cat√≥licos y Nos especialmente, que como Pastor debemos velar sobre ellos, Nos toca conducirlos a la salvaci√≥n, vigilar por las miras de la Providencia y obrar con sabidur√≠a y celo pastoral.

VIII. Enérgica protesta y llamado a los Obispos y fieles

Por lo que respecta a Nos, se Nos impone el deber apost√≥lico de protestar de nuevo en√©rgicamente contra todo lo que con tanto da√Īo de la Religi√≥n se ha hecho, se hace o se intenta llevar a cabo en Italia: defensores y tutores que somos de los sagrados derechos de la Iglesia y del Pontificado, abiertamente rechazamos y denunciamos a todo el orbe cat√≥lico las ofensas que la Iglesia y el Pontificado reciben de continuo especialmente en Roma, y que Nos hacen m√°s fatigoso el gobierno del Catolicismo y Nos arrastran a un estado grave e indigno de nuestra condici√≥n.

Por lo demás, estamos firmemente animados a no omitir ni dejar de hacer por Nuestra parte nada de lo que pueda ayudar a mantener viva y vigorosa la fe entre el pueblo italiano y protegerla contra los asaltos y ataques de los enemigos. Apelamos por esto, Venerables Hermanos, a todo vuestro celo y vuestro amor por la salvación de las almas, aumentado por la gravedad del peligro, a fin de que busquéis los medios que estén en nuestra mano; todos los resortes de la palabra, toda la industria de la acción, todo el tesoro y ayuda de la gracia que la Iglesia nos concede, tienen que emplearse en la formación de un clero instruido y lleno de espíritu de Jesucristo por la cristiana educación de la juventud, por la extirpación de las malas doctrinas, la propagación de la verdad católica, por la conservación del carácter y del espíritu cristiano dentro de las familias.

IX. El pueblo católico debe conocer las medidas persecutorias

En cuanto al pueblo cat√≥lico, es necesario antes que todo que conozca el verdadero estado de la Italia, la √≠ndole esencialmente religiosa que reviste en Italia la lucha contra el Pont√≠fice, y el fin verdadero y el prop√≥sito que persigue; que se persuada con la evidencia de los hechos, de c√≥mo est√° constantemente amenazada su Religi√≥n, se convenza por fin de los riesgos que corre de ser despojado del inestimable tesoro de la fe. Llevada a los √°nimos tal convicci√≥n, y seguros, por otra parte, que sin la fe es imposible servir a Dios y salvarse, comprender√°n que se trata de conseguir el mayor, por no decir el √ļnico, de los intereses que cada uno por su parte tiene el deber de poner en salvo antes que todo, aun a costa de los mayores sacrificios, bajo pena de su eterna desgracia e infelicidad. Comprender√°n tambi√©n f√°cilmente que, siendo este tiempo de lucha descarada y manifiesta, ser√≠a ignominioso y vil desertar del campo y cobardemente esconderse.

X. Su deber de profesión y de defensa de su fe y de obras cristianas. Prensa

Su deber es el de permanecer en el puesto, mostrarse a vistas claras verdaderos cat√≥licos por sus creencias y obras, conforme a su fe, y esto, tanto por la gloria de la fe como por la del Sumo Jefe, cuya bandera seguimos; y para no tener la inmensa desgracia de no ser reconocidos como soldados fieles en el d√≠a final por el Jefe supremo, el cual ha dicho que el que no est√° con √©l, est√° contra √©l. Sin ostentaci√≥n y sin timidez, demos pruebas del verdadero valor que nace de la conciencia al cumplir un sagrado deber respecto a Dios y a los dem√°s hombres. A esta franca profesi√≥n de fe deben unir los cat√≥licos una perfecta docilidad y filial amor para con la Iglesia; su sincero cari√Īo para con los Obispos y una absoluta devoci√≥n y obediencia al Romano Pont√≠fice.

En suma: reconocerán cuán necesario sea abstenerse de todo aquello es obra de las sectas, o que de ellas recibe favor o impulso, y que está contaminado del espíritu anticristiano que las anima, y darse luego con actividad, con valor y constancia a la obra católica, a las asociaciones y a las instituciones bendecidas por la Iglesia, en encargadas y sostenidas por los Obispos y el Romano Pontífice. Y puesto que el principal instrumento de que se sirven los enemigos es la prensa, en gran parte inspirada y sostenida por ellos, conviene que los católicos opongan la buena la mala prensa, para defender la verdad, para la tutela de la Religión y para el sostenimiento de los derechos de la Iglesia.

