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S.S. Benedicto XVI, Encuentro del Santo Padre con el mundo universitario cat贸lico
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Encuentro del Santo Padre con el mundo universitario cat贸lico

Visita Apost贸lica a los Estados Unidos

Queridos Cardenales,
Queridos Hermanos Obispos,Ilustres Profesores, Docentes y Educadores:

鈥溌u茅 hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!鈥� (Rm 10,15). Con estas palabras de Isa铆as, citadas por San Pablo, saludo calurosamente a cada uno de ustedes, portadores de sabidur铆a, y a trav茅s de ustedes a todo el personal, a los estudiantes y las familias de las muchas y variadas instituciones formativas que ustedes representan. Es un verdadero placer encontrarme con ustedes y compartir algunas reflexiones sobre la naturaleza y la identidad de la educaci贸n cat贸lica hoy. En particular, deseo dar las gracias al P. Davide O鈥機onnell, Presidente y Rector de la Catholic University of America.

Querido Presidente, he apreciado mucho sus amables palabras de bienvenida. Le ruego que transmita mi cordial gratitud a toda la comunidad de esta Universidad, a las Facultades, al personal y a los estudiantes.

El deber educativo es parte integrante de la misi贸n que la Iglesia tiene de proclamar la Buena Noticia. En primer lugar, y sobre todo, cada instituci贸n educativa cat贸lica es un lugar para encontrar a Dios vivo, el cual revela en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y su verdad (cf. Spe salvi, 4). Esta relaci贸n suscita el deseo de crecer en el conocimiento y en la comprensi贸n de Cristo y de su ense帽anza. De este modo, quienes lo encuentran se ven impulsados por la fuerza del Evangelio a llevar una nueva vida marcada por todo lo que es bello, bueno y verdadero; una vida de testimonio cristiano alimentada y fortalecida en la comunidad de los disc铆pulos de Nuestro Se帽or, la Iglesia.

La din谩mica entre encuentro personal, conocimiento y testimonio cristiano es parte integrante de la diakonia de la verdad que la Iglesia ejerce en medio de la humanidad. La revelaci贸n de Dios ofrece a cada generaci贸n la posibilidad de descubrir la verdad 煤ltima sobre la propia vida y sobre el fin de la historia. Este deber jam谩s es f谩cil: implica a toda la comunidad cristiana y motiva a cada generaci贸n de educadores cristianos a garantizar que el poder de la verdad de Dios impregne todas las dimensiones de las instituciones a las que sirven. De este modo, la Buena Noticia de Cristo puede actuar, guiando tanto al docente como al estudiante hacia la verdad objetiva que, trascendiendo lo particular y lo subjetivo, apunta a lo universal y a lo absoluto, que nos capacita para proclamar con confianza la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).

Frente a los conflictos personales, la confusi贸n moral y la fragmentaci贸n del conocimiento, los nobles fines de la formaci贸n acad茅mica y de la educaci贸n, fundados en la unidad de la verdad y en el servicio a la persona y a la comunidad, son un poderoso instrumento especial de esperanza.

Queridos amigos, la historia de esta Naci贸n ofrece numerosos ejemplos del compromiso de la Iglesia en este 谩mbito. De hecho, la comunidad cat贸lica en este Pa铆s ha hecho de la educaci贸n una de sus prioridades m谩s importantes. Esta empresa no se ha llevado a cabo sin grandes sacrificios. Figuras eminentes como Santa Elizabeth Ann Seton y otros fundadores y fundadoras, con gran tenacidad y clarividencia, han impulsado la instituci贸n de lo que hoy es una considerable red de escuelas parroquiales, que contribuyen al bienestar de la Iglesia y de la Naci贸n. Algunos, como Santa Katherine Drexel, dedicaron su vida a la educaci贸n de los que otros hab铆an descuidado, en su caso, de los Afroamericanos y Americanos ind铆genas. Innumerables hermanas, hermanos y sacerdotes de congregaciones religiosas, junto con padres altruistas, han ayudado a trav茅s de las Escuelas cat贸licas, a generaciones de inmigrantes a salir de la miseria y a situarse en la sociedad actual.

