Queridos hermanos y hermanas:
El Padre de la Iglesia en el que centramos nuestra atención hoy es san Paulino de Nola. Contemporáneo de san AgustÃn, con quien estuvo unido por una profunda amistad, san Paulino ejerció su ministerio en Campania, en Nola, donde fue monje y luego presbÃtero y obispo. Ahora bien, era originario de Aquitania, en el sur de Francia, y precisamente de Burdeos, donde nació en el seno de una familia de la alta sociedad. Allà recibió una fina educación literaria, teniendo por maestro al poeta Ausonio. Se alejó de su tierra en una primera ocasión para seguir su precoz carrera polÃtica: siendo joven, llegó a ser gobernador de Campania. En este cargo público destacó por su sabidurÃa y mansedumbre. Fue durante este perÃodo cuando la gracia hizo germinar en su corazón la semilla de la conversión. Lo que lo impulsó a ello fue la fe sencilla e intensa con la que el pueblo veneraba la tumba de un santo, el mártir Félix, en el santuario de la actual Cimitile. Como responsable de la administración pública, san Paulino se interesó por este santuario e hizo construir un hospicio para los pobres y una carretera para hacer más fácil el acceso de los numerosos peregrinos.
Mientras se dedicaba a construir la ciudad terrena, descubrÃa el camino hacia la ciudad celestial. El encuentro con Cristo fue el punto de llegada después de un camino arduo, lleno de pruebas. Algunas circunstancias dolorosas, comenzando por la pérdida del favor de la autoridad polÃtica, le hicieron experimentar la caducidad de las cosas. Tras llegar a la fe, escribió: "El hombre sin Cristo es polvo y sombra" (PoesÃa X, 289). Tratando de iluminar el sentido de la existencia, se trasladó a Milán para aprender de san Ambrosio. Después completó la formación cristiana en su tierra natal, donde recibió el bautismo de manos del obispo Delfino, de Burdeos. En su camino de fe se sitúa también el matrimonio. Se casó con Teresa, una mujer noble de Barcelona, con la que tuvo un hijo. Hubiera seguido siendo un buen laico cristiano, si la muerte del niño a los pocos dÃas no lo hubiera sacudido interiormente, mostrándole que Dios tenÃa otro plan para su vida. Se sintió llamado a entregarse a Cristo en una rigurosa vida ascética.
Totalmente de acuerdo con su esposa Teresa, vendió sus bienes para ayudar a los pobres; ambos dejaron Aquitania y se fueron a vivir a Nola, junto a la basÃlica del protector san Félix, en casta fraternidad, según una forma de vida a la que se unieron también otros. El ritmo comunitario era tÃpicamente monástico, pero san Paulino, que habÃa sido ordenado presbÃtero en Barcelona, ejercÃa también el ministerio sacerdotal en favor de los peregrinos. Esto le granjeó la simpatÃa y la confianza de la comunidad cristiana que, al morir el obispo, hacia el año 409, lo eligió a él como sucesor en la cátedra de Nola.
Su actividad pastoral se intensificó, caracterizándose por una solicitud especial en favor de los pobres. Dejó la imagen de un auténtico pastor de la caridad, como lo describió san Gregorio Magno en el capÃtulo III de sus Diálogos, en el que presenta a san Paulino en el heroico gesto de ofrecerse como prisionero en lugar del hijo de una viuda. Desde el punto de vista histórico, se discute la veracidad del episodio, pero queda la figura de un obispo de gran corazón, que supo estar junto a su pueblo en las tristes contingencias de las invasiones bárbaras.
La conversión de san Paulino impresionó a sus contemporáneos. Su maestro Ausonio, poeta pagano, se sintió "traicionado", y le dirigió palabras duras, reprochándole el "desprecio", considerado irrazonable, de los bienes materiales, y la renuncia a su vocación literaria. San Paulino replicó que su generosidad con los pobres no significaba desprecio de los bienes terrenales, sino una valorización para el fin más elevado: la caridad.
Por lo que se refiere a sus vocación literaria, san Paulino no habÃa renunciado a su talento poético, que seguirÃa cultivando, sino a las fórmulas poéticas inspiradas en la mitologÃa y en los ideales paganos. Una nueva estética regÃa ya su sensibilidad: era la belleza del Dios encarnado, crucificado y resucitado, de quien ahora se habÃa convertido en trovador. En realidad, no habÃa renunciado a la poesÃa, sino que ahora buscaba su inspiración en el Evangelio, como dice en este verso: "Para mà el único arte es la fe; y Cristo, mi poesÃa" ("At nobis ars una fides, et musica Christus": PoesÃa XX, 32).
Sus poesÃas son cantos de fe y de amor, en los que la historia diaria de los pequeños y grandes acontecimientos se ve como historia de salvación, como historia de Dios con nosotros. Muchas de estas composiciones, las asà llamadas "PoesÃas de Navidad", están relacionadas con la fiesta anual del mártir san Félix, a quien habÃa escogido como patrono celestial. Recordando a san Félix, querÃa glorificar a Cristo mismo, convencido de que la intercesión del santo le habÃa alcanzado la gracia de la conversión: "Por tu luz, con gozo, he amado a Cristo" (PoesÃa XXI, 373). Expresó este mismo concepto ampliando el espacio del santuario con una nueva basÃlica, que mandó decorar de manera que las pinturas, ilustradas con oportunas explicaciones, se convirtieran para los peregrinos en una catequesis visual. En una poesÃa, dedicada a otro gran catequista, san Niceto de Remesiana, mientras lo acompañaba en una visita a sus basÃlicas, explicaba asà su proyecto: "Ahora quiero que contemples la larga serie de pinturas de las paredes de los pórticos... Nos ha parecido útil representar con la pintura temas sagrados en toda la casa de san Félix, con la esperanza de que, al ver estas imágenes, la figura dibujada suscite el interés de las mentes asombradas de los campesinos" (PoesÃa XXVII, vv. 511.580-583). TodavÃa hoy se pueden admirar los vestigios de esas obras, que convierten al santo de Nola en una de las figuras de referencia de la arqueologÃa cristiana.
En el cenobio de Cimitile la vida transcurrÃa en pobreza y en oración, totalmente sumergida en la lectio divina. La Escritura leÃda, meditada y asimilada, era la luz a través de la cual el santo de Nola escrutaba su alma en su búsqueda de la perfección. A quienes se sorprendÃan por su decisión de abandonar los bienes materiales, les recordaba que ese gesto, en realidad, no representaba una plena conversión: "Abandonar o vender los bienes temporales que se poseen en este mundo no significa la culminación, sino sólo el inicio de la carrera en el estadio; no es, por asà decir, la meta, sino sólo la salida. El atleta no gana cuando se despoja de la ropa, pues deja los vestidos para comenzar a luchar. Sólo recibe la corona de vencedor después de haber combatido como se debe" (cf. Carta XXIV, 7 a Sulpicio Severo).
Además de la ascesis y la palabra de Dios, la caridad: en la comunidad monástica los pobres se sentÃan en su casa. San Paulino no se limitaba a darles limosna: los acogÃa como si fueran Cristo mismo. Les habÃa reservado un sector del monasterio; al obrar asÃ, no tenÃa la impresión de dar, sino de recibir, en el intercambio de dones entre la acogida brindada y la gratitud hecha oración de aquellos a quienes ayudaba. A los pobres los llamaba sus "dueños" (cf. Carta XIII, 11 a Pammaquio) y, constatando que se alojaban en el piso inferior, solÃa decir que su oración constituÃa el fundamento de su casa (cf. PoesÃa XXI, 393-394).
San Paulino no escribió tratados de teologÃa, pero sus poesÃas y su denso epistolario están llenos de una teologÃa vivida, penetrada por la palabra de Dios, escrutada constantemente como luz para la vida. En particular, destaca en ella el sentido de la Iglesia como misterio de unidad. VivÃa la comunión sobre todo a través de una profunda experiencia de la amistad espiritual. En este sentido, san Paulino fue un verdadero maestro, haciendo de su vida una encrucijada de espÃritus elegidos: san MartÃn de Tours, san Jerónimo, san Ambrosio, san AgustÃn, DelfÃn de Burdeos, Niceto de Remesiana, Vitricio de Ruán, Rufino de Aquileya, Pammaquio, Sulpicio Severo y muchos más, unos más conocidos y otros menos.
En este clima surgieron las intensas páginas que dirigió a san AgustÃn. Independientemente del contenido de cada una de esas cartas, impresiona el entusiasmo con el que el santo de Nola canta la amistad misma, como manifestación del único cuerpo de Cristo animado por el EspÃritu Santo. He aquà un significativo pasaje de los inicios de la correspondencia entre los dos amigos: "No es de sorprender que, a pesar de la lejanÃa, estemos unidos y de que sin habernos conocido nos conocemos, pues somos miembros de un solo cuerpo, tenemos una sola cabeza, hemos quedado inundados por una única gracia, vivimos de un solo pan, avanzamos por el mismo camino y vivimos en la misma casa" (Carta 6, 2).
Como puede verse, se trata de una bellÃsima descripción de lo que significa ser cristianos, ser cuerpo de Cristo, vivir en la comunión de la Iglesia. La teologÃa de nuestro tiempo ha encontrado precisamente en el concepto de comunión la clave para enfocar el misterio de la Iglesia. El testimonio de san Paulino de Nola nos ayuda a experimentar la Iglesia tal como nos la presenta el concilio Vaticano II: como sacramento de la Ãntima unión con Dios y, asÃ, de la unidad de todos nosotros, y por último de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1). Desde esta perspectiva os deseo a todos un feliz tiempo de Adviento.
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a las Siervas de MarÃa Ministras de los Enfermos, y a los distintos grupos venidos de España, México, Venezuela y otros paÃses latinoamericanos. Os animo a intensificar vuestra preparación para las fiestas de Navidad, siguiendo el ejemplo de oración y de caridad de san Paulino de Nola. Muchas gracias. En portugués el Santo Padre exhortó a los fieles a vivir con alegrÃa el tiempo de Navidad que se acerca y a realizar obras buenas, especialmente en sus hogares. Concluyó felicitándolos por la Navidad y el año nuevo.
(A los polacos)
En el camino de Adviento hacia el encuentro con Cristo que viene nos acompaña hoy san Paulino de Nola. Nos da un ejemplo de santidad caracterizada por la ascesis, la oración y la preocupación por los pobres y los que sufren. Es una indicación siempre actual. Que en este camino Dios os bendiga a vosotros y a vuestros seres queridos.
(En italiano)
Saludo, por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que dispongáis vuestro corazón para acoger a Jesús, que nos salva con la fuerza de su amor. A vosotros, queridos enfermos, que en vuestra enfermedad experimentáis todavÃa más el peso de la cruz, os deseo que las próximas fiestas navideñas os traigan serenidad y consuelo. Y vosotros, queridos recién casados, que acabáis de formar vuestra familia, creced cada dÃa en el amor que Jesús ha venido a darnos en su Navidad.
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