XI. La prensa

Y como el deber de la prensa cat√≥lica es descubrir las p√©rfidas intenciones de las sectas, ayudar y secundar la acci√≥n de los sagrados Pastores, defender y promover las obras cat√≥licas, as√≠ es deber de los fieles sostenerla eficazmente, ya sea negando o retirando todo favor a los peri√≥dicos pervertidos, ya concurriendo directamente cada uno, en la medida en que pueda, a hacerla vivir y prosperar en lo cual creemos que hasta ahora no se hace bastante en Italia. A este fin, los documentos que Nos hemos dado todos los cat√≥licos, especialmente la Enc√≠clica Humanum genus y la otra Sapientiae christianae, deben ser particularmente ense√Īados e inculcados a los cat√≥licos de Italia. Que si por permanecer fieles a estos deberes hubiera que hacer alg√ļn sacrificio, acu√©rdense que "desde los d√≠as de Juan, el Bautista hasta el presente, el reino de Dios padece fuerza, y hombres esforzados lo arrebatan"2, y quien a s√≠ propio se ama y ama a sus propias cosas m√°s que a JESUCRISTO, no es digno de √Čl3.

El ejemplo de tantos invictos campeones, que generosamente y en todo tiempo lo sacrificaron todo; la ayuda singular de la gracia que hace suave el yugo de Jesucristo, y ligera su carga4, deben servirles poderosamente para templar el valor y sostenerles en la gloriosa campa√Īa.

XII. Los peligros de la falta de Religión en el aspecto social y político

No hab√≠amos considerado hasta ahora las presentes condiciones de las cosas en Italia m√°s que en el concepto religioso, como que √©ste es para Nos principal√≠simo y eminentemente propio por raz√≥n del oficio apost√≥lico que sostenemos. Pero es tan necesario y propio de la obra considerarlo bajo el aspecto social y pol√≠tico, a fin de que vean los italianos que no s√≥lo es el amor de la religi√≥n, sino tambi√©n el m√°s sincero y el m√°s noble amor de la patria el que debe movernos a oponernos a los imp√≠os conatos de las sectas. Basta observar, para convencerse, los acontecimientos que se preparan en Italia en el orden social y pol√≠tico en que las personas se empe√Īan sin disimulo en combatir sin tregua el Catolicismo y al Papado.

Ya la prueba del pasado es de por s√≠ demasiado grande y muy elocuente. Esto que en este primer per√≠odo de su nueva vida se advierte en Italia por la moralidad p√ļblica y privada, por el orden y tranquilidad interior, por la prosperidad y riqueza nacional, es a√ļn m√°s notable por aquellos hechos que Nos podemos aducir. Los mismos que, aun teniendo inter√©s en ocultarlo, por la verdad, no los ocultan.

Nos diremos sólo que en las condiciones presentes, por una triste pero verdadera necesidad, las cosas no podrán andar de otra manera: la secta masónica, por cuanto ostenta un espíritu de beneficencia y de filantropía, no puede ejercer más que una influencia funesta; y decimos funesta, porque combate y tiende a destruir la Religión de Cristo, verdadera bienhechora de la humanidad.

Influjo benéfico de la Religión

Todos saben hasta qu√© punto y de qu√© manera ha influido saludablemente la Religi√≥n en la sociedad. Es incontestable que la sana moral p√ļblica y privada es el honor y la fuerza de los Estados; pero es igualmente incontestable que sin Religi√≥n no puede haber buena moral, ni p√ļblica ni privada. De la familia, s√≥lidamente constituida sobre las bases naturales de una vida piadosa, nace el incremento y la fuerza de la sociedad. Sin Religi√≥n y sin moral, el consorcio dom√©stico no tiene estabilidad, y los v√≠nculos de la familia se relajan y disuelven. La prosperidad de los pueblos y de las naciones viene de Dios y de su bendici√≥n.

Si un pueblo no s√≥lo no la reconoce como procedente de Dios, antes bien contra √Čl se subleva y la soberan√≠a de su esp√≠ritu le dice que nada hay de nuevo fuera de √©l, la fortuna que obtenga no ser√° sino un simulacro de prosperidad condenado a desvanecerse tan pronto como plazca al Se√Īor confundir la soberbia y la audacia de sus enemigos.