Este sacrificio contin煤a todav铆a hoy. Es un excelente apostolado de la esperanza procurar hacerse cargo de las necesidades materiales, intelectuales y espirituales de m谩s de tres millones de muchachos y estudiantes. Esto ofrece a toda la comunidad cat贸lica una oportunidad altamente encomiable de contribuir generosamente a las necesidades econ贸micas de nuestras instituciones. Hay que garantizar que puedan mantenerse a largo plazo. En efecto, se ha de hacer todo lo posible, en estrecha colaboraci贸n con la comunidad, para asegurar que sean accesibles a personas de cualquier estrato social y econ贸mico. A ning煤n ni帽o o ni帽a debe ser negado el derecho de una educaci贸n en la fe, que a su vez nutre el esp铆ritu de la Naci贸n.

Algunos cuestionan hoy el compromiso de la Iglesia en la educaci贸n, pregunt谩ndose si estos recursos no se podr铆an emplear mejor de otra manera. Ciertamente, en una naci贸n como 茅sta, el Estado ofrece amplias oportunidades para la educaci贸n y atrae hacia esta honrada profesi贸n a hombres y mujeres comprometidos y generosos. Es oportuno, pues, reflexionar sobre lo espec铆fico de nuestras instituciones cat贸licas. 驴C贸mo pueden 茅stas contribuir al bien de la sociedad a trav茅s de la misi贸n primaria de la Iglesia que es la de evangelizar?

Todas las actividades de la Iglesia nacen de su conciencia de ser portadora de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo: en su bondad y sabidur铆a, Dios ha elegido revelarse a s铆 mismo y dar a conocer el prop贸sito escondido de su voluntad (cf. Ef 1,9; Dei Verbum, 2). El deseo de Dios de darse a conocer y el innato deseo de cada ser humano de conocer la verdad constituyen el contexto de la b煤squeda humana sobre el significado de la vida. Este encuentro 煤nico est谩 sostenido por la comunidad cristiana: quien busca la verdad se transforma en uno que vive de fe (cf. Fides et ratio, 31). Esto puede ser descrito como un movimiento del 鈥測o鈥� al 鈥渘osotros鈥�, que lleva al individuo a formar parte del Pueblo de Dios. La misma din谩mica de identidad comunitaria -驴a qui茅n pertenezco?- vivifica el ethos de nuestras instituciones cat贸licas. La identidad de una Universidad o de una Escuela cat贸lica no es simplemente una cuesti贸n del n煤mero de los estudiantes cat贸licos. Es una cuesti贸n de convicci贸n: 驴creemos realmente que s贸lo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre (cf. Gaudium et spes, 22)? 驴Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y coraz贸n, a Dios? 驴Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas 驴es 鈥渢angible鈥� la fe? 驴Se expresa f茅rvidamente en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oraci贸n, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creaci贸n de Dios? Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de qui茅nes somos y de lo que sostenemos. Desde esta perspectiva se puede reconocer que la 鈥渃risis de verdad鈥� contempor谩nea est谩 radicada en una 鈥渃risis de fe鈥�. 脷nicamente mediante la fe podemos dar libremente nuestro asentimiento al testimonio de Dios y reconocerlo como el garante trascendente de la verdad que 茅l revela. Una vez m谩s, vemos por qu茅 el promover la intimidad personal con Jesucristo y el testimonio comunitario de su verdad que es amor, es indispensable en las instituciones formativas cat贸licas.

