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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo II de Cuaresma (Ciclo A). «Se transfiguró delante de ellos»
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Domingo II de Cuaresma (Ciclo A). «Se transfiguró delante de ellos»

I. LA PALABRA DE DIOS

Gén 12,1-4: “De ti haré una nación grande y te bendeciré.”

«Yahveh dijo a Abram: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición.

Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”.

Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot.»

Sal 32,4-5.18-20.22: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.”

2Tim 1,8-10: “Cristo ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio.”

«Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio.»

Mt 17,1-9: “Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”

«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: “Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.»

II. APUNTES

«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto.»

San Mateo establece un vínculo entre el episodio de la transfiguración del Señor en el monte con un episodio ocurrido seis días antes. Lo sucedido en aquella ocasión sin duda causó un impacto muy profundo en los discípulos, quedando fuertemente grabado en sus memorias. Se trata del diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos, referido a su identidad y a su misión. Jesús había preguntado a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13) Luego de la respuesta de los discípulos la pregunta se tornaría más personal: «Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15) Pedro entonces toma la palabra y responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Pedro había reconocido en Jesús al Cristo, el Mesías prometido por Dios a su Pueblo. El Señor lo admite pero inmediatamente «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.» (Mt 16,20) ¿Por qué? Porque todos –incluso los apóstoles– esperaban que el Mesías sería un caudillo glorioso que con la fuerza de Dios liberaría a Israel de toda dominación extranjera e instauraría el Reino de Dios de un modo inmediato, glorioso, sometiendo a todas las naciones extranjeras al poder de este Reino. Pero Él no había venido a armar una revuelta política, esos no eran los planes de Dios. Él en cambio anunciaba que Él, el Cristo, sería próximamente condenado y ejecutado, y que al tercer día resucitaría.

Finalmente el Señor advertía: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24) No prometía el Señor la gloria humana a quien quisiera seguirlo, sino la cruz. Quien con Él quiera participar de su gloria, con Él ha de pasar por la cruz. La cruz es el camino obligado a la gloria verdadera, la gloria imperecedera que sólo Dios puede ofrecer al ser humano.

Seis días después, el Señor tomaba consigo a Pedro, Santiago y Juan y subía a lo alto de un monte y se transfiguró delante de ellos.

En su transfiguración el Señor Jesús manifiesta su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. ¿Quién es Él? Pedro había dicho de Él: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» (Mt 16,16) Ahora el Señor transfigurado se revelaba ante ellos, les mostraba lo que cotidianamente quedaba oculto bajo el velo de su carne.

«Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». La imagen del rostro brillante de Dios era para los hebreos un signo de la benevolencia divina para con el ser humano: «El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te sea propicio» (Núm 6,25), rezaban para implorar la bendición divina sobre alguien, y para implorar el perdón de Dios rezaban también: «Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga; haga brillar su rostro sobre nosotros» (Sal 67,2; ver también Sal 119,135). En Cristo transfigurado es el rostro mismo de Dios que brilla y se manifiesta a los discípulos. Mas no sólo mediante el brillo de su rostro se manifiesta la divinidad de Jesucristo, sino también por el resplandor de sus vestiduras que se pusieron tan blancas como la luz. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104,1-2)? Jesús, el Cristo, hace brillar así su divinidad ante los asombrados apóstoles: el Mesías no es sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.

Luego de transfigurarse ante ellos «se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él.» Toda la escena tiene al Señor Jesús como centro, el Señor aparece en relación con quienes representan la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías), pero Él está por encima de ellos. El Cristo es el mismo Hijo de Dios, de la misma naturaleza divina del Padre. En cuanto al contenido del diálogo, San Lucas es el único que lo especifica: «hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.» (Lc 9,31)

En este momento Pedro ofrece al Señor construir «tres tiendas», una para Jesús y las otras para sus ilustres acompañantes. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en tiendas, así que la manifestación de la gloria de Jesús es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico.

En el momento en que Pedro se halla aún hablando «una nube luminosa los cubrió con su sombra.» La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás.» (S.S. Papa Benedicto XVI)

De esta nube «salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”.» (Mt 17,5) Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesús como Hijo suyo y manda escucharlo. Jesucristo es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5,17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.» (Heb 1,1-3) Así, pues, es a Él a quien en adelante hay que escuchar y obedecer.

La transfiguración del Señor en el monte es pues una manifestación de la identidad del Señor Jesús: Él, el Cristo, es el Hijo de Dios, y su misión es la de reconciliar a la humanidad entera por su muerte en Cruz. Mas su muerte no es sino el camino hacia la gloria de la resurrección. Para quien sigue al Señor, la Cruz es asimismo el camino que conduce a la gloriosa transfiguración de su propia existencia (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 556).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin asumir las diarias exigencias de la vida cristiana, sin morir a los propios vicios y pecados para renacer diariamente a la vida en Cristo, sin abrazar con paciencia el dolor y el sufrimiento que también nosotros encontramos en nuestro caminar? ¡No! El Señor nos ha enseñado claramente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24)

Cristo cargó su Cruz y por nosotros murió en ella. Nuestra vida, para que se asemeje plenamente a la del Señor Jesús, debe pasar por la experiencia de la cruz. Al seguir a Cristo no se nos promete: “¡todo te va a ir bien!” Todo lo contrario, se nos advierte de pruebas y tribulaciones, y se nos dice: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclo 2,1; ver Mt 10,22; 24,9; Jn 15,18; 17,14). La vida cristiana no es fácil, no está exenta de pruebas a veces muy duras. ¡Cuántos sucumben a las pruebas apenas el camino se torna “cuesta arriba”, apenas experimentan oposición, apenas se les exigen ciertas renuncias! El cristianismo no es para débiles, ni pusilánimes, ni cobardes, ni para aquellos que buscan un refugio.

