Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, miércoles de Ceniza, volvemos a emprender, como todos los años, el camino cuaresmal animados por un espÃritu más intenso de oración y de reflexión, de penitencia y de ayuno. Entramos en un tiempo litúrgico "fuerte" que, mientras nos prepara para las celebraciones de la Pascua —corazón y centro del año litúrgico y de toda nuestra vida—, nos invita, más aún, nos estimula a dar un impulso más decidido a nuestra vida cristiana.
Dado que los compromisos, los afanes y las preocupaciones nos hacen caer en la rutina y nos exponen al peligro de olvidar cuán extraordinaria es la aventura en la que nos ha implicado Jesús, necesitamos recomenzar cada dÃa nuestro exigente itinerario de vida evangélica, recogiéndonos interiormente con momentos de pausa que regeneran el espÃritu. Con el antiguo rito de la imposición de la ceniza, la Iglesia nos introduce en la Cuaresma como en un gran retiro espiritual que dura cuarenta dÃas.
Entremos, por tanto, en el clima cuaresmal, que nos ayuda a redescubrir el don de la fe recibida con el Bautismo y nos lleva a acercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro esfuerzo de conversión bajo el signo de la misericordia divina. En los orÃgenes, en la Iglesia primitiva, la Cuaresma era el tiempo privilegiado para la preparación de los catecúmenos a los sacramentos del Bautismo y de la EucaristÃa, que se celebraban en la Vigilia pascual. La Cuaresma se consideraba el tiempo para llegar a ser cristianos, lo cual no se lograba en un solo momento, sino que exigÃa un largo camino de conversión y renovación.
A esta preparación se unÃan también los que ya estaban bautizados, reactivando el recuerdo del sacramento recibido y disponiéndose a una renovada comunión con Cristo en la celebración gozosa de la Pascua. AsÃ, la Cuaresma tenÃa, y sigue teniendo, el carácter de un itinerario bautismal, en el sentido de que ayuda a mantener despierta la conciencia de que ser cristianos se realiza siempre como un nuevo hacerse cristianos: nunca es una historia concluida que queda a nuestras espaldas, sino un camino que exige siempre un nuevo ejercicio.
Al imponer sobre la cabeza la ceniza, el celebrante dice: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gn 3, 19), o repite la invitación de Jesús: "ConvertÃos y creed en el Evangelio" (cf. Mc 1, 15). Ambas fórmulas recuerdan la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadores que siempre necesitamos penitencia y conversión. ¡Qué importante es escuchar y acoger este llamamiento en nuestro tiempo! El hombre contemporáneo, cuando proclama su total autonomÃa de Dios, se hace esclavo de sà mismo, y con frecuencia se encuentra en una soledad sin consuelo.
Por tanto, la invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse a él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogÃa, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvÃfica. AsÃ, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3, 12) y "volver" con él al Padre.
La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas. Son iluminadoras las palabras con que él mismo indica las condiciones para ser de verdad sus discÃpulos. Después de afirmar: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mà y por el Evangelio, la salvará", añade: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?" (Mc 8, 35-36).
La conquista del éxito, la obsesión por el prestigio y la búsqueda de las comodidades, cuando absorben totalmente la vida hasta excluir a Dios del propio horizonte, ¿llevan verdaderamente a la felicidad? ¿Puede haber felicidad auténtica prescindiendo de Dios? La experiencia demuestra que no se es feliz por el hecho de satisfacer las expectativas y las exigencias materiales. En realidad, la única alegrÃa que llena el corazón humano es la que procede de Dios. De hecho, tenemos necesidad de la alegrÃa infinita. Ni las preocupaciones diarias, ni las dificultades de la vida logran apagar la alegrÃa que nace de la amistad con Dios.
La invitación de Jesús a cargar con la propia cruz y seguirle, en un primer momento puede parecer dura y contraria de lo que queremos; nos puede parecer que va contra nuestro deseo de realización personal. Pero si lo miramos bien, nos damos cuenta de que no es asÃ: el testimonio de los santos demuestra que en la cruz de Cristo, en el amor que se entrega, renunciando a la posesión de sà mismo, se encuentra la profunda serenidad que es manantial de entrega generosa a los hermanos, en especial, a los pobres y necesitados. Y esto también nos da alegrÃa a nosotros mismos.
