Soporte
Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo de Resurrección (Ciclo A). «¡ALELUYA! ¡Ha resucitado el Señor!»
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Domingo de Resurrección (Ciclo A). «¡ALELUYA! ¡Ha resucitado el Señor!»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 10, 34a. 37-43: “Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano”

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: “Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo Él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con Él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que Él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en Él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados”.»

Sal 117, 1-2.16ab-17.22-23: “Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”

Col 3, 1-4: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba”

«Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con Él.»

Jn 20, 1-9: “Entró en el sepulcro; vio y creyó”

«El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.»

II. APUNTES

La tumba en la que había sido colocado el cuerpo inerte del Señor, una cueva excavada en la roca (Lc 23,53), había sido sellada con una gran piedra en forma de rueda (ver Mc 15,46), imposible de mover para un grupo de mujeres (ver Mc 16,3).

Los miembros del Sanedrín habían pedido a Pilato una guardia temiendo que los discípulos del Señor hiciesen desaparecer el cuerpo en la noche para luego decir que había resucitado, según lo anunciado por el Señor (ver Mt 27,64). Mas parece ser que los soldados no se tomaron muy en serio aquella amenaza así que la madrugada del primer día de la semana los encontró profundamente dormidos. De pronto un fuerte temblor los despertó. Presas de espanto, quedaron paralizados y como muertos (Mt 28,4) al ver movida la piedra que sellaba la tumba y un ser resplandeciente sentado sobre ella.

En aquel mismo momento llegaban algunas mujeres con ungüentos y aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús según la costumbre judía (ver Mc 16,1). No habían podido hacerlo antes de colocarlo en el sepulcro, porque ya estaba encima el sábado cuando descendieron a Jesús de la Cruz. Tengamos en cuenta que según la costumbre judía un nuevo día empezaba no a medianoche, o al amanecer, sino al anochecer, cuando era necesario encender luces. Por tanto, el sábado empezaba al anochecer del viernes, y una vez encendidas las lámparas había que guardar absoluto reposo (ver Lc 23,54-56).

Los cuatro evangelistas sitúan el hallazgo de la tumba vacía en las primeras horas de lo que para los judíos era “el primer día de la semana”, día que desde los tiempos apostólicos vino a llamarse en latín “Dies Domini” y que traducido significa “Día del Señor”. He allí la raíz de nuestra palabra “Domingo”, que es a la vez el primero y el “octavo” día de la semana. El Domingo, el Dies Domini, es el día del triunfo del Señor, día en que el Señor resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, día en el que Él hizo todo nuevo, día por tanto consagrado al Señor.

Al ver la piedra movida y el sepulcro vacío, María Magdalena echó a correr para avisar a Pedro y Juan. Les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn 20,2). También ellos echaron a correr en dirección al sepulcro, llegando Juan primero. Él «se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró» (Jn 20,5). Espera que llegue Pedro y entre él primero, una señal de respeto que habla de la primacía que Pedro tenía entre los apóstoles y discípulos. Al entrar Pedro en el sepulcro y tras él Juan, se produce la iluminación y el acto de fe en el discípulo amado: «vio y creyó» (Jn 20,8). ¿Qué creyó Juan? Lo que hasta entonces no habían logrado comprender, aunque el Señor se los había anunciado claramente en repetidas oportunidades: que «según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9). Este acto de fe será confirmado posteriormente por el anuncio del ángel a las mujeres y por las mismas apariciones del Señor resucitado a sus discípulos.

En la lista de las mujeres que presentan los evangelistas, a cuya cabeza está María Magdalena, llama la atención una ausencia: no se encuentra María, la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba ella presente? ¿No era ella quien más amaba a su Hijo? Por ese amor tan grande que le tenía, ¿no debía ser ella también la primera en ir a ver a su Hijo, para prodigarle este último cuidado, el de embalsamar el cuerpo de su amado Hijo? La explicación hay que buscarla en el reproche que el ángel dirige a las mujeres que van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5). La Virgen no busca entre los muertos a quien sabe que está vivo. A diferencia de los apóstoles y discípulos, Ella sí le creyó a su Hijo cuando anunció que resucitaría. Luego de la muerte del Señor, María es la única que mantiene viva la llama de la fe y se mantiene en espera, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección. Por ello la ausencia de la Madre de Cristo en el lugar de su resurrección es una magnífica proclamación de su fe y confianza total en palabras de su Hijo.

Por otro lado, aún cuando los evangelistas no hablan de esto, ¿no habría de aparecerse el Señor resucitado en primer lugar a su Madre? ¿No habría querido reservarle este privilegio y enorme alegría a Ella, que tanto había sufrido con Él al pie de la Cruz? La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro podría constituir también un indicio del hecho de que ella ya se había encontrado con Jesús. Esta era la convicción del recordado Papa Juan Pablo II, cuya enseñanza aún resuena en nuestros oídos y corazones: «Ella, ciertamente, fue la primera en recibir la gran noticia. Ella fue la primera en recibir el anuncio del ángel de la Encarnación, y ella también fue la primera en recibir el anuncio de la Resurrección. La Sagrada Escritura no habla de esto, pero se trata de una convicción basada en el hecho de que María era la Madre de Cristo, madre fiel, madre predilecta, y que Cristo era el hijo fiel a su madre».

