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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo V de Cuaresma (Ciclo A). «Yo soy la resurrección y la vida»
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Domingo V de Cuaresma. «Yo soy la resurrección y la vida»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ez 37,12-14: “Os infundiré mi espíritu y viviréis”

«Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo haga, oráculo de Yahveh.»

Sal 129.1-4.6-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”

Rom 8,8-11: “El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros”

«Los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.»

Jn 11,1-45: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá”

«Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo”. Al oírlo Jesús, dijo: “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: “Volvamos de nuevo a Judea”. Le dicen los discípulos: “Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?” Jesús respondió:

“¿No son doce las horas del día?
Si uno anda de día, no tropieza,
porque ve la luz de este mundo;
pero si uno anda de noche, tropieza,
porque no está la luz en él”.

Dijo esto y añadió: “Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle”. Le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, se curará”. Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él”. Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.

Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Le dice Jesús: “Tu hermano resucitará”. Le respondió Marta: “Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día”. Jesús le respondió:

“Yo soy la resurrección y la vida:
el que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí,
no morirá jamás.
¿Crees esto?”

Le dice ella: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”.

Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: “El Maestro está ahí y te llama”. Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.

Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: “¿Dónde lo habéis puesto?” Le responden: “Señor, ven y lo verás”. Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: “Mirad cómo le quería”. Pero algunos de ellos dijeron: “Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?” Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: “Quitad la piedra”. Le responde Marta, la hermana del muerto: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. Le dice Jesús: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?” Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo:

“Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
Ya sabía yo que tú siempre me escuchas;
pero lo he dicho por estos que me rodean,
para que crean que tú me has enviado”.

Dicho esto, gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!” Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: “Desatadlo y dejadle andar”. Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.»

II. APUNTES

«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5), dice San Juan. El término griego que se traduce como amor es ágape, y en el léxico del nuevo Testamento esta voz expresaba un amor de benevolencia, amor cuya fuente es Dios. Dios mismo es ágape, dice San Juan (1Jn 4,8.16), y con ese amor ama a los seres humanos, a quienes ha hecho capaces de amar con el amor con que Dios ama, invitándolos a participar libremente de ese dinamismo de amor que produce la profunda comunión entre las distintas personas. Cristo, el Hijo del Padre, de la misma naturaleza que el Padre, ama con ese mismo amor a todos los seres humanos, un amor que le lleva a entregarse a sí mismo por todos. Sin embargo, al decir que el Señor amaba a los hermanos de Betania, parece ser que este amor expresa una singular amistad y afecto hacia ellos. De allí que las hermanas manden decirle: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.» Lo que acá se traduce por “querer” procede del griego fileo, que denota en efecto un sentimiento de afecto que es propio de la amistad.

Las hermanas consideran que el afecto que el Señor le tiene a Lázaro es una razón suficientemente poderosa para que acuda inmediatamente en su auxilio. Sin embargo, ni la gravedad de la enfermedad –de la que sin duda dieron cuenta quienes llevaban el mensaje al Señor–, ni el amor y afecto que le tiene al amigo serán criterio de acción para el Señor Jesús, sino que por encima de eso está la firme decisión de dar gloria a Dios llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado (ver Jn 4,34). Por ello el Señor en vez de partir de inmediato a socorrer al amigo posterga su partida, quedándose dos días más en el lugar en el que se hallaba. Tampoco a las hermanas, a las que sin duda también quería con afecto entrañable, les ahorrará el sufrimiento de ver morir a su hermano. El Señor se toma su tiempo porque en los Planes de Dios la muerte y revivificación1 de Lázaro debía servir «para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Por el milagro que Él iba a realizar muchos darían gloria a Dios, pero también sería glorificado Él mismo en el sentido de que ese milagro llevaría finalmente a los fariseos y sumos sacerdotes a tomar la decisión de darle muerte (ver Jn 11,47-53). Al hablar de su propia glorificación el Señor se refería pues a su exaltación en la Cruz (ver Jn 12,23; 13,31).

¿Pero por qué esperar dos días más antes de partir, más aún si consideramos que a la hora de recibir el mensaje Lázaro ya debía estar muerto? Ciertamente para cuando los mensajeros salieron en busca de Jesús Lázaro aún vivía. No sabemos cuánto tiempo les habrá tomado hallarlo, pero sí podemos calcular en un día el tiempo que demoraría Jesús en llegar de Transjordania —allí se había dirigido luego de que en Jerusalén habían intentado prenderle para apedrearlo por hacerse a sí mismo igual a Dios (ver Jn 10,33)— a Betania, pequeña ciudad ubicada a poco menos de 3 kilómetros de Jerusalén. ¿No sabría el Señor que Lázaro ya había muerto? Aún así, el Señor Jesús decide esperar dos días más, de modo que al llegar a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. La costumbre judía era, de ordinario, sepultar a los difuntos el mismo día de su deceso. Luego de ungirlo con especies aromáticas, al difunto se le colocaba un sudario en el rostro y luego el cuerpo era envuelto en una sábana mortuoria. Hacía ya cuatro días que el cuerpo inerte de Lázaro había sido colocado en una cueva que hacía de sepulcro, cuya entrada había sido sellada con una gran piedra.

El hecho de que Jesús haya esperado hasta el cuarto día de su muerte tiene en cuenta la convicción judía de que el espíritu de una persona fallecida permanecía cerca del cuerpo por tres días. Pasado ese tiempo el alma se apartaba definitivamente haciendo imposible que incluso un gran profeta pudiese devolverlo a la vida. Hacer que Lázaro volviese a la vida cuando ya su cuerpo había entrado en un estado de descomposición sería un signo irrefutable de que Él era mucho más que un profeta. En efecto, conviene tener en cuenta que ya siglos antes tanto el profeta Elías como el profeta Eliseo habían realizado signos semejantes (ver 1Re 17,17-23; 2Re 4,32-35). En la mente de los judíos un gran profeta podía realizar semejantes milagros. También el Señor Jesús en su vida pública había realizado ya estos signos (ver Mc 5,39-42; Lc 7,12-17), por lo que se decía de Él: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros» (Lc 7,16).

¿Pero era Jesús tan sólo un gran profeta, enviado por Dios? Al devolver a la vida a Lázaro el Señor quiso dar un signo absolutamente inequívoco, evidente e irrefutable, de que Él era más que un gran profeta, de que Él era el Señor de la Vida y como tal tiene poder sobre la muerte. El dato de los cuatro días marca la gran diferencia entre el milagro que el Señor se dispone a hacer y todos los anteriores de los que se tenía noticia. Sólo Dios, quien ha creado todo de la nada, es capaz de hacer salir a los muertos de sus tumbas (1a. lectura; ver Catecismo de la Iglesia Católica, 298; Rom 4,17). Y el milagro que el Señor Jesús realiza quiere confirmar lo que afirma: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.» De este modo el Señor vincula explícitamente la resurrección futura a la fe en Él (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 994), dando a entender que Él es la fuente de la vida presente y futura, que Él tiene el poder para devolver la vida a quien la ha perdido, que Él tiene el poder de resucitar a una vida nueva y transfigurada a todo aquél que acude a Él con fe, desde su libertad.

En otra ocasión Él había enseñado: «Como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere» (Jn 5,21). Y si puede dar la vida a los que quiere, es porque el Padre, que tiene la vida en sí mismo, «le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo» (Jn 5,26). En aquella ocasión, recuerda el evangelista, los judíos querían apedrearlo porque Jesús, al llamar a Dios su propio Padre, se hacía igual a Él (ver Jn 5,18). Asimismo, al decir «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30) se hacía Dios a sí mismo (ver Jn 10,33). Jesucristo, en cuanto Dios, es Señor de la vida, es la resurrección para todo aquél que crea en Él.

«¿Crees esto?», le pregunta el Señor a Marta luego de hacer tan tremenda afirmación, invitándola a creer en Él y en su palabra. La fe en Cristo como aquel que es para todos los seres humanos la resurrección y la vida debe entenderse no solamente como una fe “de la boca para afuera” (ver Mt 7,21) sino como una adhesión total de la persona —de mente, de corazón y de acción— al Señor y a sus enseñanzas.

«¡Sal fuera!» De este modo Lázaro es liberado por el Señor de los lazos de la muerte. La tumba no puede retener a quien la muerte había engullido. La voz del Señor es poderosa, su palabra recrea lo que la muerte descompone y disuelve. Nada resiste al mandato del Señor y es así que Él devuelve la vida a quien cree en Él.