XIII. Se detallan la necesidad y obra de la Religión

La Religi√≥n es la que, penetrando en el fondo de la conciencia de cada uno, le hace sentir la fuerza del deber y le impulsa a seguirlo. La Religi√≥n es la que da a los pr√≠ncipes sentimiento de justicia y de amor para sus s√ļbditos; que rinde y sujeta fiel y sinceramente a sus partidarios; que hace rectos y buenos a los legisladores, justos e incorruptibles a los magistrados, valerosos hasta el hero√≠smo a los soldados, diligentes y probos a los administradores. La Religi√≥n es la que hace reinar la concordia y el afecto entre los c√≥nyuges, el amor y el respeto entre los padres y los hijos, que inspira a los pobres el respeto a sus bienhechores, y a los ricos el recto uso de sus rentas. De esta sumisi√≥n a los deberes y de este respeto a los derechos de los dem√°s nace el orden, la paz, la tranquilidad, que son tanta parte de la prosperidad de un pueblo y de un Estado. Suprimida la Religi√≥n, desaparecer√≠an con ella al mismo tiempo todos esos bienes de la sociedad.

Para Italia la p√©rdida ser√≠a mucho m√°s sensible. Sus mayores glorias y grandezas, por las cuales goz√≥ del primado durante largo tiempo entre 1as naciones cultas, son inseparables de la Religi√≥n, la cual le proporcion√≥, le inspir√≥, le asegur√≥ los favores y le ayud√≥ y dirigi√≥ a ese incremento. Por las p√ļblicas franquicias hablan sus Comunes, por las glorias militares hablan tantas empresas memorables contra los enemigos declarados del nombre cristiano; por la ciencia hablan las Universidades fundadas, favorecidas y privilegiadas por la Iglesia; por las artes hablan infinitos monumentos de todos g√©neros, de los cuales est√° sembrada con profusi√≥n toda Italia; por las obras en favor de los miserables, de los desgraciados, de los obreros, hablan tantas fundaciones de la caridad cristiana, tantos asilos abiertos para toda suerte de indigencia y de infortunio, y las asociaciones y corporaciones que han crecido bajo la √©gida de la Religi√≥n.

La virtud y la fuerza de la Religión son inmortales, porque vienen de Dios, tiene tesoros para hacer el bien, remedios eficacísimos para los necesitados de todos los tiempos y de cualquier época, a los cuales atiende admirablemente. Lo que ha sabido y podido hacer en otros tiempos, es capaz de hacer todavía con una fuerza siempre nueva y vigorosa. Quitar por tanto, a Italia la Religión, es destruir de un golpe la fuente más fecunda de tesoros y socorros inestimables.

Peligro socialista, es vencido por la Religión

Adem√°s, uno de los m√°s grandes y formidables peligros que corre la sociedad presente es la agitaci√≥n socialista, que amenaza destruirla hasta en sus cimientos. No permanece inmune Italia de tanto peligro, y, si bien otras naciones est√°n m√°s infestadas que Italia de este esp√≠ritu subversivo y de desorden, no es menos cierto, sin embargo, que este esp√≠ritu se va esparciendo y propagando cada d√≠a con mayor intensidad. Es tal su naturaleza, tanto el poder de su organizaci√≥n, tanta la audacia y atrevimiento de sus prop√≥sitos, que se hace preciso reunir todas las fuerzas conservadoras para detener su marcha e impedir con √©xito su triunfo. De estas fuerzas, la primera y principal√≠sima con que debe contarse es con la que pueden dar la Religi√≥n y la Iglesia. Sin √©stas, resultar√°n in√ļtiles o insuficientes las leyes m√°s severas, los rigores de los tribunales y la misma fuerza armada.

XIV. Luz en las tinieblas y fuerza de la Religión para convertir

Así como en otro tiempo, contra la dominación bárbara no sirvió la fuerza material, sino la virtud de la Religión cristiana, que penetrando en el espíritu de los vencedores, les quitó la ferocidad, y la aspereza de sus costumbres y les hizo obedientes a la voz de la verdad y de la ley evangélica; así contra las iras de la multitud desenfrenada ninguna fuerza será eficaz sin la virtud saludable de la Religión, la cual, haciendo brillar en inteligencias la luz de la verdad, e infiltrando en los corazones los preceptos de la moral de Jesucristo les haga sentir la voz de la conciencia y del deber, y ponga freno a los ímpetus de las pasiones. Combatir, por tanto, a la Religión, es privar a Italia del auxiliar más poderoso para luchar con un enemigo que cada día es más formidable y amenazador.