El camino cuaresmal de conversión, que hoy emprendemos con toda la Iglesia, se convierte, por tanto, en la ocasión propicia, "el momento favorable" (cf. 2 Co 6, 2) para renovar nuestro abandono filial en las manos de Dios y para poner en práctica lo que Jesús sigue repitiéndonos: "Si alguno quiere venir en pos de mÃ, niéguese a sà mismo, tome su cruz y sÃgame" (Mc 8, 34), y asà emprenda el camino del amor y de la auténtica felicidad.
En el tiempo de Cuaresma, la Iglesia, haciéndose eco del Evangelio, propone algunos compromisos especÃficos que acompañan a los fieles en este itinerario de renovación interior: la oración, el ayuno y la limosna. En el Mensaje para la Cuaresma de este año, publicado hace pocos dÃas, he querido reflexionar sobre "la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales" (n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de febrero de 2008, p. 8).
Sabemos que, por desgracia, la sociedad moderna está profundamente invadida por la sugestión de las riquezas materiales. Como discÃpulos de Jesucristo, no debemos idolatrar los bienes terrenales, sino utilizarlos como medios para vivir y para ayudar a los necesitados. Al indicarnos la práctica de la limosna, la Iglesia nos educa a salir al paso de las necesidades del prójimo, a imitación de Jesús, que, como afirma san Pablo, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9).
"Siguiendo sus enseñanzas —escribà en el mencionado Mensaje—, podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos". Y añadÃ: "¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sà mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor" (n. 5).
Queridos hermanos y hermanas, pidamos a la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, que nos acompañe en el camino cuaresmal, para que sea un camino de auténtica conversión. Dejémonos guiar por ella y llegaremos interiormente renovados a la celebración del gran misterio de la Pascua de Cristo, revelación suprema del amor misericordioso de Dios.
¡Buena Cuaresma a todos!
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular, a los fieles venidos de San Sebastián, de las parroquias de El Salvador de La Roda y de San Juan Bautista de Carballo, a la Asociación "Palabra culta y buenas costumbres", asà como a los demás grupos procedentes de España, México y otros paÃses latinoamericanos. Dejémonos guiar por la Virgen MarÃa en el camino cuaresmal y llegaremos renovados interiormente a la celebración de la Pascua de Cristo, revelación suprema del amor misericordioso de Dios. Os deseo a todos una santa Cuaresma. Muchas gracias.
(En italiano)
En estos dÃas estoy especialmente cercano a las queridas poblaciones de Chad, sacudidas por dolorosos combates, que han causado numerosas vÃctimas y la fuga de miles de personas civiles de la capital. Encomiendo también a vuestra oración y a vuestra solidaridad a estos hermanos y hermanas que sufren, pidiendo que se les ahorre ulteriores violencias y se les asegure la necesaria asistencia humanitaria, al mismo tiempo que hago un apremiante llamamiento a deponer las armas y a recorrer el camino del diálogo y la reconciliación.
(A un grupo de Senigallia en el 130° aniversario de la muerte de PÃo IX)
Os agradezco vuestro generoso empeño en llamar la atención sobre la figura y el ejemplo de este gran PontÃfice, que desempeñó con heroica caridad la misión de pastor universal de la Iglesia, teniendo siempre como objetivo la salvación de las almas. En su largo pontificado, marcado por acontecimientos borrascosos, trató de reafirmar con fuerza las verdades de la fe cristiana ante una sociedad expuesta a una progresiva secularización. Su testimonio de audaz y valiente servidor de Cristo y de la Iglesia constituye también hoy una luminosa enseñanza para todos. Deseo de corazón que este significativo aniversario contribuya a dar a conocer mejor el espÃritu y la "figura" de este beato predecesor mÃo y a hacer que se aprecie cada vez más su sabidurÃa evangélica y su fortaleza interior.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, invitando a todos a acoger con prontitud y a poner en práctica con generosa perseverancia la invitación a la conversión, que la Iglesia nos dirige hoy de modo especial.
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