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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo III de Cuaresma (Ciclo A). «El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás»
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Domingo III de Cuaresma (Ciclo A). «El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 17,3-7: “Danos agua para beber”

«Pero el pueblo, torturado por la sed, siguió murmurando contra Moisés: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacerme morir de sed, a mí, a mis hijos y a mis ganados?” Clamó Moisés a Yahveh y dijo: “¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen”. Respondió Yahveh a Moisés: “Pasa delante del pueblo, llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el Río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la piña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”. Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Aquel lugar se llamó Massá y Meribá, a causa de la querella de los israelitas, y por haber tentado a Yahveh, diciendo: “¿Está Yahveh entre nosotros o no?”»

Sal 94,1-2.6-9: “Escucharemos tu voz, Señor”

Rom 5,1-2.5-8: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”

«Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; —en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir—; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.»

Jn 4,5-42: “Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”

«Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le respondió:

“Si conocieras el don de Dios,
y quién es el que te dice:
‘Dame de beber’,
tú le habrías pedido a él,
y él te habría dado agua viva”.

Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús le respondió:

“Todo el que beba de esta agua,
volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente
de agua que brota para vida eterna”.

Le dice la mujer: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”. El le dice: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá”. Respondió la mujer: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad”. Le dice la mujer: “Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar”. Jesús le dice:

“Créeme, mujer, que llega la hora
en que, ni en este monte, ni en Jerusalén
adoraréis al Padre.
Vosotros adoráis lo que no conocéis;
nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos.
Pero llega la hora (ya estamos en ella)
en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque así quiere el Padre que sean
los que le adoren.
Dios es espíritu,
y los que adoran,
deben adorar en espíritu y verdad”.

Le dice la mujer: “Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo”. Jesús le dice: “Yo soy, el que te está hablando”. En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: “¿Qué quieres?” o “¿Qué hablas con ella?” La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?” Salieron de la ciudad e iban donde él.

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: “Rabbí, come”. Pero él les dijo: “Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis”. Los discípulos se decían unos a otros: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Les dice Jesús:

“Mi alimento
es hacer la voluntad del que me ha enviado
y llevar a cabo su obra.
¿No decís vosotros:
Cuatro meses más y llega la siega?
Pues bien, yo os digo:
Alzad vuestros ojos y ved los campos,
que blanquean ya para la siega.
Ya el segador recibe el salario,
y recoge fruto para vida eterna,
de modo que el sembrador se alegra igual que el segador.
Porque en esto resulta verdadero el refrán
de que uno es el sembrador y otro el segador:
yo os he enviado a segar
donde vosotros no os habéis fatigado.
Otros se fatigaron
y vosotros os aprovecháis de su fatiga”.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo”.»

II. APUNTES

Ya desde los primeros siglos del cristianismo las lecturas dominicales de los evangelios del tercer, cuarto y quinto Domingo de Cuaresma obedecían a un deseo de acompañar en la etapa final de su itinerario a los catecúmenos, próximos ya al Bautismo que se llevaría a cabo durante la Vigilia pascual. En estas sucesivas lecturas el Señor Jesús promete a la Samaritana el agua viva (III Domingo de Cuaresma), da la vista al ciego de nacimiento (IV Domingo de Cuaresma) y resucita a Lázaro (V Domingo de Cuaresma). Agua, luz y vida son claves fundamentales para comprender lo que el sacramento del Bautismo realiza en quien es bautizado.

Este Domingo escuchamos el largo relato del encuentro y diálogo del Señor Jesús con una samaritana. El Señor había decidido abandonar Judea y volver a Galilea luego de enterarse de que había llegado a oídos de los fariseos que Él —junto con sus discípulos— «bautizaba más que Juan» (Jn 4,1). Para llegar a Galilea tenía que pasar por Samaria. Llega a una ciudad llamada Sicar y fatigado del camino se sienta junto al pozo, mientras sus discípulos van a la ciudad en busca de comida.

El Señor Jesús como cualquier hombre está cansado y fatigado del camino (ver Jn 4,6). Comenta San Agustín que el Hijo del Padre «desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed» (Serm. 78, 6). La sobreabundancia de amor le ha movido a ponerse en marcha por los caminos de los hombres para salir en busca de ellos y llevarlos de vuelta a la casa del Padre.

El evangelista menciona que «era alrededor de la hora sexta» (Jn 4,6), es decir, cerca de mediodía, cuando el sol cae a plomo, cuando el calor y la luz solar alcanzan su máxima intensidad y esplendor, el momento en el que una mujer se acerca al pozo para extraer agua. Él mismo es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Sin embargo, esta luz no brilla aún en el interior de aquella mujer, sumida en las tinieblas del pecado y de la ignorancia, pues no conoce ella el Don de Dios ni quién es su Enviado. Mas esta situación justamente es la que ha de cambiar porque el Señor mismo se irá revelando a esta mujer mediante una espléndida catequesis. Poco a poco la luz del Señor irá penetrando en su interior, disipando las tinieblas hasta vencerlas finalmente en el enfrentamiento directo con el pecado. Entonces, la Luz del Mediodía, que es Cristo mismo, brillará también en todo su esplendor en la mente y corazón de esta mujer, produciéndose el encuentro pleno con el Mesías Reconciliador.