De hecho, todos vemos y observamos con preocupaci贸n la dificultad o la repulsa que muchas personas tienen hoy para entregarse a s铆 mismas a Dios. 脡ste es un fen贸meno complejo sobre el que reflexiono continuamente. Mientras hemos buscado diligentemente atraer la inteligencia de nuestros j贸venes, quiz谩s hemos descuidado su voluntad. Como consecuencia, observamos preocupados que la noci贸n de libertad se ha distorsionado. La libertad no es la facultad para desentenderse de; es la facultad de comprometerse con, una participaci贸n en el Ser mismo. Como resultado, la libertad aut茅ntica jam谩s puede ser alcanzada alej谩ndose de Dios. Una opci贸n similar significar铆a al final descuidar la genuina verdad que necesitamos para comprendernos a nosotros mismos. Por eso, suscitar entre los j贸venes el deseo de un acto de fe, anim谩ndolos a comprometerse con la vida eclesial que nace de este acto de fe, es una responsabilidad particular de cada uno de ustedes, y de sus colegas. As铆 es como la libertad alcanza la certeza de la verdad. Eligiendo vivir de acuerdo a esta verdad, abrazamos la plenitud de la vida de fe que se nos da en la Iglesia.

As铆 pues, est谩 claro que la identidad cat贸lica no depende de las estad铆sticas. Tampoco se la puede equiparar simplemente con la ortodoxia del contenido de los cursos. Esto exige e inspira mucho m谩s, a saber, que cualquier aspecto de vuestras comunidades de estudio se refleje en una vida eclesial de fe. La verdad solamente puede encarnarse en la fe y la raz贸n aut茅nticamente humana, hacerse capaz de dirigir la voluntad a trav茅s del camino de la libertad (cf. Spe salvi, 23). De este modo nuestras instituciones ofrecen una contribuci贸n vital a la misi贸n de la Iglesia y sirven eficazmente a la sociedad. Han de ser lugares en los que se reconoce la presencia activa de Dios en los asuntos humanos y cada joven descubre la alegr铆a de entrar en 鈥渆l ser para los otros鈥� de Cristo (cf. ibid., 28).

La misi贸n, primaria en la Iglesia, de evangelizar, en la que las instituciones educativas juegan un papel crucial, est谩 en consonancia con la aspiraci贸n fundamental de la naci贸n de desarrollar una sociedad verdaderamente digna de la dignidad de la persona humana. A veces, sin embargo, se cuestiona el valor de la contribuci贸n de la Iglesia al forum p煤blico. Por esto es importante recordar que la verdad de la fe y la de la raz贸n nunca se contradicen (cf. Concilio Ecum茅nico Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius sobre la fe cat贸lica, IV: DS 3017; S. Agust铆n, Contra Academicos, III, 20,43). La misi贸n de la Iglesia, de hecho, la compromete en la lucha que la humanidad mantiene por alcanzar la verdad. Al exponer la verdad revelada, la Iglesia sirve a todos los miembros de la sociedad purificando la raz贸n, asegurando que 茅sta permanezca abierta a la consideraci贸n de las verdades 煤ltimas. Recurriendo a la sabidur铆a divina, proyecta luz sobre el fundamento de la moralidad y de la 茅tica humana, y recuerda a todos los grupos sociales que no es la praxis la que crea la verdad, sino que es la verdad la que debe servir de cimiento a la praxis. Lejos de amenazar la tolerancia de la leg铆tima diversidad, una contribuci贸n as铆 ilumina la aut茅ntica verdad que hace posible el consenso, y ayuda a que el debate p煤blico se mantenga razonable, honesto y responsable. De igual modo, la Iglesia jam谩s se cansa de sostener las categor铆as morales esenciales de lo justo y lo injusto, sin las cuales la esperanza acaba marchit谩ndose, dando lugar a fr铆os c谩lculos de pragm谩tica utilidad, que reducen la persona a poco m谩s que a un pe贸n de un ajedrez ideol贸gico.

Respecto al forum educativo, la diakon铆a de la verdad adquiere un alto significado en las sociedades en las que la ideolog铆a secularista introduce una cu帽a entre verdad y fe. Esta divisi贸n ha llevado a la tendencia de equiparar verdad y conocimiento y a adoptar una mentalidad positivista que, rechazando la metaf铆sica, niega los fundamentos de la fe y rechaza la necesidad de una visi贸n moral. Verdad significa m谩s que conocimiento: conocer la verdad nos lleva a descubrir el bien.

La verdad se dirige al individuo en su totalidad, invit谩ndonos a responder con todo nuestro ser. Esta visi贸n optimista est谩 fundada en nuestra fe cristiana, ya que en esta fe se ofrece la visi贸n del Logos, la Raz贸n creadora de Dios, que en la Encarnaci贸n se ha revelado como divinidad ella misma. Lejos de ser solamente una comunicaci贸n de datos f谩cticos, 鈥渋nformativa鈥�, la verdad amante del Evangelio es creativa y capaz de cambiar la vida, es 鈥減erformativa鈥� (cf. Spe salvi, 2).

Con confianza, los educadores cristianos pueden liberar a los j贸venes de los l铆mites del positivismo y despertar su receptividad con respecto a la verdad, a Dios y a su bondad. De este modo, ustedes ayudar谩n tambi茅n a formar su conciencia que, enriquecida por la fe, abre un camino seguro hacia la paz interior y el respeto a los otros.

No sorprende, pues, que no sean precisamente nuestras propias comunidades eclesiales, sino la sociedad en general, la que espere mucho de los educadores cat贸licos. Esto entra帽a para ustedes una responsabilidad y les ofrece una oportunidad. Cada vez son m谩s, especialmente entre los padres, los que reconocen la necesidad de algo excelso en la formaci贸n humana de sus hijos. Como Madre y Maestra, la Iglesia comparte su preocupaci贸n. Cuando no se reconoce como definitivo nada que sobrepase al individuo, el criterio 煤ltimo de juicio acaba siendo el yo y la satisfacci贸n de los propios deseos inmediatos. La objetividad y la perspectiva, que derivan solamente del reconocimiento de la esencial dimensi贸n trascendente de la persona humana, pueden acabar perdi茅ndose. En este horizonte relativista, los fines de la educaci贸n terminan inevitablemente por reducirse. Se produce lentamente un descenso de los niveles. Hoy notamos una cierta timidez ante la categor铆a del bien y una b煤squeda ansiosa de las novedades del momento como realizaci贸n de la libertad. Somos testigos de c贸mo se ha asumido que cualquier experiencia vale lo mismo y c贸mo se rechaza admitir imperfecciones y errores.

Es especialmente inquietante la reducci贸n de la preciosa y delicada 谩rea de la educaci贸n sexual a la gesti贸n del 鈥渞iesgo鈥�, sin referencia alguna a la belleza del amor conyugal.

驴C贸mo pueden responder los educadores cristianos? Estos peligrosos datos manifiestan lo urgente que es lo que podr铆amos llamar 鈥渃aridad intelectual鈥�. Este aspecto de la caridad invita al educador a reconocer que la profunda responsabilidad de llevar a los j贸venes a la verdad no es m谩s que un acto de amor. De hecho, la dignidad de la educaci贸n reside en la promoci贸n de la verdadera perfecci贸n y la alegr铆a de los que han de ser formados. En la pr谩ctica, la 鈥渃aridad intelectual鈥� defiende la unidad esencial del conocimiento frente a la fragmentaci贸n que surge cuando la raz贸n se aparta de la b煤squeda de la verdad. Esto lleva a los j贸venes a la profunda satisfacci贸n de ejercer la libertad respecto a la verdad, y esto impulsa a formular la relaci贸n entre la fe y los diversos aspectos de la vida familiar y civil. Una vez que se ha despertado la pasi贸n por la plenitud y unidad de la verdad, los j贸venes estar谩n seguramente contentos de descubrir que la cuesti贸n sobre lo que pueden conocer les abre a la gran aventura de lo que deben hacer. Entonces experimentar谩n 鈥渆n qui茅n鈥� y 鈥渆n qu茅鈥� es posible esperar y se animar谩n a ofrecer su contribuci贸n a la sociedad de un modo que genere esperanza para los otros.

Queridos amigos, deseo concluir llamando la atenci贸n espec铆ficamente sobre la enorme importancia de vuestra competencia y testimonio en las universidades y escuelas cat贸licas. Ante todo, perm铆tanme agradecerles su solicitud y generosidad. Conozco desde cuando era Profesor, y despu茅s se lo he o铆do decir a sus Obispos y a los Oficiales de la Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, que la reputaci贸n de las instituciones educativas en su Pa铆s se debe en gran parte a ustedes y a sus predecesores. Sus aportaciones desinteresadas -desde la investigaci贸n externa a la dedicaci贸n de los que trabajan en las Instituciones acad茅micas- sirven tanto al Pa铆s como a la Iglesia. Por este motivo les expreso mi profunda gratitud.

