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S.S. P√≠o XII, Radiomensaje al IV Congreso Eucar√≠stico Nacional de Espa√Īa
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Radiomensaje de S. S. P√≠o XII al IV Congreso Eucar√≠stico Nacional de Espa√Īa

Venerables Hermanos y amados hijos que, en la hist√≥rica ciudad de Granada, est√°is clausurando el cuarto Congreso Eucar√≠stico Nacional espa√Īol:

¬ęBenedictus Deus et Pater Domini Nostri Iesu Christi¬Ľ (2Co 1, 3) ¬ęBendito sea Dios, Padre de Nuestro Se√Īor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo¬Ľ, que os ha dejado gozar de este dichoso d√≠a, en que la serie de los homenajes p√ļblicos y nacionales al Se√Īor Sacramentado ha podido ser reanudada en esa naci√≥n tan querida, y despu√©s de un par√©ntesis tan largo.

Porque, antes que nadie, en el lejano 1893, fue Valencia, la perla del Turia, que parec√≠a poder exigir este privilegio por haber sido cuna de la Adoraci√≥n Nocturna y patria de San Pascual Bail√≥n, la que prest√≥ el escenario para el primer Congreso; le sigui√≥, tres a√Īos despu√©s, la antiqu√≠sima y remota Lugo, la ciudad de la Exposici√≥n continua del Sant√≠simo, con el segundo; vino m√°s tarde, en 1926, la inolvidable Asamblea de Toledo, que con su Custodia de Arfe y su ¬ęTransparente¬Ľ parece haber puesto el arte al servicio del Sacramento de los altares. Y solamente hoy, despu√©s de tres agitad√≠simos decenios, como iris de paz en un cielo nuevo, se viene a completar esta gran cruz trazada sobre el territorio nacional, y precisamente en la muy noble ciudad de Granada, que, renovando los esplendores de aquellos d√≠as, en que se la llam√≥ la ¬ęDamasco de Andaluc√≠a¬Ľ, se ha transformado toda en un altar, cuyo dosel es el azul pur√≠simo de su bru√Īido cielo, cuyo retablo est√° formado por los fondos blanquecinos de su Sierra Nevada y los verdes incomparables de su fecunda vega, cuyas macetas de flores son los perfumados jardines de la Alhambra y del Generalife, reflej√°ndose en las frescas aguas del Darro y del Genil.

Y en este templo sin par, cantando al Amor de los Amores, amando a su Se√Īor, cantando a ese Dios, est√° ah√≠ toda Espa√Īa, la de los Concilios Toledanos con su vetusta fe en la presencia real (cfr. L'Eucaristia nei primi tre Concilii di Toledo, de G. Lachello, Pont. Univ. Gregoriana, 1938); la de los grandes Padres defensores de esta misma creencia: Leandro, Ildefonso, Braulio y, sobre todo, el gran Isidoro (De eccles. officiis, 1.I, c. 18, Migne P. L. tom. 83 col. 755); la de los insignes pintores eucar√≠sticos; la de las custodias monumentales, la de los grandes te√≥logos de las definiciones tridentinas, la de los prodigios eucar√≠sticos, la que ha sabido hacer de su entra√Īable devoci√≥n a Jes√ļs Sacramentado una de sus caracter√≠sticas religiosas. Y t√ļ misma, Granada felic√≠sima, ¬Ņno son cosa tuya aquellos cantores de las glorias del gran Sacramento, que fueron el piados√≠simo Fray Luis, el celos√≠simo Juan de √Āvila, el doct√≠simo Francisco Su√°rez o aquel pedagogo eucar√≠stico, que se llam√≥ Don Andr√©s Manj√≥n? ¬ŅNo reson√≥ en tus iglesias la voz, impregnada siempre de ternuras hacia el Dios humanado, del elocuent√≠simo Fray Diego de C√°diz, o no fuiste testigo de los ardores ser√°ficos, ante el Tabern√°culo, de aquel h√©roe de la caridad que se llam√≥ Juan de Dios?

Nada, pues, de nuevo si hoy todos vosotros, amad√≠simos hijos cat√≥licos espa√Īoles, hab√©is querido ofrecer este homenaje especial al que hab√©is siempre aclamado como meta √ļltima de vuestras inteligencias y vuestros corazones, al que hab√©is siempre reconocido como centro de toda verdad y origen de toda vida.

¬ęEgo sum veritas¬Ľ, parece que os dice √Čl mismo escondido bajo esas especies sacramentales. Y vosotros, ador√°ndole, se dir√≠a que lo est√°is reconociendo, puesto que, al caer de rodillas, proclam√°is su divinidad y afirm√°is vuestra fe en ella misma; al acudir a √Čl suplicantes, manifest√°is vuestra condici√≥n de miembros de una naturaleza ca√≠da, que siente la necesidad de su ayuda; al cantarle v√≠ctima inmolada, le est√°is agradeciendo el beneficio inestimable de la Redenci√≥n, fuente de todos nuestros bienes; al aclamarle glorioso triunfador de la muerte, admit√≠s el argumento definitivo de su sant√≠sima resurrecci√≥n, preludio cierto de la vuestra.

