A diferencia de otras religiones, el cristiano no vive su fe evadiéndose de la sociedad en la que vive. Jesús espera que hagamos fructificar los talentos que hemos recibido y que seamos luz y fermento del mundo de cada época. ¿Qué tenemos que hacer para poder responder con fidelidad y acierto a las necesidades de nuestra sociedad?
Los Obispos españoles, en el documento «Orientaciones morales ante la situación actual de España» hemos reflexionado con la finalidad de aportar algunos criterios que puedan ser útiles para responder a estas preguntas en el momento actual de nuestra nación.
La acción de los católicos sólo será fructÃfera si la apoyamos firmemente en la fe de la Iglesia, porque Jesucristo vive en ella. Sólo en la plena comunión eclesial es posible dar un testimonio completo del Amor de Dios, manifestado en su Hijo. Nunca serán suficientes nuestras meras fuerzas, capacidades y opiniones.
Para que los católicos podamos mantener un diálogo fecundo con la sociedad en la que nos integramos, hemos de fortalecer nuestra vida cristiana en todas sus dimensiones. Demasiados distanciamientos y disentimientos que se viven en la comunidad cristiana son consecuencia de un excesivo orgullo individualista, de una fe débil y mal fundada, o de una secularización, que impide elevarse por encima de las expectativas temporales y de las modas intelectuales de cada momento.
El reconocimiento de Jesucristo y nuestra incorporación a su misión en comunión con la Iglesia, no se queda únicamente en el interior de los bautizados, sino que se expresa en múltiples obras de amor y de servicio al prójimo, al necesitado y al bien común. Tres objetivos concretos hemos planteado los Obispos españoles para que el reconocimiento de Cristo y la misión de la Iglesia den fruto verdadero.
En primer lugar, la formación en la fe. La Iglesia está convencida de la eficacia de la educación. La educación alcanza sus objetivos cuando permite reconocer al hombre como sujeto de especial dignidad que tiene la perspectiva de la trascendencia y de la vida tras su paso por la tierra. Para ello, es imprescindible una adecuada relación personal entre el educador y el educando, a todas las edades y en todos los niveles de la educación. De una manera especial, en el catecumenado, en la celebración litúrgica o en la acción social y de servicio a los más necesitados, la educación ha de fundarse en una vigorosa experiencia vital e intelectual de la presencia de Cristo en la Iglesia, sin acomodarnos a los gustos y a las preferencias de la cultura laicista, ni diluirnos en el anonimato.
En segundo término, es necesario anunciar y vivir con autenticidad el misterio cristiano del matrimonio y la familia. El verdadero matrimonio ha sido difuminado de la legislación civil española. Ya no hay lugar para el reconocimiento propio de la unión de vida y amor entre un varón y una mujer que se quieren para siempre, abierta a la transmisión responsable de la vida y a la educación de los hijos. Se ha optado por establecer una unión inestable de fácil disolución, con predominio del egoÃsmo.
A los matrimonios cristianos les está encomendada hoy en España una nueva misión: anunciar con su propia vida la verdadera humanidad edificada sobre el amor humano que hace posible el propio amor de Dios.
Finalmente, el tercer objetivo es el cuidado de la EucaristÃa dominical, unida a la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, alimento imprescindible para que crezca el vigor y la fortaleza cristiana de los bautizados y de la comunidad entera.
Los católicos hemos de estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a quien nos la pida, y para vivir con alegrÃa y gratitud la misión que nos ha sido encomendada. Sin miedos, sin complejos, sin prepotencias, eso es lo que todos esperamos de los cristianos del siglo XXI.
Con mi bendición y afecto,
Mons. AgustÃn GarcÃa-Gasco Vicente,
Arzobispo de Valencia
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