A prop贸sito de los miembros de las Facultades en los Colegios Universitarios, quisiera reiterar el gran valor de la libertad acad茅mica. En virtud de esta libertad, ustedes est谩n llamados a buscar la verdad all铆 donde el an谩lisis riguroso de la evidencia los lleve. Sin embargo, es preciso decir tambi茅n que toda invocaci贸n del principio de la libertad acad茅mica para justificar posiciones que contradigan la fe y la ense帽anza de la Iglesia obstaculizar铆a o incluso traicionar铆a la identidad y la misi贸n de la Universidad, una misi贸n que est谩 en el coraz贸n del munus docendi de la Iglesia y en modo alguno es aut贸noma o independiente de la misma.

Docentes y administradores, tanto en las universidades como en las escuelas, tienen el deber y el privilegio de asegurar que los estudiantes reciban una instrucci贸n en la doctrina y en la praxis cat贸lica. Esto requiere que el testimonio p煤blico de Cristo, tal y como se encuentra en el Evangelio y es ense帽ado por el magisterio de la Iglesia, modele cualquier aspecto de la vida institucional, tanto dentro como fuera de las aulas escolares. Distanciarse de esta visi贸n debilita la identidad cat贸lica y, lejos de hacer avanzar la libertad, lleva inevitablemente a la confusi贸n tanto moral como intelectual y espiritual.

Quisiera igualmente expresar una especial palabra de 谩nimo a los catequistas, tanto laicos como religiosos, los cuales se esfuerzan por asegurar que los j贸venes cada d铆a sean m谩s capaces de apreciar el don de la fe. La educaci贸n religiosa constituye un apostolado estimulante y hay muchos signos entre los j贸venes de un deseo de conocer mejor la fe y practicarla con determinaci贸n. Si se quiere que se desarrolle este despertar, es necesario que los docentes tengan una comprensi贸n clara y precisa de la naturaleza espec铆fica y del papel de la educaci贸n cat贸lica. Deben estar tambi茅n preparados para capitanear el compromiso de toda la comunidad educativa de ayudar a nuestros j贸venes y a sus familias a que experimenten la armon铆a entre fe, vida y cultura.

Deseo tambi茅n dirigir una exhortaci贸n especial a los religiosos, a las religiosas y sacerdotes: no abandonen el apostolado educativo; m谩s a煤n, renueven su dedicaci贸n a las escuelas, en particular a las que se hallan en las zonas m谩s pobres. En los lugares donde hay muchas promesas falsas, que atraen a los j贸venes lejos de la senda de la verdad y de la genuina libertad, el testimonio de los consejos evang茅licos que dan las personas consagradas es un don insustituible. Aliento a los religiosos aqu铆 presentes a renovar su entusiasmo en la promoci贸n de las vocaciones. Sepan que su testimonio a favor del ideal de la consagraci贸n y de la misi贸n en medio de los j贸venes es una fuente de gran inspiraci贸n en la fe para ellos y sus familias.

A todos ustedes les digo: sean testigos de esperanza. Alimenten su testimonio con la oraci贸n. Den raz贸n de la esperanza que caracteriza sus vidas (cf. 1 Pe 3,15), viviendo la verdad que proponen a sus estudiantes. Ay煤denles a conocer y a amar a Aquel que han encontrado, cuya verdad y bondad ustedes han experimentado con alegr铆a. Digamos con San Agust铆n: 鈥淭anto nosotros que hablamos, como ustedes que escuchan, sepamos que somos fieles disc铆pulos del 煤nico Maestro鈥� (Serm. 23,2). Con estos sentimientos de comuni贸n, les imparto complacido a ustedes, sus colegas y estudiantes, as铆 como a sus familias, la Bendici贸n Apost贸lica.

Cortes铆a de aciprensa.com

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