Lo tremendamente paradójico es que ante este signo tan evidente e inequívoco de que Jesucristo es el enviado el Padre (Jn 11,42) los sumos sacerdotes y los fariseos cierren al testimonio de los testigos y a la evidencia palmaria, para reunidos en inicuo consejo decidir darle muerte no sólo a Él (Jn 11,53) sino también a Lázaro dado que «a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.» (Jn 12,11) En el momento en que la Luz brilla con su máximo esplendor las tinieblas se hacen más espesas en las mentes y corazones de aquellos que aferrándose a sus prejuicios y llenos de soberbia se niegan a creer en el Señor. Ellos no tienen más recurso que quitarlo de en medio y quitar de en medio a todo aquél que con su testimonio lleve a otros a creer en Jesús. Ha llegado la hora de las tinieblas.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El intenso dolor y sufrimiento que experimentan Marta y María por la muerte de su querido hermano Lázaro no nos es ajeno. ¿Quién no ha visto o también experimentado en carne propia el profundo e intenso dolor que produce la muerte de un ser querido? Y sabemos bien que mientras más se ama a la persona, más intensamente se sufre por la física separación ocasionada por la muerte. Por eso decían también los judíos al ver llorar a Jesús al acercarse a la tumba de Lázaro: «¡miren como lo quería!» (Jn 11,36)

El dolor y el drama que viven aquellos que ven morir a los suyos, ya sea por un inesperado accidente, por un cáncer o alguna otra enfermedad, por la guerra, por el hambre o por cualquier otra razón, es una experiencia brutal y desoladora. El sufrimiento llega a tanto que pareciera que “una espada atraviesa el propio corazón”. ¡Y cuántos en medio de su desolación y llanto incontenible alzan su voz a Dios para reprocharle de modo semejante a como lo hicieron Marta y María: “¿Por qué, Señor, no estabas con nosotros cuando más te necesitábamos? ¿Por qué no lo salvaste? ¿Por qué te lo llevaste? ¿Por qué permitiste que muriera? ¿Por qué no escuchaste nuestra súplica angustiada? ¿Por qué nos escondiste tu rostro (ver Sal 43,23-25)?”

No pocas veces se despierta incluso la rebeldía en nuestros corazones, rebeldía que a veces puede llegar incluso a renegar de Dios, a desconfiar de su amor, a perder la fe y a cerrarse totalmente a Él: “¡Si existieras, si fueras un Dios de misericordia, me habrías escuchado, habría actuado! ¡Dios no existe!” ¡Cuántos “castigando” a Dios con su rebeldía, endureciendo el corazón y apartándose de Él terminan hundiéndose en la más espesa amargura y soledad!

El milagro que el Señor realizó con Lázaro sale hoy a nuestro encuentro y es un signo esperanzador para cada uno de nosotros y para toda la humanidad: Cristo nos asegura que Él es la resurrección y la vida de los hombres, y que por tanto la muerte no tendrá la última palabra sobre nosotros o sobre nuestros seres queridos. Al revivificar a Lázaro demuestra que Él es el Señor de la Vida, que Él tiene el poder de devolver la vida a quien la ha perdido al apartarse de Dios, quien es la fuente de nuestra vida y amor. Su voz es potente, su palabra es eficaz, es creadora y también es revivificadota. Y Él, que devolvió la vida a Lázaro, Él que resucitó de entre los muertos rompiendo las ataduras del pecado y de la muerte, garantiza que resucitará de entre los muertos con un cuerpo glorioso como el suyo a quien crea en Él: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás». Ésta es su promesa, promesa de resurrección y de vida eterna.

También el Señor nos pregunta a cada uno de nosotros en el hoy de nuestra historia: «¿Crees esto?» (Jn 11,26) Si decimos que creemos, vivamos de acuerdo a lo que creemos. Pues «¿de qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras?» (Stgo 2,14) ¡Que nuestra fe se muestre a través de nuestras obras! Porque «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Stgo 2,17).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «Porque la misma muerte no era para la muerte, sino para hacer un milagro, mediante el cual los hombres creerían en Cristo y evitarían la verdadera muerte. Por eso el Señor añade: “Sino para gloria de Dios”, en donde indirectamente el Señor se llama a sí mismo Dios, contra los herejes que dicen que el Hijo de Dios no es Dios. Escucha las palabras que siguen, y que se refieren a la gloria de este Dios: “Para que sea glorificado el Hijo de Dios por ella”, esto es, por la enfermedad».

San Agustín: «Dijo que dormía y era verdad, porque dormía para el Señor y sólo estaba muerto para los hombres, que no podían resucitarlo. Pero el Señor lo resucitaba del sepulcro con tanta facilidad como tú no tienes cuando despiertas a un hombre que duerme. Luego en virtud de su poder dijo que dormía, conforme a lo que dijo el Apóstol (1Tes 4,12): “No quiero que ignoréis respecto a los que duermen”. Los llamó dormidos porque predijo que habían de resucitar».

