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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los participantes en un congreso con ocasi贸n del 40 Aniversario del decreto Ad gentes
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Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en un congreso con ocasi贸n del 40 Aniversario del decreto Ad gentes

Se帽ores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos hermanos y hermanas:

Os saludo con afecto a todos vosotros, que hab茅is participado en el congreso internacional organizado por la Congregaci贸n para la evangelizaci贸n de los pueblos y la Pontificia Universidad Urbaniana, con ocasi贸n del 40掳 aniversario del decreto conciliar Ad gentes . Saludo en primer lugar al cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregaci贸n para la evangelizaci贸n de los pueblos, y le agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo a los obispos y a los sacerdotes presentes, y a todos los que han participado en esta iniciativa tan oportuna, porque responde a la exigencia de seguir profundizando las ense帽anzas del Vaticano II, para mostrar la fuerza propulsora dada por dicho concilio a la vida y a la misi贸n de la Iglesia.

En efecto, con la aprobaci贸n, el 7 de diciembre de 1965, del decreto Ad gentes , se dio un renovado impulso a la misi贸n de la Iglesia. Se pusieron de relieve mejor los fundamentos teol贸gicos del compromiso misionero; su valor y su actualidad ante las transformaciones del mundo y frente a los desaf铆os que la modernidad plantea al anuncio del Evangelio (cf. n. 1). La Iglesia ha adquirido una conciencia a煤n m谩s clara de su innata vocaci贸n misionera, reconociendo en ella un elemento constitutivo de su misma naturaleza. En obediencia al mandato de Cristo, que envi贸 a sus disc铆pulos a anunciar el Evangelio a todas las gentes (cf. Mt 28, 18-20), tambi茅n en nuestra 茅poca la comunidad cristiana se siente enviada a los hombres y a las mujeres del tercer milenio, para darles a conocer la verdad del mensaje evang茅lico y abrirles de este modo el camino de la salvaci贸n. Y esto 鈥攃omo dec铆a鈥� no es algo facultativo, sino la vocaci贸n propia del pueblo de Dios, un deber que le incumbe por mandato del mismo Se帽or Jesucristo (cf. Evangelii nuntiandi , 5). M谩s a煤n, el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el g茅nero humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifest贸 plenamente en el 煤nico Redentor del mundo, Jesucristo.

La publicaci贸n del decreto conciliar Ad gentes , sobre el que hab茅is reflexionado oportunamente, ha permitido poner mejor de relieve la ra铆z originaria de la misi贸n de la Iglesia, es decir, la vida trinitaria de Dios, de quien proviene el movimiento de amor que, desde las Personas divinas, se difunde por la humanidad. Todo brota del coraz贸n del Padre celestial, que tanto am贸 al mundo que dio a su Hijo unig茅nito, para que todo el que crea en 茅l no muera, sino que tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16).

Con el misterio de la Encarnaci贸n, el Hijo unig茅nito fue constituido aut茅ntico y supremo mediador entre el Padre y los hombres. En 茅l, muerto y resucitado, la ternura providente del Padre alcanza a todo hombre de modos y por caminos que s贸lo 茅l conoce. La tarea de la Iglesia consiste en comunicar incesantemente este amor divino, gracias a la acci贸n vivificante del Esp铆ritu Santo. En efecto, el Esp铆ritu es quien transforma la vida de los creyentes, liber谩ndolos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y capacit谩ndolos para testimoniar el amor misericordioso de Dios, que en su Hijo, quiere hacer de la humanidad, una 煤nica familia (cf. Deus caritas est , 19).

Desde sus or铆genes, el pueblo cristiano percibi贸 con claridad la importancia de comunicar, a trav茅s de una incesante acci贸n misionera, la riqueza de este amor a todos los que todav铆a no conoc铆an a Cristo. M谩s a煤n, durante estos 煤ltimos a帽os se ha sentido la necesidad de reafirmar este compromiso, porque 鈥攃omo observ贸 mi amado predecesor Juan Pablo II鈥� en la 茅poca moderna la missio ad gentes parece sufrir a veces una fase de mayor lentitud debido a las dificultades del nuevo marco antropol贸gico, cultural, social y religioso de la humanidad. Hoy la Iglesia est谩 llamada a afrontar desaf铆os nuevos, y est谩 dispuesta a dialogar con culturas y religiones diversas, tratando de construir con toda persona de buena voluntad la convivencia pac铆fica de los pueblos. As铆, el campo de la missio ad gentes se ha ampliado notablemente, y no se puede definir s贸lo bas谩ndose en consideraciones geogr谩ficas o jur铆dicas; en efecto, los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del pueblo de Dios no son s贸lo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino tambi茅n los 谩mbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones.

Se trata de un mandato cuya fiel realizaci贸n exige paciencia y clarividencia, valent铆a y humildad, escucha de Dios y discernimiento vigilante de los "signos de los tiempos". El decreto conciliar Ad gentes muestra c贸mo la Iglesia es consciente de que, para que "lo que una vez se obr贸 para todos en orden a la salvaci贸n alcance su efecto en todos a trav茅s de los tiempos" (n. 3), es necesario recorrer el mismo camino de Cristo, camino que conduce hasta la muerte en la cruz. En efecto, la acci贸n evangelizadora "debe avanzar por el mismo camino por el que avanz贸 Cristo: esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolaci贸n de s铆 mismo hasta la muerte, de la que surgi贸 victorioso por su resurrecci贸n" (ib., 5). S铆, la Iglesia est谩 llamada a servir a la humanidad de nuestro tiempo, confiando 煤nicamente en Jes煤s, dej谩ndose iluminar por su Palabra e imit谩ndolo en su entrega generosa a los hermanos. Ella es instrumento en sus manos, y por eso hace lo que puede, consciente de que es siempre el Se帽or quien realiza todo.

Queridos hermanos y hermanas, gracias por la reflexi贸n que hab茅is desarrollado durante estos d铆as, profundizando los contenidos y las modalidades de la actividad misionera en nuestra 茅poca, en particular, poniendo de relieve la tarea de la teolog铆a, que es tambi茅n exposici贸n sistem谩tica de los diversos aspectos de la misi贸n de la Iglesia. Con la aportaci贸n de todos los cristianos el anuncio del Evangelio resultar谩 ciertamente cada vez m谩s comprensible y eficaz.

Que Mar铆a, Estrella de la evangelizaci贸n, ayude y sostenga a los que en numerosas regiones del mundo trabajan en la vanguardia de la misi贸n. A este prop贸sito, 驴c贸mo no recordar a todos los que, tambi茅n recientemente, han dado la vida por el Evangelio? Que su sacrificio obtenga una renovada primavera, rica en frutos apost贸licos para la evangelizaci贸n. Oremos por esto, encomendando al Se帽or a todos los que, de diversos modos, trabajan en la gran vi帽a del Se帽or. Con estos sentimientos, os imparto a vosotros aqu铆 presentes la bendici贸n apost贸lica, extendi茅ndola de coraz贸n a vuestros seres queridos y a las comunidades eclesiales a las que pertenec茅is.

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