AmadÃsimos hijos, esparcidos por el mundo, que formáis las fervorosas legiones de la «ArchicofradÃa de los Jueves EucarÃsticos», y en especial vosotros, los que acá y allá estáis en estos momentos congregados para celebrar, con una Hora Santa, el quincuagésimo aniversario de vuestro piadoso sodalicio:
Os habla, desde Roma, vuestro padre el Papa; vuestro pastor, que conoce a sus ovejas (cf. Jn 10, 14) y que, aunque tan lejos, le parece percibir el ardiente latir de vuestros corazones; se dirige a vosotros el Vicario, aunque indigno, de Aquel que, escondido bajo los tenues velos sacramentales, está acaso en estos momentos ante vuestros ojos y es justo objeto de vuestras adoraciones.
Miradle una vez más; haced un acta de fe «Credo Domine» (cf. Mc 9, 24); un acto de adoración «Dominus meus et Deus meus» (Jn 20, 28); un acto de fidelidad «Domine, ad quem ibimus? verba vitae aeternae babes» (Jn 6, 68). Y ahora, asÃ, casi a media voz, ¿será vuestro Padre el que os sugiera lo que habéis de meditar en esta hora?
— Pues entonces, antes que nada, una mirada atrás para comprender y ponderar los beneficios recibidos.
Cuando, en los primeros años del siglo, allá, casi en el sitio donde, por Occidente, Europa quiere sumergirse en el mar, entre las brumas de la dulce Galicia y en una de aquellas sonrientes rÃas, que tanto hablan de recogimiento y de interioridad con las lÃneas suaves de su paisaje y el amable encanto de su verdor perenne, se encendÃa aquella centellita insignificante con el fervor de unas poquitas almas escogidas, ¿quién hubiera podido soñar con los veinte mil centros de hoy, los millones de asociados y, en una palabra, con esa tan grande hoguera, cuya luz y cuyo calor perciben todos? ¡Cuántas ciudades y cuántos pueblos purificados y renovados; cuántas parroquias y cuántos centros vivificados y beneficiados; cuántas almas santificadas y hasta sublimadas a los más altos ideales de la perfección cristiana.
Poco a poco, la aprobación de insignes Prelados, la recomendación del Congreso EucarÃstico Internacional de Madrid (1911), la bendición de los Sumos PontÃfices, el especialÃsimo favor de ser recibidos bajo el manto maternal de la Patrona y Reina de España. ¡Vosotros, los que nos oÃs desde Zaragoza, los que nos escucháis bajo las bóvedas de esa insigne BasÃlica, ante esa cámara angélica! No intentamos hoy cantar otra vez las glorias, humanas y cristianas, de la famosa capital aragonesa, como ya a su tiempo lo hicimos (cf. Discorsi e Radiomessaggi, vol. XVI, p. 196), porque ahora queremos solamente presentarnos ante el trono de la Virgen del Pilar, para decirle : «Oh Madre piadosÃsima, que desde lo alto de esa columna has presidido, dirigido y alentado la evangelización de un gran pueblo, a quien tan altos destinos estaban reservados en la historia de la Cristiandad: dÃgnate hoy presentar a tu SantÃsimo Hijo el testimonio de nuestra gratitud por lo mucho que ha bendecido nuestra humilde ArchicofradÃa, esperando que quiera siempre conservarla y hacerla crecer, para gloria suya y bien de las almas».
— Pero, ¿cómo pensáis vosotros poder cooperar al mayor esplendor y desarrollo de vuestra querida ArchicofradÃa? De dos factores dependerá todo: de la gracia divina, que ya con tanta abundancia se os ofrece, y del vigor que vosotros conseguiréis infundir en el espÃritu sobrenatural que la distingue.
