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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo IV de Pascua (Ciclo A). «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»
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Domingo IV de Pascua. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 2, 14a,36-41: “Dios ha constituido Señor y Cristo a quien ustedes han crucificado”

«Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”.

Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro”. Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: “Salvaos de esta generación perversa”. Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3000 almas.»

Sal 22,1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

1Pe 2, 20b-25: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus huellas”

«Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados. Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.»

Jn 10,1-10: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”

«“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

Entonces Jesús les dijo de nuevo:

“En verdad, en verdad os digo:
yo soy la puerta de las ovejas.
Todos los que han venido delante de mí
son ladrones y salteadores;
pero las ovejas no les escucharon.
Yo soy la puerta;
si uno entra por mí, estará a salvo;
entrará y saldrá
y encontrará pasto.
El ladrón no viene
más que a robar, matar y destruir.
Yo he venido
para que tengan vida
y la tengan en abundancia.»

II. APUNTES

Pastor y rebaño son ya desde antiguo figuras que explicaban la relación de Dios con su pueblo Israel. El salmo dice: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1). El Señor, el Pastor, es Dios. El libró a su pueblo de la opresión de Egipto, lo guió por el desierto a la tierra prometida, se reveló en el Monte Sinaí como el Dios de la Alianza: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi Alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19,5).

En el Antiguo Testamento pastores son también aquellos que están llamados por Dios a apacentar a su pueblo en su nombre. La figura de los pésimos pastores es utilizada por el profeta Ezequiel (34,1-16), por quien Dios fustiga duramente a aquellos pastores que en vez de cumplir con su oficio descuidan sus funciones o se aprovechan de su puesto para apacentarse a sí mismos, abusando, maltratando o dejando desorientadas a las ovejas encomendadas a su custodia. También Jeremías se convierte en la voz de Dios que denuncia tal injusticia usando la misma comparación: «¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (…) Vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis.» (Jer 23,1-2)

Ante esa situación Dios promete arrebatar las ovejas de sus manos y hacerse Él mismo cargo de ellas: «Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas.» (Ez 34,11-12; ver Jer 23,3)

El Señor Jesús viene a dar cumplimiento a aquella antigua promesa divina: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.» (Jn 10,10)

Echando mano de aquella antigua comparación, comienza por establecer la diferencia entre quienes entran por la puerta del redil y quienes escalan por otro lado (Jn 10,1-2). Pero si Él es el pastor que entra y sale por la puerta, ¿quienes son los ladrones y salteadores de su parábola? Son aquellos a quienes va dirigida esta parábola, los fariseos que cegados por su soberbia no buscan cuidar la vida de las ovejas sino que sólo velan por sus propios intereses y se aferran a su poder. Son los fariseos que maltratan a las ovejas del Señor, como sucedió en el caso del ciego de nacimiento a quien el Señor curó (Jn 9) y que justamente antecede a la parábola del Buen Pastor. El contraste es claro: mientras que el Señor Jesús busca personalmente a sus ovejas, las cura y les da una vida nueva, los celosos fariseos insultan al ciego curado, lo condenan y excluyen de la sinagoga por reconocer al Señor Jesús como un enviado de Dios. Es así como aquellos fariseos están representados por el ladrón que «no viene más que a robar, matar y destruir.»

A quienes vivimos en las grandes ciudades la relación entre las ovejas y los pastores probablemente nos resulte desconocida. Para entender mejor la comparación usada por el Señor, conviene describir brevemente esta realidad. Luego de pastar durante el día las ovejas eran reunidas en el redil para pasar la noche. Los rediles reunían ovejas de uno o más rebaños. El cerco del redil estaba hecho de piedras, y una puerta permitía el tránsito de las ovejas hacia su interior o exterior. La puerta era estrecha, de modo que permitiese más fácilmente contar las ovejas que entraban o salían del redil. Por la noche un solo pastor permanecía en vela para proteger a las ovejas de los depredadores y de los ladrones. Al llegar el nuevo día cada pastor venía por sus ovejas, abría la puerta y llamaba a sus ovejas. Éstas, reconociendo la voz de su propio pastor, se agolpaban en la puerta y salían de una en una mientras su pastor las iba contando. Las ovejas nunca acuden al llamado de otra persona que no sea su propio pastor, salvo que estén enfermas. A veces el pastor llamaba a cada una por el nombre que cariñosamente le había puesto, acudiendo cada cual al llamado de su nombre. Una vez reunidas todas las ovejas el pastor marchando por delante las llevaba a apacentar.

Así pues, los términos de la comparación resultaban completamente familiares para aquellos que escuchaban al Señor. El mensaje era claro: quienes reconocían al Señor como Pastor supremo, no debían prestar sus oídos a los «ladrones y salteadores.» El Señor advierte a sus discípulos para que se guarden de todos aquellos que con discursos engañosos buscan arrancar la vida a sus ovejas.

Siguiendo con su comparación de pronto el Señor deja de lado la figura del pastor para compararse a sí mismo con la puerta del redil: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo.» Las ovejas no pueden entrar al lugar seguro del redil más que por la puerta. Al identificarse con la puerta el Señor Jesús da a entender su función mediadora única: sólo Él abre el acceso a la participación de la comunión divina, sólo por Él se pasa al lugar en el que se está “a salvo” por toda la eternidad.

Esta puerta de acceso a la casa del Padre la ha abierto Él para todo ser humano mediante su sacrificio en la Cruz. Por sus llagas hemos sido curados, proclama el apóstol Pedro (2ª. lectura). En el madero, llevando nuestros pecados en su cuerpo, Él nos reconcilió con el Padre, «a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia». De este modo el Señor Jesús realizó en sí mismo la antigua promesa hecha por Dios a su pueblo: «Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.»

Mas si Cristo no hubiera resucitado, tampoco habríamos sido rescatados. Es por su muerte y resurrección -mediante su propia Pascua- que el Señor Jesús trae la vida nueva a sus ovejas. En esta vida divina es introducido el creyente por el Bautismo (1ª. Lectura), el sacramento por el que el bautizando pasa por la puerta, que es Cristo, para entrar a la casa del Padre, para formar parte del rebaño de Cristo que es su Iglesia. El don de la vida nueva recibida por el Bautismo implica, por parte de las ovejas de Cristo, vivir ya no para el pecado sino para la justicia, siguiendo las huellas y el ejemplo de Aquél que es su Pastor.

Quien entra por la puerta, que es Cristo, estará a salvo. Esa es su promesa, y su deseo es traer a todo ser humano la vida eterna, la vida en plenitud: «yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.» En efecto, Dios llama a todo ser humano a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, plenitud que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Cuando el Señor Jesús afirma que ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia, se refiere finalmente a aquella vida “nueva” y “eterna”, que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Con estas palabras el Señor Jesús abre ante el hombre la perspectiva de la vida divina y sostiene la aspiración del hombre a la completa realización de sí, ya aquí y luego de su propia pascua en la eternidad.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La lectura del Evangelio de este Domingo trae los versículos iniciales del capítulo 10 de San Juan, que contiene la parábola llamada “del Buen Pastor” debido a que el Señor Jesús se compara a sí mismo con un pastor bueno que da la vida por sus ovejas. El pasaje completo se lee consecutivamente a lo largo de tres años, cada cuarto Domingo de Pascua. Por esta razón a este Domingo se le conoce también como el Domingo del Buen Pastor.

Debido al profundo vínculo existente entre Jesucristo, el Buen Pastor, y todo sacerdote suyo, el Papa Pablo VI decretó que en este mismo Domingo se llevara a cabo una jornada mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio. Así pues, este Domingo toda la Iglesia se une en una jornada de oración por las vocaciones al sacerdocio, extendiendo la oración también a todos aquellos que están llamados a la vida consagrada.

Hoy se habla muchas veces de crisis de vocaciones en la Iglesia aunque más propiamente habría que hablar de una crisis de respuesta. Son muchos los llamados, pocos los que responden. El Señor Jesús, que conoce a cada una de sus ovejas, no deja de pronunciar hoy el nombre de aquellos que están llamados, no deja de convocarlos a su seguimiento con aquel radical “sígueme” con el que invitó a sus Apóstoles a dejarlo todo (ver Mt 8,22; 9,9; 19,21; Lc 9,59; Jn 1,43; 21,19) para estar con Él y enviarlos al mundo entero a anunciar su Evangelio y ser ministros de la reconciliación (ver 2Cor 5,18-19).

La vocación no es algo que aparece en el transcurso de la vida. Está grabada en la estructura de la persona desde su concepción. Amado y pensado por Dios para ser sacerdote, para ser profeta, para ser apóstol del Señor, lo ha formado así desde el seno materno (ver Jer 1,5). El llamado lleva en su interior un como sello de fuego, que le reclama llegar a ser lo que está llamado a ser. Por ello cada joven tiene la imperiosa necesidad de preguntarse seriamente sobre su vocación y la misión que Dios le ha confiado en el mundo, aquello para lo que ha nacido. El Señor, quien nos conoce hasta lo más profundo, quien nos ama entrañablemente, es quien nos mostrará también nuestra particular vocación y misión en el mundo, que es el camino de nuestra propia realización humana. Por ello en todo proceso de discernimiento vocacional es al Señor a quien hay que acudir: Señor, ¿cuál es mi vocación? ¿Cuál es mi misión en el mundo? ¿Me llamas a la vida matrimonial, o me pides una especial consagración a ti? ¿Me llamas al sacerdocio? «¡Habla, Señor, que tu siervo escucha.» (ver 1Sam 3,10) De la respuesta acertada al Plan de Dios depende la propia felicidad y la de muchas otras personas, y por eso en este asunto de tanta trascendencia es tan importante que todo joven encuentro el aliento, el apoyo y la ayuda de sus mismos padres, así como de sacerdotes y personas consagradas que lo puedan guiar y orientar rectamente.

Lamentablemente, hoy como ayer, hay muchos jóvenes que por diversas razones permanecen sordos al llamado del Señor. Hay también quienes apenas ven signos de vocación o escuchan fuerte el llamado experimentan tanto miedo que huyen del Señor a como dé lugar, y antes que confiar en Dios prefieren aferrarse a sus ‘riquezas’, a todo aquello que les ofrece alguna humana seguridad, aunque sólo sea pasajera (ver Mc 10,21-22).

No es fácil escuchar la voz del Señor y menos decirle ‘sí’, pues ese ‘sí’ conlleva un cambio radical de los propios planes en la vida. Decirle al Señor «te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57) se asemeja a dar un salto al vacío. Implica renunciar a todo, ir contra corriente, afrontar a veces la incomprensión y oposición de los propios amigos, parientes y padres. ¡Cuántas vocaciones se pierden por la oposición de los padres que ven en la vocación a la vida sacerdotal o consagrada de uno de sus hijos no un signo de una singular predilección divina, sino un “desperdicio” o incluso una maldición para toda la familia! En una sociedad que se descristianiza cada vez más, quienes experimentan y quieren responder al llamado del Señor serán ciertamente incomprendidos y sometidos a duras pruebas.

Pero hay también de aquellos que escuchando y descubriendo el llamado del Señor, con valor y decisión, sobreponiéndose a todo temor, renunciando generosamente a sus propios planes, saben decirle “aquí me tienes, Señor, hágase en mí según tu palabra” (ver Is 6,8; Lc 1,38). Hoy hay también jóvenes audaces y heroicos que encontrando su fuerza en el Señor perseveran a pesar de múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades en el camino. Así como hay también padres generosos que abriéndose al llamado de alguno de sus hijos lo alientan y apoyan a ponerse a la escucha del Señor y responderle con generosidad. ¡También éstos recibirán del Señor el ciento por uno, por la inmensa generosidad, sacrificio y renuncia que implica entregar un hijo al Señor!

La vocación es un misterio, un asunto entre Dios y la persona llamada. Quienes creemos en Dios, creemos en este misterio: el Señor también hoy elige y llama a algunos a dejarlo todo para seguirlo muy de cerca invitándolos a participar de su intimidad, destinándolos desde toda la eternidad por un amor de predilección (ver Jer 31,3) para que vayan por el mundo entero anunciando el Evangelio y de ese modo den fruto y su fruto permanezca (ver Jn 15,16).

Rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en general, es una necesidad, y apoyarlas es un deber que experimenta todo católico coherente, todo aquel que verdaderamente escucha la voz del Pastor y lo sigue. ¡Este Domingo especialmente, pero también todos los días, recemos intensamente a Dios para que envíe más obreros a su mies (ver Mt 9,38) y también para que respondan todos aquellos que han sido llamados! Pero ciertamente no basta rezar por las vocaciones; en la medida que podamos, alentemos y apoyemos incondicionalmente a quienes están en el proceso de discernimiento vocacional o ya le han dicho “sí” al Señor.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «No debe extrañarnos que Él se llame a sí mismo puerta, porque se presenta a sí mismo también como pastor y como rebaño. Él se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre, y se llama pastor por ser el que nos guía.»

San Agustín: «¿Y quién es el que saca las ovejas sino Aquel que perdona los pecados, para que desembarazados de sus duras cadenas puedan seguirle? (…) ¿Y quién es el que va delante de las ovejas sino Aquel que resucitando de entre los muertos no muere ya más (Rom 6,9), y dijo al Padre (Jn 17,24): “Quiero que aquellos que tú me diste estén conmigo en donde yo estoy”?»

San Gregorio Magno: «Referente a sus ovejas, dice también: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Y un poco antes había dicho también acerca de ellas: El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno. Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquél que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida.»

San Agustín: «Entra por la puerta el que entra por Cristo, el que imita la pasión de Cristo, el que conoce la humildad de Cristo, que siendo Dios se ha hecho hombre por nosotros. Conozca el hombre que no es Dios, sino hombre, porque el que quiere parecer Dios siendo hombre, no imita a Aquel que siendo Dios se hizo hombre. Porque no se te ha dicho: seas algo menos de lo que eres; sino, reconoce lo que eres.»

