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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre durante el Encuentro con los Obispos de Estados Unidos de Am茅rica
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Discurso del Santo Padre durante el Encuentro con los Obispos de Estados Unidos de Am茅rica

Santuario Nacional de la Inmaculada Concepci贸n

Queridos Hermanos Obispos:

Grande es mi alegr铆a al saludaros hoy, al principio de mi visita en este Pa铆s, a la vez que doy las gracias al Cardenal George las amables palabras que me ha dirigido en nombre vuestro. Deseo agradecer a cada uno de vosotros, especialmente a los Oficiales de la Conferencia Episcopal, el intenso trabajo que ha afrontado para la preparaci贸n de este viaje. Expreso tambi茅n mi reconocimiento al personal y a los voluntarios del Santuario Nacional, los cuales nos han acogido aqu铆 esta tarde.

Los cat贸licos de Am茅rica son conocidos por su afecto leal a la Sede de Pedro. Mi visita pastoral aqu铆 es una ocasi贸n para reforzar ulteriormente los v铆nculos de comuni贸n que nos unen. Hemos iniciado con la celebraci贸n de la Oraci贸n de la Tarde en esta Bas铆lica dedicada a la Inmaculada Concepci贸n de la Sant铆sima Virgen Mar铆a, santuario de especial significado para los cat贸licos americanos, justo en el coraz贸n de vuestra Capital. Unidos en oraci贸n con Mar铆a, Madre de Jes煤s, encomendamos amorosamente a nuestro Padre celestial al Pueblo de Dios de cada regi贸n de Estados Unidos.

Para las comunidades cat贸licas de Boston, Nueva York, Filadelfia y Louisville, 茅ste es un a帽o de celebraciones particulares, puesto que marca el bicentenario de la erecci贸n de estas Iglesias como Di贸cesis. Me uno a vosotros en la acci贸n de gracias por los muchos dones celestiales concedidos a la Iglesia en estos lugares a lo largo de dos siglos. Puesto que el presente a帽o marca tambi茅n el bicentenario de la erecci贸n de la sede fundadora, Baltimore, como arquidi贸cesis, esto me ofrece la oportunidad de recordar con admiraci贸n y gratitud la vida y el ministerio de John Carroll, primer Obispo de Baltimore y digno pastor de la comunidad cat贸lica en vuestra Naci贸n, independiente desde hac铆a poco. Sus incansables esfuerzos por difundir el Evangelio en el vasto territorio encomendado a su cuidado pastoral pusieron las bases de la vida eclesial en vuestro Pa铆s y permitieron a la Iglesia en Am茅rica crecer hacia su madurez. Hoy la comunidad cat贸lica que serv铆s es una de las m谩s vastas del mundo y una de los m谩s influyentes. Cu谩n importante es, pues, procurar que vuestra luz brille ante vuestros conciudadanos y en el mundo 鈥減ara que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que est谩 en el cielo鈥� (Mt 5, 16).

Muchas personas, entre las cuales John Carroll y sus hermanos Obispos que ejercieron el ministerio hace dos siglos, llegaron desde lejanas tierras. La diversidad de sus or铆genes est谩 reflejada en la rica variedad de la vida eclesial de la Am茅rica actual. Queridos Hermanos Obispos, deseo animaros, as铆 como a vuestras comunidades, a seguir acogiendo a los inmigrantes que se unen hoy a vuestras filas, compartir sus alegr铆as y esperanzas, acompa帽arlos en sus sufrimientos y pruebas, y ayudarlos a prosperar en su nueva casa. Esto, por otra parte, es lo que hicieron vuestros conciudadanos durante generaciones. Ya desde el principio, ellos abrieron las puertas a los desanimados, a los pobres, a las 鈥渕asas que se agolparon anhelando respirar libertad鈥� (cf. Soneto grabado en la Estatua de la Libertad). 脡stas fueron las personas que formaron Am茅rica.

