Soporte
S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre en la Santa Misa en el Estadio de los Nationals
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Santa Misa en el Estadio de los Nationals

Queridos hermanos y hermanas en Cristo

"Paz a ustedes" (Jn 20,19). Con estas palabras, las primeras que el Se√Īor resucitado dirigi√≥ a sus disc√≠pulos, les saludo a todos en el j√ļbilo de este tiempo pascual. Ante todo, doy gracias a Dios por la gracia de estar entre ustedes. Agradezco en particular al Arzobispo Wuerl por sus amables palabras de bienvenida.

Nuestra Misa de hoy retrotrae a la Iglesia en los Estados Unidos a sus ra√≠ces en el cercano Maryland y recuerda el 200 aniversario del primer cap√≠tulo de su considerable crecimiento: la divisi√≥n que hizo mi predecesor el Papa P√≠o VII de la Di√≥cesis originaria de Baltimore y la instauraci√≥n de las Di√≥cesis de Boston, Bardstown, ahora Louisville, Nueva York y Filadelfia. Doscientos a√Īos despu√©s, la Iglesia en Am√©rica tiene buenos motivos para alabar la capacidad de las generaciones pasadas de aglutinar grupos de inmigrantes muy diferentes en la unidad de la fe cat√≥lica y en el esfuerzo com√ļn por difundir el Evangelio. Al mismo tiempo, la Comunidad cat√≥lica en este Pa√≠s, consciente de su rica multiplicidad, ha apreciado cada vez m√°s plenamente la importancia de que cada individuo y grupo aporte su propio don particular al conjunto. Ahora la Iglesia en los Estados Unidos est√° llamada a mirar hacia el futuro, firmemente arraigada en la fe transmitida por las generaciones anteriores y dispuesta a afrontar nuevos desaf√≠os ‚Äďdesaf√≠os no menos exigentes de los que afrontaron vuestros antepasados‚Äď con la esperanza que nace del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo. (cf. Rm 5,5).

En el ejercicio de mi ministerio de Sucesor de Pedro, he venido a Am√©rica para confirmaros, queridos hermanos y hermanas, en la fe de los Ap√≥stoles (cf. Lc 22,32). He venido para proclamar de nuevo, como lo hizo san Pedro el d√≠a de Pentecost√©s, que Jesucristo es Se√Īor y Mes√≠as, resucitado de la muerte, sentado a la derecha del Padre en la gloria y constituido juez de vivos y muertos (cf. Hch 2,14ss). He venido para reiterar la llamada urgente de los Ap√≥stoles a la conversi√≥n para el perd√≥n de los pecados y para implorar al Se√Īor una nueva efusi√≥n del Esp√≠ritu Santo sobre la Iglesia en este Pa√≠s. Como hemos o√≠do en este tiempo pascual, la Iglesia ha nacido de los dones del Esp√≠ritu Santo: el arrepentimiento y la fe en el Se√Īor resucitado. Ella se ve impulsada por el mismo Esp√≠ritu en cada √©poca a llevar la buena nueva de nuestra reconciliaci√≥n con Dios en Cristo a hombres y a mujeres de toda raza, lengua y naci√≥n (cf. Ap 5,9).

Las lecturas de la Misa de hoy nos invitan a considerar el crecimiento de la Iglesia en Am√©rica como un cap√≠tulo en la historia m√°s grande de la expansi√≥n de la Iglesia despu√©s de la venida del Esp√≠ritu Santo en Pentecost√©s. En estas lecturas vemos la uni√≥n inseparable entre el Se√Īor resucitado y el don del Esp√≠ritu para el perd√≥n de los pecados y el misterio de la Iglesia. Cristo ha constituido su Iglesia sobre el fundamento de los Ap√≥stoles (cf. Ap 21,14), como comunidad estructurada visible, que es a la vez comuni√≥n espiritual, cuerpo m√≠stico animado por los m√ļltiples dones del Esp√≠ritu y sacramento de salvaci√≥n para toda la humanidad (cf. Lumen gentium, 8). La Iglesia est√° llamada en todo tiempo y lugar a crecer en la unidad mediante una constante conversi√≥n a Cristo, cuya obra redentora es proclamada por los Sucesores de los Ap√≥stoles y celebrada en los sacramentos. Por otro lado, esta unidad comporta una "expansi√≥n continua", porque el Esp√≠ritu incita a los creyentes a proclamar "las grandes obras de Dios" y a invitar a todas las gentes a entrar en la comunidad de los salvados mediante la sangre de Cristo y que han recibido la vida nueva en su Esp√≠ritu.

Ruego también para que este aniversario significativo en la vida de la Iglesia en los Estados Unidos y la presencia del Sucesor de Pedro entre vosotros sean para todos los católicos una ocasión para reafirmar su unidad en la fe apostólica, para ofrecer a sus contemporáneos una razón convincente de la esperanza que los inspira (cf. 1 P 3,15) y para renovar su celo misionero al servicio de la difusión del Reino de Dios.

El mundo necesita el testimonio. ¬ŅQui√©n puede negar que el momento actual sea decisivo no s√≥lo para la Iglesia en Am√©rica, sino tambi√©n para la sociedad en su conjunto? Es un tiempo lleno de grandes promesas, pues vemos c√≥mo la familia humana se acomuna de diversos modos, haci√©ndose cada vez m√°s interdependiente. Al mismo tiempo, sin embargo, percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienaci√≥n, ira y contraposici√≥n en muchos contempor√°neos nuestros; aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Dios.

Tambi√©n la Iglesia ve signos de grandes promesas en sus numerosas parroquias s√≥lidas y en los movimientos vivaces, en el entusiasmo por la fe demostrada por muchos j√≥venes, en el n√ļmero de los que cada a√Īo abrazan la fe cat√≥lica y en un inter√©s cada vez m√°s grande por la oraci√≥n y por la catequesis. Pero, al mismo tiempo, percibe a menudo con dolor que hay divisi√≥n y contrastes en su seno, descubriendo tambi√©n el hecho desconcertante de que tantos bautizados, en lugar de actuar como fermento espiritual en el mundo, se inclinan a adoptar actitudes contrarias a la verdad del Evangelio.

"Se√Īor, manda tu Esp√≠ritu y renueva la faz de la tierra" (cf. Sal 104,30). Las palabras del Salmo responsorial de hoy son una plegaria que, siempre y en todo lugar, brota del coraz√≥n de la Iglesia. Nos recuerdan que el Esp√≠ritu Santo ha sido infundido como primicia de una nueva creaci√≥n, de "cielos nuevos y tierra nueva" (cf. 2 P 3,13; Ap 21, 1) en los que reinar√° la paz de Dios y la familia humana ser√° reconciliada en la justicia y en el amor. Hemos o√≠do decir a san Pablo que toda la creaci√≥n "gime" hasta a hoy, en espera de la verdadera libertad, que es el don de Dios para sus hijos (cf. Rm 8,21-22), una libertad que nos hace capaces de vivir conforme a su voluntad. Oremos hoy insistentemente para que la Iglesia en Am√©rica sea renovada en este mismo Esp√≠ritu y ayudada en su misi√≥n de anunciar el Evangelio a un mundo que tiene nostalgia de una genuina libertad (cf. Jn 8,32), de una felicidad aut√©ntica y del cumplimiento de sus aspiraciones m√°s profundas.

Deseo en este momento dirigir una palabra particular de gratitud y estímulo a todos los que han acogido el desafío del Concilio Vaticano II, tantas veces repetido por el Papa Juan Pablo II, y han dedicado su vida a la nueva evangelización. Doy las gracias a mis hermanos Obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, a los padres, maestros y catequistas. La fidelidad y el valor con que la Iglesia en este País logrará afrontar los retos de una cultura cada vez más secularizada y materialista dependerá en gran parte de vuestra fidelidad personal al transmitir el tesoro de nuestra fe católica. Los jóvenes necesitan ser ayudados para discernir la vía que conduce a la verdadera libertad: la vía de una sincera y generosa imitación de Cristo, la vía de la entrega a la justicia y a la paz. Se ha progresado mucho en el desarrollo de programas sólidos para la catequesis, pero queda por hacer todavía mucho más para formar los corazones y las mentes de los jóvenes en el conocimiento y en el amor del Dios. Los desafíos que se nos presentan exigen una instrucción amplia y sana en la verdad de la fe. Pero requieren cultivar también un modo de pensar, una "cultura" intelectual que sea auténticamente católica, que confía en la armonía profunda entre fe y razón, y dispuesta a llevar la riqueza de la visión de la fe en contacto con las cuestiones urgentes que conciernen el futuro de la sociedad americana.

Queridos amigos, mi visita en los Estados Unidos quiere ser un testimonio de "Cristo, esperanza nuestra". Los americanos han sido siempre un pueblo de esperanza: vuestros antepasados vinieron a este Pa√≠s con la expectativa de encontrar una nueva libertad y nuevas oportunidades, y la extensi√≥n de territorios inexplorados les inspir√≥ la esperanza de poder empezar completamente de nuevo, creando una nueva naci√≥n sobre nuevos fundamentos. Ciertamente, √©sta no ha sido la experiencia de todos los habitantes de este Pa√≠s; baste pensar en las injusticias sufridas por las poblaciones americanas nativas y de los que fueron tra√≠dos de √Āfrica por la fuerza como esclavos. Pero la esperanza, la esperanza en el futuro, forma parte hondamente del car√°cter americano. Y la virtud cristiana de la esperanza ‚Äďla esperanza derramada en nuestro coraz√≥n por el Esp√≠ritu Santo, la esperanza que purifica y endereza de modo sobrenatural nuestras aspiraciones orient√°ndolas hacia el Se√Īor y su plan de salvaci√≥n‚Äď, esta esperanza ha caracterizado tambi√©n y sigue caracterizando la vida de la comunidad cat√≥lica en este Pa√≠s.