Pero √Čl dice tambi√©n ¬ęEgo sum vita¬Ľ, y bien podr√≠a asegurarse que vosotros se lo est√°is repitiendo al correr en estos mismos momentos hacia sus altares con la mirada anhelante, como un d√≠a en el desierto las multitudes del pueblo de Israel corr√≠an hacia Mois√©s, para no morir de sed (cfr. Ex 17; Num. 20). El mundo es como un desierto espiritual y en este desierto no hay m√°s agua que la que brota abundante de esta piedra; no hay m√°s agua que esa gracia divina por la cual hemos sido salvados (cfr. Ef 2, 5) y que √Čl os ofrece con abundancia y superabundancia (cfr. Jn 10, 10); no hay m√°s agua que esta gracia que a vosotros llega por esos arcaduces divinos, que son los sacramentos. Y de ellos, el primero, el centro de todos, aquel hacia el cual todos est√°n ordenados, es este misterio inefable, perfecci√≥n de todos los dem√°s en los que, de un modo o de otro, se participa de la vida de Cristo (cfr. S. Th. 3 p. q. 65, a. 3).

Mas si quer√©is centrar las ideas todas de vuestro Congreso, como Nos ha parecido notar, en la visi√≥n de Cristo-Hostia, pero Cristo-Hostia-Amor, entonces s√≠ que aparece luminosamente claro que √Čl, precisamente en ese Sacramento, es la verdad, porque en √©l est√° la suma manifestaci√≥n de aquella verdad, de aquella inmensa caridad que es la m√°s grande de las verdades. ¬ęDeus caritas est¬Ľ (1Jn 4, 16). Solamente la caridad de un Dios, manifestada especialmente en el Sant√≠simo Sacramento del altar, ha hecho posibles tantos misterios de nuestra santa fe, que podemos entender s√≥lo como efluvio de esta caridad; entonces s√≠ que se ve con evidencia meridiana que √Čl es vida, porque para vivir es imprescindible unirse a √Čl, y esta uni√≥n solamente se consuma en la caridad, solamente se perfecciona en el amor, en ese amor y en esa uni√≥n que son capaces de todas las maravillas.

Que esta verdad no se aleje nunca de vuestras mentes, hijos amad√≠simos, para que no os dej√©is seducir nunca por el enga√Īoso se√Īuelo de otras falaces doctrinas, que no han podido resistir la luz de la Eucarist√≠a, como las aves nocturnas no pueden soportar los resplandores del sol; que esta vida no muera nunca en vuestras almas, sino que se conserve siempre en pleno vigor, para transfundirse luego espont√°neamente en todas vuestras acciones, am√°ndoos los unos a los otros, para afrontar juntos con serenidad los momentos que os puede deparar la Providencia, dentro de un sincero esp√≠ritu de calma, de colaboraci√≥n, de recurso constante a Dios y de confianza en vuestros grandes destinos. Que en esta fuente de gracia hall√©is siempre las energ√≠as necesarias para santificaros ¬ęen el cumplimiento exacto de todos vuestros deberes¬Ľ (cfr. Oraci√≥n del Congreso); que ella procure realmente ¬ęluz a vuestras inteligencias, paz a vuestros esp√≠ritus, obediencia y vigor a vuestras voluntades, brasas encendidas de caridad a vuestras almas y alas a vuestros pies, para llevar a vuestros hermanos ausentes y enga√Īados, el mensaje de vuestro amor¬Ľ (Ib√≠d.).

Y que la Bendici√≥n de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Esp√≠ritu Santo, descienda sobre vosotros todos; sobre ti, amad√≠simo Hijo, Legado Nuestro, que con tanto decoro ocupas la Silla Primada espa√Īola en una ancianidad todav√≠a vigorosa y fecunda; a Nuestros Hermanos en el Episcopado con su clero y su pueblo; al Excmo. Jefe del Estado; a todas las dignas autoridades presentes y a cuantos han contribuido a la preparaci√≥n y buen √©xito de tan memorable Asamblea; a la ciudad de Granada, a toda Andaluc√≠a y a al amad√≠sima Espa√Īa en general; a todos los ah√≠ presentes y a cuantos de cualquier modo oyen Nuestra voz, veh√≠culo impalpable de Nuestro m√°s sincero afecto.

Suba desde las vegas granadinas, perfumado con los mejores aromas de sus cármenes floridos, un soplo de verdad y de vida, que llene todas las tierras ibéricas, las altas y las bajas, supere las cordilleras, corra por los mares y se desparrame por el mundo, para hacerle más tranquilo y más pacífico, más santo y más hermoso, más feliz y más acepto a los ojos del Altísimo.

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