Bien está, pues, hacer de todos los jueves del año una jornada dedicada especialmente a la evocación de aquel gran dÃa, en que nuestro amabilÃsimo Redentor, «cum dilexisset suos, qui erant in mundo», aunque siempre habÃa amado a los suyos de esta tierra, entonces les amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), no sólo quedándose con ellos para siempre, sino también dándoseles como alimento, produciendo asà en sus almas los más maravillosas efectos y concediéndoles la perfección y la consumación de la vida sobrenatural, que aquà halla sustento, crecimiento, reparación y gusto (S. Th. 3 p. q. 79, art. 1 in c). Oportuno será considerarlo asà en vuestra meditación eucarÃstica matutina; conmemorarlo solemnemente, como deseáis, vuestras fervorosas comuniones; honorarlo y glorificarlo, según es vuestra intención, en la hora santa vespertina. Pero todo ello serÃa cosa vacÃa, si no estuviera penetrado de un Ãntimo conocimiento de la magnitud del don, que ni en los cielos ni en la tierra lo hay, ni pudo haberlo mayor; todo serÃa algo inexplicable si, como el Apóstol, no os acercáis a aquel pecho ardiente (cf. Jn 21, 20), para escuchar las palpitaciones del amor que lo inspira; todo resultarÃa cosa muerta si, en justa correspondencia, no sintieseis alzarse en vuestros pechos aquellas llamaradas del más grande, del más santo, del más puro de los amores, juntamente con la más profunda, la más sentida gratitud, que os conduzca al más sincero deseo de reparación.
— Amor y gratitud; gratitud y reparación. He aquà el fuego divino, que debe purificar vuestros pensamientos, vuestras palabras y vuestras acciones; he aquà la luz, que debe iluminar vuestros ojos, para que nunca se desvÃen del camino recto; he aquà la fuerza, que os hará superar todas las dificultades, convirtiéndolas en escalones para el cielo; he aquà el impulso, que os ha de arrastrar continuamente al apostolado, hasta convertiros en otros tantos focos de perfección y de santidad. Si es cierto que el mundo padece y languidece, porque la sensualidad, la soberbia y la codicia le quieren transformar en el reino de las tres concupiscencias (cf. 1Jn 2, 16), cierto será también que la mejor medicina contra tan graves males la humanidad la encontrará siempre en la EucaristÃa, que mitiga el ardor de las pasiones (S. Th. 3 p. q. 79, a. 6, ad 3) y aumenta el fuego de la caridad (IbÃd.. 3 p. q. 78, a. 3, ad 6), desligando al hombre de las cosas bajas y dirigiéndolo hacia las altas y celestiales.
Por eso mismo, a pesar de todos los males de nuestros tiempos, nuestra esperanza es grande, porque precisamente en estos tiempos, y acaso más que en otros, es grande la frecuencia de sacramentos, es universal y magnÃfico el culto que las personas particulares y los pueblos, en cuanto tales, tributan al Soberano Señor sacramentado y es altamente consolador el ver cómo la piedad eucarÃstica, en sus más variadas formas, se extiende y se difunde hasta poderse afirmar que es una de las más espléndidas realidades de nuestros dÃas.
Vuestra Hora Santa, hijos amadÃsimos, está para terminar. Sabemos que en ella tenéis la intención particular de pedir os y por todos los deseos y ansias de nuestro corazón de Padre. Pues bien, Nos deseamos hacer presente que vuestras valiosas oraciones las queremos aplicar por esta intención determinada: que vuestra ArchicofradÃa, y todas las instituciones similares, que en la Iglesia de Dios florecen, crezcan y se desarrollen hasta inundar y llenar las respectivas naciones, hasta llegar a todo el mundo y a todas las almas, comunicándoles el amor a la EucaristÃa, a esa EucaristÃa que ha de salvar al mundo.
Prenda y garantÃa de tales gracias, quiere ser la Bendición que ahora os damos, para todos y cada uno de vosotros, para vuestros familiares y amigos, para vuestras intenciones y deseos y, de modo muy especial, para vuestra benemérita ArchicofradÃa.
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