Amenaza política

Pero no es esto todo; como en el orden social la guerra hecha a la Religión es funestísima

Italia, as√≠ en el orden pol√≠tico la enemistad con la Santa Sede y con el Romano Pont√≠fice es para Italia fuente y origen de grav√≠simos da√Īos; y aunque no sea precisa la demostraci√≥n para completar Nuestro pensamiento, resumiremos en breves frases las conclusiones. La guerra hecha al Papa quiere decir para Italia divisi√≥n profunda entre la Italia oficial y la gran parte los italianos verdaderamente cat√≥licos, y cualquier divisi√≥n es debilidad; quiere decir, privaci√≥n del favor del concurso la parte m√°s genuinamente conservadora; esto es, sostener en el seno de la naci√≥n un conflicto religioso, que no s√≥lo no contribuye al bien p√ļblico, que lleva en s√≠ mismo los g√©rmenes funestos de los males y de grav√≠simos castigos.

XV. La benevolencia con la Religión redundaría en provecho de Italia en el exterior e interior

En cuanto al exterior, el conflicto con la Santa Sede, además de privar a Italia del prestigio del esplendor que la circundaría seguramente de vivir en paz con el Pontificado; la enemistad con todos los católicos del mundo, la impone inmensos sacrificios, y en cualquier ocasión puede proporcionar a los enemigos un arma para volverla contra ella.

¡He aquí el bienestar y la grandeza que esperan a Italia, que teniendo la dicha en su mano hace cuanto puede para abatir la Religión católica y el Pontificado, siguiendo las inspiraciones de las sectas!

Si, por el contrario, se rompiese toda solidaridad y conveniencia con las sectas, y se otorgara a la Religi√≥n y a la Iglesia, como la m√°s poderosa fuerza social, verdadera libertad y el pleno ejercicio de sus derechos, ¬°qu√© feliz cambio se operar√≠a en los destinos de Italia! Los da√Īos y los peligros que lamentamos, y que son el resultado de la guerra a la Religi√≥n y a la Iglesia, no s√≥lo cesar√≠an al terminar la lucha, sino que volver√≠an a florecer sobre el selecto suelo de la Italia cat√≥lica la gloria y la grandeza de que la Religi√≥n y la Iglesia han sido siempre fecundas.

Por su divina virtud se reformar√≠an las costumbres p√ļblicas y privadas, y los v√≠nculos de la familia, y los ciudadanos, bajo el influjo religioso, experimentar√≠an m√°s vivo el sentimiento del deber y mayor resoluci√≥n para cumplirle.

Las cuestiones sociales, que ahora tienen tan preocupados los √°nimos, recibir√°n la mejor y m√°s completa de las soluciones con la aplicaci√≥n pr√°ctica de los preceptos de caridad y justicia evang√©licas; la libertad p√ļblica, imposibilitada de degenerar en licencia, servir√≠a √ļnicamente para el bien, y llegar√≠a a ser verdaderamente digna del hombre; las ciencias, por la verdad de que la Iglesia es maestra, y las artes por la potente inspiraci√≥n que la Religi√≥n recibe de lo alto, y que tiene el secreto de comunicar a todos los esp√≠ritus, recibir√≠an nuevo impulso y nuevas excelencias.

Hecha la paz con la Iglesia, quedará cimentada la unidad religiosa y concordia civil, cesará la división entre los católicos fieles a la Iglesia y a Italia, la cual adquirirá de esta suerte un poderoso elemento de orden y de conservación.

Atendidas las justas demandas del Romano Pont√≠fice, reconocidos sus soberanos derechos y colocado en condiciones de verdadera y efectiva independencia, los cat√≥licos de las dem√°s partes del mundo no tendr√≠an ya motivo para considerar a Italia como enemiga de su Padre com√ļn: ellos, que, no por ajeno impuso, sino por sentimiento de fe y dictamen del deber, alzan un√°nimemente su voz para reivindicar la dignidad y la libertad del Pastor supremo de las almas.

Crecería para Italia el respeto y consideración de los demás países de vivir en armonía con la Sede Apostólica, la cual ha hecho experimentar a los italianos de un modo especial los beneficios de su presencia entre ellos; así, con los tesoros de la fe que se difundirá siempre de este centro de bendición y de salud, harán que también, se difunda entre todas las gentes grande y respetado el nombre italiano, Italia reconciliada con el Pontífice y fiel a su Religión, estaría dispuesta para emular dignamente sus antiguas glorias, y en todo aquello que constituye el verdadero progreso de nuestra edad recibiría nuevo estímulo para adelantar en su glorioso camino.