En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en Am√©rica como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra m√≠a podr√≠a describir el dolor y el da√Īo producido por dicho abuso. Es importante que se preste una cordial atenci√≥n pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo expresar adecuadamente el da√Īo que se ha hecho dentro de la comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para afrontar de manera honesta y justa esta tr√°gica situaci√≥n y para asegurar que los ni√Īos ‚Äďa los que nuestro Se√Īor ama entra√Īablemente (cf. Mc 10,14), y que son nuestro tesoro m√°s grande‚Äď puedan crecer en un ambiente seguro. Estos esfuerzos para proteger a los ni√Īos han de continuar. Ayer habl√© de esto con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer cuanto les sea posible para promover la recuperaci√≥n y la reconciliaci√≥n, y para ayudar a los que han sido da√Īados. Les pido tambi√©n que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el Esp√≠ritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que llevan a la conversi√≥n, al perd√≥n y el crecimiento en la santidad.

San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oraci√≥n que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con "gemidos" (Rm 8,26) inspirados por el Esp√≠ritu. √Čsta es una oraci√≥n que anhela, en medio de la tribulaci√≥n, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero tambi√©n de paciente perseverancia y, a veces, acompa√Īada por el sufrimiento por la verdad. A trav√©s de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en Am√©rica, con esta oraci√≥n, emprenda cada vez m√°s el camino de la conversi√≥n y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los cat√≥licos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegr√≠a y la fuerza infundidos por el Esp√≠ritu.

En el relato evang√©lico de hoy, el Se√Īor resucitado otorga a los Ap√≥stoles el don del Esp√≠ritu Santo y les concede la autoridad para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la gracia de Cristo, confiado a fr√°giles ministros humanos, la Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros la esperanza de un nuevo comienzo. Confiemos en el poder del Esp√≠ritu de inspirar conversi√≥n, curar cada herida, superar toda divisi√≥n y suscitar vida y libertades nuevas. ¬°Cu√°nta necesidad tenemos de estos dones! ¬°Y qu√© cerca los tenemos, particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera confesi√≥n del pecado encuentra la palabra misericordiosa de perd√≥n y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y ralea propia de cada cat√≥lico. En gran parte la renovaci√≥n de la Iglesia en Am√©rica depende de la renovaci√≥n de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad: los dos es inspirado y realizadas por este Sacramento.

"En esperanza fuimos salvados" (Rm 8,24). Mientras la Iglesia en los Estados Unidos da gracias por las bendiciones de los doscientos a√Īos pasados, invito a ustedes, a sus familias y cada parroquia y comunidad religiosa a confiar en el poder de la gracia para crear un futuro prometedor para el Pueblo de Dios en este Pa√≠s. En el nombre del Se√Īor Jes√ļs les pido que eviten toda divisi√≥n y que trabajen con alegr√≠a para preparar v√≠a para √Čl, fieles a su palabra y en constante conversi√≥n a su voluntad. Les exhorto, sobre todo, a seguir a siendo fermento de esperanza evang√©lica en la sociedad americana, con el fin de llevar la luz y la verdad del Evangelio en la tarea de crear un mundo cada vez m√°s justo y libre para las generaciones futuras.

Quien tiene esperanza ha de vivir de otra manera (cf. Spe Salvi, 2). Que ustedes, mediante sus plegarias, el testimonio de su fe y la fecundidad de su caridad, indiquen el camino hacia ese horizonte inmenso de esperanza que Dios est√° abriendo tambi√©n hoy a su Iglesia, m√°s a√ļn, a toda la humanidad: la visi√≥n de un mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador. A √Čl honor y gloria, ahora y siempre. Am√©n.

* * *

Queridos hermanos y hermanas de lengua espa√Īola:

Deseo saludarles con las mismas palabras que Cristo Resucitado dirigi√≥ a los ap√≥stoles: "Paz a ustedes" (Jn 20,19). Que la alegr√≠a de saber que el Se√Īor ha triunfado sobre la muerte y el pecado les ayude a ser, all√° donde se encuentren, testigos de su amor y sembradores de la esperanza que √Čl vino a traernos y que jam√°s defrauda.

No se dejen vencer por el pesimismo, la inercia o los problemas. Antes bien, fieles a los compromisos que adquirieron en su bautismo, profundicen cada día en el conocimiento de Cristo y permitan que su corazón quede conquistado por su amor y por su perdón.

La Iglesia en los Estados Unidos, acogiendo en su seno a tantos de sus hijos emigrantes, ha ido creciendo gracias tambi√©n a la vitalidad del testimonio de fe de los fieles de lengua espa√Īola. Por eso, el Se√Īor les llama a seguir contribuyendo al futuro de la Iglesia en este Pa√≠s y a la difusi√≥n del Evangelio. S√≥lo si est√°n unidos a Cristo y entre ustedes, su testimonio evangelizador ser√° cre√≠ble y florecer√° en copiosos frutos de paz y reconciliaci√≥n en medio de un mundo muchas veces marcado por divisiones y enfrentamientos.

La Iglesia espera mucho de ustedes. No la defrauden en su donación generosa. "Lo que han recibido gratis, denlo gratis" (Mt 10,8).

Cortesía de aciprensa.com

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS‚ĄĘ. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico