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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo II de Pascua. (Ciclo A) «Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros»
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Domingo II de Pascua. «Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 2,42-47: “Los creyentes vivían unidos y tenían todo en común”

«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones.

El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales.

Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno.

Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.»

Sal 117,2-4.13-15.22-24: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”

1Pe 1,3-9: “Dios por la resurrección de Jesucristo nos ha reengendrado a una esperanza viva”

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento.

Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas.»

Jn 20,19-31: “¡Señor mío y Dios mío!”

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros.

Como el Padre me envió,
también yo os envío”.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

“Recibid el Espíritu Santo.
A quienes perdonéis los pecados,
les quedan perdonados;
a quienes se los retengáis,
les quedan retenidos”.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús:

“Porque me has visto has creído.
Dichosos los que no han visto y han creído”.

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.»

II. APUNTES

El Evangelio de este Domingo habla de dos apariciones del Señor Resucitado, en ambos casos, estando sus discípulos reunidos en un cuarto a puertas cerradas. La primera es al atardecer de «aquel día», es decir, el mismo día en que el Señor había resucitado.

Según la tradición judía el shabbat es el séptimo y último día de la semana, en el que el pueblo recordaba el día en que Dios había descansado luego de la obra creadora, el día que por mandato divino debía ser santificado por el pueblo de Israel mediante el descanso (ver Ex 20,9-11). El día que seguía al sábado iniciaba una nueva semana y era considerado por tanto “el primer día de la semana”. Ése fue el día en que Cristo resucitó, el día que remite al día en que Dios iniciaba la obra de la creación (ver Gén 1,1-5), el día en que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas. El simbolismo y paralelismo permite comprender que en «aquel día», el día primero de la semana, Dios por la resurrección de su Hijo iniciaba una nueva creación. Cristo resucitado, vencedor de la muerte, es la luz del mundo, verdadero Sol de Justicia que disipa las tinieblas que el hombre por su pecado ha cernido sobre el mundo entero. Este es el día en que Dios todo lo hace nuevo (ver Is 43,19s).

La siguiente aparición del Señor resucitado a sus discípulos se producía en aquel mismo lugar en el que se encontraban reunidos los apóstoles (ver Jn 20,19.26), «ocho días después» (Jn 20,26). Esto quiere decir, según la costumbre judía de incluir el día presente al hacer el conteo de los días, exactamente una semana después. Por tanto, este “octavo día” coincide nuevamente con “el primer día de la semana”.

En cuanto a la primera aparición recuerda San Juan que «estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”» (Jn 20,19). La paz es un don divino para el ser humano que brota de la obra reconciliadora realizada por el Señor Jesús en el Altar de la Cruz (ver 2Cor 5,19). Por su Pasión, Muerte y Resurrección, Cristo ha reconciliado al hombre con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación entera. Esta reconciliación pasa por el perdón de los pecados, causa justamente de la cuádruple ruptura, que Cristo ha venido a reconciliar.

Por su Cruz, el Señor Jesús ha obtenido para el ser humano el perdón de los pecados y soplando sobre sus apóstoles el Espíritu Santo les transmitió el poder de perdonar los pecados en su Nombre, haciéndolos ministros del don de la reconciliación: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,23). Es así como «en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1441; ver también n. 1442). Aquí encontramos el fundamento del Sacramento de la Reconciliación, el perdón de los pecados que el penitente obtiene mediante la confesión de los pecados hecha ante un sacerdote, ministro del Señor. Por ello ningún católico, salvo que quiera ir en contra de la voluntad de Cristo mismo, puede rechazar este sacramento argumentando: “yo me confieso directamente con Dios”.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¡No puede haber Domingo sin Misa!

Las apariciones del Señor en medio de la “ekklesia” o “asamblea” de discípulos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 751) marcan el inicio de la tradición de reunirnos los cristianos “el primer día de la semana”, todas las semanas, para celebrar la Santa Misa, en la que el Señor, mediante la consagración del pan y del vino que realiza el sacerdote in persona Christi, se hace verdadera y realmente presente en su Cuerpo y en su Sangre (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1374-1377). Por esto muy pronto se designó este día como el Día del Señor, en latín “Dies Domini” o “Dominica dies”, de donde proviene nuestra voz “Domingo”.

De allí que para el verdadero discípulo de Cristo no puede haber Domingo sin Misa. ¿Cómo puede llamarse y ser cristiano, cristiana, quien no acude gozoso a este encuentro dominical con su Señor, muerto y resucitado, que también en el hoy de nuestro peregrinar se hace verdaderamente presente en medio de sus discípulos, reunidos en la Iglesia? Los cincuenta cristianos mártires de Abitinia son un hermoso testimonio de esa comprensión, pues prefirieron arrostrar la muerte antes que dejar de ir a Misa el Domingo aduciendo ante sus jueces: “Nosotros no podemos vivir sin la Cena del Señor”.