Y Roma, ciudad católica por excelencia, predestinada por Dios para centro de la Religión de Cristo, y Sede de su Vicario, que fue base de la estabilidad y grandeza de aquélla a través de tantos siglos, y de tan varios acontecimientos, repuesta bajo el pacífico y paternal cetro del Romano Pontífice, volvería a ser lo que la hicieron la Providencia y los siglos, no mera capital de un Reino particular, sino dividida entre dos diversos y soberanos poderes, dualismo contrario a su historia, sino la digna capital del mundo católico, engrandecida con la Majestad de la Religión, y maestra y ejemplo de moralidad y de civilización de los pueblos.

XVI. Los verdaderos amigos de Italia

No son éstas, Venerables Hermanos, vanas ilusiones, sino una esperanza apoyada en el más sólido y veraz fundamento. La aserción que desde hace tiempo se viene divulgando, de que los católicos y el Pontífice son enemigos de Italia y casi otros tantos aliados de los partidos subversivos, no es más que una gratuita injuria y grosera calumnia esparcida por arte de las sectas para facilitarse el camino y despejarlo de los obstáculos que se oponen a su execranda obra de descatolizar a Italia.

La verdad que resulta clarísima de cuanto hemos dicho anteriormente, es que los católicos son los mejores amigos del propio país y que dan prueba de fuerte y veraz amor, no solamente a su Religión, sino a su Patria, diferenciándose en esto enteramente de las sectas, consagrándola su espíritu y sus obras, haciendo todos los esfuerzos porque Italia no pierda, antes bien conserve vigorosamente la fe; no combata a la Iglesia, sino que sea hija fiel de ella; no hostigue al Pontificado, sino que se reconcilie con él.

XVII. Exhortación a la colaboración de todos

Cooperad todos, Venerables Hermanos, a fin de que la luz de la verdad se haga camino en medio de la multitud, y que ésta llegue a comprender finalmente dónde se encuentra todo bien y todo cuanto verdaderamente le interesa y persuadirse que sólo en la fidelidad con la Religión y en la paz con la Iglesia y el Romano Pontífice, se puede esperar para Italia un porvenir digno de su glorioso pasado.

A esto queremos que dirijáis vuestros pensamientos; y no Nos dirigimos a los afiliados a las sectas, los cuales con propósito deliberado tratan de basar sobre la ruina de la Religión católica el nuevo asiento de la Península sino a los otros que, sin acoger esas ideas, ayudan a la obra de aquellos cooperando a su política, y particularmente a los jóvenes, tan fáciles de caer en el error por efecto de inexperiencia o por dominio del sentimiento. Queremos que todos se persuadan de que el camino que se está recorriendo es fatal para Italia y al denunciar ahora de nuevo el peligro, no Nos mueve más que la conciencia del deber y el amor a la Patria.

Invocación y Bendición

Mas para iluminar las inteligencias y hacer eficaces Nuestros esfuerzos, es preciso invocar, ante todo, la ayuda del cielo; a Nuestra com√ļn acci√≥n vaya unida, Venerables Hermanos, la plegaria general, constante, fervorosa, que haga dulce violencia al Coraz√≥n de Dios y vuelva propicio a nuestra Italia, libr√°ndola de esa plaga que ser√≠a la m√°s terrible de todas: la p√©rdida de la Fe. Pongamos de mediadora cerca de Dios a la glorios√≠sima Virgen Mar√≠a, la invicta Reina del Rosario, que tanto poder tiene sobre las fuerzas del infierno y tantas veces ha hecho sentir a Italia los efectos de su maternal predilecci√≥n. Recurramos a los Santos Ap√≥stoles Pedro y Pablo, que conquistaron para la fe esta tierra bendita, que santificaron con sus esfuerzos y ba√Īaron con su sangre.

Recibid, entre tanto que llega la ayuda que pedimos, en muestra de Nuestro especialísimo afecto, la Apostólica bendición, que desde lo íntimo de Nuestra alma os enviamos a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro Clero y al pueblo italiano.

Dado en Roma, al lado de San Pedro, el 15 de Octubre de 1890, a√Īo decimotercero de Nuestro Pontificado.

LEON XIII


1

S. Gregor. Magno, Epist. ad Maurit. Imperat. Registo 5: "Si la esclavitud de mi país no aumentara de día en día, gozoso callaría frente al escarnio y la irrisión de que me hacen objeto".

2

Mt 11, 12.

3

Cfr. Mt 10, 38.

4

Mt 11, 30.
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