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S.S. Benedicto XVI, Homil铆a del Santo Padre durante la Santa Misa celebrada en el Estadio de los Yankees, Nueva York
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Homil铆a del Santo Padre durante la Santa Misa celebrada en el Estadio de los Yankees, Nueva York

Visita Apost贸lica a Estados Unidos

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jes煤s dice a sus Ap贸stoles que tengan fe en 脡l, porque 脡l es 鈥渆l camino, la verdad y la vida鈥� (Jn 14,6). Cristo es el camino que conduce al Padre, la verdad que da sentido a la existencia humana, y la fuente de esa vida que es alegr铆a eterna con todos los Santos en el Reino de los cielos. Acojamos estas palabras del Se帽or. Renovemos nuestra fe en 脡l y pongamos nuestra esperanza en sus promesas.

Con esta invitaci贸n a perseverar en la fe de Pedro (cf. Lc 22,32; Mt 16,17), les saludo a todos con gran afecto. Agradezco al Se帽or Cardenal Egan las cordiales palabras de bienvenida que ha pronunciado en vuestro nombre. En esta Misa, la Iglesia que peregrina en los Estados Unidos celebra el Bicentenario de la creaci贸n de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville por la desmembraci贸n de la sede madre de Baltimore. La presencia, en torno a este altar, del Sucesor de Pedro, de sus Hermanos Obispos y sacerdotes, de los di谩conos, de los consagrados y consagradas, as铆 como de los fieles laicos procedentes de los cincuenta Estados de la Uni贸n, manifiesta de forma elocuente nuestra comuni贸n en la fe cat贸lica que nos lleg贸 de los Ap贸stoles.

La celebraci贸n de hoy es tambi茅n un signo del crecimiento impresionante que Dios ha concedido a la Iglesia en vuestro Pa铆s en los pasados doscientos a帽os. A partir de un peque帽o reba帽o, como el descrito en la primera lectura, la Iglesia en Am茅rica ha sido edificada en la fidelidad a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al pr贸jimo. En esta tierra de libertad y oportunidades, la Iglesia ha unido reba帽os muy diversos en la profesi贸n de fe y, a trav茅s de sus muchas obras educativas, caritativas y sociales, tambi茅n ha contribuido de modo significativo al crecimiento de la sociedad americana en su conjunto.

Este gran resultado no ha estado exento de retos. La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Ap贸stoles, habla de las tensiones ling眉铆sticas y culturales que hab铆a en la primitiva comunidad eclesial. Al mismo tiempo, muestra el poder de la Palabra de Dios, proclamada autorizadamente por los Ap贸stoles y acogida en la fe, para crear una unidad capaz de ir m谩s all谩 de las divisiones que provienen de los l铆mites y debilidades humanas. Se nos recuerda aqu铆 una verdad fundamental: que la unidad de la Iglesia no tiene m谩s fundamento que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jes煤s, Nuestro Se帽or. Todos los signos externos de identidad, todas las estructuras, asociaciones o programas, por v谩lidos o incluso esenciales que sean, existen en 煤ltimo t茅rmino 煤nicamente para sostener y favorecer una unidad m谩s profunda que, en Cristo, es un don indefectible de Dios a su Iglesia.

La primera lectura muestra adem谩s, como vemos en la imposici贸n de manos sobre los primeros di谩conos, que la unidad de la Iglesia es 鈥渁post贸lica鈥�, es decir, una unidad visible fundada sobre los Ap贸stoles, que Cristo eligi贸 y constituy贸 como testigos de su resurrecci贸n, y nacida de lo que la Escritura denomina 鈥渓a obediencia de la fe鈥� (Rm 1,5; Hch 6,7).