Entre quienes vinieron aqu铆 para construirse una nueva vida, muchos fueron capaces de hacer buen uso de los recursos y de las oportunidades que encontraron, y alcanzar un alto nivel de prosperidad. En verdad, los ciudadanos de este Pa铆s son conocidos por su gran vitalidad y creatividad. Son conocidos incluso por su generosidad. Despu茅s del ataque a las Torres Gemelas, en septiembre del 2001, y todav铆a despu茅s del hurac谩n Katrina en el 2005, los americanos han mostrado su disponibilidad en ayudar a sus hermanos y hermanas necesitados. A nivel internacional, la contribuci贸n ofrecida por el pueblo de Am茅rica a las operaciones de socorro y salvamento despu茅s del tsunami de diciembre del 2004 es una nueva muestra de esta compasi贸n. Permitidme que exprese un particular reconocimiento por las innumerables formas de asistencia humanitaria ofrecidas por los cat贸licos americanos a trav茅s de las C谩ritas cat贸licas y de otras agencias. Su generosidad ha dado sus frutos en la atenci贸n a los pobres y necesitados, como tambi茅n en la energ铆a manifestada en la construcci贸n de la red nacional de parroquias cat贸licas, hospitales, escuelas y universidades. Todo eso constituye un s贸lido motivo para dar gracias.

Am茅rica es tambi茅n una tierra de gran fe. Vuestra gente es bien conocida por el fervor religioso y est谩 orgullosa de pertenecer a una comunidad orante. Tiene confianza en Dios y no duda en introducir en los discursos p煤blicos argumentos morales basados en la fe b铆blica. El respeto por la libertad de religi贸n est谩 profundamente arraigado en la conciencia americana, un dato que de hecho ha favorecido que este Pa铆s atrajera generaciones de inmigrantes a la b煤squeda de una casa donde poder dar libremente culto a Dios seg煤n las propias convicciones religiosas.

En este contexto me es grato poner de relieve la presencia entre vosotros de Obispos de todas las venerables Iglesias orientales en comuni贸n con el Sucesor de Pedro: os saludo con especial alegr铆a. Queridos Hermanos, os pido que comuniqu茅is a vuestras comunidades mi profundo afecto y la oraci贸n incesante, tanto por ellas como tambi茅n por tantos hermanos y hermanas que han quedado en su tierra de origen. Vuestra presencia en este Pa铆s recuerda el valiente testimonio por Cristo de numerosos miembros de vuestras comunidades que a menudo sufren en su propia Patria. Esto es tambi茅n una gran riqueza para la vida eclesial en Am茅rica, ya que ofrece una vigorosa expresi贸n de la catolicidad de la Iglesia y de la variedad de sus tradiciones lit煤rgicas y espirituales.

En esta f茅rtil tierra, alimentada por tan numerosos y diferentes manantiales, es donde vosotros, queridos Obispos, est谩is llamados hoy a esparcir la semilla del Evangelio. Esto me lleva a preguntarme 驴c贸mo, en el siglo veintiuno, puede un Obispo cumplir del mejor modo posible el llamado a 鈥渞enovarlo todo en Cristo, nuestra esperanza鈥�? 驴C贸mo puede guiar a su pueblo al 鈥渆ncuentro con el Dios vivo鈥�, fuente de aquella esperanza que transforma la vida de la que habla el Evangelio? (cf. Spe salvi, 4). Quiz谩s necesita derribar ante todo algunas barreras que impiden este encuentro. Si bien es verdad que este Pa铆s est谩 marcado por un aut茅ntico esp铆ritu religioso, la sutil influencia del laicismo puede indicar sin embargo el modo en el que las personas permiten que la fe influya en sus propios comportamientos. 驴Es acaso coherente profesar nuestra fe el domingo en el templo y luego, durante la semana, dedicarse a negocios o promover intervenciones m茅dicas contrarias a esta fe? 驴Es quiz谩s coherente para cat贸licos practicantes ignorar o explotar a los pobres y marginados, promover comportamientos sexuales contrarios a la ense帽anza moral cat贸lica, o adoptar posiciones que contradicen el derecho a la vida de cada ser humano desde su concepci贸n hasta su muerte natural? Es necesario resistir a toda tendencia que considere la religi贸n como un hecho privado. S贸lo cuando la fe impregna cada aspecto de la vida, los cristianos se abren verdaderamente a la fuerza transformadora del Evangelio.

