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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo V de Pascua (Ciclo A). «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida»
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Domingo V de Pascua. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 6, 1-7: “La Palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba el número de los discípulos”

«Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: “No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra”. Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.

La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe.»

Sal 32,1-2.4-5.18-19: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”

1Pe 2,4-9: “Sois nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado”

«Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pues está en la Escritura: He aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido. Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido, en piedra de tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra; para esto han sido destinados.

Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz.»

Jn 14,1-12: “Nadie va al Padre sino por mí”

«“No se turbe vuestro corazón.
Creéis en Dios: creed también en mí.
En la casa de mi Padre hay muchas mansiones;
si no, os lo habría dicho;
porque voy a prepararos un lugar.
Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar,
volveré y os tomaré conmigo,
para que donde esté yo
estéis también vosotros.
Y adonde yo voy sabéis el camino”.

Le dice Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Le dice Jesús:

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí.
Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre;
desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”.

Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.
Le dice Jesús: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?
¿No crees
que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?
Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta;
el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.
Creedme:
yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.
Al menos, creedlo por las obras.
En verdad, en verdad os digo:
el que crea en mí,
hará él también las obras que yo hago,
y hará mayores aún,
porque yo voy al Padre.»

II. APUNTES

El Evangelio de este Domingo comienza con unas palabras de profundo aliento que Señor dirige a sus consternados apóstoles y discípulos la noche de la última Cena: «No se turbe vuestro corazón.» Las palabras del Señor reflejan ciertamente el estado de turbación en el que se encuentran sus discípulos, y buscan justamente tranquilizar y fortalecer a quienes se ven afectados por estado emocional.

¿Pero cuál es la razón de esta turbación?

Por un lado probablemente esté el hecho de la tensión que vivían debido a que las autoridades judías andaban buscando al Señor para matarlo. Los discípulos habían advertido el peligro que corría el Señor cuando decide volver a Jerusalén a pesar de la fuerte hostilidad experimentada hacía poco en la ciudad santa: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?» (Jn 11,8). Temían no sólo por la vida del Señor, sino también por su propia vida: «Vayamos también nosotros a morir con él», dice Tomás (Jn 11,16).

Otro motivo de turbación profunda fue el anuncio que durante la cena había hecho el Señor: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará» (Jn 13,21). La consternación era general. ¿Quién sería capaz de algo así? ¿“Seré yo acaso”?, le preguntaban uno tras otro los confundidos discípulos. Otros, consternados por el anuncio, querían saber de quién se trataba preguntándole quién era. La respuesta y el gesto no fueron lo suficientemente evidentes para dejar en claro de quién se trataba. El Señor no quiso exponer su identidad.

Una vez que Judas salió del Cenáculo, otro anuncio debió perturbarlos más aún: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros» (Jn 13,33). El Señor se refiere a su Pascua. Él partirá al encuentro del Padre por medio de su muerte en Cruz.

Finalmente, al preguntarle Pedro a dónde va y luego de asegurarle que está dispuesto a dar la vida por Él, el Señor le anuncia que lo negará tres veces.

Por todo ello entendemos que los discípulos sin duda se encontraban profundamente turbados y consternados.

¿Y cómo recomienda el Señor que han de afrontar este estado de turbación interior? Mediante un profundo acto de fe y confianza en Dios así como también en Él: «Creéis en Dios; creed también en mí». Aunque de momento no comprendan nada de lo que está sucediendo, aunque no entiendan tampoco el alcance y profundidad de lo que Él les dice, aunque se avecinen momentos turbulentos y el Señor sea arrebatado de su lado, deben confiar en Dios y en el Él.

Si Él “se va” de su lado a un lugar al que de momento no pueden seguirlo, es para prepararles un lugar en la casa del Padre. Es decir, por medio de su Pascua el Señor reconciliará al hombre con Dios de modo que pueda entrar nuevamente al “lugar” de la presencia y profunda comunión de vida con Dios, por toda la eternidad. Hecho esto, dice el Señor, volverá por ellos (Jn 14,28) para cumplir su promesa: «Os tomaré conmigo para que donde esté yo estéis también vosotros», promesa en la que se sustenta la esperanza de todo creyente que peregrina en esta tierra.

