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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo III del Tiempo Ordinario. «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»
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Domingo III del Tiempo Ordinario. «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»

27 de enero de 2008

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 9,1-14: "El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande"

«El pueblo que andaba a oscuras
vio una luz grande.
Los que vivían en tierra de sombras,
una luz brilló sobre ellos.
Acrecentaste el regocijo,
hiciste grande la alegría.
Alegría por tu presencia,
cual la alegría en la siega,
como se regocijan repartiendo botín.

Porque el yugo que les pesaba
y la vara de su hombro
—la vara de su tirano—
has roto, como el día de Madián.

Porque toda bota que taconea con ruido,
y el manto rebozado en sangre
serán para la quema,
pasto del fuego.

Porque una criatura nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado.
Estará el señorío sobre su hombro,
y se llamará su nombre
“Maravilla de Consejero”,
“Dios Fuerte”,
“Siempre Padre”,
“Príncipe de Paz”.

Grande es su señorío y la paz no tendrá fin
sobre el trono de David y sobre su reino,
para restaurarlo y consolidarlo
por la equidad y la justicia.
Desde ahora y hasta siempre,
el celo de Yahveh Sebaot hará eso.

Una palabra ha proferido el Señor en Jacob,
y ha caído en Israel.
Sabedla, pueblo todo,
Efraím y los habitantes de Samaría,
los que con arrogancia y engreimiento dicen:
“Los ladrillos han caído,
pero de sillar edificaremos;
los sicómoros fueron talados,
pero por cedros los cambiaremos”.
Pues bien, Yahveh ha dado ventaja
a su adversario, Rasón,
y azuzó a sus enemigos:
Aram por delante
y los filisteos por detrás,
devoraron a Israel a boca llena.
Con todo eso no se ha calmado su ira,
y aún sigue su mano extendida.

Pero el pueblo no se volvió hacia el que le castigaba,
no buscaron a Yahveh Sebaot.
Por eso ha cercenado Yahveh a Israel cabeza y cola,
palmera y junco, en un mismo día.
El anciano y honorable es la cabeza,
y el profeta impostor es la cola.»

Sal 26,1-4,13-14: "El Señor es mi luz y mi salvación"

1Cor 1,10-13.17: "No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio"

«Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio. Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: “Yo soy de Pablo”, “Yo de Apolo”, “Yo de Cefas”, “Yo de Cristo”. ¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la Cruz de Cristo.»

Mt 4,12-23: "Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró Jesús a Galilea y comenzó a predicar"

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías:

¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí,
camino del mar, allende el Jordán,
Galilea de los gentiles!

El pueblo que habitaba en tinieblas
ha visto una gran luz;
a los que habitaban en paraje de sombras de muerte
una luz les ha amanecido.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado”.

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron.

Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo».

II. APUNTES

Al escuchar del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se retiró a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «vino a residir en Cafarnaúm junto al mar». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera nor-oeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado por el Señor Cefas (Pedro), y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.

En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Desde allí iba y volvía recorriendo «toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Pedro lo hospedaba en su casa. A sus puertas acudían muchedumbres incontables para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y endemoniados para ser curados (ver Mc 1,29.32ss).

Al dar inicio a su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús quiere dar cumplimiento a una antigua profecía Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». (La primera lectura es la continuación de este pasaje del profeta Isaías citado por el Evangelista.)

Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina y considerada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Al no adorar al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Galilea era llamada tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí junto con la población judía.

En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para disipar las tinieblas que son fruto del pecado y restituir así la comunión perdida con Dios, restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión fundamental. Su tarea se asemeja a la pesca, es decir, arrancar a los seres humanos de las profundidades de las aguas que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su habitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo nuevamente a la participación de la vida divina. Para ello es necesario un proceso de conversión por parte del ser humano, un volver hacia Dios y enmendar los caminos torcidos para caminar a la luz del Señor.

El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque el Reino de Dios ha llegado». «Este Reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).

Luego de este llamado a la conversión que hace el Señor a todos, y dentro del marco de lo que es su propia misión reconciliadora, nos encontramos con la narración de un llamado muy particular que aquél Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». A estos los llama a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de irlos educando y formando para una nueva misión: ser pescadores ya no de peces, sino de hombres.

La respuesta de Pedro, Andrés, Santiago y Juan aparece como inmediata: «Al instante, dejando las redes, lo siguieron... Al instante, dejando la barca y su padre, lo siguieron». El relato expresa la prontitud, radicalidad y decisión de la respuesta: a nada se aferran por responder a este llamado, ni a su trabajo o “proyectos personales”, ni a los lazos familiares, por más fuertes que sean.

Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a predicar el Evangelio» (2ª. lectura). Es así que la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen Gentium, 5).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Reconocemos y creemos que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, el enviado del Padre a quien hay que escuchar para alcanzar la vida eterna (ver Lc 9,35). ¿Y cuál es la primera palabra que brota de sus labios al iniciar su ministerio público? «Convertíos…». ¡Ésa es también la primera palabra que el Señor nos dirige a cada uno, que te dirige a ti y a mí hoy! ¡Conviértete!

¡Conviértete! es la traducción usual del término griego ¡metanoéite!, imperativo que se traduce literalmente por: ¡Cambiad de mente! ¿Es que puede haber un verdadero y duradero cambio de vida si no nos despojamos de la forma de pensar, de los criterios y juicios mundanos que nos llevan a obrar de un modo muy distinto al que Dios nos enseña? Un cambio de conducta y de vida auténtico requiere de un cambio de mentalidad. Uno vive como piensa. Si pienso “como todo el mundo piensa”, actuaré “como todo el mundo actúa”, y aunque hoy muchos viven de acuerdo a lo que “sienten”, sin embargo también a los sentimientos o emociones que gobiernan sus vidas subyacen ciertos modos de pensar.

El Señor invita pues a la metanoia, a un cambio radical de vida que hunde sus raíces en un cambio de mente, es decir, el abandono de ciertos criterios o modos de pensamiento propios de un mundo que vive de espaldas a Dios para cambiarlos por los criterios divinos, por los criterios que vienen de Dios. La conversión implica muchísimo más que hacer un esfuerzo esporádico por cambiar ciertas conductas pecaminosas, por no hacer lo que “está prohibido”. Si no vamos a la raíz, si no vamos al origen de nuestro actuar vicioso y pecaminoso, fracasaremos en el intento por cambiar la conducta equivocada. Un cambio de vida implica reformar los pensamientos o procesos mentales que nos llevan a obrar el pecado, implica al mismo tiempo “tener la misma mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), implica llegar a pensar como Cristo mismo pensó o pensaría en la circunstancia concreta en la que me encuentro. Si pienso como Cristo piensa, me iré educando a tener los mismos sentimientos de Cristo y obraré como Cristo mismo obraría. De ese modo tendré una total sintonía con Él, una comunión de mente, corazón y acción. He allí al verdadero “converso”, el santo, la santa.

¿Pero quién puede asemejarse de este modo al Señor Jesús? Alcanzar esa meta evidentemente no es fácil, pero tampoco es imposible. Esta transformación es ante todo obra del Espíritu en nosotros (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1989). Sin embargo, la Gracia sin la cual nada podemos necesita ser acogida, requiere de nuestra continua y decidida cooperación (ver 1Cor 15,10). Continua, porque la conversión nunca termina, es un empeño de toda la vida. Ante el Señor nadie podrá decir jamás: “ya estoy convertido del todo”. Por ello es importante que respondiendo al llamado que el Señor me hace al cambio de mente y a la conversión me pregunte cada día: ¿Qué me falta, para convertirme más al Señor? ¿Qué criterios mundanos subsisten en mí que debo cambiar, para pensar más como Cristo, sentir más como Cristo y actuar más como Cristo? Unido a estas preguntas, el examen de conciencia diario es y será siempre un instrumento fundamental de transformación para quien quiera tomarse en serio el llamado a la santidad.

Finalmente, aunque a todos el Señor nos invita a esta conversión y a una conversión continua a lo largo de toda nuestra vida, a algunos les pide más: «Ven conmigo». Como al inicio, Cristo sigue llamando a algunos a dejarlo todo para seguirlo de cerca, para ser de sus íntimos, para anunciar su Evangelio, para hacerlos «pescadores de hombres». Por ello todo aquel que verdaderamente cree en Dios y en su enviado Jesucristo tiene el deber y necesidad de ponerse ante el Señor y preguntarle seriamente: ¿Qué quieres de mí Señor? ¿Qué quieres que haga? ¿Es mi vocación la vida matrimonial? ¿O me llamas a la vida consagrada, a dejarlo todo para que siendo libre de todo y de todos pueda ganar a los más que pueda (ver 1Cor 9,19) mediante el anuncio de tu Evangelio? Si el Señor te llama, si toca fuerte a la puerta de tu corazón, no le des la espalda, no te marches como el joven rico, tampoco dilates la respuesta, dile: “aquí estoy Señor, aquí me tienes, para hacer tu voluntad”.