Pero, ¿quién será capaz de resistir la prueba, alcanzar la paciencia en el sufrimiento y en la adversidad, soportar el peso de la cruz y dejarse crucificar en ella sin una esperanza que lo sostenga, sin un premio que lo estimule? Por ello, antes de cargar con su propia Cruz hasta el Calvario, antes de dejarse crucificar Él mismo para reconciliarnos, quiso el Señor mostrar un breve destello de su gloria a tres de sus apóstoles, para hacernos entender que si bien “no hay cristianismo sin cruz”, la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena y gozosa participación de su gloria.

Así, pues, cada vez que las cosas se tornan difíciles en tu vida cristiana, cada vez que experimentes la prueba, la dificultad, la tribulación, cualquier sufrimiento, ¡mira el horizonte luminoso que se halla detrás de la tiniebla pasajera! Y si experimentas un sufrimiento intenso, que tu alma se desgarra y se hunde bajo el peso de una cruz que te resulta muy pesada de cargar, no desesperes, no te rebeles, mira al Señor Jesús en el monte de la transfiguración, pero míralo también en otro monte, en Getsemaní. Allí Él te ha dado ejemplo para que también tú en esos momentos difíciles aprendas a rezar desde lo más profundo de tu corazón atribulado: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Pídele al Señor un corazón valiente como el Suyo, pídele la fuerza interior necesaria para cargar tu propia cruz y abrázate a ella con paciencia, con amor incluso y con mucha esperanza. Mira la cruz del Señor, a la que Él se abrazó por amor a ti, donde Él aceptó el sufrimiento para reconciliarte con Dios, pero mira también más allá de la Cruz, mira al Señor glorioso, transfigurado por su Resurrección, al Señor victorioso, para que te experimentes alentado a cargar tu propia cruz y seguir al Señor hasta la gloria. En momentos como esos recuerda especialmente la enseñanza del apóstol Pablo: «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8,18).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Damasceno: «Viendo el diablo que resplandecía en la oración, se acordó de Moisés, cuyo semblante fue también glorificado (Éx 34); pero Moisés era glorificado por una gloria que le venía de fuera, mientras que el Señor brillaba con un resplandor innato de su gloria divina. Porque, se transfigura, no recibiendo lo que no tenía, sino manifestando a sus discípulos lo que era.»

San Juan Crisóstomo: «¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido.»

San Beda: «Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra. Porque tal y como se presentó a sus discípulos en el Tabor, se presentará a todos los elegidos después del día del juicio.»

San León Magno: «Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el Cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre (Mt 13,43). Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rom 8,18); y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él en gloria. (Col 3,3-4)»

San Cirilo: «“A Él oíd”. Y más que a Moisés y a Elías, porque Cristo es el fin de la Ley y de los Profetas.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El episodio de la transfiguración: por la Cruz a la Luz

554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).

555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa».

«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).

556: En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hech 14, 22).

«Éste es mi Hijo amado…»

444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».

«…escuchadle»

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

La relación entre la alegría y las cruces de la vida se funda en el misterio de la Cruz en el Gólgota, en la Pasión y Muerte reconciliadoras del Señor Jesús, en las que se ofrece por amor, hecho todo un fuego de amor que consume la carga de los pecados del mundo y abre a la humanidad las puertas del encuentro pleno con Dios en la Comunión de Amor. Es preciso tener fe para poder comprender el Misterio de la Cruz; su mística aparece como escándalo para algunos o como locura para otros. Pero para quien tiene fe, es motivo de extraordinaria dicha.

Para quien cree que Jesús de Nazaret es el Señor que por amor vino a redimirnos, ofreciendo su vida como misterio de amistad y reconciliación, la Cruz es un signo de triunfo, al cual todo creyente está invitado a adherirse para así verse configurado con el Señor Jesús y alcanzar la meta ansiada. La convicción de que no hay cristianismo sin cruz, no significa solamente el reconocimiento de que la vida humana está cargada de sufrimientos y dolores —que ciertamente lo está, y con frecuencia mucho—, sino que transforma esa visión de por sí usualmente negativa y aplastante en un camino en el que la alegría de la salvación en Cristo redimensiona y hasta arranca la mordiente del sufrimiento. Esta nueva situación nacida del misterio de Jesucristo abre el dolor a una nueva dimensión, en la que sin quitarle su carácter de aflicción, le suma una nueva perspectiva. Ésta no sólo lo hace llevadero, sino que incluso permite que el gozo de adhesión a la Cruz del Señor transforme situaciones dolorosas de la vida en un sendero de alegría y de gozo interior. La vida y enseñanzas de los santos lo testifican ampliamente. La adhesión a las tribulaciones de Cristo tiene «el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría» (S.S. Juan Pablo II, Salvifici doloris, 1).

La fe viva, alimentada por el fuego de la caridad, que se nutre en el horizonte de la esperanza, ofrece la recta visión sobre la realidad. La convicción de que “Jesús es el Señor” lleva a que esa invocación del Apóstol Pablo que hemos recordado —«alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4)— bien se pueda entender como una invitación a participar en la alegría de Dios. Comentando la exhortación de San Pablo, San Juan Crisóstomo escribe: «Es la palabra de quien está imbuido de confianza y que desea mostrar que la alegría no abandona a los que están en el Señor» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Epístola a los Filipenses, 14,1).

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