鈥淎utoridad鈥濃�� 鈥渙bediencia鈥�. Siendo francos, estas palabras no se pronuncian hoy f谩cilmente. Palabras como 茅stas representan 鈥渦na piedra de tropiezo鈥� para muchos de nuestros contempor谩neos, especialmente en una sociedad que justamente da mucho valor a la libertad personal. Y, sin embargo, a la luz de nuestra fe en Cristo, 鈥渆l camino, la verdad y la vida鈥�, alcanzamos a ver el sentido m谩s pleno, el valor e incluso la belleza de tales palabras. El Evangelio nos ense帽a que la aut茅ntica libertad, la libertad de los hijos de Dios, se encuentra s贸lo en la renuncia al propio yo, que es parte del misterio del amor. S贸lo perdiendo la propia vida, como nos dice el Se帽or, nos encontramos realmente a nosotros mismos (cf. Lc 17,33). La verdadera libertad florece cuando nos alejamos del yugo del pecado, que nubla nuestra percepci贸n y debilita nuestra determinaci贸n, y ve la fuente de nuestra felicidad definitiva en 脡l, que es amor infinito, libertad infinita, vida sin fin. 鈥淓n su voluntad est谩 nuestra paz鈥�.

Por tanto, la verdadera libertad es un don gratuito de Dios, fruto de la conversi贸n a su verdad, a la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Y dicha libertad en la verdad lleva consigo un modo nuevo y liberador de ver la realidad. Cuando nos identificamos con 鈥渓a mente de Cristo鈥� (cf. Fil 2,5), se nos abren nuevos horizontes. A la luz de la fe, en la comuni贸n de la Iglesia, encontramos tambi茅n la inspiraci贸n y la fuerza para llegar a ser fermento del Evangelio en este mundo. Llegamos a ser luz del mundo, sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14), encargados del 鈥渁postolado鈥� de conformar nuestras vidas y el mundo en que vivimos cada vez m谩s plenamente con el plan salvador de Dios.

La magn铆fica visi贸n de un mundo transformado por la verdad liberadora del Evangelio queda reflejada en la descripci贸n de la Iglesia que encontramos en la segunda lectura de hoy. El Ap贸stol nos dice que Cristo, resucitado de entre los muertos, es la piedra angular de un gran templo que tambi茅n ahora se est谩 edificando en el Esp铆ritu. Y nosotros, miembros de su cuerpo, nos hacemos por el Bautismo 鈥減iedras vivas鈥� de ese templo, participando por la gracia en la vida de Dios, bendecidos con la libertad de los hijos de Dios, y capaces de ofrecer sacrificios espirituales agradables a 茅l (cf. 1 P 2,5). 驴Qu茅 otra ofrenda estamos llamados a realizar, sino la de dirigir todo pensamiento, palabra o acci贸n a la verdad del Evangelio, o a dedicar toda nuestra energ铆a al servicio del Reino de Dios? S贸lo as铆 podemos construir con Dios, sobre el cimiento que es Cristo (cf. 1 Co 3,11). S贸lo as铆 podemos edificar algo que sea realmente duradero. S贸lo as铆 nuestra vida encuentra el significado 煤ltimo y da frutos perdurables.

Hoy recordamos doscientos a帽os de un momento crucial la historia de la Iglesia en los Estados Unidos: su primer gran fase de crecimiento. En estos doscientos a帽os, el rostro de la comunidad cat贸lica en vuestro Pa铆s ha cambiado considerablemente. Pensemos en las continuas oleadas de emigrantes, cuyas tradiciones han enriquecido mucho a la Iglesia en Am茅rica. Pensemos en la recia fe que edific贸 la cadena de Iglesias, instituciones educativas, sanitarias y sociales, que desde hace mucho tiempo son el emblema distintivo de la Iglesia en este territorio. Pensemos tambi茅n en los innumerables padres y madres que han transmitido la fe a sus hijos, en el ministerio cotidiano de muchos sacerdotes que han gastado su vida en el cuidado de las almas, en la contribuci贸n incalculable de tantos consagrados y consagradas, quienes no s贸lo han ense帽ado a los ni帽os a leer y escribir, sino que tambi茅n les han inculcado para toda la vida un deseo de conocer, amar y servir a Dios. Cu谩ntos 鈥渟acrificios espirituales agradables a Dios鈥� se han ofrecido en los dos siglos transcurridos. En esta tierra de libertad religiosa, los cat贸licos han encontrado no s贸lo la libertad para practicar su fe, sino tambi茅n para participar plenamente en la vida civil, llevando consigo sus convicciones morales a la esfera p煤blica, cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad democr谩tica. La celebraci贸n actual es algo m谩s que una ocasi贸n de gratitud por las gracias recibidas: es una invitaci贸n para proseguir con la firme determinaci贸n de usar sabiamente la bendici贸n de la libertad, con el fin de edificar un futuro de esperanza para las generaciones futuras.