Luego afirma: «adonde yo voy sabéis el camino» (Jn 14,4). Parece lógica la réplica de Tomás: si «no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). ¿Cuál es la ruta que lleva a ese lugar misterioso del que habla el Señor? El Señor Jesús responde entonces con una declaración tremenda: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). ¿Cómo puede alguien afirmar que para llegar a Dios no hay más camino que Él mismo? Los signos y milagros que ha realizado el Señor Jesús, y sobre todo el hecho de su propia resurrección, confirman que no se trata de un embustero o un desquiciado quien tal cosa afirma, sino que se trata de quien verdaderamente es quien dice ser: el Hijo de Dios hecho hombre, uno con Dios-Padre, Señor de la Vida. Quien crea en Él, tiene la vida eterna (ver Jn 3,16; 20,30-31).

¿Qué significa que Él sea el camino al Padre? Por camino los judíos entendían la norma de conducta codificada en la Ley. Hasta entonces el camino que conduce a la vida era la Ley dada por Dios a su pueblo por medio de Moisés. Alcanzaba la salvación quien fielmente guardaba estos preceptos divinos (ver Sal 119,25-33; Is 30,21). El Señor Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a plenitud (ver Mt 5,17). Al decir Yo soy el Camino afirma que guardando sus mandamientos el creyente alcanza la salvación, al entrar en una profunda comunión de amor con Él y con el Padre: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,21.23). De aquí se desprende que cuando Cristo dice Yo soy el Camino no se refiere sólo a sus mandamientos, sino también a su propia Persona. En este sentido es fundamental comprender la identidad del Señor Jesús, quién es Él: Jesucristo no es un profeta más, un maestro superior a todos los anteriores, es mucho más que eso. Si Jesucristo puede decir con verdad que Él es el Camino, es porque Él es Dios mismo que se ha hecho verdaderamente hombre para que el hombre, entrando y permaneciendo en comunión con Él, pueda llegar a participar plenamente de la naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).

De allí que diga también de sí mismo: Yo soy la Verdad, es decir, Él es el único capaz de hablar verazmente de Dios porque «a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Él es el único que viniendo de Dios conoce a Dios y puede dar testimonio de Él. En cuanto que es el único que posee la verdad sobre Dios es también el único que posee la verdad completa sobre el ser humano: su origen, su identidad, el sentido de su existencia, su destino último. Él, que es la Verdad y ha venido a dar testimonio de la verdad (ver Jn 18,37), revela al hombre el propio hombre y le muestra la sublimidad de su altísima vocación.

Finalmente, el Señor afirma: “Yo soy la Vida”, es decir, en cuanto Señor de la Vida Él es para el ser humano la fuente de su propia existencia y el fundamento de una vida que luego de la muerte y resurrección se prolongará por toda la eternidad en la comunión y participación con Dios, uno y trino.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Cardenal Ratzinger, al iniciarse el Cónclave para la elección del Pontífice luego de la muerte del Papa Juan Pablo II, advertía a los señores cardenales que quien fuera señalado por el Espíritu como nuevo sucesor de Pedro habría de guiar la Iglesia en medio de un turbulento mar de relativismo. Quien asume esta «actitud que está de moda –decía hace ya tres años– no reconoce nada como definitivo y sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas» (Homilía en la Misa por la elección del Pontífice, 18/4/2005).

En efecto, hoy son multitudes las que adhiriéndose sin más a esta actitud de moda sostienen y afirman como verdad incuestionable que no existe UNA verdad sobre Dios y sobre el hombre, que todo es relativo y que por tanto cada cual puede tener “su propia verdad”, siendo “mi verdad” tan válida o verdadera como “la verdad” de otro aunque la una y la otra se encuentren en abierta contradicción.

Esta actitud relativista ciertamente no es nueva. También la mostró Pilato cuando se encontró ante Aquel que dijo de sí mismo: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». Pilato, al escuchar tal afirmación, sin querer indagar más y manteniéndose escéptico ante la posibilidad de poder conocer La Verdad que Cristo le ofrecía, finalizó el diálogo con una pregunta que en realidad no buscaba respuesta alguna: «¿y qué es la verdad?» (Jn 18,37-38).

Por ese mismo relativismo se afirma asimismo que “todas las religiones son iguales” y que mal hace el catolicismo en afirmar que posee la verdad y querer “imponerla” a los demás. Califican toda acción apostólica como un intolerable atentado a tolerancia.