Al acercarse la samaritana se dirige a ella para pedirle: «Dame de beber» (Jn 4,7). La inmediata respuesta de la samaritana muestra sorpresa: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Jn 4,9). El evangelista explica la causa de su sorpresa: «porque los judíos no se tratan con los samaritanos.» En realidad, judíos y samaritanos se odiaban, de modo que entre ellos había un trato sumamente hostil y agresivo. El Señor responde: «Si conocieras el Don y quién es el que te pide, tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva.» Todo ser humano necesita del agua para vivir. El agua que la samaritana encuentra en el pozo es un agua que saciará su sed de momento, más no es una agua que la apagará definitivamente. Una y otra vez tendrá que volver al pozo para buscar esa agua que necesita para vivir. El Señor le promete un agua viva, que apagará definitivamente su sed: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.» ¿De qué agua se trata? «El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4,14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2652)

El Señor Jesús es la Fuente de esta Agua Viva, es la nueva «roca que nos salva» (Sal 94,1; ver también Sal 88,27; 18,15), roca de la cual ha brotado “el agua” para que bebiese el nuevo pueblo elegido. En efecto, «“bautizados en un solo Espíritu”, también “hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna» (Catecismo de la Iglesia Católica, 694). Esta Roca, que es Cristo el Señor, fue golpeada ya no con el cayado de Moisés (1ª. lectura), sino con la lanza de un soldado. «El agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo», que brotaron para toda la humanidad de su amoroso corazón como de una nueva fuente.

Mediante el amor derramado en los corazones por el Espíritu Santo (2ª. lectura) el Reconciliador del mundo sacia verdaderamente la sed de Infinito que inquieta el corazón de todo ser humano.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Quién de nosotros no le teme y huye a la soledad, a la tristeza, al vacío, al sufrimiento y dolor? ¿Quién no anhela ser feliz? Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, nos vemos impulsados por ese anhelo de felicidad que nos lanza a buscar incesantemente por aquí y por allá, probando de esto o lo otro, para encontrar aquella fuente en la que podamos apagar nuestra sed de felicidad. Todos nosotros podemos reconocer en este ir y venir de la samaritana al pozo en busca de un poco de agua, cómo en nuestra propia vida buscamos incesantemente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmarla de momento. Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su anhelo de ser felices, con la compañía, la seguridad, el afecto o incluso la satisfacción sensual que le producen ciertas relaciones. Si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscarán saciar su sed en otro “pozo”. Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad. No hacen sino vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, procurando llenar ese vacío de infinito con experiencias que lejos de apagar la sed la agudizan cada vez más, la hacen cada vez más cruel.

¿Cómo saciar definitivamente mi sed de felicidad? Cristo nos invita a acudir a Él. Él no solo tiene la respuesta: ¡Él es La Respuesta! Sí, el Señor Jesús nos permite comprender el origen de esta sed así como también el modo como saciarla definitivamente: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás.» (Jn 4,14) Y es que la sed de felicidad que experimenta todo ser humano, que experimentamos tú y yo en lo más profundo de nuestro ser, es en realidad una sed de Dios, y como tal, no podrá ser saciada finalmente sino solamente por Él.

En este acudir a Cristo no se trata de renunciar a las fuentes de alegría de las que Dios lícitamente ha querido que gocemos en nuestro terreno peregrinar. Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de aferrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. Son una invitación a volver nuestros ojos a Dios mismo, la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, para darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, y por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «Los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber [a ella, que era samaritana y mujer], cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer… Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a Él y Él te daría agua viva.»

San Atanasio: «Nosotros nos alimentamos, como de un manjar de vida, y deleitamos siempre nuestra alma con la sangre preciosa de Cristo, como de una fuente; y, con todo, siempre estamos sedientos de esa Sangre, siempre sentimos un ardiente deseo de recibirla. Pero nuestro Salvador está siempre a disposición de los sedientos y, por su benignidad, atrae a la celebración del gran día a los que tienen sus entrañas sedientas, según aquellas palabras suyas: El que tenga sed que venga a mí y que beba.»

San Ambrosio: «Descansar en Dios y contemplar su felicidad es algo digno de ser celebrado, algo lleno de felicidad y de tranquilidad. Huyamos, como ciervos, a la fuente de las aguas; que nuestra alma experimente aquella misma sed del salmista. ¿De qué fuente se trata? Escucha su respuesta: En ti está la fuente viva. Digámosle a esta fuente: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Pues la fuente es el mismo Dios.»