De allí que el Papa Juan Pablo II, de amada memoria, exhortara vivamente a todos los creyentes diciendo: «Quisiera insistir... para que la participación de la Eucaristía sea, para cada bautizado, el centro del Domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente... El deber de la participación eucarística cada Domingo es uno de los aspectos específicos de la identidad cristiana» (Tertio millennio ineunte, 36). Cada Domingo el Señor muerto y resucitado convoca a sus discípulos en torno a sí, los reúne, los congrega, les enseña, los nutre con su propio Cuerpo y Sangre, los fortalece para que como Él puedan vivir entre sí la caridad, para que puedan dar testimonio de Él al mundo entero, para que puedan ser apóstoles de la reconciliación predicando el Evangelio y curando los corazones destrozados con la fuerza sanante que brota del Resucitado (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2180-2188).

Por todo ello, «el Domingo es el día de la fe por excelencia, día en que los creyentes, contemplando el rostro del Resucitado, están llamados a repetirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28), y a revivir en la Eucaristía la experiencia de los Apóstoles, cuando el Señor se presentó en el cenáculo y les comunicó su Espíritu» (S. S. Juan Pablo II).

«¡La paz esté con ustedes!»

¿Cuántos se ven afligidos día a día por experiencias de vacío, de soledad, de tristeza e infelicidad, de dolor y sufrimiento ya sea físico, sicológico o espiritual, de amarguras y resentimientos, de impaciencias, de incomprensiones y pleitos? ¿Cuántos experimentan conflictos interiores que devienen en tantas ansiedades, miedos, temores? ¿Cuántos al experimentar la falta de armonía interior anhelan intensamente la paz?

Muchos, al no saber donde encontrar esa paz del corazón que consigo trae la alegría y el gozo profundo, no hacen sino recorrer desquiciadamente los caminos de la evasión. La diversión superficial, la alegría efímera, las borracheras, el gozo o el placer de momento, parecen hacer olvidar la a veces insoportable carga de angustia y dolor que oprime el corazón. Tales “soluciones” o salidas no traen sino una falsa paz. ¿Cuántos lloran en secreto, mientras externamente fuerzan la sonrisa y la alegría, queriendo olvidar y esconder su propia carga de sufrimiento y angustia porque no saben qué hacer con ella? El remedio que ofrece la cultura de muerte termina siendo peor que la enfermedad, y aquello que parece llenar un vacío y traer el consuelo a un corazón roto y dividido interiormente, al pasar el efecto paliativo no trae sino una mayor carga de frustración, de angustia, una mayor sensación de vacío, soledad y sinsentido en la vida. Atrapados en esa espiral destructora, sin saber dónde o sin querer buscar la fuente de la verdadera paz, no hacen sino consumir “dosis” cada vez más elevadas de la misma “droga”.

Otros tantos se lanzan a la búsqueda de la paz y armonía interior siguiendo llamativas y “novedosas” doctrinas, terapias, filosofías, prácticas, religiones orientales o pseudo-religiones, etc. Cada uno es libre de tomar el camino que quiera, pero lo triste es que muchos católicos, al escuchar a los maestros y gurús de moda, explícita o implícitamente han dejado de escuchar a Cristo y las enseñanzas que Él confió a Su Iglesia. ¡Qué actuales son estas palabras, dirigidas por Dios a su pueblo por medio del profeta: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2,13)!

Para encontrar el remedio adecuado es necesario un buen diagnóstico. ¿De dónde viene la falta de armonía y paz interior que experimenta el ser humano? ¿Por qué yo mismo me experimento tantas veces roto y dividido interiormente? La revelación sale a nuestro encuentro: la falta de armonía y paz interior tiene su origen en el pecado, en la rebeldía del hombre frente a Dios y sus amorosos designios. Al romper con Dios el ser humano se quiebra interiormente y cae en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompe la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. El pecado, lejos de llevar al ser humano a su plenitud y a la gloria divina —como sugiere el demonio, enemigo de Dios y del hombre (ver Gén 3,5)— se vuelve contra él mismo, lo hiere y lo va corroyendo, le arrebata la paz y armonía interior y lo hunde en el abismo de la muerte.

¿Cuál es el remedio? ¿Dónde encontramos la verdadera y profunda paz que anhelan nuestros inquietos corazones? En Cristo, recuerda San Pablo, «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2Cor 5,19). Porque Dios nos ama, nos ha enviado a su propio Hijo para que en Él encontremos la paz que tanto necesitamos: «¡Él es nuestra paz!» (Ef 2,14). Él, cargando sobre sí nuestros pecados, reconciliándonos con el Padre en la Cruz, nos abre el camino a una profunda reconciliación y armonía con nosotros mismos, con todos los hermanos humanos y con toda la creación.

«¡La paz sea con vosotros!», nos dice el Señor también a nosotros, invitándonos a acoger el don de la paz y reconciliación que Él nos ha obtenido por su pasión, muerte y resurrección, invitándonos a acogerlo a Él mismo en nuestras vidas: «¡Él es nuestra paz!»

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Cipriano: «El Espíritu Santo nos hace esta advertencia: “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 33,12). El hijo de la paz tiene que buscar y perseguir la paz, aquel que ama y conoce el vínculo de la caridad tiene que guardar su lengua del mal de la discordia. Entre sus prescripciones divinas y sus mandamientos de salvación, el Señor, la víspera de su pasión, añadió lo siguiente: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). Esta es la herencia que nos ha legado: todos sus dones, todas sus recompensas que nos ha prometido tienden a la conservación de la paz que nos promete. Si somos los herederos de Cristo, permanezcamos en la paz de Cristo. Si somos hijos de Dios tenemos que ser pacíficos: “Dichosos los pacíficos, se llamarán hijos de Dios” (Mt 5,9). Los hijos de Dios son pacíficos, humildes de corazón, sencillos en sus palabras, de acuerdo entre sí por el afecto sincero, unidos fielmente por los lazos de la unanimidad.»

San Gregorio Magno: «Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?

»Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.

»Palpó y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto?” Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo y que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.

»Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta.»

San Agustín: «Aquí vemos dos cosas: por una parte las obras divinas y por otra, un hombre. Si las obras divinas no pueden ser realizadas sino por Dios, ¡presta atención y mira si acaso Dios se esconde en este hombre! Sí, ¡estate atento a lo que ves y cree lo que no ves! Aquel que te ha llamado a creer no te ha abandonado a tu suerte; incluso si te pide creer lo que no ves, no te ha dejado sin ver algo que te ayuda a creer lo que no ves. La misma creación ¿no es un signo débil, una manifestación débil de creador? Además, aquí lo tienes haciendo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre, pues Dios se hizo hombre para que sea una sola cosa aquello que tú ves y que tú crees.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Las apariciones del Resucitado

641: María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).

642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» (ver Hech 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (ver 1 Cor 15, 4-8).

643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por El de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).

644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (ver Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (ver Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (ver Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15.36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (ver Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (ver Jn 20, 14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (ver Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«En el Señor Jesús encontramos restablecida nuestra relación de amistad con nuestro Creador, abierta la puerta de la comunión en el amor -con Dios, con uno mismo y con los hermanos- en una nueva dimensión. El Amor, el servicio y la obediencia al Plan de Dios que el Señor Jesús nos muestra con el testimonio de su persona y de su obra, nos señalan el camino de la reconciliación, de la superación de las rupturas. El amor se convierte en el dinamismo central de la vida humana, y no cualquier amor, sino aquel que se manifiesta en el Verbo Encarnado. El Señor Jesús se pone a sí mismo como Modelo de Amor y nos invita a ‘amarnos como Él nos ha amado’ (ver Jn 15,12). Y el límite del amor de Cristo es amar sin límite. La única revolución que toca lo profundo del ser humano, la única auténtica revolución, es la cristiana, y ella es: la revolución del amor.

»Pero, ¿qué decir de las duras, dolorosas rupturas que en nuestro tiempo, en nuestra vida y en la de los hermanos encontramos por doquier? ¿Es que el Señor no nos ha reconciliado? ¿Es que su Reino no está entre nosotros?

»Con estas preguntas entramos de lleno en el misterio de la historia de la salvación; se trata de una realidad que no podemos abarcar completamente, que, sin ser oscuridad absoluta, no se puede aprehender totalmente, ni puede ser agotada por la razón. No es que sea un absurdo, sino que va más allá de la razón; está por encima de la razón. La razón del ser humano se acerca, la toca, la conoce algo, pero no la abarca totalmente y mucho menos la domina.

»Y con esto en la mente, debemos decir enfáticamente: ¡Claro que el Señor Jesús nos ha reconciliado de una vez para siempre! ¡Claro que el Reino de Dios está entre nosotros! Pero... ¿acaso no pedimos en la oración del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu Reino”? Y es que el tiempo se ha iniciado, pero no ha concluido. La venida del Señor ha iniciado un dinamismo en el que las realidades humanas son transformadas. Las insuficiencias y contradicciones del ser humano, la conflictualidad que genera su camino alejado de Dios, tienen la virtud de transformarse por la eficacia de la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesús. Tienen la virtud de transformarse por la eficacia del Amor. ¡La Victoria ha sido alcanzada!

»En el ámbito personal, la clave es que la reconciliación liberadora no opera si cada uno de nosotros no colabora. Dios respeta tanto al ser humano que no ha de salvarlo si él no lo quiere. El obstáculo está, pues, en cada uno de nosotros, en el corazón. Es ahí donde se produce la tensión entre Dios que llama y el hombre que se hace el desentendido».

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