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!

¡Y resucitó POR MÍ, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!

Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp 2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6). ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!

Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias? ¿Es posible ser santo, ser santa? ¿Puedo yo? ¿De verdad es posible para mí llegar el momento en que pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?

Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible! Y no porque sea posible para nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27)! Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo nuestro podría fructificar si Dios no nos diera la fuerza, su Gracia. La potencia divina manifestada en la resurrección del Señor es para nosotros garantía de que podemos contar con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y colaboramos humildemente desde nuestra pequeñez, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.

Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16). ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día! ¡Resucita tú con Él! ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y corazón! ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias! ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!

Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Gregorio Magno: «Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”. Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro. Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.»

San Agustín: «Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.»

San Gregorio Magno: «Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.»

San Agustín: «Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

652: La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653: La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros... al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hech 13, 32-33). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654: Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655: Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Cor 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Heb 6, 5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5, 15).

Se pueden ver también los números: 647-651.

El Domingo, día del Señor

1166: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o Domingo» (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo» del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor», el «día que no conoce ocaso» (Liturgia bizantina). El «banquete del Señor» es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (ver Jn 21, 12; Lc 24, 30):

El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch).

1167: El Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC 106):

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del Domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del Domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación... la salvación del mundo... la renovación del género humano... en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del Domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1.ª parte del verano, p. 193 b).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

¡Resucitó! ¡Aleluya!

¿Quién apartará la piedra? Era la pregunta que se hacían las piadosas mujeres que se dirigían al sepulcro de Jesús. La tarde anterior no habían podido aplicar aromas y ungüentos al cuerpo yaciente del Crucificado. Habían visto rodar la gran piedra que cubría la entrada. Les preocupaba no tener la fuerza para abrir la tumba.

De pronto, a la vista del sepulcro quedaron atónitas. ¡La piedra estaba corrida! El desconcierto se juntó con el miedo. ¿Qué había ocurrido? No llegaban a entender. Su fe no era como la de María, la Madre de Jesús. Ella estaba a la espera, guardaba las palabras de su Hijo en el Corazón. Las mujeres galileas, desconsoladas, sólo pensaban en la muerte del Maestro.

Los Evangelios nos ofrecen un cuadro precioso de lo ocurrido aquel Dies Domini, el primer domingo. No es posible presentar en pocas líneas todos los ricos elementos que llaman a la mente y al corazón a orar con maravilla y gratitud. El conjunto de los trazos que relatan la resurrección de Jesús es de una profundidad tal que no han cesado de atraer la admiración a lo largo de los siglos. Cada nota singular, la perspectiva de cada relato evangélico va iluminando desde diverso ángulo el acontecimiento central: la Resurrección de Jesús, el Señor.

La tumba estaba vacía. Testigo silencioso que no lograba hacer inteligible su mensaje. ¿Dónde lo habrán llevado quienes lo hicieron crucificar? La respuesta viene rápida y refulgente, sobrecogiendo a las mujeres. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha Resucitado”. Corrieron gozosas a contar la noticia a los Once. Pero ellos lo tomaron como un delirio. Pedro y Juan corrieron hasta el sepulcro. Y al ingresar lo vieron vacío, salvo por los lienzos y el sudario. Así el Evangelista dice que “vio y creyó”. ¡Ha Resucitado!

Son palabras que relacionan el acontecimiento y la fe. Los Evangelios relatan pinceladas de la historia de Jesús. Muestran lo suficiente para avivar la fe, para alentar a recorrer el camino hacia la santidad. Pero no son biografías al estilo moderno. Tampoco pretenden satisfacer curiosidades. No es ése su objetivo. Por inspiración del Espíritu los autores humanos pusieron por escrito lo que Dios quería. La Iglesia afirma la historicidad de los Evangelios, como enseña claramente el Concilio. Los evangelistas transmitieron datos verídicos sobre el Señor Jesús. La Iglesia recoge en el depósito de la fe la revelación de Dios para el ser humano, en especial la luz de la resurrección.

Se trata de resurrección, no de una revivificación. Es importante, hoy que hay tanta confusión, leer lo que dice San Pablo: “En la resurrección de los muertos... se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual”. La gloriosa resurrección del Señor Jesús es la primicia de toda resurrección.

No se dice cómo ocurrió. Sí que el Señor resucitado se apareció varias veces y a muchas personas. Desde María, las mujeres, pasando por los apóstoles, Tomás, el que dudaba, y los discípulos de Emaús. El Resucitado irrumpe victorioso en la historia de la humanidad. Ese conjunto de acontecimientos que desde la anunciación-encarnación, la vida, pasión y muerte del Señor conducen al movimiento ascensional de su resurrección y ascensión forma una unidad que el creyente en su encuentro con Jesús no cesa de contemplar admirado.

La convicción de que con el impulso de la gracia el cristiano recorrerá los nuevos senderos transforma el sentido de su vida y lo mueve al anuncio de la Buena Nueva de la Resurrección del Señor Jesús. Desde ese acontecimiento decisivo en la historia mira hacia el siglo como un tiempo propicio para dar gloria a Dios, laborar en la evangelización, enarbolar la esperanza, y colaborar en la construcción de una sociedad más justa, solidaria, fraterna y reconciliada: la Civilización del Amor.

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico