Card. Agustín García-Gasco Vicente, Recuperar el sentido del amor
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Recuperar el sentido del amor

Todo ser humano necesita amar y ser amado; todos queremos amar de alguna manera, pero no siempre se está dispuesto a recorrer el camino que nos permite avanzar hacia el amor verdadero. La Encíclica de Benedicto XVI, «Deus caritas est», sobre el amor cristiano, viene al encuentro de los hombres y de las mujeres del siglo XXI y sus dificultades para creer en el amor, proponiéndoles el corazón de la fe cristiana: Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dio en él, tal como se señala en el Nuevo Testamento, en la primera carta de Juan.

El Papa interpela a la reflexión rigurosa sobre el amor y a la consideración del anuncio del Evangelio de Jesucristo a lo largo de la historia como motor de la civilización del amor. En todo momento histórico se puede comprobar que el deseo de amar del ser humano puede ser víctima de una manipulación que lo deforme. Nuestros días no son una excepción: los escépticos sobre el amor abundan también en el siglo XXI. Dicho escepticismo tiene su origen, en muchas ocasiones, en la experiencia del amor superficial y adulterado. Un amor falso maltrata y degrada al ser humano, especialmente a los más débiles o indefensos.

La fe en Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación, cuyo corazón traspasado ha hecho brotar fuentes de aguas vivas para renovar en el ser humano la capacidad de entrega a los demás, es ofrecida por el Santo Padre para recuperar el sentido del amor en nuestros días. La fe en Jesucristo, grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante, viene en ayuda del ser humano para que mantenga su deseo de amar y para que se fortalezca en el camino de la ascesis, la renuncia, la purificación y la recuperación que exige avanzar en el verdadero amor.

Benedicto XVI observa un especial cuidado en no presentar el amor ni como algo tan elevado que parezca inalcanzable, ni como algo tan próximo que parezca trivial. Su propuesta se puede resumir así: el amor, que está presente como don en la vida de todos los hombres, tiene que ser elevado y purificado desde nuestra responsabilidad. Todo amor es presencia de Dios que quiere lo mejor para el otro.

El amor puede confundirse con el propio egoísmo, como la búsqueda de sensaciones placenteras y de sentimientos agradables. Conforme el ser humano madura advierte que amor y egoísmo generan dinámicas incompatibles. Se avanza en el amor cuando hay descubrimiento del otro, ocupación y preocupación por él. El verdadero amor pide pasar de buscarse a sí mismo a ansiar el bien del amado. La renuncia y el sacrificio querido de forma libre aparecen entonces como los indicadores de un amor que no se transforma en engaño.

También el éxtasis propio del amor es una invitación a buscar su verdadero desarrollo. El amor es éxtasis en el sentido de invitación a salir de uno mismo, pero no de un modo momentáneo, a modo de arrebato, sino como un camino más constante y paciente. El yo encerrado en sí mismo alcanza su liberación por la entrega de sí mismo a los demás, lo que le permite reencontrarse con su más profunda identidad y con la posibilidad cierta de descubrir a Dios.

Benedicto XVI insiste en que no hay contradicción entre el amor mundano, técnicamente designado como eros, que se describe como un amor ascendente y posesivo, y el amor teologal, técnicamente designado como agapé, que se describe como un amor descendente y oblativo. En el eros hay una gran promesa de felicidad que sólo se cumple cuando se descubre al otro y ponemos su bien por encima de nuestros intereses. Este es el papel del agapé: insertarse en la promesa de felicidad del eros para hacerla posible elevándola y purificándola.

El amor de Dios viene en ayuda de la debilidad del ser humano, que no puede únicamente y siempre dar, sino que también necesita recibir. Dios derrama su Espíritu de Amor en nuestros corazones para que sigamos el ejemplo del único justo, de Jesucristo, cuyo sacrificio personal en la cruz llevó el amor a la plenitud.

Como fruto del V Encuentro Mundial de las Familias con el Santo Padre en Valencia os invito a que profundicemos en lo que significa el amor de Dios en nuestras vidas y a que recuperemos el sentido del amor y el compromiso por amor para exponerlo y ser luz en nuestra sociedad. Frente a la cultura de los escépticos y la cultura de la muerte, los católicos proponemos la cultura del amor y de la vida. Sólo así estaremos en condiciones de renovar profundamente tanto nuestras personas y nuestras familias, como nuestra cultura y nuestra sociedad.

Con mi bendición y afecto,

Mons. Agustín García-Gasco Vicente,
Arzobispo de Valencia

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