San Juan Crisóstomo: «Esta mujer había oído hablar a Cristo muchas cosas acerca de su resurrección. Pero el Señor manifiesta aún más su autoridad con estas palabras: “Yo soy la resurrección y la vida”, enseñando que no tiene necesidad de la ayuda de nadie, pues si la tuviere, ¿cómo había de ser la resurrección? Si Él mismo es la vida, no se circunscribe a un lugar determinado. Existiendo en todas partes, puede sanar en todos los lugares».

San Agustín: «Dice, pues: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”. Porque la vida del alma es la fe. “Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás”».

San Juan Crisóstomo: «No dijo: Resucita tú, sino, ven fuera, como hablándole a un vivo, a aquel que hacía poco había muerto. Y por eso no dijo: en el nombre del Padre, ven fuera; o: Padre resucítalo; sino que uniendo todas estas cosas y después de haber orado, hace brillar su poder por el acto mismo; porque ésta es la señal de su sabiduría: mostrar su poder por medio de sus acciones y su condescendencia por medio de sus palabras».

San Agustín: «Todo el que peca, muere; pero Dios, por su misericordia infinita, resucita las almas a fin de que no mueran por toda la eternidad. Así, pues, nosotros creemos que en los tres muertos que el Salvador resucitó en sus cuerpos, se nos da a entender algo relativo a la resurrección de las almas».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Diferencia entre la resurrección de Cristo y las revivificaciones realizadas por Él

646: La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que Él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena «ordinaria». En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial»

Cristo resucitó

640: «¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. «El discípulo que Jesús amaba» (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir «las vendas en el suelo» (Jn 20, 6), «vio y creyó» (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro.

La revivificación de Lázaro, signo de la futura resurrección

994: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en El y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del «signo de Jonás» (Mt 12, 39), del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Dios es Amor, y estamos invitados a comulgar en ese Amor, como lo estuvo María. Ella nos guía a ese encuentro, a descubrir el dinamismo fundamental que se va a plasmar en las múltiples relaciones del Señor Jesús, los amores de Jesús. La reverencia con que el Señor trata a los demás es, creo, fundamental para la comprensión de las relaciones del hombre nuevo del Evangelio. En las palabras y dichos de Jesús, que son muchos, vemos el compromiso con la persona concreta que sufre, con la persona concreta del necesitado. Y siempre vemos el movimiento de adentro hacia afuera, desde la interioridad del Amor del Señor Jesús, hacia el hombre o la mujer que socorre, a quienes alcanza su misericordia. “Venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré” (Mt 11,28). Quizá uno de los pasajes de mayor elocuencia es cuando el compasivo afecto por Marta y María y su amistad con Lázaro lo llevan a llamarlo de la muerte (ver Jn 11; también, p. ej., Jn 2,3-11; Mt 14,13-21; Jn 21,2-6; Lc 17,11-19; Jn 5,1-15; Mt 8,5-13; Mt 15,21-28; etc.)».

«Ante el tránsito
de un ser querido

¡Oh María del Aliento!,
cuando supiste lo de Lázaro,
sin duda alguna
comprendiste más y mejor,
avizorando la luminosidad
que el misterio de la revivificación
encerraba.

Así, cuando ocurrió
el doloroso tránsito
del Señor Jesús,
tu Hijo adorado,
tu fe se avivó aún más
y es posible creer
que al ritmo que crecía
la justa y sensible aflicción
tu paz y confianza se agigantaban.

Y es que siempre le creíste
al Dulce Jesús,
y en tu corazón conservabas
con certeza sin igual
las experiencias y las promesas
en torno al misterio
de la resurrección.

Ante esta pérdida mía
te imploro que me ayudes
con tu ejemplo,
que en tu seguridad
afinque yo mi firmeza,
que en tu fortaleza
encuentre base mi serenidad,
que el aliento
de tu profunda convicción
consolide la expectativa
de que,
como el Señor Jesús vive hoy,
primogénito de los resucitados,
quien hoy siento como pérdida
resucitará para la vida eterna.

Y, finalmente,
Madre de la Vida
te pido de todo corazón
que tu plegaria intercesora
le encamine al encuentro
de la Comunión de Amor
y a mí me obtenga del Altísimo
una fe sólidamente cimentada
en la confianza
y una esperanza centrada
en el amor.
Gracias.
Amén.»


1

El término resurrección, comúnmente utilizado para este género de milagros, es impropio porque, según el dato bíblico, es reservado al paso de la muerte ocurrida para la vida que no termina más, con un cuerpo glorioso y transfigurado; no debería por tanto usarse para designar la vuelta a la vida de este mundo. Para expresar esta restitución a la vida terrena, se podría hablar de reanimación, sin embargo este término posee connotación médica poco adecuada. Por ello preferimos designar el hecho calificándolo de una revivificación.
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