鈥淯stedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una naci贸n consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las haza帽as del que les llam贸 a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa鈥� (1 P 2,9). Estas palabras del Ap贸stol Pedro no s贸lo nos recuerdan la dignidad que por gracia de Dios tenemos, sino que tambi茅n entra帽an un desaf铆o y una fidelidad cada vez m谩s grande a la herencia gloriosa recibida en Cristo (cf. Ef 1,18). Nos retan a examinar nuestras conciencias, a purificar nuestros corazones, a renovar nuestro compromiso bautismal de rechazar a Satan谩s y todas sus promesas vac铆as. Nos retan a ser un pueblo de la alegr铆a, heraldos de la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5) nacida de la fe en la Palabra de Dios y de la confianza en sus promesas.

En esta tierra, ustedes y muchos de sus vecinos rezan todos los d铆as al Padre con las palabras del Se帽or: 鈥淰enga tu Reino鈥�. Esta plegaria debe forjar la mente y el coraz贸n de todo cristiano de esta Naci贸n. Debe dar fruto en el modo en que ustedes viven su esperanza y en la manera en que construyen su familia y su comunidad. Debe crear nuevos 鈥渓ugares de esperanza鈥� (cf. Spe salvi, 32 ss) en los que el Reino de Dios se haga presente con todo su poder salvador.

Adem谩s, rezar con fervor por la venida del Reino significa estar constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando para que crezca en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir afrontar los desaf铆os del presente y del futuro confiados en la victoria de Cristo y comprometi茅ndose en extender su Reino. Significa superar toda separaci贸n entre fe y vida, oponi茅ndose a los falsos evangelios de libertad y felicidad. Quiere decir, adem谩s, rechazar la falsa dicotom铆a entre la fe y la vida pol铆tica, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, 鈥渘inguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberan铆a de Dios鈥� (Lumen gentium, 36). Esto quiere decir esforzarse para enriquecer la sociedad y la cultura americanas con la belleza y la verdad del Evangelio, sin perder jam谩s de vista esa gran esperanza que da sentido y valor a todas las otras esperanzas que inspiran nuestra vida.

Queridos amigos, 茅ste es el reto que os presenta hoy el Sucesor de Pedro. Como 鈥渞aza elegida, sacerdocio real, naci贸n consagrada鈥�, sigan con fidelidad las huellas de quienes les han precedido. Apresuren la venida del Reino en esta tierra. Las generaciones pasadas les han legado una herencia extraordinaria. Tambi茅n en nuestros d铆as la comunidad cat贸lica de esta Naci贸n ha destacado en su testimonio prof茅tico en defensa de la vida, en la educaci贸n de los j贸venes, en la atenci贸n a los pobres, enfermos o extranjeros que viven entre ustedes. Tambi茅n hoy el futuro de la Iglesia en Am茅rica debe comenzar a elevarse partiendo de estas bases s贸lidas.