San Cirilo de Alejandría: «El distintivo de la oveja de Cristo es su capacidad de escuchar, de obedecer, mientras que las ovejas extrañas se distinguen por su indocilidad. Comprendemos el verbo “escuchar” en el sentido de consentir a lo que se le ha dicho.»

San Cirilo de Alejandría: «“Mis ovejas me siguen”, dice Cristo. En efecto, por la gracia divina, los creyentes siguen los pasos de Cristo. No obedecen a los preceptos de la Ley antigua que no era más que figura, sino que siguen por la gracia los preceptos de Cristo. Llegarán a las cumbres, conforme a la vocación de hijos de Dios. Cuando Cristo sube al cielo, ellos le seguirán.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La Iglesia es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo

753: Los símbolos de la Iglesia: En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la revelación habla del Misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la del «Pueblo de Dios». En el Nuevo Testamento, todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser «la Cabeza» de este Pueblo, el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes «tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción, incluso de la familia y del matrimonio».

754: La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas».

Cristo es la puerta por la que accedemos al Padre

2609: Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que «busquemos» y que «llamemos» porque El es la puerta y el camino.

El bautismo es la puerta para entrar a la Iglesia, redil de Cristo.

1213: El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: «El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra».

Cristo es la puerta estrecha que lleva a la vida eterna

1036: Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 13-14)

«Fuera de la Iglesia no hay salvación»

846: ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:

El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. El, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Jesús, humanamente solitario, vive la experiencia de un inenarrable dolor y angustia. “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Es el Señor Jesús quien se entrega por nuestros pecados. Él ofrece su vida por nosotros en un acto de amor, de cumplimiento de la decisión, también de amor, por la que vino al mundo. “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10,11), dice, y así se revela mesiánicamente a la humanidad. A lo que añade: “El Buen Pastor da su vida por las ovejas”. Jesús se ofrece desde su inabarcable amor a dar su vida por nosotros. ¿Será el peso de nuestros pecados lo que suscita esa experiencia de un inenarrable dolor y angustia? ¿Será la conciencia de que, a pesar de tanto amor, el mal uso de la libertad de muchos los alejará de la donación que hace de sí por la humanidad? ¿Es un dolor de amor? ¿Será que lo consume el contenido profundo de la intensa expresión del Profeta: “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña que no lo haya hecho yo?” (Is 5,4)?»

«Es el Señor Jesús quien se entrega por nuestros pecados. Él ofrece su vida por nosotros en un acto de amor, de cumplimiento de la decisión, también de amor, por la que vino al mundo. “Yo soy el Buen Pastor”, dice, y así se revela mesiánicamente a la humanidad. A lo que añade: “El Buen Pastor da su vida por las ovejas”. Jesús se ofrece desde su inabarcable amor a dar su vida por nosotros».

«Dios llama. Vocación es propiamente llamado de Dios. Y Dios continúa llamando. Así que sí hay vocaciones. El problema no está en el amor de Dios que es fiel y perseverante. Está de parte nuestra, los seres humanos que nos mostramos ignorantes y por ello reticentes al llamado de Dios. No existe crisis de vocaciones. Si de crisis se debe hablar hay que llamarla claramente crisis de respuesta a la vocación. Las posibles razones de esta falta de respuesta son muchas y complejas, dependiendo además de los países. Por mencionar algunas habría que señalar al secularismo, al materialismo, a la superficialidad existencial, al egoísmo, a una presión social que arremete contra quien descubre tener vocación y desea responder. En fin son muchas las posibles causas.»

«El sacerdote, recorriendo el camino del Señor, prolongando su misión, ofrece su palabra a la Palabra de Dios, anunciando y dando testimonio del Evangelio. La invitación a la conversión, metanoia, y al Bautismo, la realiza prolongando la acción salvífica y las características de amor y donación del Buen Pastor, buscando siempre ir al encuentro de la oveja perdida, reflejando la reverencia y el cuidado por las características de cada persona, conociéndolas y dejando que la Palabra de Dios sea reconocida por las ovejas en la voz humana del sacerdote que aspira día a día a conformarse más y más con Cristo.

»Su anuncio no sólo busca llevar la Buena Noticia a los corazones, sino que al tiempo que los invita a ser evangelizados y reconciliados, los alienta, desde su experiencia y cercanía a Dios, a ser evangelizadores permanentemente evangelizados, reconciliadores permanentemente reconciliados, anunciando y dando testimonio con su propia vida de fiel sacerdote.»

«El Buen Pastor, que ama a sus ovejas, se conmueve ante la oveja herida y con amor y profunda reverencia la carga sobre sus hombros, y sana sus heridas. No es indiferente, su caridad solidaria lo lleva a cargar sobre sí las miserias, enfermedades y flaquezas humanas. Fruto del amor y de la misericordia hay un auténtico compromiso con la persona del otro. Éste llega a lo profundo del otro».

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