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Card. Agustín García-Gasco Vicente, El amor como tarea, un reto para todos
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El amor como tarea, un reto para todos

Las sociedades democráticas avanzadas aspiran a tener un rostro social, a realizar un eficaz ejercicio de la solidaridad que mejore la suerte de los más desfavorecidos. Con esta finalidad, las autoridades proponen políticas sociales en las que los ciudadanos se implican por razones humanitarias, y en las que la eficacia de la acción común se multiplica por efecto, tanto de una buena organización como de una inteligente coordinación de las iniciativas sociales y de los esfuerzos personales.

Entre las raíces de la cultura de la solidaridad se encuentra, sin duda, la predicación del Evangelio de Jesucristo y la acción caritativa de la comunidad cristiana. El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios se presenta como tarea para cada cristiano y para toda la Iglesia. Se trata de poner en práctica el amor, de realizar un servicio comunitario ordenado. El amor como tarea necesita también de una organización.

Un estilo de vida, en el que la organización de la caridad siempre ha estado presente, es característico de la Iglesia desde sus orígenes. Benedicto XVI, en su Encíclica «Deus caritas est», nos recuerda que la comunión que caracteriza a la primitiva comunidad cristiana se concreta en que los creyentes tienen todo en común y en que, entre ellos, ya no hay diferencias entre ricos y pobres.

Igualmente, el Santo Padre señala que esta forma radical de comunión resultaba imposible de mantener conforme la Iglesia fue extendiéndose, pero que el núcleo central de esta comunión ha permanecido. En la comunidad de los creyentes no debe haber pobreza alguna que niegue a alguien los bienes indispensables y necesarios.

Este compromiso de comunión dio lugar a un esfuerzo organizativo de la caridad. En el Nuevo Testamento se recoge la institución del diaconado, cuyo cometido era velar por el justo reparto del suministro a las viudas. No se trataba de un mero servicio técnico de distribución. Se requería que fueran personas “llenas de Espíritu y de sabiduría”. Su servicio social era al mismo tiempo concreto y espiritual, pues se trataba del amor bien ordenado al prójimo.

La diaconía supuso la primera organización institucional de la caridad: el servicio del amor al prójimo ejercido comunitariamente y de modo orgánico. Se confirma como uno de los ámbitos esenciales de la Iglesia, con un cometido que se iba concretando según las necesidades detectadas: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos, los forasteros y los necesitados de todo tipo.

La diaconía fue extendiéndose a lo largo de toda la Iglesia. Cada monasterio y cada diócesis llegaron a tener su propia diaconía, a las que incluso las autoridades civiles les confiaban tareas de distribución entre los más necesitados. La figura de los diáconos santos, como san Esteban, san Lorenzo y san Vicente, quedó en la memoria de la Iglesia como expresión de la caridad eclesial.

Benedicto XVI extrae de estos datos de la historia de la Iglesia dos consecuencias fundamentales. En primer lugar, para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, que se podría dejar a otros; sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.

En segundo término, la Iglesia es la familia de Dios en el mundo, en la que no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Al mismo tiempo, la propia dinámica del amor como agapé presente en la comunidad cristiana, supera los confines de la Iglesia y establece la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado, quienquiera que sea.

Los necesitados de nuestros días requieren cada vez más de nuevas ideas y de propuestas creativas, para responder a sus problemas y carencias. Saber enfrentar estos retos ayuda a crecer en su ser y en su misión, tanto a la comunidad cristiana como a las sociedades verdaderamente solidarias.

Las graves dificultades actuales en el acceso a la vivienda —que dificulta a los jóvenes que puedan fundar una familia con espacio para su crecimiento—, o la inestabilidad laboral que sufren trabajadores de todas las edades son cuestiones que a todos nos deben preocupar, pues generan nuevos pobres sin esperanza y truncan proyectos de vida familiar. Los católicos hemos de poner nuestro esfuerzo y empeño para bien de los más débiles e indefensos.

Con mi bendición y afecto,

Mons. Agustín García-Gasco Vicente,
Arzobispo de Valencia

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