Para una sociedad rica, un nuevo obst谩culo para un encuentro con el Dios vivo est谩 en la sutil influencia del materialismo, que por desgracia puede centrar muy f谩cilmente la atenci贸n sobre el 鈥渃ien veces m谩s鈥� prometido por Dios en esta vida, a cambio de la vida eterna que promete para el futuro (Mc 10,30). Las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo 煤ltimo de su existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de enriquecerse del pozo de su amor infinito. Es f谩cil ser atra铆das por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la t茅cnica nos ofrecen; es f谩cil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las necesidades m谩s profundas. 脡sta es una ilusi贸n. Sin Dios, el cual nos da lo que nosotros por s铆 solos no podemos alcanzar (cf. Spe salvi, 31), nuestras vidas est谩n realmente vac铆as. Las personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una relaci贸n con Cristo, que ha venido para que tuvi茅ramos la vida en abundancia (cf. Jn 10,10).

La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequ茅tica, el objeto de nuestra predicaci贸n, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relaci贸n vital con 鈥淛esucristo nuestra esperanza鈥� (1 Tm 1,1).

En una sociedad que da mucho valor a la libertad personal y a la autonom铆a es f谩cil perder de vista nuestra dependencia de los dem谩s, como tambi茅n la responsabilidad que tenemos en las relaciones con ellos. Esta acentuaci贸n del individualismo ha influenciado incluso a la Iglesia (cf. Spe salvi, 13-15), dando origen a una forma de piedad que a veces subraya nuestra relaci贸n privada con Dios en detrimento del llamado a ser miembros de una comunidad redimida. Sin embargo, ya desde el principio, Dios vio que 鈥渘o es bueno que el hombre est茅 solo鈥� (Gn 2,18). Hemos sido creados como seres sociales que se realizan solamente en el amor a Dios y al pr贸jimo. Si queremos tener verdaderamente fija la mirada hacia 脡l, fuente de nuestra alegr铆a, tenemos que hacerlo como miembros del Pueblo de Dios (cf. Spe salvi, 14). Si pareciera que esto va en contra de la cultura actual, ser铆a sencillamente una nueva prueba de la urgente necesidad de una renovada evangelizaci贸n de la cultura.

Aqu铆 en Am茅rica hab茅is sido bendecidos con un laicado cat贸lico de considerable variedad cultural, que dedica sus propios y multiformes talentos al servicio de la Iglesia y de la sociedad en general. Este laicado mira hacia vosotros para recibir est铆mulo, gu铆a y orientaci贸n. En una 茅poca saturada de informaciones, la importancia de ofrecer una s贸lida formaci贸n de la fe no corre el riesgo de ser sobrevalorada. Los cat贸licos americanos han reconocido, por tradici贸n, un alto valor a la educaci贸n religiosa, tanto en las escuelas como en el conjunto de los programas de formaci贸n para adultos: conviene mantenerlo y difundirlo. Los numerosos hombres y mujeres que se dedican generosamente a las obras caritativas han de ser ayudados a renovar su compromiso mediante una 鈥渇ormaci贸n del coraz贸n鈥�: un 鈥渆ncuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su esp铆ritu al otro鈥� (Deus caritas est, 31). En una 茅poca en que el progreso de las ciencias m茅dicas lleva nueva esperanza a muchos, pueden darse desaf铆os 茅ticos impensables anteriormente. Esto hace que sea m谩s importante que nunca asegurar una s贸lida formaci贸n en las ense帽anzas morales de la Iglesia para aquellos cat贸licos que trabajan en el 谩mbito de la salud. Es necesaria una sabia gu铆a en todos estos campos de apostolado para que puedan producir frutos abundantes. Si de verdad quieren promover el bien integral de la persona, ellos mismos han de renovarse en Cristo nuestra esperanza.

Como anunciadores del Evangelio y gu铆as de la comunidad cat贸lica, vosotros est谩is llamados tambi茅n a participar en el intercambio de ideas en la esfera p煤blica, para ayudar a modelar actitudes culturales adecuadas. En un contexto en el que se aprecia la libertad de palabra y se anima un debate firme y honesto, se respeta vuestra voz que tiene mucho que ofrecer a la discusi贸n sobre las cuestiones sociales y morales de la actualidad. Al promover que el Evangelio sea escuchado de modo claro, no solamente form谩is a las personas de vuestra comunidad, sino que, en el 谩mbito de la m谩s vasta platea de la comunicaci贸n de masas, ayud谩is a difundir el mensaje de la esperanza cristiana en todo el mundo.

Est谩 claro que la influencia de la Iglesia en el p煤blico debate se realiza a niveles muy diferentes. En Estados Unidos, como en otras partes, hay actualmente muchas leyes ya en vigor o en discusi贸n que suscitan preocupaci贸n desde el punto de vista de la moralidad, y la comunidad cat贸lica, bajo vuestra gu铆a, debe ofrecer un testimonio claro y unitario sobre estas materias. No obstante, es m谩s importante a煤n la apertura gradual de las mentes y de los corazones de la comunidad m谩s amplia a la verdad moral: aqu铆 hay todav铆a mucho por hacer. En este 谩mbito es crucial el papel de los fieles laicos para actuar como 鈥渓evadura鈥� en la sociedad. Sin embargo, no se debe dar por supuesto que todos los ciudadanos cat贸licos piensen de acuerdo con la ense帽anza de la Iglesia sobre las cuestiones 茅ticas fundamentales de hoy. Una vez m谩s es vuestro deber procurar que la formaci贸n moral ofrecida a cada nivel de la vida eclesial refleje la aut茅ntica ense帽anza del Evangelio de la vida.

A este respecto, un tema de profunda preocupaci贸n para todos nosotros es la situaci贸n de la familia dentro de la sociedad. Es verdad: el Cardenal George ha recordado antes c贸mo vosotros hab茅is fijado la consolidaci贸n del matrimonio y de la vida familiar entre las prioridades de vuestra atenci贸n pastoral en los pr贸ximos a帽os. En el Mensaje de este a帽o para la Jornada Mundial de la Paz, he hablado de la contribuci贸n esencial que una vida familiar sana ofrece a la paz en y entre las Naciones. En el hogar familiar se experimentan 鈥渁lgunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la funci贸n de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros m谩s d茅biles, porque son peque帽os, ancianos o est谩n enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo鈥� (n. 3). La familia, adem谩s, es el lugar primario de la evangelizaci贸n, en la transmisi贸n de la fe, ayudando a los j贸venes a apreciar la importancia de la pr谩ctica religiosa y la observancia del domingo. 驴C贸mo no sentirse desconcertados al observar la r谩pida decadencia de la familia como elemento b谩sico de la Iglesia y de la sociedad? El divorcio y la infidelidad est谩n aumentando, y muchos j贸venes hombres y mujeres deciden retrasar la boda o incluso evitarla completamente. Algunos j贸venes cat贸licos consideran el v铆nculo sacramental del matrimonio poco distinto de una uni贸n civil, o lo entienden incluso como un simple acuerdo para vivir con otra persona de modo informal y sin estabilidad. Como consecuencia se percibe una alarmante disminuci贸n de bodas cat贸licas en Estados Unidos, junto con un aumento de convivencias en las que est谩 simplemente ausente la rec铆proca autodonaci贸n de los novios a la manera de Cristo, mediante el sello de una promesa p煤blica de vivir las exigencias de un compromiso indisoluble para toda la existencia. En esas circunstancias se les niega a los hijos el ambiente seguro que necesitan para crecer como seres humanos, e incluso se niegan a la sociedad aquellos pilares estables que son necesarios si se quiere mantener la cohesi贸n y el centro moral de la comunidad.