Y si eres padre o madre y alguno de tus hijos te confía que experimenta el llamado, el Señor espera que lo apoyes y alientes a responder, no que te conviertas en obstáculo. ¡Ay de aquellos padres que se niegan a entregarle al Señor un hijo o una hija, o los obligan a diferir su respuesta imponiéndoles condiciones, diciéndoles “termina primero una carrera” o “conoce más el mundo”! ¡Cuántas vocaciones se pierden de ese modo! Ante el Señor tendrán que responder aquellos padres que aferrándose a sus hijos y a los planes que para ellos se han hecho, se los niegan al Señor y a todos aquellos a quienes por medio de ellos debía llegar el anuncio de su Evangelio.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Para que sepas que ni la luz ni las tinieblas son sensibles, llamó Luz grande a la que, en otro lugar, se llama Luz verdadera y hablando de las tinieblas, las llama sombra de muerte. Después, mostrando que no la encontraron porque la buscaban, sino que Dios se les apareció, dijo: Que la luz les había nacido y brillaba. No acudieron antes ellos a ver la luz, porque los hombres habían llegado a los últimos extremos de la maldad antes de presentarse Cristo; y no andaban en las tinieblas, sino que estaban sentados, lo cual indicaba que no esperaban ser librados; así como los que no saben hacia dónde conviene marchar, una vez cogidos por las tinieblas, se sientan sin poder estar en pie; llama aquí tinieblas al error y a la impiedad».

San Hipólito: «La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en Él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística».

San Agustín: «San Juan evangelista, antes que Jesús fuese a Galilea, habló acerca de Pedro, de Andrés y Natanael y del milagro de Caná de Galilea, cuyas cosas callaron los demás evangelistas, refiriendo sólo en sus narraciones que Jesús volvió a Galilea. De donde se entiende que pasaron algunos días en que se produjeron aquellas cosas acerca de los discípulos y que son incluidas por San Juan.

San Juan Crisóstomo: «Los llamó [A Pedro, Andrés, Juan y Santiago] cuando estaban en sus ocupaciones, manifestando que conviene anteponer la obligación de seguir a Jesucristo a todas las ocupaciones».

San Hilario: «Se nos enseña, pues, en éstos que dejan su oficio, su patria y su casa por seguir a Jesucristo, a no detenernos por las preocupaciones de la vida secular ni por la costumbre de vivir en la casa paterna».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

"El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande"

748: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas». Con estas palabras comienza la «Constitución dogmática sobre la Iglesia» del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

"Convertíos…"

1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

1428: Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación». Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: «Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 4,17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto.

"…porque el Reino de los Cielos ha llegado"

541: «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”» (Mc 1,15). «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos». Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina». Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino».

542: Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como «familia de Dios». Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, Él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Metanoia es una palabra fundamental en la vida cristiana. En el Nuevo Testamento aparece más de 50 veces. El Señor Jesús la emplea al inicio del Evangelio según San Marcos en un imperativo presente (metanoeite). Es una invitación al cambio, pero duradero. El imperativo presente habla de un acto que se inicia y se mantiene. Así, “cambia de mente, piensa diversamente que antes” no es una invitación a hacerlo en un momento y volver luego a lo anterior. Es un llamado a cambiar de manera de pensar y/o sentir y mantener ese cambio con perseverancia. Es internalizar una nueva forma mentis y de sentir. Este proceso va acompañado por el arrepentimiento en relación a los pensamientos, sentimientos y vida anterior. Filón de Alejandría, contemporáneo del Señor Jesús, entiende el concepto de metanoia como el paso de un estado de enfermedad a uno de salud (Interpretación alegórica, 2, 60; 3, 106). Es un cambio a lo que es mejor. Es un retorno a Dios y a vivir su divino Plan. Es un cambio total de la persona, mente, corazón y acción. Se trata de un cambio interior y en el despliegue. El arrepentimiento brota de la conciencia de la lejanía de la vida divina y nace de la voluntad reparadora: “Dad, pues, fruto digno de conversión” (Mt 3,8)».

«La conformación con Cristo exige el despojarse del hombre viejo, abandonar su mente, sus hábitos, su ley, la famosa del gusto-disgusto. La conformación con el Señor Jesús requiere el paso de la renuncia a todo aquello que en el ser personal impide u obstaculiza la acogida y respuesta al Plan de Dios. La “metanoia” es renunciar: es morir a la realidad incuestionable, acuciante, exigente, a veces agobiante del hombre viejo. Pero es al mismo tiempo acoger, asumir, abrazarse al Señor y sus bienes, a su Palabra, sus sacramentos, sus dones, sus promesas, su Iglesia. “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15)».

«“Lumen gentium cum sit Christus”, “Cristo es la luz de los pueblos” (LG, 1). Hermosas palabras que nos ponen ante la maravillosa realidad del Reconciliador. Como vemos en el Evangelio según San Lucas, Él vino “a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte” (Lc 1,79), vino como la “luz para iluminar a los pueblos” (Lc 2,32), pues Él es “la luz de los hombres” (Jn 1,4. Ver Jn 1,9; 3,19; 8,12; 12,46; Mt 4,16). Y los Padres conciliares, en apertura al Espíritu de vida y verdad, manifiestan que desean “vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (cf. Mt 16,15)” (LG, 1)».

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