Ante el relativismo imperante se alza hoy nuevamente firme la voz del Señor que nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). El Señor Jesús afirma tajantemente que nadie tiene acceso al Padre sino por Él. En este sentido, Él es el camino, la verdad y la vida para el hombre, y para todo hombre. Su afirmación es excluyente: Él no es una verdad o un camino más entre muchos; no hay otras verdades, no hay otros caminos, no hay otro modo de alcanzar la vida, y Él para esto ha sido enviado por el Padre: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Por eso el Señor Jesús ha pedido a sus discípulos que se mantengan firmes (“no se turbe vuestro corazón”), que le crean, que confíen en Él y en las obras que demuestran efectivamente que Él es el Enviado del Padre.

En una época de tanto relativismo, resaltar esta verdad es esencial. Porque le creemos a Cristo creemos que Él es LA VERDAD, no una más entre tantas “verdades”, todas igualmente “verdaderas” entre sí, sino LA VERDAD, y como tal, Él es «luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Por lo mismo, como algunos pretenden, jamás podemos renunciar al deber de anunciarlo a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo por un “miedo de ofender la sensibilidad” de algunos, por obedecer a lo que es “políticamente correcto”. Nosotros no nos creemos dueños de la verdad, es la Verdad quien nos posee, y es la verdad que hemos recibido como un don la que libera verdaderamente a todo hombre. Conscientes de que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, a nosotros nos toca anunciar a Cristo a tiempo y destiempo.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «“Yo soy el camino, la verdad y la vida.” Con estas palabras Cristo parece decirnos: “¿Por dónde quieres tú pasar? Yo soy el camino. ¿Dónde quieres llegar? Yo soy la verdad, ¿Dónde quieres residir? Yo soy la vida.” Caminemos, pues, con toda seguridad sobre el camino; fuera del camino, temamos las trampas, porque en el camino el enemigo no se atreve atacar —el camino, es Cristo— pero fuera del camino levanta sus trampas».

San Hilario: «Muchos son los caminos del Señor, aunque Él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos».

San Agustín: «Si lo amas, síguelo. “Lo amo —me respondes—, mas, ¿por dónde he de seguirlo?” Si el Señor, tu Dios, te hubiese dicho: “Yo soy la verdad y la vida”, tú, deseoso de esta verdad y de esta vida, tendrías razón de decirte a ti mismo: “Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida; ¡si hubiese un camino para llegar a ellas!” ¿Preguntas cuál es el camino? Fíjate que el Señor dice en primer lugar: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te indica por donde: Yo soy —dice— el camino. ¿El camino hacia dónde? La verdad y la vida. Primero dice por donde has de ir, luego a donde has de ir. Yo soy el camino, yo soy la verdad, yo soy la vida. Permaneciendo junto al Padre, es verdad y vida; haciéndose hombre, se hizo camino. No se te dice: “Esfuérzate en hallar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida”; no, ciertamente. ¡Levántate, perezoso! El Camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que ha llegado a despertarte; levántate, pues, y camina».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La vida del hombre: conocer y amar a Dios

«PADRE, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3). «Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tim 2, 3-4). «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4, 12), sino el nombre de JESUS.

1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En El y por El, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.

Se hizo hombre… para hacerse Camino que conduce al Padre

457: El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1Jn 4,14). «Él se manifestó para quitar los pecados» (1Jn 3,5).

458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1Jn 4,9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11,29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).

460: El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacemos Dios» (S. Atanasio).

679: Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (ver Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (ver Jn 5,26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (ver Jn 3,18; 12,48); es retribuido según sus obras (ver 1Cor 3,12-15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (ver Mt 12,32; Heb 6,4-6; 10,26-31).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

Camino, Verdad, Vida

Entre las muchas palabras del Señor, en esta ocasión he considerado oportuno compartir con ustedes aquellas en que dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).

Se trata de un núcleo fuerte que ayuda a ver asuntos esenciales. Más aún, es un aproximarse a conceptos que se vinculan con la realidad de la persona misma de Jesús (ver Evangelium vitae, 29). Empezaremos con una cita de San León Magno que presenta el padre Scío y que nos ofrece una primera ubicación: «Jesucristo es el camino del cielo, que está patente a nuestra vista por el ejemplo de su vida, y por sus misterios; es la verdad, que alumbra nuestro espíritu con su palabra; y es la vida, que alimenta nuestra voluntad para unirla con Dios por su gracia» (nota a Jn 14,6).

Yo soy el Camino

«Yo soy el Camino». “Yo soy” es una afirmación contundente, radical, que se presenta con acentos exclusivos. Él, Jesús, es el Camino al Padre y no hay otro camino, sólo el Señor Jesús. Esta unicidad es puesta de relieve, por ejemplo, por el Papa Juan Pablo II, cuando dice: «En efecto, es Él, Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres; es Él “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6); es Él a quien el Padre ha dado al mundo, para que el hombre “no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16)» (Redemptoris Mater, 46).

Es importante destacar este carácter de unicidad que reclama Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre, en especial ante tanta oferta de diversas religiosidades no católicas que han llevado a algunos al debilitamiento de la conciencia de la propia identidad de fe. Precisamente, el Santo Padre señala con claridad en la Redemptoris missio que «sigue en pie su deber y su determinación [de la Iglesia] de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es “el Camino, la Verdad y la Vida”... En efecto, Cristo mismo, “al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el Bautismo... confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el Bautismo como por una puerta”. El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación» (n. 55).

Volviendo al pasaje, constatamos ante todo que el encuentro con Jesús lleva al Padre, como bien declara en el mismo pasaje: «Nadie va al Padre sino por mí». Y añade: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre» (Jn 14,7). Y más aún, revelando el misterio, dice: «el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,38; ver Jn 14,10-11) y «el que me ha visto ha visto al Padre» (Jn 14,9). El Señor Jesús es el que revela al Padre, es el camino que lleva al encuentro con el Padre.

San Agustín señala: «Mas el Verbo de Dios, que con el Padre es Verdad y Vida, se hizo el Camino tomando la humanidad» (San Agustín, Sermón 141, 4). Son palabras que iluminan, y que no pueden dejar de asociarse con los conocidos pasajes del número 22 de la Gaudium et spes y del número 10 de la Ecclesia in America.

Por ello, recordaré una parte de ese rico pasaje del Papa Juan Pablo II: «En efecto, “el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado, manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación [...]. Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza”. Con estas palabras los Padres sinodales, en la línea del Concilio Vaticano II, han reafirmado que Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Dios nos “predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos”. Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano» (Ecclesia in America, 10).

Yo soy la Verdad

No solamente que Él enseña la verdad, ni sólo que es camino hacia la verdad, ni solamente que da testimonio de la verdad, sino que Él mismo es la Verdad. De allí el terrible sentido paradójico, cuando el escéptico Pilato, ante la Verdad misma, se pregunta: «¿qué es la verdad?» (Jn 18,38).

Profundizar en este aspecto nos llevaría de asombro en asombro.

El ser humano es un buscador de la verdad. Está en su naturaleza serlo. Más aún, la sinceridad para consigo mismo y el bien al que aspira lo impulsan a buscar la verdad. Ni la opacidad fruto del primer pecado, ni la nebulosidad que los pecados personales han sumado a esas rupturas interiores son lo suficientemente fuertes como para anular ese impulso de búsqueda. A pesar de la difusión del escepticismo, de los agnosticismos funcionales, de la provisión de sucedáneos de la verdad que se ofrecen en barata, la mismidad del ser humano sigue aspirando a encontrar la verdad. Así está dispuesto por Dios, quien desde su misericordia no cesa de auxiliar al hombre viador. Precisamente por ello, respondiendo a su misión, «la Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda [del ser humano]. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es “el Camino, la Verdad y la Vida”» (Fides et ratio, 2).

Un famoso exegeta, el padre Maldonado, dice que la verdad es la luz, y así entiende que el Señor estaría diciendo: «Yo soy el camino y la antorcha que va adelante mostrando el camino», y añade: «y la vida, la meta a la que el camino lleva». Y en su argumentación cita a San Bernardo de Claraval señalando: «¿Cuál es la luz de la vida sino la verdad, que, iluminando a todo hombre que viene a este mundo, muestra dónde está la verdadera vida?». El Papa León XIII vincula todo el pasaje con la idea de luz y de fe (Libertas praestantissimum, 34). También el Papa Pío XII considera la totalidad del pasaje en un marco de iluminación para la senda de la salvación (Summi pontificatus, 10). Contribuyendo a esta perspectiva, el Papa Juan XXIII, la víspera de promulgar la Mater et Magistra, en un discurso a los trabajadores del mundo alude en paralelo al «Buen Jesús, “camino, verdad, vida y luz del mundo”» (14/5/1961, 7), repitiendo la relación cuatro meses después, al decir: «Cristo Jesús, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos, luz del mundo y también su camino, verdad y vida» (Radiomensaje, 10/9/1961, 5). El Papa Juan Pablo II dice: «La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, “imagen de Dios invisible”, “resplandor de su gloria”, “lleno de gracia y de verdad”: Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”» (Veritatis splendor, 2).

Es obvio que este sentido está contextualizado con la idea de que la verdad que nos hace libres, que es Jesús mismo, se expresa también en verdades, que si bien no agotan, son manifestación de la Verdad. Irradiaciones, chispas, fogatas de verdad. Por ello en la Catechesi tradendae el Papa nos enseña: «Es asimismo inútil querer abandonar el estudio serio y sistemático del mensaje de Cristo, en nombre de una atención metodológica a la experiencia vital. Nadie puede llegar a la verdad íntegra solamente desde una simple experiencia privada, es decir, sin una conveniente exposición del mensaje de Cristo, que es el “Camino, la Verdad y la Vida”» (n. 22).

Así, pues, la Verdad que es el Señor se ofrece como sinceramiento de la persona por el encuentro consigo misma y, siguiendo una dinámica relacional, como camino a un encuentro plenificador con el Padre, en el Espíritu, y según la coherencia de vida a una mayor participación según lo previsto en el divino Plan. También se expresa en categorías de vida plena que se formulan como verdades para la mente y para ser interiorizadas en el corazón, impulsando a la recta acción. Esto es tan obvio que no se entiende por qué se quiere establecer una antinomia, que resulta falsa. Más aún, la fe se expresa en verdades que están cohesionadas entre sí y se encuentran ubicadas en el proyecto total de la Revelación. Bien enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que «no es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas» (n. 154). Parecería que hay quienes, en una suerte de neo-romanticismo, de divorcio que desconfía de la razón, establecen una praxis de carácter sentimental, emocional, excluyentemente “pietista”, que se siente incómoda ante las formulaciones racionales que permiten establecer categorías y enunciados que expresen en forma precisa lo que la adhesión al Señor Jesús significa en la vida de la persona. En el mundo de hoy se constata que esta aproximación debilita la identidad del cristiano, así como la coherencia de su vida como hijo de la Iglesia. Pienso que esa falaz oposición o incluso ruptura entre razón y sentimiento es una expresión de desorden interior y forma parte del proceso de dimisión de lo humano que se vive en muchos espacios culturales. En vez de divorcio, armonía; como lo de las dos alas de las que habla el Papa Juan Pablo II en la cita que hemos hecho en esta ocasión.

Yo soy la Vida

El Señor Jesús, al revelarnos que Él es la Vida, nos pone nuevamente ante una dimensión de apertura y de encuentro personal en el que con San Pablo podemos decir: «para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).

Igualmente, si entendemos bien la amplitud de las afirmaciones de «Yo soy el Camino» y «Yo soy la Verdad», en que la misión del Señor de cara a los hombres aparece evidente, hemos de entender también en esta afirmación la dimensión vivificante de su misión para los seres humanos, y hemos de leerla con otras palabras suyas: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). «Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,28).

Sólo por Él accedemos a la Vida, hemos de decir con San Cirilo, tanto hoy en nuestra condición de bautizados, hijos de la Iglesia, como en la esperanza que mira a la plenitud en la participación de la Comunión de Amor, avanzando vivificados por el Espíritu en los senderos del mundo, haciendo el bien, enrumbando el mundo según el Plan divino.

Permanecer en la Vida es adherirse al Señor, responder a su invitación para conformarnos con Él, lo que implica cumplir con el Plan de Dios expresado en el modelo que el Señor Jesús nos ha revelado, y al mismo tiempo responder a lo que significa la sequela Christi, el seguimiento del Señor: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

Y esa permanencia y la confianza misma en el Señor, a Quien creo, tiene como condición responder desde el día a día al camino de vida cristiana que me propone, esto es vivir la fe y sus consecuencias cotidianamente, en las circunstancias normales de la vida, dejando que la experiencia de encuentro con el Señor me aliente por el Camino que lleva a la vida plena, pero que pasa por la experiencia del viador que cada día glorifica al Señor con su vida, con su acción, con su despliegue según el divino Plan.

Terminemos este acápite recordando un pasaje del Kempis, que dice: «Sígueme: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Sin camino no hay por dónde andar; sin verdad no podemos conocer nada; sin vida no hay quien pueda vivir. Yo soy el Camino que debes seguir, la Verdad a quien debes creer, la Vida que debes esperar [...]. Si permaneces en mi Camino, conocerás la Verdad, y la Verdad te hará libre, y alcanzarás la Vida eterna» (lib. III, cap. 56).

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