Como ense帽贸 mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, 鈥渆l primer responsable de la pastoral familiar en la di贸cesis es el obispo鈥� que debe dedicar inter茅s, atenci贸n, tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos le ayudan en el pastoral de la familia鈥� (Familiaris consortio, 73). Es vuestro deber proclamar con fuerza los argumentos de fe y de raz贸n que hablan del instituto del matrimonio, entendido como compromiso para la vida entre un hombre y una mujer, abierto a la transmisi贸n de la vida. Este mensaje deber铆a resonar ante las personas de hoy, ya que es esencialmente un 鈥渟铆鈥� incondicional y sin reservas a la vida, un 鈥渟铆鈥� al amor y un 鈥渟铆鈥� a las aspiraciones del coraz贸n de nuestra com煤n humanidad, a la vez que nos esforzamos en realizar nuestro profundo deseo de intimidad con los dem谩s y con el Se帽or.

Entre los signos contrarios al Evangelio de la vida que se pueden encontrar en Am茅rica, pero tambi茅n en otras partes, hay uno que causa profunda verg眉enza: el abuso sexual de los menores. Muchos de vosotros me hab茅is hablado del enorme dolor que vuestras comunidades han sufrido cuando hombres de Iglesia han traicionado sus obligaciones y compromisos sacerdotales con semejante comportamiento gravemente inmoral. Mientras trat谩is de erradicar este mal dondequiera que suceda, ten茅is que sentiros apoyados por la oraci贸n del Pueblo de Dios en todo el mundo. Justamente dais prioridad a las expresiones de compasi贸n y apoyo a las v铆ctimas. Es una responsabilidad que os viene de Dios, como Pastores, la de fajar las heridas causadas por cada violaci贸n de la confianza, favorecer la curaci贸n, promover la reconciliaci贸n y acercaros con afectuosa preocupaci贸n a cuantos han sido tan seriamente da帽ados.

La respuesta a esta situaci贸n no ha sido f谩cil y, como ha indicado el Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, ha sido 鈥渢ratada a veces de p茅simo modo鈥�. Ahora que la dimensi贸n y gravedad del problema se comprenden m谩s claramente, hab茅is podido adoptar medidas de recuperaci贸n y disciplinares m谩s adecuadas, y promover un ambiente seguro que ofrezca mayor protecci贸n a los j贸venes. Mientras se ha de recordar que la inmensa mayor铆a de los sacerdotes y religiosos en Am茅rica llevan a cabo una excelente labor por llevar el mensaje liberador del Evangelio a las personas confiadas a sus cuidados pastorales, es de vital importancia que los sujetos vulnerables est茅n siempre protegidos de cuantos pudieran causarles heridas. A este respecto, vuestros esfuerzos por aliviarlos y protegerlos est谩n dando no s贸lo gran fruto para quienes est谩n directamente bajo vuestra cuidado pastoral, sino tambi茅n para toda la sociedad.

No obstante, si queremos que las medidas y estrategias adoptadas por vosotros alcancen su pleno objetivo, conviene que se apliquen en un contexto m谩s amplio. Los ni帽os tienen derecho a crecer con una sana comprensi贸n de la sexualidad y de su justo papel en las relaciones humanas. A ellos se les deber铆a evitar las manifestaciones degradantes y la vulgar manipulaci贸n de la sexualidad hoy tan preponderante. Ellos tienen derecho a ser educados en los aut茅nticos valores morales basados en la dignidad de la persona humana. Esto nos lleva a considerar la centralidad de la familia y la necesidad de promover el Evangelio de la vida. 驴Qu茅 significa hablar de la protecci贸n de los ni帽os cuando en tantas casas se puede ver hoy la pornograf铆a y la violencia a trav茅s de los medios de comunicaci贸n ampliamente disponibles? Debemos reafirmar con urgencia los valores que sostienen la sociedad, a fin de ofrecer a j贸venes y adultos una s贸lida formaci贸n moral. Todos tienen un papel que desarrollar en este cometido, no s贸lo los padres, los formadores religiosos, los profesores y los catequistas, sino tambi茅n la informaci贸n y la industria del ocio. Ciertamente, cada miembro de la sociedad puede contribuir a esta renovaci贸n moral y sacar beneficio de ello. Cuidarse de verdad de los j贸venes y del futuro de nuestra civilizaci贸n significa reconocer nuestra responsabilidad de promover y vivir los aut茅nticos valores morales que hacen a la persona humana capaz de prosperar. Es vuestro deber de pastores que tienen como modelo Cristo, el Buen Pastor, proclamar de modo valiente y claro este mensaje y afrontar, por tanto, el pecado de abuso en el contexto m谩s vasto de los comportamientos sexuales. Adem谩s, al reconocer el problema y al afrontarlo cuando sucede en un contexto eclesial, vosotros pod茅is ofrecer una orientaci贸n a los dem谩s, dado que esta plaga se encuentra no s贸lo en vuestras Di贸cesis, sino tambi茅n en cada sector de la sociedad. Esto exige una respuesta firme y colectiva.

Los sacerdotes necesitan tambi茅n vuestra gu铆a y cercan铆a durante este dif铆cil tiempo. Ellos han experimentado verg眉enza por lo que ha ocurrido y muchos de ellos se dan cuenta de que han perdido parte de aquella confianza que ten铆an una vez. No son pocos los que experimentan una cercan铆a a Cristo en su Pasi贸n, a la vez que se esfuerzan por afrontar las consecuencias de esta crisis. El Obispo, como padre, hermano y amigo de sus sacerdotes, puede ayudarlos a sacar fruto espiritual de esta uni贸n con Cristo, haci茅ndoles tomar conciencia de la consoladora presencia del Se帽or en medio de sus sufrimientos, y anim谩ndolos a caminar con el Se帽or por la senda de la esperanza (cf. Spe salvi, 39). Como observaba el Papa Juan Pablo II, hace seis a帽os, 鈥渄ebemos confiar en que este tiempo de prueba lleve a la purificaci贸n de toda la comunidad cat贸lica鈥�, que conducir谩 鈥渁 un sacerdocio m谩s santo, a un episcopado m谩s santo y a una Iglesia m谩s santa鈥� (Mensaje a los Cardenales de Estados Unidos, 23 abril 2002, 4). Hay muchos signos de que, en el per铆odo siguiente, ha tenido de veras lugar esta purificaci贸n. La constante presencia de Cristo en medio de nuestros sufrimientos est谩 transformando gradualmente nuestras tinieblas en luz: cada cosa es renovada realmente en Cristo Jes煤s, nuestra esperanza.

En este momento una parte vital de vuestra tarea es reforzar las relaciones con vuestros sacerdotes, especialmente en aquellos casos en que ha surgido tensi贸n entre sacerdotes y Obispos como consecuencia de la crisis. Es importante que sig谩is demostr谩ndoles vuestra preocupaci贸n, vuestro apoyo y vuestra gu铆a con el ejemplo. De esta modo los ayudar茅is a encontrar al Dios vivo y los orientar茅is hacia aquella esperanza que transforma la existencia de la que habla el Evangelio.

Si vosotros mismos viv铆s de un modo que se configura 铆ntimamente con Cristo, el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas, animar茅is a vuestros hermanos sacerdotes a dedicarse de nuevo al servicio de la grey con la generosidad que caracteriz贸 a Cristo. En verdad, si queremos ir adelante es preciso concentrarse m谩s claramente en la imitaci贸n de Cristo con la santidad de vida. Tenemos que redescubrir la alegr铆a de vivir una existencia centrada en Cristo, cultivando las virtudes y sumergi茅ndonos en la oraci贸n. Cuando los fieles saben que su pastor es un hombre que reza y dedica la propia vida a su servicio, corresponden con aquel calor y afecto que alimenta y sostiene la vida de toda la comunidad.

El tiempo pasado en la oraci贸n nunca es desperdiciado, por muy importantes que sean los deberes que nos apremian por todas partes. La adoraci贸n de Cristo nuestro Se帽or en el Sant铆simo Sacramento prolonga e intensifica aquella uni贸n con 脡l que se realiza mediante la Celebraci贸n eucar铆stica (cf. Sacramentum caritatis, 66). La contemplaci贸n de los misterios del Rosario difunde toda su fuerza salvadora conform谩ndonos, uni茅ndonos y consagr谩ndonos a Jesucristo (cf. Rosarium Virginis Mariae, 11.15). La fidelidad a la Liturgia de las Horas asegura que todo nuestro d铆a sea santificado, record谩ndonos continuamente la necesidad de permanecer concentrados en cumplir la obra de Dios, no obstante todas las urgencias o las distracciones que pueden surgir ante las obligaciones que se han de cumplir. De esta manera, la devoci贸n nos ayuda a hablar y actuar in persona Christi, a ense帽ar, gobernar y santificar a los fieles en el nombre de Jes煤s, llevando su reconciliaci贸n, su curaci贸n y su amor a todos sus queridos hermanos y hermanas. Esta radical configuraci贸n con Cristo Buen Pastor es el centro de nuestro ministerio pastoral, y si trav茅s de la oraci贸n nos abrimos nosotros mismos a la fuerza del Esp铆ritu, 脡l nos conceder谩 los dones que necesitamos para cumplir nuestra enorme tarea, de modo que no nos preocupemos nunca 鈥渄e c贸mo o qu茅 vamos a hablar鈥� (cf. Mt 10,19).

Al concluir este discurso dirigido a vosotros esta tarde, encomiendo de manera muy particular a la Iglesia que est谩 en vuestro Pa铆s a la materna solicitud y a la intercesi贸n de Maria Inmaculada, Patrona de Estados Unidos. Que ella, que llev贸 en su propio seno la esperanza de todas las Naciones, interceda por el pueblo de esta Naci贸n, para que todos sean renovados en Cristo Jes煤s, su Hijo. Queridos Hermanos Obispos, expreso a cada uno de vosotros aqu铆 presente mi profunda amistad y mi participaci贸n en vuestras preocupaciones pastorales. A todos vosotros, al clero, a los religiosos y a los fieles laicos imparto cordialmente la Bendici贸n Apost贸lica, prenda de alegr铆a y paz en Cristo Resucitado.

* * *

Se pide al Santo Padre que ofrezca su valoraci贸n sobre el reto del secularismo creciente en la vida p煤blica y sobre el relativismo en la vida intelectual, as铆 como sus sugerencias para afrontar dichos desaf铆os desde el punto de vista pastoral, para poder llevar a cabo m谩s eficazmente la evangelizaci贸n.

He tratado brevemente este tema en mi discurso. Me parece significativo el hecho de que en Am茅rica, a diferencia de muchas partes en Europa, la mentalidad secular no se oponga intr铆nsecamente a la religi贸n. Dentro del contexto de la separaci贸n entre Iglesia y Estado, la sociedad americana est谩 siempre marcada por un respeto fundamental de la religi贸n y de su papel p煤blico y, si se quiere dar cr茅dito a los sondeos, el pueblo americano es profundamente religioso. Pero no es suficiente tener en cuenta esta religiosidad tradicional y comportarse como si todo fuese normal, mientras sus fundamentos se van erosionando lentamente. Un compromiso serio en el campo de la evangelizaci贸n no puede prescindir de un diagn贸stico profundo de los desaf铆os reales que el Evangelio tiene que afrontar en la cultura americana contempor谩nea.