San Cirilo de Jerusalén: «“El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna”. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dignos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condición necesaria para la pervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas y de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los seres que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan. De manera semejante el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce diversos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La “sed” de Dios

27: El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (GS 19,1).

28: De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso (ver Hech 17, 26-28).

29: Pero esta «unión íntima y vital con Dios» (GS 19,2) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (ver Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (ver Gen 3,8-10) y huye ante su llamada (ver Jon 1,3).

30: «Se alegre el corazón de los que buscan a Dios» (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, «un corazón recto», y también el Testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

«…nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín).

La oración, encuentro de dos sedientos

2560: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (San Agustín).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El Papa Juan Pablo II decía hace algunos años: “Poniéndome a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo mismo y con el prójimo, he pensado, por gracia e inspiración del Señor, proponer con fuerza ese don original de la Iglesia que es la reconciliación” (S.S. Juan Pablo II, La Eucaristía, fuente de reconciliación, Téramo, 30/6/1985, 6), y en la Reconciliatio et paenitentia habla de “nostalgia de reconciliación” (n. 3). Ella constituye una dinámica que acorta distancias, que sana rupturas en las diversas manifestaciones del ser humano que recorre el camino de su vida buscando abrirse a los dones de Dios, dejándose invitar al encuentro, y consagrándose como incienso vivo a dar con su vida y acción gloria a Dios...

»Esa nostalgia de infinito, de reconciliación, esa hambre de comunión, ese impulso hacia el encuentro con Dios que brota de la estructura profunda de la naturaleza humana es el gratuito llamado de Dios que invita renovadamente a su creatura a seguir su divino Plan acogiendo al Señor Jesús que le aporta la verdad, la vida, la reconciliación, la comunión, y a que realice libremente en sí como persona aquello para lo que ha sido llamada de la nada, realizándose según las coordenadas de Dios, desplegándose en su camino de viador, transformando el mundo, en amistad y solidaridad, en encuentro plenificador, y dándole así con todo su ser cotidianamente gloria».

«Hay una juventud que aspira a la magna aventura interior, que descubre lo espiritual de la existencia, y no es escasa. No son pocos como nos quieren hacer crecer algunos medios de comunicación, cultores la dimisión de lo humano. Son millones y millones de jóvenes que atesoran su hambre espiritual y buscan quién pueda saciarlo. Por si acaso, también hay multitudes de adultos en el mismo plan. ¿Cómo explicas esos más de dos millones de chicos y chicas que se reunieron en Tor Vergata, en Roma, en ambiente de búsqueda, de fiesta, de oración? ¿Qué me dices de los más de ochocientos mil muchachos y muchachas que fueron a encontrarse con el Papa en Toronto? ¿Y en España? Un periodista español, de esos que gustan sentar cátedra del fin de la fe católica, en un momento de sinceridad o desconcierto escribía: ¿De donde han salido tantos jóvenes que van a ver al Papa? Son hechos palpables. A mi entender, en esos eventos que he mencionado, los participantes son como una delegación de esa juventud sana, que ciertamente existe. No todos pueden viajar. Así los que van a esos encuentros son como los adelantados, los representantes de la juventud que tiene nostalgia de infinito. Son de aquellos que respondían, con su presencia física, a la convocatoria del Vicario de Cristo, para llevarlos al encuentro de “Aquel que tiene palabras de vida eterna”. Otros muchos millones lo hacían desde sus hogares, de corazón.

»Si hay un hambre y si hay confusión para responderlo, es tiempo de agudizar la vista para orientarse hacia la verdad. Y no olvidemos que Jesús nos dice: “Yo soy la verdad”».

«Creo que hay un gran hambre de Dios que requiere ser atendido. Hoy vivimos una dolorosa crisis en la identidad de hijos de la Iglesia. El Papa Benedicto XVI hace poco en tierras de América Latina ha señalado la existencia de un cierto debilitamiento en la pertenencia a la Iglesia. Una veintena de años atrás en Perú, el Siervo de Dios Juan Pablo II había advertido algo semejante, así como lo hizo en otros lugares. Son muchos los factores socio culturales que piden una mayor coherencia en el conocimiento de la fe, en la vida de la fe, en la celebración de la fe.

»Al mismo tiempo la adhesión existencial a Jesús, a sus enseñanzas y el amor a la Iglesia van parejos con la preocupación de construir una sociedad más justa, fraterna y reconciliada, desde la única perspectiva que la podrá hacer posible, la reconciliación con Dios y con uno mismo. Sólo desde esa dimensión se producirá un cambio que centrado en el amor y la solidaridad lleve un dinamismo reconciliador que edifique un mundo más justo y pacífico».

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