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S.S. Benedicto XVI, Homil√≠a del Santo Padre durante la celebraci√≥n de la Solemnidad de la Natividad del Se√Īor
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Homil√≠a del Santo Padre Benedicto XVI durante la celebraci√≥n de la Solemnidad de la Natividad del Se√Īor

Queridos hermanos y hermanas:

¬ęA Mar√≠a le lleg√≥ el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primog√©nito, lo envolvi√≥ en pa√Īales y lo acost√≥ en un pesebre, porque no ten√≠an sitio en la posada¬Ľ (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al coraz√≥n siempre de nuevo. Lleg√≥ el momento anunciado por el √Āngel en Nazaret: ¬ęDar√°s a luz un hijo, y le pondr√°s por nombre Jes√ļs. Ser√° grande, se llamar√° Hijo del Alt√≠simo¬Ľ (Lc 1,31). Lleg√≥ el momento que Israel esperaba desde hac√≠a muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todav√≠a confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvaci√≥n y que √Čl renovase todo. Podemos imaginar con cu√°nta preparaci√≥n interior, con cu√°nto amor, esper√≥ Mar√≠a aquella hora. El breve inciso, ¬ęlo envolvi√≥ en pa√Īales¬Ľ, nos permite vislumbrar algo de la santa alegr√≠a y del callado celo de aquella preparaci√≥n. Los pa√Īales estaban dispuestos, para que el ni√Īo se encontrara bien atendido. Pero en la posada no hab√≠a sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercan√≠a. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para √Čl. Est√° tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el pr√≥jimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto m√°s se enriquecen los hombres, tanto m√°s llenan todo de s√≠ mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fij√°ndose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situaci√≥n de Bel√©n: ‚ÄúVino a su casa, y los suyos no lo recibieron‚ÄĚ (1,11). Esto se refiere sobre todo a Bel√©n: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no hab√≠a sitio para √©l. Se refiere tambi√©n a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¬ŅTenemos tiempo para el pr√≥jimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¬ŅPara aquel que sufre y necesita ayuda? ¬ŅPara el pr√≥fugo o el refugiado que busca asilo? ¬ŅTenemos tiempo y espacio para Dios? ¬ŅPuede entrar √Čl en nuestra vida? ¬ŅEncuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la √ļnica ni la √ļltima que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre Mar√≠a y la fidelidad de san Jos√©, la vigilancia de los pastores y su gran alegr√≠a, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, as√≠ tambi√©n nos dice Juan: ¬ęPero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios¬Ľ (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice tambi√©n que Dios no se deja encerrar fuera. √Čl encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el √Āngel nos habla tambi√©n a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerraz√≥n de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Se√Īor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos est√°n marginados y en los cuales √Čl nos espera.

En algunas representaciones navide√Īas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio m√°s bien desvencijado. Se puede reconocer todav√≠a su pasado esplendor, pero ahora est√° deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento hist√≥rico, esta interpretaci√≥n metaf√≥rica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se hab√≠a prometido una duraci√≥n eterna, est√° vac√≠o. Son otros los que dominan en Tierra Santa. Jos√©, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo hab√≠a comenzado como pastor. Cuando Samuel lo busc√≥ para ungirlo, parec√≠a imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Bel√©n, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza dav√≠dica de un modo nuevo: en aquel ni√Īo envuelto en pa√Īales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraer√° hacia s√≠ el mundo es la Cruz. El nuevo trono ‚Äďla Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente as√≠ se construye el verdadero palacio dav√≠dico, la verdadera realeza. As√≠, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con √Čl llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, √©sta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jes√ļs edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los √°ngeles en el momento de su nacimiento: ¬ęGloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama¬Ľ, hombres que ponen su voluntad en la suya, transform√°ndose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homil√≠as navide√Īas la misma tem√°tica partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: ¬ęY puso su morada entre nosotros¬Ľ (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y d√©bil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¬ŅQu√© habr√≠a dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energ√≠a y de su explotaci√≥n ego√≠sta y sin ning√ļn reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera prof√©tica, describi√≥ con antelaci√≥n lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: ¬ęTodas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que hab√≠an sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresi√≥n y como descoloridas por el abuso que de ellas hac√≠an los servidores de los √≠dolos, para los que no hab√≠an sido creadas¬Ľ (PL 158, 955s). As√≠, seg√ļn la visi√≥n de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. √Čl vino para volver a dar a la creaci√≥n, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los √°ngeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sinton√≠a entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificaci√≥n de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. As√≠, pues, Navidad es la fiesta de la creaci√≥n renovada. Los Padres interpretan el canto de los √°ngeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresi√≥n de la alegr√≠a porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navide√Īo de los √°ngeles el que ahora √°ngeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto lit√ļrgico ‚Äďsiempre seg√ļn los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los √°ngeles, creando as√≠ la verdadera m√ļsica, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Bel√©n el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de all√≠ se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de all√≠ brota la alegr√≠a y nace el canto. Al final de nuestra meditaci√≥n navide√Īa quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agust√≠n. Interpretando la invocaci√≥n de la oraci√≥n del Se√Īor: ‚ÄúPadre nuestro que est√°s en los cielos‚ÄĚ, √©l se pregunta: ¬Ņqu√© es esto del cielo? Y ¬Ņd√≥nde est√° el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que est√°s en los cielos significa: en los santos y en los justos. ¬ęEn verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos m√°s excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en alg√ļn espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios est√° en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podr√° decirse que las aves son de mejor condici√≥n que nosotros, porque viven m√°s pr√≥ximas a Dios. Por otra parte, no est√° escrito que Dios est√° cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: ‚ÄúEl Se√Īor est√° cerca de los que tienen el coraz√≥n atribulado‚ÄĚ (Sal 34 [33], 19), y la tribulaci√≥n propiamente pertenece a la humildad. Mas as√≠ como el pecador fue llamado ‚Äútierra‚ÄĚ, as√≠, por el contrario, el justo puede llamarse ‚Äúcielo‚Ä̬Ľ (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geograf√≠a del espacio, sino a la geograf√≠a del coraz√≥n. Y el coraz√≥n de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva tambi√©n la tierra. Con la humildad de los pastores, pong√°monos en camino, en esta Noche santa, hacia el Ni√Īo en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el coraz√≥n de Dios. Entonces su alegr√≠a nos alcanzar√° y har√° m√°s luminoso el mundo. Am√©n.

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