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Cardenal Tarcisio Bertone, Homil铆a en la Misa de acci贸n de gracias por la Beatificaci贸n de 498 m谩rtires espa帽oles.
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Homil铆a del Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario del Estado Vaticano, en la Misa de acci贸n de gracias por la Beatificaci贸n de 498 m谩rtires espa帽oles

Queridos Hermanos en el Episcopado,

Amados sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:

La Beatificaci贸n de cuatrocientos noventa y ocho m谩rtires de Espa帽a, que celebramos ayer, ha sido una ocasi贸n para constatar una vez m谩s c贸mo la cadena de cristianos que han sido atra铆dos por el ejemplo de Jes煤s y sostenidos por su amor no se ha interrumpido desde los comienzos de la predicaci贸n apost贸lica.

Ahora estamos reunidos para elevar una ferviente acci贸n de gracias al Se帽or por este acontecimiento eclesial. Queremos acogernos a la intercesi贸n de estos hermanos nuestros, cuya vida se ha convertido para nosotros, y para el pueblo de Dios que peregrina en Espa帽a y en otros pa铆ses, en un potente foco de luz y en una apremiante invitaci贸n a vivir el Evangelio radicalmente y con sencillez, dando testimonio p煤blico y valiente de la fe que profesamos.

Todo martirio tiene lugar ciertamente en circunstancias hist贸ricas tr谩gicas que, asumiendo a veces la forma de persecuci贸n, llevan a una muerte violenta por causa de la fe. Pero, en medio de ese drama, el m谩rtir sabe trascender el momento hist贸rico concreto y contemplar a sus semejantes desde el coraz贸n de Dios. Gracias a esa luz que le viene de lo alto, y en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12,11), el m谩rtir antepone la confesi贸n de la fe a su propia vida, contrarrestando as铆 la agresi贸n con la plegaria y con la entrega heroica de s铆 mismo. Amando a sus enemigos y rogando por los que lo persiguen (cf. Mt 5,44), el m谩rtir hace visible el misterio de la fe recibida y se convierte en un gran signo de esperanza, anunciando con su testimonio la redenci贸n para todos. Al unir su sangre a la de Cristo sacrificado en la cruz, la inmolaci贸n del m谩rtir se transforma en ofrenda ante el trono de Dios, implorando clemencia y misericordia para sus perseguidores. Como nos ense帽a el Papa Juan Pablo II, 鈥渆llos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecuci贸n鈥� hasta el testimonio supremo de la sangre鈥� Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia鈥� M谩s radicalmente a煤n, demuestran que el martirio es la encarnaci贸n suprema del Evangelio de la esperanza鈥� (Ecclesia in Europa, 13).

De esta forma, el martirio es para la Iglesia un signo elocuente de c贸mo su vitalidad no depende de meros proyectos o c谩lculos humanos, sino que brota m谩s bien de la total adhesi贸n a Cristo y a su mensaje salvador. Bien sab铆an esto los m谩rtires, cuando buscaron su fuerza no en el af谩n de protagonismo, sino en el amor absoluto a Jesucristo, a costa incluso de la propia vida.

Para comprender mejor el verdadero sentido cristiano del martirio debemos, pues, dejar que hablen los propios m谩rtires. Ellos, con su ejemplo, nos han confiado un testamento que a veces no nos atrevemos a abrir. En cambio, si les prestamos atenci贸n, sus vidas nos hablar谩n sin duda de fe, de fortaleza, de generosa valent铆a y de ardiente caridad, frente a una cultura que trata de apartar o menospreciar los valores morales y humanos que nos ense帽a el propio Evangelio.

De todos es conocido que el siglo XX dio a la Iglesia en Espa帽a grandes frutos de vida cristiana: la fundaci贸n de congregaciones e institutos religiosos dedicados a la ense帽anza, a la asistencia hospitalaria y a los m谩s pobres y a diversas obras culturales y sociales. Destacan tambi茅n grandes ejemplos de santidad, as铆 como un elevado n煤mero de m谩rtires Obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y fieles laicos.

Estos m谩rtires no han sido propuestos al pueblo de Dios por su implicaci贸n pol铆tica, ni por luchar contra nadie, sino por ofrecer sus vidas como testimonio de amor a Cristo y con la plena conciencia de sentirse miembros de la Iglesia. Por eso, en el momento de la muerte, todos coincid铆an en dirigirse a quienes les mataban con palabras de perd贸n y de misericordia. As铆, entre tantos ejemplos parecidos, resulta conmovedor escuchar las palabras que uno de los religiosos Franciscanos de la Comunidad de Consuegra dirig铆a a sus hermanos: 芦Hermanos, elevad vuestro ojos al cielo y rezad el 煤ltimo padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte禄.

Por eso, estos nuevos Beatos han enriquecido a la Iglesia de Espa帽a con su sacrificio, siendo hoy para nosotros testimonio de fe, de esperanza firme contra todo temor y de un amor hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Su muerte constituye para todos un importante acicate que nos estimula a superar divisiones, a revitalizar nuestro compromiso eclesial y social, buscando siempre el bien com煤n, la concordia y la paz.

Estos queridos hermanos y hermanas nuestros, entre los cuales se encontraban tambi茅n dos franceses, dos mexicanos y un cubano, precisamente por su amor a la vida entregaron la suya a Cristo. Vivieron una vida ejemplar, dedicados plenamente a sus diferentes apostolados, convencidos de la opci贸n religiosa que hab铆an hecho o del cumplimiento de sus deberes familiares. Estos testigos humildes y decididos del Evangelio son luminarias que orientan nuestra peregrinaci贸n terrena. Al venerar hoy a todos ellos que, como nos ense帽a el libro del Apocalipsis, 鈥渧ienen de la gran tribulaci贸n鈥� (ib铆d., 7,14), suplicamos al Se帽or que nos conceda su fe intr茅pida, su firme esperanza y su profunda caridad.

Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos en Roma, donde en los comienzos de la Iglesia un sinf铆n de m谩rtires confesaron su fe en Cristo hasta derramar su sangre. Tanto aquellos cristianos de la primera hora, como los que ayer han sido beatificados, no s贸lo han de suscitar en nosotros un mero sentimiento de admiraci贸n. Ellos no son simples h茅roes o personajes de una 茅poca lejana. Su palabra y sus gestos nos hablan a nosotros y nos impulsan a configurarnos cada vez m谩s plenamente con Cristo, encontrando en 脡l la fuente de la que brota la aut茅ntica comuni贸n eclesial, para dar en la sociedad actual un testimonio coherente de nuestro amor y entrega a Dios y a nuestros hermanos.

Ellos nos ayudan con su ejemplo y su intercesi贸n para que, en la hora presente, no nos dejemos vencer por el desaliento o la confusi贸n, evitando la inercia o el lamento est茅ril. Porque 茅ste es tambi茅n, como lo fue el suyo, un tiempo de gracia, una ocasi贸n propicia para compartir con los dem谩s el gozo de ser disc铆pulos de Cristo.

Con su vida y el testimonio de su muerte nos ense帽an que la aut茅ntica felicidad se halla en escuchar al Se帽or y en poner en pr谩ctica su Palabra (cf. Lc 11,28). Por eso el servicio m谩s precioso que podemos prestar hoy a nuestros hermanos es ayudarles a encontrarse con Cristo, que es 鈥渆l Camino, la Verdad y la Vida鈥� (cf. Jn 14,6), el 煤nico que puede saciar las m谩s nobles aspiraciones humanas.

Dios quiera que esta Beatificaci贸n suscite en Espa帽a una fuerte llamada a reavivar la fe cristiana e intensificar la comuni贸n eclesial, pidiendo al Se帽or que la sangre de estos m谩rtires sea semilla fecunda de numerosas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, as铆 como una constante invitaci贸n a las familias, fundadas en el sacramento del Matrimonio, a que sean para sus hijos ejemplo y escuela del verdadero amor y 鈥渟antuario鈥� del gran don de la vida.

Finalmente, pidamos tambi茅n al Se帽or que el ejemplo de santidad de los nuevos m谩rtires alcance para la Iglesia en Espa帽a y en las otras Naciones de las cuales algunos de ellos eran originarios, muchos frutos de aut茅ntica vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusi贸n que estimule la esperanza, un respeto que d茅 acogida a la verdad y una generosidad que abra el coraz贸n a las necesidades de los m谩s pobres del mundo.

Que la Virgen Mar铆a, Reina de los M谩rtires, nos obtenga de su divino Hijo esta gracia que ahora, con total confianza, ponemos en sus manos de Madre. Am茅n.

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