Evidentemente, es esencial una correcta comprensi贸n de la justa autonom铆a del orden secular, una autonom铆a que no puede desvincularse de Dios Creador ni de su plan de salvaci贸n (cf. Gaudium et spes, 36). Tal vez, el tipo de secularismo de Am茅rica plantea un problema particular: mientras permite creer en Dios y respeta el papel p煤blico de la religi贸n y de las Iglesias, reduce sutilmente sin embargo la creencia religiosa al m铆nimo com煤n denominador. La fe se transforma en aceptaci贸n pasiva de que ciertas cosas 鈥渁ll铆 fuera鈥� son verdaderas, pero sin relevancia pr谩ctica para la vida cotidiana. El resultado es una separaci贸n creciente entre la fe y la vida: el vivir 鈥渃omo si Dios no existiese鈥�. Esto se ve agravado por un planteamiento individualista y ecl茅ctico de la fe y la religi贸n: alej谩ndose de la perspectiva cat贸lica de 鈥減ensar con la Iglesia鈥�, cada uno cree tener derecho de seleccionar y escoger, manteniendo los v铆nculos sociales pero sin una conversi贸n integral e interior a la ley de Cristo. Consiguientemente, m谩s que transformarse y renovarse por dentro, los cristianos caen f谩cilmente en la tentaci贸n de acomodarse al esp铆ritu mundano (cf. Rm 12,2). Lo hemos constatado de manera punzante en el esc谩ndalo provocado por cat贸licos que promueven un presunto derecho al aborto.

En un plano m谩s profundo, el secularismo obliga a la Iglesia a reafirmar y perseguir todav铆a m谩s activamente su misi贸n en y hacia el mundo. Como ha puesto de manifiesto el Concilio, los laicos tienen una misi贸n particular en este 谩mbito.

Estoy convencido de que lo que necesitamos es un mayor sentido de la relaci贸n intr铆nseca entre el Evangelio y la ley natural por una parte y, por otra, la consecuci贸n del aut茅ntico bien humano, como se encarna en la ley civil y en las decisiones morales personales. En una sociedad que tiene justamente en alta consideraci贸n la libertad personal, la Iglesia debe promover en todos los 谩mbitos de su ense帽anza 鈥揺n la catequesis, la predicaci贸n, la formaci贸n en los seminarios y universidades鈥� una apolog铆a encaminada a afirmar la verdad de la revelaci贸n cristiana, la armon铆a entre fe y raz贸n, y una sana comprensi贸n de la libertad, considerada en t茅rminos positivos como liberaci贸n tanto de las limitaciones del pecado como para una vida aut茅ntica y plena. En una palabra, el Evangelio debe ser predicado y ense帽ado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y pr谩cticamente, a los problemas humanos reales. La 鈥渄ictadura del relativismo鈥�, al fin y al cabo, no es m谩s que una amenaza a la libertad humana, la cual madura s贸lo en la generosidad y en la fidelidad a la verdad.

Naturalmente, se podr铆a a帽adir mucho m谩s sobre este argumento. Sin embargo, perm铆tanme concluir diciendo que creo que la Iglesia en Am茅rica tiene ante s铆 en este preciso momento de su historia el reto de encontrar una visi贸n cat贸lica de la realidad y presentarla a una sociedad que ofrece todo tipo de recetas para la autorrealizaci贸n humana de manera atrayente y con fantas铆a. En particular, pienso en la necesidad que tenemos de hablar al coraz贸n de los j贸venes, los cuales, aunque expuestos a mensajes contrarios al Evangelio, contin煤an teniendo sed de autenticidad, de bondad, de verdad. Queda todav铆a mucho por hacer en el terreno de la predicaci贸n y de la catequesis en las parroquias y en las escuelas, si se quiere que la evangelizaci贸n produzca frutos para la renovaci贸n de la vida eclesial en Am茅rica.

Cortes铆a de aciprensa.com

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