Ayer, no lejos de aqu铆, me ha conmovido la alegr铆a, la esperanza y el amor generoso a Cristo que he visto en el rostro de tantos j贸venes congregados en Dunwoodie. Ellos son el futuro de la Iglesia y merecen nuestras oraciones y todo el apoyo que podamos darles. Por eso, deseo concluir a帽adiendo una palabra de aliento para ellos. Queridos j贸venes amigos: igual que los siete hombres 鈥渓lenos de esp铆ritu de sabidur铆a鈥� a los que los Ap贸stoles confiaron el cuidado de la joven Iglesia, 谩lcense tambi茅n ustedes y asuman la responsabilidad que la fe en Cristo les presenta. Que encuentren la audacia de proclamar a Cristo, 鈥渆l mismo ayer, hoy y siempre鈥�, y las verdades inmutables que se fundamentan en 脡l (cf. Gaudium et spes, 10; Hb 13,8): son verdades que nos hacen libres. Se trata de las 煤nicas verdades que pueden garantizar el respeto de la dignidad y de los derechos de todo hombre, mujer y ni帽o en nuestro mundo, incluidos los m谩s indefensos de todos los seres humanos, como los ni帽os que est谩n a煤n en el seno materno. En un mundo en el que, como Juan Pablo II nos record贸 hablando en este mismo lugar, L谩zaro contin煤a llamando a nuestra puerta (Homil铆a en el Yankee Stadium, 2 de octubre de 1979, n. 7), act煤en de modo que su fe y su amor den fruto ayudando a los pobres, a los necesitados y a los sin voz. Muchachos y muchachas de Am茅rica, les reitero: abran los corazones a la llamada de Dios para seguirlo en el sacerdocio y en la vida religiosa. 驴Puede haber un signo de amor m谩s grande que seguir las huellas de Cristo, que no dud贸 en dar la vida por sus amigos (cf. Jn 15,13)?

En el Evangelio de hoy, el Se帽or promete a los disc铆pulos que realizar谩n obras todav铆a m谩s grandes que las suyas (cf. Jn 14,12). Queridos amigos, s贸lo Dios en su providencia sabe lo que su gracia debe realizar todav铆a en sus vidas y en la vida de la Iglesia de los Estados Unidos. Mientras tanto, la promesa de Cristo nos colma de esperanza firme. Unamos, pues, nuestras plegarias a la suya, como piedras vivas del templo espiritual que es su Iglesia una, santa, cat贸lica y apost贸lica. Dirijamos nuestra mirada hacia 茅l, pues tambi茅n ahora nos est谩 preparando un sitio en la casa de su Padre. Y, fortalecidos por el Esp铆ritu Santo, trabajemos con renovado ardor por la extensi贸n de su Reino.

鈥淒ichosos los creyentes鈥� (cf. 1 P 2,7). Dirij谩monos a Jes煤s. S贸lo 脡l es el camino que conduce a la felicidad eterna, la verdad que satisface los deseos m谩s profundos de todo coraz贸n, y la vida trae siempre nuevo gozo y esperanza, para nosotros y para todo el mundo. Am茅n.

* * *

Queridos hermanos y hermanas en el Se帽or:

Les saludo con afecto y me alegro de celebrar esta Santa Misa para dar gracias a Dios por el bicentenario del momento en que empez贸 a desarrollarse la Iglesia Cat贸lica en esta Naci贸n. Al mirar el camino de fe recorrido en estos a帽os, no exento tambi茅n de dificultades, alabamos al Se帽or por los frutos que la Palabra de Dios ha dado en estas tierras y le manifestamos nuestro deseo de que Cristo, Camino, Verdad y Vida, sea cada vez m谩s conocido y amado.

Aqu铆, en este Pa铆s de libertad, quiero proclamar con fuerza que la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio ego铆smo y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a trav茅s de nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada d铆a m谩s acogedoras y fraternas.

Sobre todo a los j贸venes les conf铆o asumir el gran reto que entra帽a creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercan铆a efectiva hacia los pobres. Tambi茅n en una respuesta generosa a las llamadas que 脡l sigue formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagraci贸n a Dios y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con esperanza, permitiendo que Jes煤s entre en sus vidas. Solamente 脡l es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las m谩s nobles expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que Dios les bendiga.

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