Queridos hermanos y hermanas:
Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza asÃ: "El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26). Con estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar ayer, primer dÃa del año, os expreso mis mejores deseos a vosotros, aquà presentes, y a todos los que en estas fiestas navideñas me han enviado testimonios de afectuosa cercanÃa espiritual.
Ayer celebramos la solemne fiesta de MarÃa, Madre de Dios. "Madre de Dios", Theotokos, es el tÃtulo que se atribuyó oficialmente a MarÃa en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se habÃa consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese perÃodo sobre la persona de Cristo.
Con ese tÃtulo se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de MarÃa. Asà se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecÃa centrarse en MarÃa, se referÃa esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerÃan un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponÃan Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de Éfeso, del año 431, como he dicho, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios (cf. DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del tÃtulo de Theotokos, Madre de Dios (cf. ib., 251).
Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basÃlica de Santa MarÃa la Mayor, aquà en Roma. La doctrina relativa a MarÃa, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado "verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de MarÃa, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad" (DS 301). Como es sabido, el concilio Vaticano II recogió en un capÃtulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, el octavo, la doctrina acerca de MarÃa, reafirmando su maternidad divina. El capÃtulo se titula: "La bienaventurada Virgen MarÃa, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia".
El tÃtulo de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podrÃamos decir, desde siempre a la Virgen santÃsima. Expresa muy bien la misión de MarÃa en la historia de la salvación. Todos los demás tÃtulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.
En estos dÃa de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente. Más tarde, en la fiesta de la "Presentación del Señor", que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de MarÃa como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos "contemporáneos" de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras vamos con ellos nos sentimos llenos de alegrÃa, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.
Del tÃtulo de "Madre de Dios" derivan luego todos los demás tÃtulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la "Inmaculada Concepción", es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. MarÃa fue preservada de toda mancha de pecado, porque debÃa ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la "Asunción": no podÃa estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que habÃa engendrado al Salvador.
Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a MarÃa para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que MarÃa ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, MarÃa es también la Madre del Cuerpo mÃstico de Cristo, que es la Iglesia. Asà pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a MarÃa el tÃtulo de "Madre de la Iglesia".
Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo mÃstico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discÃpulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discÃpulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y desde aquella hora el discÃpulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Asà es la traducción española del texto griego: εiÏ‚ tά Ãδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Asà forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiÏ‚ tά Ãδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discÃpulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen MarÃa.
Queridos hermanos y hermanas, en estos primeros dÃas del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de MarÃa en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guÃe nuestros pasos en este nuevo perÃodo de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y asà también valientes artÃfices de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.
¡Feliz año a todos! Este es el deseo que os expreso a vosotros, aquà presentes, y a vuestros seres queridos durante esta primera audiencia general del año 2008. Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen MarÃa, nos haga sentir más vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.
Una vez más: ¡Feliz año a todos!
Saludo a los peregrinos venidos de España y Latinoamérica. Confiémonos a la Virgen MarÃa, para que nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos haga valientes constructores de su reino en este mundo. ¡Feliz año nuevo!
(En italiano)
A todos los peregrinos de lengua italiana presentes en esta primera audiencia general de 2008 les expreso un afectuoso deseo de serenidad y bien para el nuevo año.
Dirijo un saludo especial a la comunidad de los Legionarios de Cristo, que provienen de diversos paÃses, y en particular a los nuevos sacerdotes y a los representantes del "Regnum Christi". Queridos hermanos, el misterio de la encarnación que celebramos en este tiempo litúrgico os ilumine en el camino de fidelidad a Cristo. A ejemplo de MarÃa, conservad, meditad y seguid al Verbo que en Belén se hizo carne, y difundid con entusiasmo su mensaje de salvación.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que consideréis cada dÃa como un don de Dios, que es preciso acoger con gratitud y vivir con rectitud. A vosotros, queridos enfermos, que el nuevo año os conforte en el cuerpo y en el espÃritu. Y vosotros, queridos recién casados, entrad en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret, para aprender a realizar una auténtica comunión de vida y amor.
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